3 may. 2013

Apocalipsis IX


Mezquino y estúpido

Ella sabe lo que siento y si bien no entiende mi decisión, la acepta con amargura. Le sorprende mi rechazo, eso a pesar de asumir individualmente las consecuencias de su entrega libre y apasionada. Mi amigo conoce su atracción por mí y no la tolera, a pesar de su ideología revolucionaria. ¡Quién es él para juzgar la conveniencia del derecho a amar! Por desgracia, yo soy partícipe de esa negación. Por una parte, por empatía hacia él; por otra, por un sentimiento de exclusividad enfermizo, reaccionario y ajeno a la libertad bien entendida. Nadie pertenece a nadie.
Ella es el único ser verdaderamente libre que he conocido. No solo en las formas sino también en el fondo. Nos quiere a los dos y desea hacer efectivo ese sentir. ¿Por qué no? Nosotros, varones estúpidos y mezquinos, elegimos perderla antes que participar de ese amor colectivo, espontáneo y liberador.
Me estoy equivocando, lo intuyo, y tal vez me arrepienta en un futuro. Pero mi condicionamiento educativo es un obstáculo que me paraliza y me aleja de sus ojos celestes. Al pensar en ella, mis músculos se tensan y mi boca seca se traga palabras y frases que anhela decir. No la he tocado como hubiera querido. Su abrazo me ha dejado una huella más triste que feliz porque ahora, sin su presencia física, persiste en mi pecho como una dulce herida abierta. La añoro.
Necio y mil veces necio. Qué me importa a estas alturas de mi experiencia la moral y la ética en este mundo desolado. La quiero y eso debería bastar. Lo demás es una decisión suya. Los prejuicios nos condenan, nos sumergen en un lodazal de miedo e incertidumbres que se suman a la sórdida vida que arrastramos. Sabiendo esto, la he dejado ir, con la mirada gacha y el corazón encogido por la angustia. Me pedía compartir su noche con la mía, hacerlas ambas compatibles y rellenar las horas del sueño con un exuberante baño de sensaciones compartidas. Su cuerpo me habría salvado de este asco que exhalo.
Vino pronto hasta mi casa, nada más concluir el trabajo. Para lo que es su costumbre en el vestir, siempre práctica, se había puesto un vestido largo estampado con flores que convertían en primavera este largo invierno. La vi llegar y al instante desee desparecer dentro de ese caparazón de acero en que me refugio casi siempre. El esfuerzo que hice no fue suficiente. Sus pupilas se dilataron al clavarse en las mías y noté cómo la derrota de mi ímpetu cotidiano se manifestaba sin tregua. Sus brazos me estrecharon y lloré por dentro. Aunque me digo que no la abracé del todo, creo que sí lo hice y también la besé con ternura, con un deseo contenido propio de niños y no de adultos. Sus labios se abrieron para mí y me inflamaron con una humedad gelatinosa, hecha de tormenta. Después de besarla aparté su cuerpo, apenas unos centímetros, y la observé largamente, mientras su boca hablaba y hablaba de cosas que yo intuía y otras que me sorprendieron por lo atrevido. Me dijo que me amaba y que sus horas eran pesadas sin que yo estuviera cerca. Le replique que existía el otro y que ese hecho ponía la situación muy difícil. Ella insistió con firmeza en el argumento irrefutable de que se puede amar a dos personas a la vez, y que ambos actos son complementarios. Añadió que no estaba dispuesta a renunciar a ninguno de los dos. Bastante condena padecemos por vivir como vivimos —añadió— para prescindir de manera irresponsable, de sucesos irrepetibles, como su amor sincero y valiente, tal vez irreal. Sí, irreal; porque los dos hombres nos hemos acobardado y convertido en un suplicio la dignidad de este compartir incierto pero feliz. Pobres de nosotros, ilusos e incomprensivos hasta la autodestrucción; gallos de pelea estériles, guerreros sanguinarios incapaces de gozar de caricias honestas y de risas que podrían nutrir esta época. No somos competentes para asumir el goce azaroso de la existencia; nos falta cordura para festejar de verdad la virtud de respirar, porque sí, sin dominio sobre otros seres. Necesitamos la propiedad de la tierra, del cielo, del agua de lluvia y también del cuerpo de la persona que deseamos. Infelices seres, nosotros, perversos y mendaces. Si nos vemos privados del don emocional que nos otorga el otro quizá sea mejor que muramos en cualquier rincón lóbrego de este desfiladero de infortunios.
La desesperación no es útil. He tomado una decisión que es justa con él, no es justa con ella y tampoco conmigo. Al final todos quedamos insatisfechos e infelices. Él siempre tendrá la duda sobre lo que ha podido suceder entre nosotros dos. Ella se sentirá frustrada, yo me he muerto un poco más. No me ha hecho falta el impacto de una bala cauterizadora para revivir otro adiós tan dañino como este, que viene de atrás, y que me rompió por dentro como si estuviera hecho de cristal. Entonces me sorprendió mi propia fragilidad. En aquel momento supe que no soy de hierro aunque a veces lo piense de manera infantil. No ha pasado un solo día desde aquella hora negra, en que no haya pensado en ese pasado con forma de mujer y de caricias y de compromiso. Como consecuencia de esa pérdida, mis valores se trastocaron; no supe manejar el daño. Mi cuerpo se quedó colgado de una soga hecha de desengaño. Hasta estas fechas no he vuelto a amar de verdad, con deseo de muerte incluido. Jamás hubiera pensado que lograría volver a sentir tan intensamente como hoy; sin embargo, rechazo el regalo que ella me ofrece. Podría acabar con todo esto ahora mismo pero es absurdo satisfacer ese impulso de muerte, para qué adelantar lo que más pronto que tarde me ha de llegar. Nadie se queda eternamente aquí para contar a los recién nacidos las miserias que nos aturden. Mucha gente me aprecia. Si yo muriera, Dos se quedaría nuevamente huérfano, ella sufriría aún más. Mis compañeros y compañeras de la comunidad se abatirían en la desesperanza. Si alguien aparentemente indestructible como yo se hunde y se mata, la referencia de fuerza y empuje que represento se deshace como humo en el aire.
Estoy condenado a vivir como sé hacerlo, más bien a sobrevivir. Puedo aportar muchas cosas buenas y tal vez el paso de los días suavice este latido áspero que me atormenta.
La mañana hace su aparición con sus rayos ignorantes. Sigue su curso, inalterable, día, noche, y otra vez día, para volver de nuevo la noche. Su ritmo me acoge y me indica el camino. Me pliego ante esa verdad hecha de simplicidad. Es la hora del trabajo y de compartir esfuerzos. Cuando salga a la calle Dos me estará esperando. Le acompañaré al colegio y si está hablador me contará lo que leyó anoche, si no guardará silencio, mejor dicho, me dirá palabras mudas con el tacto de su pequeña mano de niño viejo. Luego acudiré al local donde nos reunimos a diario y haremos un plan de tareas para la jornada. Habrá saludos y sonrisas, y me palmearán la espalda y me sentiré protegido, formando parte de algo importante que va más allá de mis miedos. También estará mi amigo que no querrá mirarme; y estará ella, que tal vez me busque con sus pupilas hechas de flores. Tantas cosas pasarán que mis nervios se alteran y el corazón se acelera. Soy consciente de toda esta intensidad tan humana.
No pasa nada que no pueda pasar. He elegido una opción y asunto concluido. La vida sigue. Mis dedos duros como puñales acarician mi rostro sin afeitar y me dicen que esto también pasará, a pesar del dolor, a pesar del deseo ardiente. Si pude superar una pérdida que significaba una parte vital en mí, aún más superaré este brote inesperado de ilusión de carne, calor y suspiros.
Después de todo soy afortunado, el amor me ha hermanado con el resto de los humanos. Si soy capaz de sentir puedo volver a integrarme en un todo hecho de esfuerzo y cariño. Nada se ha perdido de manera definitiva. Nada está escrito. Esta amargura es solo una escena fugaz que, con un poco de suerte, pronto quedará diluida en la senda del tiempo.

