26 feb. 2013

Apocalipsis VIII



Hasta que me duerma

Nunca había sido tan consciente de esta paz en la que permanecemos suspendidos. Nos rodea, nos protege, nos invade con una perfección irrepetible que resulta irreal y misteriosa. Acostumbrados a la sombra de la muerte siempre al acecho, este sosiego sin retorcimientos ni asperezas hace que durmamos despiertos, con sueños elaborados por escenarios simples. Saco agua de un pozo y me asombro del sonido de la soga al deslizarse por la polea. Me sorprende la humedad que la impregna y el choque del cubo al estrellarse en el fondo. También me estremezco placenteramente con el olor del pan caliente recién salido del horno, y ante el lápiz de Dos cuando rasga una hoja de papel con su letra jeroglífica. Cada una de estas minúsculas experiencias es una pieza singular del puzzle grandioso en que vivimos. La maquinaria de la lucha por la subsistencia funciona como un micro cosmos ordenado e infalible. Hay poco que discutir sobre ello y mucho por hacer. Quizá llegue el tiempo en que nos sea perentorio trascender al mero abastecimiento de productos básicos y nos veamos impulsados a explotar las posibilidades que se ocultan en nuestros cerebros. La mente humana está dominada por una inquietante búsqueda de los aspectos novedosos de la existencia. Quizá no todas las personas sean capaces de ocupar algunas horas al día con procesamientos elaborados por su propio ingenio. La conformidad y el enclaustramiento en formas de vida elemental y sin complicaciones es una posibilidad muy seguida por una parte importante de mis iguales. Yo realizó mis tareas como cualquier otro pero necesito más, ir más allá del viaje de la cuchara del plato a mi boca. Mis momentos libres los relleno como puedo con lectura o escritura. A propuesta del amigo que me ha traído aquí, estamos preparando una modesta representación teatral. Me siento liberado de las ansias de venganza que me dominaban; de algún modo estoy recuperando parte de esa otra vida que en un momento dado dejé atrás y que pensé nunca volvería. En el pueblo hay pocos libros pero en estos meses hemos conseguido bastantes, de aquí y de allá, y formado una biblioteca decente. Con esas miles de páginas estaremos ocupados muchas estaciones. Las ansias de saber y de profundizar en las distintas realidades reflejadas en los libros, que hablan de nuestro paso por la Historia, no solo me dominan a mí sino a otras muchas personas de mi entorno. Sin televisión ni demás medios de comunicación, básicamente alienantes, que embrutezcan nuestras conciencias, somos capaces de mirar con mejores ojos aquello que habíamos relegado a un ostracismo ignorante. Me entusiasma este despertar misterioso de la curiosidad colectiva. Es como si hubiéramos abierto una puerta a una dimensión desconocida, antes descartada de facto y la absorbiéramos con deleite. Mi amigo dice que de alguna manera hay que vencer el tedio, por qué no a través del conocimiento. Tal vez tenga razón. En cualquier caso considero que siempre es mejor sembrar nuestros cerebros con semillas que potencian la duda y la autocrítica, que hacerlo con otras que nos inducen a la pasividad y a la enajenación. Naturalmente no todo el mundo apoya los mismos puntos de vista, de ser así algo malo estaría pasando en nuestro colectivo. La realidad unipersonal la construye cada persona como puede y sabe.
La obra de teatro que ya he citado es un buen ejemplo que nos enriquece colectivamente. La vamos a representar este fin de semana. La ha escrito el antiguo maestro del pueblo. Hoy en día continúa enseñando a los niños que tenemos pero a media jornada, la otra media la dedica a trabajar en el campo como los demás. La obra versa sobre una mujer obsesionada con su cuerpo, que vive con un hombre que la desprecia y humilla. Su mundo está compuesto de afrentas y desencuentros continuos que la empujan hacia una autodestrucción inevitable. El papel principal, el de la mujer, lo va a interpretar una buena compañera de tertulias, muy querida por Dos y también por mi amigo. Esta, en cuanto leyó el texto, quedó fascinada por la fuerza del personaje. Su papel protagonista se construye con un dolor interno que la lleva a anhelar la muerte, y desemboca en una explosión de rabia y entereza que la hace levantar la cabeza con respeto hacia sí misma. He participado en un par de ensayos y he sentido una profunda emoción, no solo por mi admiración por el texto sino también por ella. Este sentimiento me molesta. Dos me ha dicho que cree que le gusto y eso es desconcertante de ser cierto porque es la compañera de mi amigo. En un tiempo pasado amé con intensidad. En este espacio de lucha y esfuerzo continuo, y tras la travesía de los años transcurridos, la fuerza de ese amor original se ha escapado por un sumidero insaciable llamado desencanto. No sé si puedo amar. Ciertamente, sé muy poco sobre mis reacciones emocionales, al menos sobre las que se refieren al afecto, al deseo y al hecho mismo de compartir todo ello con alguien especial. La capacidad de amar es universal, impregna nuestra sangre y corre por nuestras venas, lo queramos o no. Amamos de muchas maneras. Quizá todas ellas sean iguales y posean el mismo sentido regenerador, no puedo descartarlo. Prefiero un amor genérico a uno particular. El primero me hermana con todo lo hermoso que existe y que merece la pena conocer; el segundo me aterra por lo que supone de apego y dependencia de otro ser. Es complejo manejar el torbellino de confusión que produce la idea del amor. La posibilidad de amarla a ella me crea una desazón angustiante. Hace unos meses no existía ni en mi mente y ahora no puedo dejar de pensar en su rostro, en su risa, en sus manos, en el tono de su voz firme y a la vez dulce.
