8 ago. 2012

Apocalipsis V

Los favores se pagan



Cada día me es más difícil aprovisionarme de alimentos. Los supermercados del barrio están siendo cerrados. Los asaltos y saqueos son continuos y la policía ha desistido de disponer efectivos para su protección; a fin de cuentas en esos locales compran los pobres y la dirección central de las compañías no ganan lo que esperan. Las empresas de seguridad solo aceptan su contratación a un alto precio; varios de sus guardias han resultado muertos y eso hace que haya que recurrir a mercenarios a los que hay que pagar elevados sueldos. No me voy a quejar por estos acontecimientos, de por sí esperados, yo he sido y soy un expropiador activo. Vender productos de primera necesidad no es seguro y comprarlos tampoco. Cuando sales de tu casa nunca tienes la certeza de que vas a regresar. He reflexionado mucho sobre este tipo de violencia indiscriminada e innecesaria que parece irse adueñando poco a poco de los barrios humildes. Podríamos impedirlo si la población se organizara a sí misma pero no lo hace, espera el milagro de que el orden sea restablecido por los mismos responsables del desorden. Desde luego, de suceder, sería toda una proeza, no me cabe duda.
De todas formas, aún hay posibilidades. Siempre se puede ir de excursión a otros barrios menos descompuestos; pero la situación de caos se está generalizando. Otra opción es acudir al centro de la ciudad, a las zonas protegidas por las fuerzas de Seguridad del Estado. Es obvio que hay que ir armado y eso es una tarea ímproba, no inviable del todo. De vez en cuando, se producen atracos y tumultos en los grandes centros comerciales, sin embargo, salir bien parado de los mismos es todo un reto.
Algunos individuos avispados están creando almacenes clandestinos en los que se vende de todo a precios abusivos. Generalmente están protegidos por bandas de delincuentes que cobran sus servicios en dinero y en especies. La comida está alcanzando el valor del oro.
Hay núcleos de población en los que las autoridades han desertado debido a la carencia de recursos y al riesgo para sus vidas. En dichos lugares no ha quedado más remedio que organizarse. Se han formado milicias y se autogestiona la satisfacción de las necesidades básicas, incluida la seguridad. Se han asaltado los cuarteles y las comisarías y las armas están donde deben estar, en manos de los ciudadanos. En estas pequeñas islas utópicas se funciona con normalidad. Todo el terreno disponible se ha convertido en huertos, se han montado granjas avícolas e incluso hay algo de ganado vacuno para la producción de leche. Aunque esas «zonas liberadas» son un ejemplo a seguir, constituyen una representación mínima, y demasiados ojos las observan con avidez. Sus probabilidades de supervivencia son escasas si el movimiento no se extiende.
Si creyera en un dios todopoderoso, diría que vivimos los prolegómenos del «Juicio final». Sea como fuere, todavía no estoy acabado, tengo que seguir adelante. Necesito provisiones. Voy a visitar el almacén de Mohamed, defendido por jóvenes yihadistas. Me debe un favor y tengo dinero para pagar. Podré conseguir comida suficiente para unas semanas; luego ya veré qué hago. Quizá me marche a otro lugar más seguro.
El Estado se descompone y blinda a los detentadores del poder y a los lacayos que le son necesarios para mantenerse en pie; pero pronto tal vez ese blindaje no sea suficiente. La «peste» de la guerra de «todos contra todos» se extiende como una inmensa mancha negra, grasienta y pútrida, que corroe todo lo que toca.
No descarto la posibilidad de dispararme un tiro en la boca. Ignoro por qué no lo he hecho todavía. Vivir así no es vivir, no es digno ni suficiente.
Ahí están esos niñatos fanáticos. No son peores que los otros, los que visten uniforme negro o azul y se amparan en unas leyes en las que ni ellos mismos creen. Los primeros profesan el código de un dios implacable; los uniformados justifican sus crímenes en el imperativo del dios «dinero». Ambos buscan un «paraíso» en el que ser compensados por la desgracia diaria de respirar.
Me cachean con brusquedad; en esta ocasión les permito estas libertades, en el próximo encuentro tal vez el resultado sea diferente. Hablan en árabe entre ellos, a pesar de haber nacido aquí para ellos es un signo de identidad. Les pregunto por Mohamed y me prestan atención, sus gestos se suavizan, le respetan como a un santón. Mohamed es un hombre de dios, muy religioso, que pregona una doctrina hecha a su medida, con una dosis de oportunismo y otra de fe ciega. Una magnífica combinación para lavar cerebros sin excesivo espíritu crítico.
