9 jul. 2012

Apocalipsis IV

La caza


La vida es una continua paradoja. Cuando era pequeño me daba miedo casi todo. Temía a la oscuridad, a los ruidos, a los animales, a los gritos, al dolor y a cualquier tipo de amenaza, real o imaginaria. En mi juventud me definía como no violento y de hecho creía que era la única herramienta útil que podía transformar el mundo. Pensaba que la paz universal era posible y que los conflictos se podían resolver de manera cooperativa, es decir, renunciando a la competitividad y a la violencia. Me consideraba algo así como la reencarnación de Gandhi, Thoreau y Tolstoi al mismo tiempo. Ahora, en plena madurez, soy un asesino. Digo la palabra «asesino» en voz alta y no me suena mal. Hay asesinos legales y asesinos que funcionamos al margen de la ley. Yo soy de los segundos. Quizá debería sentir algún tipo de culpabilidad por ello pero no es así. Según los manuales de psiquiatría al uso mis conductas entrarían dentro de los rasgos de personalidad de los psicópatas. Es posible que no lo sea pero en cualquier caso, me comporto como tal. Si analizo la cuestión no creo ser un individuo antisocial del todo. Tengo sentimientos. También he de decir que no gozo especialmente matando. Digamos que depredo y en ocasiones aplico la Ley del Talión: «Ojo por ojo y diente por diente». ¿Es esto malo? ¿Es condenable? Me río de los moralistas y los leguleyos. Mi libertad individual me sirve para algo, para aplicarla con todas sus consecuencias, sin remordimientos, sin arrepentimiento, sin volver la vista atrás.
Reflexiono por estas lindezas filosóficas mientras saco brillo al cerrojo de mi rifle de caza mayor y siento una cierta voluptuosidad. Me gusta meter las balas en la recámara y saber que aguardan el leve roce de mi dedo en el gatillo para salir en busca de mis objetos de deseo.
Me encanta que mis armas estén bien limpias y dispuestas para la acción. Acaricio la culata de madera de nogal y su suavidad me retrotrae al recuerdo de la piel de una mujer joven. Su tacto me serena.
Cuando compré el rifle, a uno de los traficantes de drogas del barrio, iba guardado en un estuche de piel; dentro de este encontré una hoja de papel en la que se describían algunas de las características del arma. Me llamó la atención una de las explicaciones: «Arma adecuada para la caza pesada y peligrosa». Esta frase la ha confirmado la realidad. Aunque le he usado en muy pocas ocasiones, todas las piezas cobradas con él han tenido una característica común: eran peligrosas.
Levanto el rifle y apunto a través de la ventana a un objetivo imaginario situado a cien metros de distancia. La mira telescópica me lo acerca tentadoramente, pero no disparo, tengo mis reglas. La mente funciona con reglas de obligado cumplimiento hasta que dejan de serlo y las cambiamos por otras, esa es la ventaja de ser libre.
El rifle pesa cuatro kilos y se desmonta con facilidad. Es cómodo disparar con él, si lo apoyas en algo sólido. Su calibre es capaz de derribar a un elefante, yo nunca aspiro a tanto, me conformo con cazar piezas humanas «peligrosas».
Ayer lo usé, necesitaba hacerlo. La sangre de mi amigo asesinado por fuerzas parapoliciales me exigía una reparación. Puedo renunciar a muchas cosas pero no a mi autoestima y esta hubiera quedado por los suelos si no hubiera vengado su muerte. Lo he hecho. Disparé sobre dos policías antidisturbios y el resultado fue bastante bueno. A uno le atravesé el cuello con el primer tiro, ha sobrevivido; y al segundo le reventé la cabeza. No tengo que jactarme por ello, no soy tan buen tirador. Debí acertar por casualidad, carezco de la suficiente práctica. Además, disparé desde una azotea situada a unos cincuenta metros, lo que dificultó el resultado. Lo mío son las distancias cortas. Los blancos no se lo esperaban, estaban estáticos. Había media docena de ellos, imponentes, como robots invulnerables, intimidando con su simple presencia, en una de las plazas del pueblo. Conozco bien sus rutinas de vigilancia, y desde dos horas antes les acechaba. Acceder a la azotea fue fácil. El edificio era de oficinas y pasé inadvertido ante el portero, vestido con un traje, unas gafas de sol y con un maletín más grande de lo normal. Abrir la puerta de la azotea fue coser y cantar, ayudado por una palanqueta. Una vez superado ese obstáculo monté el rifle, lo cargué, ajusté la mira telescópica a la posición en la que iban a estar situados los blancos, y esperé. El cazador siempre tiene que ser paciente y yo lo fui. Mi amigo estaba presente en mi ánimo y me empujaba a sacrificar vidas en el altar de la venganza. No hay tribunal que juzgue a los asesinos legales del Estado. En esa hora me convertí en juez y también en verdugo.
