13 sept. 2012

Apocalipsis VI

Cambio de aires


Otro día se inicia con la inescrutable pasión de un cadáver. La luz del amanecer se estrella contra mi insípida oscuridad. En esta casa he vivido cinco largos años y aunque no poseo en ella lazos dignos de mención, que no sean desagradables, sí tiene incrustadas en sus desangeladas paredes soledades dolorosas que me han acompañado y sobre las que me he reconstruido.
Debo marcharme, no es un lugar seguro, quizá ninguno lo sea. He conseguido un coche con los papeles en regla, en estos tiempos todo un lujo, y lo tengo todo dispuesto para partir. Escaso es el equipaje que debo transportar. Algo de ropa, unos libros viejos que en ocasiones me reconfortan, comida y, por supuesto, mis armas debidamente desmontadas y camufladas entre el resto de enseres. Espero que esta última medida de precaución no sea necesaria. Es poco probable que a estas horas y circulando por carreteras secundarias, me tope con un control policial.
Un antiguo compañero de militancia política —otro superviviente como yo— me ha invitado a visitar el pueblo en el que vive. Sus habitantes tienen su destino depositado entre sus manos; todo un reto. Las autoridades municipales les han abandonado a su suerte. El alcalde y los concejales cobraban un sueldo para ellos escaso, y decidieron abandonar sus puestos. Algo semejante les sucedió a los policías destacados en la zona. Mal pagados y con un alto riesgo de ser atacados y muertos en cualquier momento, regresaron a sus ciudades de origen. Así las cosas, los acontecimientos se precipitaron. Por falta de pago, las compañías suministradoras cortaron la luz, el agua corriente y el teléfono.
El pueblo, según me ha contado, es muy pequeño, apenas residen en él mil habitantes, por lo que las necesidades básicas han sido cubiertas sin demasiado esfuerzo. El agua es un problema que de momento está resuelto, se abastecen de pozos y manantiales próximos. Naturalmente el consumo está racionado.
Mi compañero y algunas personas más han auto organizado a la gente y viven con recursos básicos; en cualquier caso, a nadie le falta ni casa, ni comida, ni agua. Hoy en día esto es todo un tesoro.
La idea de ir a su encuentro no me ilusiona, no deseo implicarme en algo que me suponga interactuar demasiado íntimamente con otros seres humanos. No obstante el poseer un punto de referencia hacia el que dirigirme es mejor que viajar sin rumbo. Además, el pueblo parece un lugar acogedor. Está perdido en un valle de difícil acceso en invierno, y carece de interés estratégico y económico. Digamos que no posee algo que merezca la pena ser expoliado.
El proyecto no es malo, ahora solo me queda llegar sin novedad. Ya me preocuparé después por lo que me encuentre allí. Si la suerte me corteja tal vez pueda adaptarme y pasar tranquilo una larga temporada.
Algunos vehículos empiezan a circular; son pocos, la gasolina es cara por lo que es necesario pensárselo bien antes de poner en marcha un motor que funcione con este combustible. En mi caso no tengo más remedio. Viajar solo en un coche es raro en estos días, dado el coste y los riesgos previsibles de ser atacado por fuerzas regulares e irregulares. Aún así es menos peligroso que hacerlo con otros. Cuatro o cinco personas en movimiento llaman mucho la atención.
De momento voy bien. El barrio parece despejado de policías y militares. Me mezclaré con la circulación habitual de las mañanas y saldré de la ciudad, atravesando las zonas periféricas. No es que sea muy gratificante pasar por el cementerio y el vertedero pero por otro lado las calles no tienen mejor aspecto. Con el paso de los años he ido confundiendo lo pulcro y lo sucio, hasta tal punto en que lo infecto y deteriorado se ha convertido en lo corriente.