Me escoltan hasta el recinto fortificado y llaman a mi amigo. Mohamed aparece en la entrada, deslumbrante, vestido con una túnica blanca y calzado con unas sandalias bastas. Es un hombre maduro de luengas barbas. Su mirada es escrutadora y noble. ¿Se fía de mí? Lee en mi rostro mi necesidad, de eso entiende mucho. El hambre es un lenguaje universal que conocemos todos desde el momento del nacimiento. Me invita a pasar al interior y a sentarme, después me agasaja con té y dulces. Acepto su cortesía, rechazar el ofrecimiento no sería ni entendido ni adecuado. Mientras bebemos la infusión, me habla de los malos tiempos que vivimos y de la ira que domina las mentes. Le escucho sin pestañear, no podría ser de otra manera. Su discurso apocalíptico no me interesa pero tiene lo que necesito. En un tiempo pasado le salvé la vida y está en deuda conmigo. Tal vez me odie eternamente por no haberle dejado morir.
La conversación, monólogo, ha terminado y mi recompensa la llevo cargada a la espalda, en una mochila, y en dos bolsas de mano en las que se mezclan la comida y la munición en una admirable simbiosis. Pago la compra a buen precio y me voy. Dos de sus chicos me escoltan hasta el límite de su frontera imaginaria. Vuelvo a estar solo pero no perdido.
Noto un tirón en una de las bolas y veo a un niño correr con una de mis naranjas en la mano. No he notado su presencia hasta el final, estoy perdiendo facultades. Es muy pequeño, quizá tenga seis o siete años. Si bien se mueve deprisa, puedo seguirle sin perderle de vista. Es ágil pero juego con ventaja, sé dónde va: al vertedero; allí hay muchos críos como él, abandonados a su suerte. Sobreviven de la basura y de pequeños robos. Su esperanza de vida no supera los diez años.
Le he visto esconderse; sé también que él me ha visto a mí. O es muy confiando o muy temerario. Se ha metido en un contenedor de basura volcado. La tapa se levanta hacia arriba y hace de improvisada puerta. Un techo tan válido como cualquier otro cuando se vive en la calle. Lentamente subo la tapa y la mantengo en alto. El niño me mira sin miedo, con un pequeño cuchillo en una mano y la naranja, que ha empezado a pelar en la otra. Me desafía sin moverse con sus ojos de fiera acosada. Junto a él hay otros dos niños más pequeños, sentados y cubiertos con una manta mugrienta; están demacrados y famélicos, parecen enfermos. También me miran pero su expresión es tan débil que hasta mover los párpados supone un esfuerzo para ellos. Extiendo la mano y les ofrezco otra naranja. El mayor no entiende mi juego generoso, valora a toda prisa si se trata de algún tipo de trampa. Se ha hablado mucho en la zona sobre los asesinatos de niños por parte de los «escuadrones de la muerte». Coge la naranja con un movimiento rápido. Supongo que es consciente de que si quisiera sus vidas ya estarían muertos. Confiado, se sienta, corta las piezas de fruta en pedazos y las reparte con sus compañeros, que comen en silencio. Una rabia inmensa arde en mis entrañas. A esas alturas de mi tiempo ya no debería sentir nada. Tendría que ser inmune a este tipo de escenarios, pero por desgracia todavía no es así.
Sujeto la tapa del contenedor con un palo para que no se cierre y entre el aire, aunque sea ponzoñoso, y me siento con ellos. Pelo una manzana y la reparto entre los chicos. Los cuatro comemos despacio, con gusto. Abro un paquete de galletas y les doy dos a cada uno. El más pequeño, una criatura de unos cuatro años, se ríe y aplaude. El pequeño banquete me hace olvidar durante unos segundos que estoy metido en un cubo de basura. Quizá mañana la enfermedad o un asesino sesgue sus vidas inocentes pero ahora son felices con unos gajos de naranja y unas galletas. Su existencia se ha reducido a la mínima expresión, definida por el hecho de tener algo para comer o no. Probablemente no superarán la infancia, eso que ganan; nada les espera más allá de este cúmulo de desechos.
La oscuridad cae y el frío se hace notar con insistencia. Los tres se aprietan los unos contra los otros, envueltos en la mísera manta. El niño mayor arropa a los otros como si fuera su madre. De sus labios no se escapa una queja, tal vez no conocen otra forma de existencia. En una bolsa de plástico meto un litro de leche, una barra de pan, dos naranjas y una pequeña linterna que casi siempre llevo encima. Luego, salgo al exterior, cierro la tapa y me alejo con una mano invisible apretándome la garganta. Me pregunto si no debiera volver con una pistola y matar a los tres para que dejen de sufrir.
De pronto he dejado de sentir, de ver, de pensar. Tengo brazos, piernas, ojos, lengua, oídos, corazón, pulmones, vasos sanguíneos… pero los rasgos emocionales que me distinguen de otros hombres y mujeres han desaparecido. Soy algo así como una masa biológica amorfa; un conjunto de células sin memoria, sin destino. Es mejor así. Aprieto los párpados y unas gruesas lágrimas me queman las mejillas como si estuvieran compuestas de ácido nítrico. No sé qué significado tienen, no quiero saberlo. ¿Para qué? Tengo comida, una caja de balas y las fuerzas suficientes para arrastrarme otro día más por este estercolero implacable que denominamos mundo.

