30 oct. 2012

Apocalipsis VII

El abrazo

Andrea Arco Blanco. Pastel sobre papel                     


Dos y yo llevamos aquí tres meses, y nos hemos adaptado bien. Somos pocas personas en el pueblo y se puede decir que existe una armonía esencial que nos regenera. La vida diaria está centrada en conseguir los objetivos prioritarios de la comunidad, fundamentados en el abastecimiento de comida, de agua y en el mantenimiento de las casas, algunas en un estado deplorable. No tenemos ni luz eléctrica ni teléfono. Mediante un pequeño molino de viento, que ha montado un compañero con materiales de desecho, obtenemos energía suficiente para alimentar una emisora de onda corta, con la que contactamos con radioaficionados. Por ese medio nos llegan noticias de lo que ocurre en el mundo.
Tengo la sensación de estar viviendo en otra dimensión, ajeno a la realidad que hay más allá de estas montañas. Es una especie de vida suspensa, sin calendario. De hecho casi nadie porta reloj. No hay relojero que los arregle si se estropean ni baterías que sustituyan las gastadas. Así, poco a poco, la medición de las horas, los días y las semanas, queda desposeída de su valor y es sustituida por los movimientos cíclicos de los astros que nos son familiares, el Sol y la Luna. En la fachada del Ayuntamiento todavía queda un viejo reloj a cuyo mecanismo imperecedero damos cuerda todos los días y al que contemplamos como a una reliquia, con una cierta veneración; su presencia proporciona un medio a nuestras mentes para alimentar el hábito de medir racionalmente todo lo que existe.
Muchos días, a las siete de la tarde, finalizadas las diferentes tareas y antes de cenar, nos reunimos en asamblea. Si hace buen tiempo nos concentramos en la plaza, de lo contrario lo hacemos en una nave industrial situada en las afueras, que está abandonada. La mayor parte de los habitantes asisten sin falta. Esta forma de gestionar la realidad sacude sus costumbres y convicciones, pero la necesidad se ha impuesto. El nuevo modelo de toma de decisiones les sorprende y les atrae. No obstante pocas son las personas asistentes que hablan; están demasiado acostumbradas a vivir en un redil sin opinión ni criterio propio. Tanto protagonismo les sobrecoge. En estas reuniones se suele informar de cómo se desarrolla el trabajo cotidiano, los objetivos a conseguir y los plazos; también se difunden informaciones del exterior. El ambiente es relajado, yo diría que edificante. Cuando damos por concluida la asamblea, cada uno se va a su casa, a dar un paseo o a alguna de las antiguas tabernas, ahora convertidas en centros de cultura, en donde se discute, se lee a la luz de lámparas de aceite y se ofrecen charlas sobre temas interesantes. Aún queda aprovisionamiento de vino pero lo tenemos racionado; hasta la próxima cosecha de uva el popular elixir es un bien escaso. Nos faltan muchas cosas. Yo soy muy frugal y me organizo bien la vida con poco pero hecho en falta, de vez en cuando, algo de beber que no sea agua y, sobre todo, un cigarro; carecemos también de tabaco.
De momento no tenemos soluciones prácticas para el agua que no pasen por el acarreo diario desde los manantiales y pozos que hay en nuestro entorno. Las autoridades nos han cortado el suministro a kilómetros de aquí y nada podemos hacer. El aseo es un problema. Hay un río con un caudal escaso, que baja de las montañas y recorre el valle, que nos sirve para lavarnos. El agua no es potable. Ese es un tema que tenemos que solucionar si sabemos y podemos hacerlo. Dejando a un lado estos inconvenientes, siento en mi interior una paz de la que no había disfrutado hace mucho tiempo.
Dos vive con una pareja que tiene dos niños de su edad. Lo consulté con él al llegar y le pareció bien irse a esa casa y convivir con ellos. Yo no sabría cómo cuidarle adecuadamente y tampoco tengo ganas de aprender. Aún así le veo todos los días. Por las mañanas, cuando va al colegio, viene a la ruinosa casa que me ha sido adjudicada temporalmente, se queda en la puerta, que siempre tengo abierta, y me mira con ojos luminosos. No hace una mueca, solo me observa. Yo, rutinariamente, me acerco a él, le acaricio el pelo y le hago algún comentario trivial relacionado con la vida del pueblo. Dos asiente, a veces se ríe, luego me dice adiós con la mano y se va. Por las tardes me busca de nuevo, allí donde esté, y se sienta a mi lado a hacer sus tareas escolares; es muy inteligente y aplicado. Yo se las superviso y le felicito o le corrijo con cariño. Estar con él me hace ser más sociable, mejor persona. Una noche en la que estuvimos haciendo dibujos con pinturas de colores, cuando se iba a su casa, le di un beso, una muestra de afecto que no me caracteriza. Él se quedó rígido y se marchó. A los pocos segundos regresó y sin decir palabra me abrazó con fuerza. Yo también le estreché entre mis brazos y tuve sensaciones especiales, incluso mis ojos se humedecieron. Aquella noche le eché de menos por primera vez y deseé que estuviera a mi lado. Las emociones son extrañas, siempre creo que las tengo bien encerradas en el sótano donde oculto mis debilidades, sin embargo vuelven a aparecer. Cuando me sucede algo similar me comprometo conmigo mismo a ser más humano, a acercarme a otras personas, a compartir con ellas amor y dolor, sin embargo, una vez llega el momento de cumplir con el compromiso, una barrera invisible me contiene y me impulsa a alejarme. Quizá tengo miedo a sufrir más de lo necesario, y los afectos, inexorablemente, llevan a eso.