Dos me mira más allá de su libro de lectura con unas pupilas grandes y oscuras que palpan la zozobra de este instante. Nota mi tensión, mi desasosiego y como el animal maltratado que es, percibe el aliento de la amenaza que toma forma en el aire. No entiende completamente mi pesar, mi silencio enrarecido.
Tendría que estar contento porque ella se interese por mí, sin embargo me refugio en mi concha, asustado por una metamorfosis que ni manejo ni es pertinente. Y esto último es importante porque ella está con otro, ese al que hasta ahora he llamado amigo y compañero, con el que he compartido dolor y alegría. Mientras las lenguas de fuego del hogar me hablan del cabello deseado, las manos de él quizá acarician su cuerpo, le estrechan, le exploran con avidez. Lo asumo, lo entiendo, y me duele, no por el hecho en sí, sino porque no soy yo el afortunado. Es puro azar, lo sé. Se conocieron antes, se gustaron y se quisieron como amantes. Yo no cuento, estoy fuera de ese juego abrasador. No es justo que interfiera en el orden de sus vidas. Ellos se han elegido y eso está bien. Ella le admite a su lado y debo respetar su decisión. No veo otra alternativa. Ella parece preferirle a él y sin embargo comparte mucho tiempo conmigo. Es para volverme loco. La siento tan cercana y no está aquí, en esta hora espesa y vana.
Dos desgrana sobre la nívea cuadrícula de su cuaderno números imperfectos. Levanta su mirada de la hoja un segundo, me observa, me vigila, apenas un roce inocuo carente de crítica o de premura. Tal vez pretende decirme con ese gesto que está a mi lado porque es su voluntad. Podría ocupar otro espacio en otro lugar sin embargo prefiere compartir esta mesa, esta luz temblorosa y el olor balsámico de las hierbas aromáticas colgadas de la pared. Me ha adoptado como lo haría un cachorro desamparado con alguien que le alimenta y le protege. No soy un buen compañero de viaje aunque hago lo que puedo. Él quizá se parezca al hijo que nunca he tenido y que probablemente nunca tendré. Si me atreviese podría explicarle lo que siento en estos momentos. ¿El me entendería? Tal vez. Si se lo dijera a ella, ¿también me entendería? ¿Sonreiría y se marcharía sin responder, dejando tras de si una estela de interrogantes? ¿Se quedaría y me besaría en los labios? ¡Qué pienso!... Camino equivocado. Ella podría estar aquí pero no está. Los tres somos compañeros y eso me obliga, moralmente hablando, a mantenerme a una distancia prudencial. Puedo elegir, todos podemos hacerlo y elijo dar un paso atrás. Los lazos que ellos mantienen son sólidos y no voy a interferir. Dejaré de mirarla, de olerla, de soñar con su piel. Lo que siento, son emociones pasajeras, humo en el aire que se diluirá con las primeras ráfagas de viento de la mañana. Solo tengo que esperar unas horas, tal vez días, lo admito, y este malestar pasará y recuperaré la paz, y podré centrarme en la lectura o en otra cosa. Es posible que incluso escriba algún poema propio de un adolescente, que seguramente hablará, de forma patética, del cielo rojo del atardecer, del verde de las huertas, del color marrón de los surcos horadados en la tierra y, cómo no, del destello áureo del pelo de ella. Por qué será que la poesía brota con fluidez en esas horas bajas en que el infierno abre sus puertas y deja paso franco a los demonios de la desesperanza y la frustración. No debo desesperarme en exceso, padezco un mal común, tortuoso y efímero, que se diluye inmisericorde con el transcurso del tiempo. No es más que eso, levedad hecha de palabras, de extrañezas y de anhelos hormonales que pronto volarán por el éter como las chispas que el fuego provoca al hacer estallar la madera. Estas sensaciones son un canto ciego, aparecen y desaparecen, como si las hubiera imaginado. Después, cuando todo pasa, solo resta aguardar al siguiente chisporroteo o en su caso, siendo condescendiente, nos queda cerrar los ojos hasta dormirnos, con la promesa cierta de no abrirlos jamás a otros latidos fulgurantes que hagan despertar esta maquinaria irracional, insufrible y perecedera. Pero qué desgracia, aún cerrando los ojos sigo viéndola, distingo sus pasos en las piedras de la calle y me estremezco con su respiración entrecortada, iluminada por una pasión insustancial que atraviesa sólidas paredes y principios, y convierte la mortecina luz de unas velas de sebo en incandescencias humeantes que dibujan besos furtivos en el vacío.