El vehículo policial llegó a su hora —la plaza es un lugar habitual de protestas ciudadanas—, sus puertas se abrieron y los cyborg hicieron su aparición provocadores, prestos a sembrar el pánico desde su omnipotencia constitucional; según ellos, a preservar el orden. A través de la mira les acaricié con mi mirada. Estaban todos juntos, idénticos en uniformes, en estupidez y en ademanes brutales. Apunté alto y disparé a la cabeza de uno de ellos; dos segundos después efectué el siguiente disparo sobre otro. No es necesario que explique que no me quedé para comprobar el resultado. Salté al tejado contiguo y luego a otra azotea cuyo edificio daba a una avenida perpendicular a la plaza. Desmonté el rifle, lo guardé en el maletín y salí a la calle con naturalidad. La gente corría temerosa. Después de un atentado, permanecer en un radio de un kilómetro durante las dos horas posteriores es sumamente peligroso. Las sirenas, paulatinamente, se fueron haciendo dueñas del pueblo. Un helicóptero entró en escena como un ave de rapiña, explorando los tejados.
En cinco minutos de marcha rápida estuve en la estación de metro más próxima, no había ningún control policial en la entrada. El rifle lo dejé escondido en unas obras paradas temporalmente que conozco bien; viajar con él hubiera sido suicida. Más tarde, cuando el circo represivo terminó, lo recuperé sin contratiempos. Tuve buena suerte.
La radio y la televisión interrumpieron su programación basura habitual para dar la noticia del acto terrorista que la Justicia no dejará impune. Me congratula saber que me han elevado a la categoría de «terrorista peligroso». Es verdad que quiero provocar terror en los lacayos del Estado. Tienen que experimentar en su propia carne el miedo. Es necesario que aprendan que no son inalcanzables, que en cualquier momento una bala puede ser disparada con su nombre grabado.
Lamento mi mala puntería, tengo que practicar más. Mi amigo estaría agradecido, si pudiera enterarse, por mi detalle; es una pena que no disfrute de él. Aunque seguramente me habría dado todo un discurso para afearme mi conducta. Él no era partidario de la violencia en ninguna de sus manifestaciones. Yo creo que vivir en sí mismo es un acto violento.
Pero aparte de esto, la semana ha tenido más cosas interesantes. Una vez recuperé la paz fue a celebrarlo como me merecía a un pub de ambiente heavy, regentado por un conocido. Me gusta esa música. Aunque disfruto con casi cualquier otra, el rock duro me llenan de energía. A veces cuando estoy decaído me sirve de estimulante.
Al llegar me senté en un extremo de la barra, desde allí podía vigilar la entrada y los movimientos del bar; suelo ser precavido. Luego, una cerveza irlandesa pastosa y amarga me alejó de las tensiones del día. Una camarera nueva, rubia y con un escote interesante me dio conversación durante un buen rato sobre el grupo australiano que en esos momentos sonaba. En esas estábamos cuando entró una mujer joven, de unos treinta y cinco años, bien parecida, y se sentó en la banqueta contigua. La miré, me miró y sin esperarlo se unió a la conversación. Aparte de música, hablamos de futbol, de los resultados en la última jornada de liga y del posible campeón. A mí el deporte nacional no me interesaba nada pero ella sí. La chica me gustó. Hacía tiempo que ninguna mujer me había llamado la atención. Era simpática, con una cara guapa, ojos azules y labios finos; apenas iba maquillada. Vestía una camiseta azul marino, unos pantalones vaqueros ajustados y una cazadora ligera.
Una hora después se marchó. Su despedida fue fría pero con una sonrisa para mí prometedora.
Esta noche voy a volver al pub a ver si la suerte me vuelve a sonreír. La probabilidad de que nos encontremos es baja pero nunca se sabe lo que puede suceder.
Es la hora de pasear al perro; es lo que hacen mis vecinos. Yo me voy a pasear a mí mismo, con ello tengo suficiente. La temperatura es agradable y la calle está despejada. Las cámaras vigilan —las que funcionan—. Las pocas farolas encendidas emiten una luz mortecina. En la esquina hay un coche patrulla de la policía; es oportuno un cambio de dirección. ¡Una explosión! No sé qué ha pasado. El coche está ardiendo. Uno de los agentes sale envuelto en llamas, rueda por el suelo, se detiene, se agita, mueve las piernas convulsivamente, grita, es una mujer. Me tapo la cara y me aproximo, no sé bien por qué. Sus vidas no me interesan, son mis enemigos mortales. Desde cinco metros de distancia huelo a la carne quemada. Me acerco a la mujer. ¡No puede ser! Es la chica del pub. Tiene los ojos abiertos, llora; la mitad de su cara está quemada, las manos también; la ropa está desgarrada y humea; tiene varias heridas sangrantes. Sus pupilas me miran suplicantes, no me ha reconocido. Gime. Su boca es una mueca de dolor y crispación. Sé lo que quiere de mí. Adivina el arte que domino. Quizá debiera marcharme sin más pero todavía sigo siendo humano. Me pongo los guantes de látex que siempre llevo conmigo, cojo el arma de ella, le quito el seguro y la monto, apunto a su cabeza y disparo. Ya no se lamenta, el dolor ha desaparecido. Dejo caer la pistola y me alejo con pasos largos; vuelvo a mi guarida, no me apetece visitar el pub, lo dejaré para otra noche en que la fortuna me sea más favorable.