A pesar de tanta aparente normalidad ha ocurrido algo que ha revuelto a la gente y provocado que, al menos por ahora, nos movamos con un cierto ensimismamiento que no entiendo del todo. A mí no me ha afectado en absoluto pero mi experiencia es muy diferente a la de ellos. Dos semanas después de instalarme en el pueblo, bien integrado en la dinámica de trabajo y convivencia, se produjo una agresión brutal de un individuo maduro hacia una ciudadana mucho más joven. No se limitó a golpearla hasta dejarla inconsciente sino que además la violó. La noticia conmocionó a la comunidad. Desde que sus habitantes ordenan sus vidas de manera autogestionaria nunca habían sufrido el más mínimo acto antisocial, ni robos ni violencia. El suceso generó graves tensiones, difíciles de manejar por la asamblea. La mujer se recuperó físicamente pero con un estado psicológico deplorable que la empujó a un intento de suicidio, por fortuna fallido. Entre tanto se decidía cómo resolver la cuestión, se encerró al agresor en un despacho del Ayuntamiento que se utiliza como archivo. Como consecuencia del suceso, el pueblo se dividió en tres grupos, uno apoyado por familiares y amigos de la víctima, otro por los familiares y amigos del verdugo; el tercer grupo lo componíamos el resto de la asamblea. Los primeros proponían la ejecución sumaria del responsable de la violencia; los segundos defendían su expulsión de la comunidad; y el tercer grupo se debatía entre una y otra propuesta sin saber qué hacer. Yo lo tenía muy claro —el daño era irreparable y se merecía la muerte— pero preferí no tomar partido hasta el final. También podíamos haber creado una especie de castigo menor de tipo carcelario pero construir una prisión, aunque fuera provisional, significaba reproducir una institución nefasta, propia de las sociedades opresivas. Expulsarlo dejaba impune el crimen. Matarle era responder a la violencia con violencia. En nada mejorábamos nuestra condición humana con ello. Nadie era partidario de la reeducación. La cuestión era sencilla, ¿castigábamos la acción o no?
Hiciéramos lo que hiciéramos estábamos atrapados en dilemas éticos y emocionales que nos dividían. Los debates fueron intensos y se estuvo a punto de llegar a enfrentamientos que superaban lo dialéctico. Cuando la mujer agredida intentó suicidarse los ánimos se encresparon aún más y la balanza se inclinó de forma decisiva en contra del reo. A mano alzada se realizó una votación que le condenó a muerte. Hubo mayoría absoluta. Se produjeron algunas abstenciones y un porcentaje mínimo de votos en contra, emitidos por sus familiares más directos. La siguiente cuestión era decidir cómo se procedía a la ejecución, más bien quién se iba a encargar de esa misión. El método elegido fue el fusilamiento y las personas participantes en el mismo podían ser bien voluntarias, bien elegidas por sorteo entre las que habían votado a favor de la pena de muerte. El criterio que nos impulsó a plantear la elección azarosa de los verdugos fue así expuesto: «Si somos responsables para decidir si alguien vive o muere también debemos serlo a la hora de aplicar la sentencia». En consecuencia se pidieron personas voluntarias, un mínimo de diez —es el número de armas largas que tenemos— y si no salían las suficientes, se elegirían por sorteo. El grupo ejecutor se cumplimentó de manera voluntaria, sin contratiempos.
Al día siguiente, con las primeras luces del sol, el pelotón de fusilamiento, compuesto por siete hombres —uno de ellos era yo— y tres mujeres —entre ellas la hermana de la agredida—, se concentraron en el cementerio. Lo que ocurrió después no es trascendental, lo hemos visto en películas y leído en libros muchas veces; sentir cerca el aliento de la muerte aterra y acobarda. Al condenado hubo que llevarlo casi arrastras, lloriqueaba como un niño y se orinó en los pantalones. Pidió perdón una y otra vez como si creyera que el ser humano es compasivo. Podemos ser cualquier otra cosa pero no eso, portamos el estigma de la crueldad en lo más íntimo de nuestra estructura genética. El reo no negó en ningún momento el daño hecho pero se defendía con el argumento de que no sabía qué le había pasado; se había vuelto loco, dijo repetidas veces. Tal vez fuera así, no lo dudo, pero debía morir para que la víctima pudiera volver a dormir tranquila; y sobre todo para que todas las mujeres del pueblo lo hicieran también. No sé si fue justo o injusto ese asesinato aprobado por la mayoría del pueblo pero resolvió de manera tajante un problema que de otro modo podría haber roto la comunidad.
Apoyado en la tapia del cementerio, las bocas de los fusiles le miraron expectantes, como observadoras siniestras. No había piedad en los ojos que se concentraban en el corazón del violador. No temblaba el hierro. Una señal y el estruendo cortó el aliento. Un silencio aterrador desgarró el tímpano de los oídos más lejanos. Las armas descansaron impasibles. Las miradas se escondían o buscaban aprobación en las otras. Un hombre joven vomitó con sonoras arcadas en la misma pared en la que hacía un instante se apoyaba el condenado. Las nubes corrían sobre nuestras cabezas ajenas al drama de la presunta justicia humana; se desplazaban deprisa impulsadas por un viento del norte que atravesaba la ropa y nos congelaba. Exhalé mi aliento caliente en mis manos y las froté, luego me retiré despacio hacia mi casa para guardar el arma, tomar algo que me reconfortara e ir al trabajo. En unos minutos, Dos fue a verme antes de ir al colegio y me interrogó con palabras mudas, como única respuesta le ofrecí unas galletas que una vecina me había regalado.