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3 comentarios:

  1. Uuffff no puedo opinar de manera muy tajante. En principio no me parece bien que alguien sienta atracción por la pareja de un amig@, pero aquí faltan datos, no se sabe muy bien la relación que lleva la pareja (si ella le “trastea”… no queda muy claro), y el protagonista no siente atracción, esta enamorado hasta las trancas.
    Aún así, del relato lo que más me ha impactado es lo que puede sentir el protagonista por otra persona, el sufrimiento que tiene, las ganas de huir, sus contradicciones…
    Quiere huir para no sufrir y esta sufriendo ya, quiere olvidarse de ella y es la primera imagen que le viene cuando cierra los ojos…no se puede vivir eternamente huyendo o evadiendo lo que nos pasa por dentro.
    O se lo dice y asume lo que tenga que venir, o el sufrimiento que le espera se prevé largo…y para que sufrir más con todo lo que sufre ya? Quizá con lo que pase si se lanza le de un giro la vida…o no, nunca se sabe, pero para que quedarse con la intriga de lo que habría pasado?

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  2. Es curioso, pero cierto. El enamoramiento es sufrimiento puro. El amor, supongo, que será otra cosa: compartir, proyectos, camaradería. Pero lo que es esa fase inicial es desgraciadamente difícil de manejar y en su nombre se cometen muchas torpezas. Al menos a mí me ha creado muchos problemas. Prefiero, sinceramente, no enamorarme.

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  3. http://m.youtube.com/#/watch?feature=related&v=jhTBaqT5Al4

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