Huele a quemado. El aire está cargado de un humo espeso y fétido, la podredumbre se mastica. Algo ha sucedido en el vertedero. Detengo el coche y le pregunto a un grupo de vecinos que vigila la calle por lo que ha sucedido. Con recelo me informan de que el poblado de chavolas está ardiendo. Por añadidura, nadie sabe nada ni ha visto nada. La sociedad está poblada por una masa informe de seres mudos, ciegos y sordos. No lo entiendo. El hambre y la insalubridad les mata lentamente. ¿A qué tienen miedo? ¿Les asusta morirse del todo? Esa actitud es pueril pero el miedo es una emoción libre. Se asemejan a corderos sumisos, sin voz ni memoria, a la espera de que una mano implacable y a la vez caritativa les corte el cuello.
¡Vaya! ¡Quién está ahí! Es mi pequeño amigo, el que vivía en el contenedor de basura. Parece que lo han desahuciado. Tal vez no pagaba el alquiler con la suficiente prontitud. ¡Muy gracioso! Incluso entre la mierda hay impuestos, tasas y requisitos de obligado cumplimiento. Más mierda sobre mierda. La vida del siglo XXI es una gigantesca e inmensa montaña de excrecencias indigeribles.
Está mirando la danza de las llamas con un rostro de hierro, sin expresión. Sus minúsculos compañeros de infortunio no están con él. Me sitúo a su lado y me mira sin sorpresa. ¿Me reconoce?
—¿Sabes quién soy?
—No.
—¿Me conoces?
—Sí.
—Me voy de la ciudad. ¿Quieres venir conmigo?
Me clava sus ojos de niño de seis o siete años e intenta adivinar imperturbable lo que mis neuronas pretenden de él, calcula sus posibilidades de salir bien parado de nuestra asociación.
—Sí —responde con frialdad.
—Puedes traerte a tus amigos, si quieres.
—Están muertos.
—¿Qué ha sucedido?
—Vinieron militares encapuchados por la noche, dispararon sobre los contenedores y las chavolas y luego le prendieron fuego a todo.
—Lo siento.
—No importa. No se enteraron de nada, dormían.
—¡Vámonos de aquí!
Le ofrezco mi mano y duda. Quizá no reconoce el gesto amistoso que supone, propio de la relación de un adulto con un niño. Con sus pupilas heladas, recorre las cenizas ardientes que nos rodean y finalmente atrapa mis dedos con su tacto infantil. Se agarra con fuerza, como si se tratara del último salvavidas que le queda en pleno naufragio.
La explanada desierta escupe susurros. El último aliento de los muertos flota sobre nuestras cabezas, se eleva hacia el techo del mundo y dibuja con su estela dañina un jardín fantasmagórico, construido con las cuencas vacías de infinitas calaveras sonrientes.
Entramos en el coche y nos ponemos en marcha. Yo voy delante, él tumbado detrás en un primer momento, más tarde se incorpora y observa con atención el paisaje que abandonamos como si se tratara de un documental que ejemplariza la miseria. Le pido que se ponga el cinturón de seguridad y no me comprende. Paro el coche y lo ajusto a su cuerpo. Mis dedos le palpan y perciben sus huesos, su delgadez es extrema. Él deja hacer.
—¿Nunca habías montando en un coche?
—No lo sé.
—¿Cómo te llamas?
—No tengo nombre.
—¿Cómo te llamaban tus amigos?
—«Tú».
—Eso no parece un nombre.
—¿Por qué?
—No lo había oído nunca.
—¿Y tú, cómo te llamas?
—Lo he olvidado.
—¿Cómo te llaman tus amigos?
—¡Chico listo! Verás, vamos a hacer una cosa. Como ninguno de los dos tiene nombre podemos elegir uno ahora mismo. ¿Qué te parece?
—Me da igual.
—Si estas de acuerdo, a partir de ahora a mí me puedes llamar «Uno» y yo te llamaré a ti «Dos». ¿Te gusta la idea?
—Está bien.
Pongo la radio y nos invade una música electrónica estruendosa e impersonal. Cambio de emisora y se escucha música clásica. Un piano rocía de notas serenas nuestros oídos poco acostumbrados a ellas. Esas notas carecen de significado para mí. Quizá en otro tiempo habrían hecho que mi imaginación volara hacia escenarios alegres o tristes, según mi estado anímico.
—¿Te gusta esta música?
—No. Es fea.
Sonrío y apago la radio. Tal vez tenga razón y la mejor compañía para el viaje seamos nosotros mismos.
—Cuéntame cosas de tu vida —le pido a Dos para distraerme.
—No te entiendo.
—¿Tus padres dónde están?
—No tengo padres. Creo que viví con otros niños en una casa muy grande. Pero casi lo único que recuerdo es el vertedero.