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7 comentarios:

  1. Me has sorprendido. Siempre te digo que no lo vas a lograr y lo has hecho... Buen tema para debatir...

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  2. ¡Ángel, has mostrado una emoción hacia un niño! No me lo puedo creer. A ver si te vas a hacer humano. Es broma. Me ha gustado mucho. El tema de la ejecución, no sé qué pensar. En esa situación, en una comunidad pequeña, sin recursos, COMO MUJER, yo creo que lo mataría personalmente, no lo tendría que hacer nadie por mí. Quizá te ha faltado esa opción, que ella asumiera la responsabilidad. No sé, es difícil, así en frío hablar de esto.

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  3. Muy tierno y muy duro. No sé qué hubiera votado yo en ese caso, salvo que fuera la víctima.

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  4. Estoy en contra de la pena de muerte institucionalizada pero en un contexto revolucionario no dudaría en aplicarla en un caso como el citado, siempre y cuando la comunidad la asuma colectivamente.

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  5. En situaciones revolucionarias es necesario actuar de manera tajante, hay cosas más importantes en qué emplear el tiempo. A un violador de la comunidad no se se puede dejar vivo, es una cuestión de coherencia y de respeto a las mujeres.

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  6. En esta sociedad en la que vivimos, no estoy a favor de la pena de muerte, además en algunos momentos dudo de esta justicia.
    En el caso de la sociedad planteada en el relato y tal como han sucedido las cosas, si fuera alguien importante para mi, sería una de las voluntarias que empuñaría el arma.
    Si fuera la victima no se que haría, no se que como estaría emocionalmente y lo que me convendría mas.
    Me ha enternecido muchísimo la relación del protagonista con el niño y su reflexión acerca del amor, comienza a tener ilusión por algo…eso es bueno, creo que empezará a cambiar su visión de las cosas a partir de este momento.
    Creo que a veces tenemos miedos (la mayor parte de las veces lógicos) a querer. Cuando quieres corres el riesgo de sufrir, si no quieres nunca sufrirás...pero llegaras algún día a ser completamente feliz?
    En esta ocasión el protagonista ha sido vencido, ya le quiere, ya no hay marcha atrás...si sucediera algo que no estuviera en sus expectativas, sufrirá, mientras tanto que disfrute de lo que le esta tocando vivir, de momento admite que es mejor persona.

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    1. Sí, el personaje se está descongelando. Eso es bueno. Vivir con odio y furia en las entrañas te acaba quemando por dentro y por fuera. A ver qué nos ofrece en la siguiente entrega el cerebro impredecible de Ángel. Salud

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