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7 comentarios:

  1. Tremendo. El personaje se va haciendo más salvaje, más despiadado. Da miedo. Tiene su código pero ¿hasta dónde puede llegar?

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  2. Me ha gustado mucho. ¿Cuándo se abre la temporada de caza?

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  3. La temporada de caza de anumales no debería existir pero la de corruptos, mercenarios y explotadores, siempre está abierta. Ánimo

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  4. A partir del primer párrafo se me ha dibujado una sonrisa en la cara, que ha permanecido hasta el final prácticamente.
    ¿Dónde puedo encontrar al traficante de drogas que vende armas?

    Hasta el próximo relato.

    Salud!

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  5. Josemi, compañero, te recuerdo que esto es una fábula y que el protagonista está un poco pirado. No empecemos con fantasías erótico violentas.

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  6. El relato no deja indiferente como todos los de esta “serie”.
    Pienso que en el fondo, el protagonista se mueve por amor, han asesinado a su amigo ¿Qué sucedería si nos arrebataran a alguien por el que sentimos un enorme cariño?¿Qué nos pasaría por la cabeza aunque nos definiéramos como “no violentos”?
    Su primer “asesinato” esta motivado por el enorme amor que siente por su amigo y el segundo por la compasión, que es otra forma de amor. La chica pertenece al “bando contrario”, se conocen, a él le cae bien e incluso es la primera vez que al personaje se le ve un atisbo de ilusión por algo, cuando quiere volver al bar a ver si se la encuentra de nuevo. Al descubrir lo de la explosión él tiene dos opciones: mirar hacia otro lado o hacer lo que hace que es lo más arriesgado, no quiere que ella sufra y la mata.
    Después reacciona de una manera fría y calculadora, él es así, aunque le mueva el “amor al prójimo” de una manera distinta a la que nos han enseñado, de una manera vengativa, pero efectivamente tiene sentimientos incluso con tintes eróticos, como en la escena del rifle (muy buena, por cierto).
    Como también se comenta en otra parte del argumento, ¿Cuántos asesinos hay legales? Solo hay que escuchar lo que esta sucediendo y vivir donde vivimos, nos están matando poco a poco y la agonía se prevé demasiado larga...estamos preparados para reaccionar ante esto? Cual será nuestra defensa?
    Es un asesinato que una persona que sueñe con trasformar el mundo con movimientos no violentos termine empuñando un arma porque se encuentra en un callejón sin salida...¿Quién es más “asesino”, alguien al que le mueve el amor y terminar con las injusticias sociales o alguien que mata lentamente y de manera “legal” al que le mueve el poder, el dinero y su status social?
    Oso Panda

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  7. Da miedo una sociedad en la que un individuo se dedica a matar para entretenerse o para dotar de sentido a su vida. Pero también da miedo lo que estamos viviendo, la falta de humanidad, la satisfacción con que los políticos toman medidas que tal vez, solo tal vez, puedan equilibrar las cuentas del país, pero reducen a la pobreza a la mayoría de las personas que a las que deberían servir. No sé qué me da más miedo. Al menos al depredador urbano lo consideramos un loco pero nuestros gobernantes se supone que están cuerdos, al menos paradefender sus privilegios.

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