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4 comentarios:

  1. Conducta un poco pusilánime pero la entiendo. Tal vez yo hubiera hecho lo mismo, al menos antes de hablar con él. Luego, no sé.

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  2. Los hombres no podéis soportar que una mujer tome la iniciativa. La libertad os da miedo.

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  3. No creo q sea miedo. Es libertad bien entendida. Ser libre implica la capacidad de elegir y para elegir es necesario que todas las opciones no sean posibles... No creo q sea adecuado tenerlo todo en este caso. Es una decisión a tres, si una parte sugiere mantener a las otras dos, ser respetuoso implica estar todos de acuerdo.

    El amor tiene un alto componente de exclusividad. Implica querer como no se quiere a nadie mas y tener parcelas solo comunes de a dos (no me refiero solo al sexo).

    Yo lo entiendo. Me parece valiente ser fiel a lo que uno cree aunque implique sufrir. Lo cobaarde es hacer lo que te apetece y no pensar...

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  4. Tengo miedo a las emociones, las recibo con cautela, por esa razón admiro a las mujeres que conozco y me rodean, porque la mayoría me podría enseñar mucho al respecto de las emociones. Ellas no ceden al miedo tan fácilmente, las afrontan valerosas y deseosas de vivirlas, sin más...
    Prefieren llorar, reír, temblar, temer o sufrir, invertir su tiempo y su talento en enseñarme a vivir, en hacerme sentir querido, protegido, podrían ser más sin mi lastre, pero emocionalmente prefieren adoptarme que dejarme a mi suerte. Sin ellas como hombre, estaría perdidos por toda la eternidad, seguiría vistiendo con taparrabos y habitando en cuevas lúgubres que me refugiarían de mis fantasmas, de mi miedo a vivir. Por eso entiendo que la mujer sea la que proponga no poner freno a lo que siente, sencillamente dejarse llevar y hacer posible sus sueños, decide amar por encima de la lógica de los conceptos preestablecidos y de la educación asumida. Sin la mujer no habría revolución.

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