Su existencia es un drama más entre muchos. Por suerte su memoria ha sido caritativa con él y ha borrado su origen, tal vez más llevadero.
—Uno.
—¿Qué?
—¿Dónde vivías?
—Vivía en una casa ocupada. Antes de eso, tuve novia y un buen trabajo, también amigos e incluso dinero. Se puede decir que vivía bien.
Imágenes del pasado explotan con la urgencia de fuegos de artificio, ordenadamente, con una cadencia previsible. Veo mi pulcro colegio religioso y a mí mismo vestido de uniforme, haciendo fila por la mañana para entrar en clase. La voz de mi padre se expresa con frases inteligentes, me exige responsabilidad y un rendimiento escolar más alto. Soy un niño obediente, agacho la cabeza y me someto. Sigo la senda que él me traza. Estoy en la universidad e ideas antiguas de libertad y utopía penetran en mi sangre. Me embriago con ellas y lucho hasta la extenuación por una sociedad justa e igualitaria. El esfuerzo es inútil. Nos quedamos solos. Estoy en la cárcel y me siento abandonado. Cuando vuelvo a la normalidad vivo con mi novia de siempre. La quiero más que a mi propia vida. Trabajo en el bufete de mi padre. Creo que soy feliz; de algún modo lo soy. Aparecen los primeros signos de «crisis económica». Mi padre se arruina y se suicida. Mi mundo se derrumba pero resisto. La tengo a ella más todo lo que amamos y compartimos: los libros, la Naturaleza, el cine… He cambiado. Tengo miedo de perder lo que he ganado con tanto sacrificio. Las deudas están ahí, como monstruos acechantes. La rabia me domina. Ella se va sin despedirse en persona. Un día cuando vuelvo no está. En la puerta de la cocina hay pegada una hoja de papel amarillo en la que me ha escrito que me quiere mucho pero no lo suficiente como para seguir conmigo. Es demasiado tarde para hablar. Nuestra relación se desintegra con un pestañeo inconsciente, como si hubiera sido un dulce sueño. Siento mucho dolor. Todavía está ahí, agazapado, desgarra mis vísceras, me muestra mi insignificancia.
—¿Qué te pasó? —pregunta Dos ante mi largo silencio.
—Cosas de la vida.
Los dos nos callamos. Por el espejo retrovisor veo que cierra los ojos, se duerme. A mí también me gustaría dormir, apartar de mi visión esas agujas que me atraviesan. De buena gana me apagaría para no despertar jamás. Pero no es posible, todavía no, algo en mi interior me lo prohíbe a diario. El rugido del viejo motor me grita que siga adelante, aunque el viaje sea incierto, aunque carezca de horizonte y el sentido de mi vida se reduzca a perseguir las rayas desdibujadas de la carretera.

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4 comentarios:

  1. La historia va tomando forma. El texto está lleno de violencia sin embargo es tierno.

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  2. Ojalá tuviéramos un sitio al que escapar de la pesadilla que estamos viviendo. Hoy miraba mi habitación, con mis libros, mis discos, el orden de mis cosas, y me he dado cuenta de que el mundo que conocíamos se está desmoroando. Como dice el texto, es una esplanada llena de cenizas humeantes. La miramos friamente viendo cómo tarde y con un fatalismo indolente que nos va a resultar agónico.

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  3. La impunidad del Estado da mucho miedo. A veces pienso que gran parte de la población le sobra para conseguir sus fines. Tal vez necesitan una guerra o una epidemia para que haya menos parados, no lo sé. Lo cierto es que su poder hoy en día es terrorífico.

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  4. Ayer vi el programa Salvados y lo que hablaban los griegos puede llegar a parecerse mucho a lo que describes. Digamos que faltan vueltas de tuerca. Aún no hemos llegado a esos extremos pero llegaremos. Si no ha salida para la crisis económica, si realmente están ganando tiempo para exprimirnos al máximo... Luego qué... A qué esperamos para actuar?

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