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10 comentarios:

  1. Los niños son siempre las víctimas inocentes en todas las catástrofes humanitarias. No tenemos conciencia de ello pero ocurre constantemente. No nos damos cuenta que sus vivencias infantiles construirán adultos...

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  2. Me ha gustado mucho esta nueva entrega, compañero. Pero... a ver si le das un poco de marcha el asunto; esta vez te ha salido tierno.

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  3. Cómo ya se ha dicho en muchas ocasiones, la violencia puede tomar muchas formas. El hambre, la desnutrición, el desamparo de los más débiles es una forma de violencia cruel y los que la sufren tienen el derecho inalienable de responder con todas sus fuerzas ante esa agresión de los poderosos.

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    1. Ahí está lo que ha sucedido en Andalucía esta semana. Mientras haya casas desocupadas, nadie debe vivir en la calle. Mientras haya supermercados llenos de comida, nadie debe pasar hambre.

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    2. No estoy de acuerdo: entonces mientras estés en tu trabajo que alguien se coma la comida de tu frigo;duerma en tu cama y lo que corresponda... ya q en ese momento tu no haces uso. Hablar de justicia social sin respeto a la propiedad privada tiene sentido...

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    3. NO TIENE SENTIDO QUERIA ESCRIBIR

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  4. Es gracioso pero hay quien dice que "expropiar" comida es un acto de irresponsabilidad. Me pregunto si se pueden comparar los mil euros que se llevaron los militantes del SAT con los trescientos mil millones que el estado ha enchufado a la banca en los últimos años a costa de los que ahora pagan su crisis. Alguien dijo: "Robar no es un pecado si no se tiene nada".

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    1. Robar es robar.. aún si te mueres de hambre sea para sobrevivir. Esto de los supermercados andaluces es un acto pedagógico irresponsable y un delito. No es fruto de desesperación por sobrevivir ni mucho menos.

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    2. El estado firma un contrato con la ciudadanía, Los ciudadan@s dan impuestos a cambio ellos les proporcionan una serie de servicios básicos: sanidad,educación, alimentación, etc. Si el Estado no cumple su parte. Su "justicia" queda invalidada y es necesario instaurar otro tipo de justicia, la revolucionaria. El Estado entonces ya no es necesario y los que le sirven deben tomar partido, o bien están con el pueblo llano o con el poder, ya ilegalmente constituido, el después está por ver.Creo, además, que aparte de expropiar supermercados, habría que ir directamente a por los detentadores del poder, responsables de las desigualdades, quitarles todo lo que tienen y si se resiste, entonces...

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  5. Lo que cuenta el relato ya está sucediendo. En Grecia Carrefour ha cerrado todos sus centros. Y en lo que respecta a los niños abandonados o asesinados, solo hay que revisar la prensa y ver las noticias que han llegado hace mucho tiempo del llamado tercer mundo. Ahora nosotros somos parte del tercer mundo.

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