13 jun. 2013

Apocalipsis X



El beso

Aún estoy perplejo por cómo se han precipitado los acontecimiento. Es poco lo que tengo que recapitular sobre lo que ha sucedido. Ella fue honesta y directa, nos quería a los dos y no le importaba compartir su vida con ambos. Hasta ahí todo parece al mismo tiempo inverosímil y mágico, incluso  improbable e incierto; un suceso ilusorio dentro de la utopía obligada que vivimos.
La rechacé en base a un egoísmo primario, trasnochado, quizá incrustado en mis genes, tal vez aprendido. Él hizo lo mismo; hipotetizo que por idénticas causas absurdas. Después de ese lapso de derrota surgió un escenario nuevo en el que los tres nos convertimos en extraños, dominados por emociones que rozaban la decepción y el resentimiento, contra nadie en concreto, contra todos a la vez, y, por qué no, contra el azar que nos había unido. Supongo que los tres hicimos un gran esfuerzo para sobrellevar la situación y superar el malestar. Yo al menos intenté que nada cambiara entre nosotros. Compartimos tareas, cenas colectivas, asambleas y hasta alguna fiesta. Luego, de pronto, un día, ese orden transitorio se trastocó aún más; ella anunció públicamente, a quien quiso oírla, que ya no estaba con él y dejaban de vivir juntos. Algunas personas pensaron que había sido ella la que había roto la relación para iniciar una nueva conmigo. La experiencia posterior les demostró que esa no fue la causa.
No me sorprendió la ruptura. Mi afán de posesividad, mis miedos, me habían hecho amarla y odiarla con la misma intensidad. Él, seguramente, no había podido soportar la presión y de ahí surgió el desgraciado resultado.
La noticia me llegó a través de Dos. Con un lacónico «Ya no están juntos», me informó de algo que en mi fuero interno deseaba y temía. A partir de ese instante nada me impedía intentar vigorizar mis sentimientos en la dirección que soñaba. La felicidad es un bien escaso. Yo soy un buen conocedor de ese detalle común.
Nuestro primer contacto no fue de inmediato, ninguno de los dos lo buscó. Fueron las labores cotidianas las que nos permitieron coincidir en una faena en la huerta. Cuando la vi, con el pelo recogido en una coleta y una gorra negra en la cabeza, temblé inseguro. Ella me sonrió y siguió con su trabajo. Es posible que transcurriera una hora hasta que fui capaz de preguntarle cómo estaba. «Estoy bien. ¿Y tú?», dijo sin levantar la vista de la tierra que labraba. ¿Qué podía querer decir esa respuesta aparentemente áspera y fría? «Me he enterado de que has roto con él», añadí sin saber si lo que decía era lo correcto. «Yo no he roto con nadie, simplemente él y yo ya no estamos juntos», respondió con un tono más duro que el anterior. «Disculpa, si te ha molestado la pregunta», repliqué para zanjar el conflicto. Ella no dijo nada más; abandonó la tarea un instante y me ofreció agua de una botella que protegía la sombra de un árbol frutal. Bebí sin dejar de mirarla, hipnotizado por su fuerza. Ella no apartó un segundo sus pupilas de las mías. La tensión era evidente. Un compañero apareció de improviso y se incorporó a la labor que realizábamos. No hubo más palabras entre nosotros, ni miradas. El miedo al rechazo del otro nos mantuvo firmes en nuestro turbador silencio. A la hora de comer, el mutismo se mantuvo, al menos en lo que se refiere a lo que ambos deseábamos oír. Por la tarde, después de una cena colectiva, volvimos a encontrarnos. Estábamos solos, y sin poder contenerme la abracé con ternura; ella me devolvió el abrazo. Entonces le pregunté ingenuamente «¿Qué vamos a hacer». Ella me respondió: «¿Qué quieres hacer tú?». Mi contestación fue escueta y definitoria: «Te quiero». Ella me besó en los labios y no habló. Caminamos bajo un techo lleno de estrellas ante las miradas curiosas de las personas con las que nos cruzábamos. Una idea preconcebida de lo que estaba sucediendo se barajaba en el pensamiento de todos: nos queríamos y estábamos iniciando una relación. Era cierto y no lo era.
Después de una hora larga de lento caminar, ella me dijo que me quería pero que necesitaba estar sola un tiempo. La ruptura con él había sido muy dura, los celos le habían vuelto loco, un ser horrible y cruel; ella había llegado a odiarle. No entendía cómo el amor podía transformarse en su opuesto con esa virulencia. Su mente se asombraba ante el desprecio a la libertad que supone ese afán de dominación que se apodera de la mayoría de los seres humanos y más en concreto de los hombres, sobre todo en cuanto se refiere al sexo femenino. Me dijo sin ambages que era libre y nunca iba a pertenecer a nadie al menos en lo que dependiera de ella, salvo que perdiera la razón o la esclavizaran. Yo no repliqué, para qué. Me sentía ridículo por mi comportamiento anterior. Toda mi ideología libertaria se había derrumbado ante un acontecimiento tan puro y creativo como es el amor. Estaba avergonzado, sin embargo no fui capaz de decírselo. En aquel tiempo reivindicaba mi sitio a su lado e intuía que de alguna manera era difícil lograrlo. Esa sensación me produjo pánico mas no podía hacer nada. Tal vez la oportunidad había pasado fugazmente, como suele suceder con la mayoría. Estamos tan abstraídos en nuestros universos interiores, torpes y mezquinos, que no vemos lo bueno que acontece delante de nuestras narices.
Cuando nos separamos aquella noche sentí que ella no era la misma que me había confesado su atracción un tiempo antes, aquella que deseaba estar conmigo por encima de cualquier convencionalismo. Algo se había roto, quizá el encanto revolucionario de la transgresión.
Pasaron unos cuantos días en los que nuestros encuentros no fueron buscados; ella lo deseaba así y yo la respeté. Su distancia me hacía zozobrar en un mar de angustia pero me contuve, cualquier otra postura hubiera sido indigna por mi parte.
Un sábado hicimos una fiesta en el pueblo para alegrarnos la vida, y compensar el esfuerzo que a diario soportábamos. Nos acicalamos lo mejor que pudimos, y con los músicos aficionados que había en la comunidad improvisamos un baile desbordante de júbilo. Bebimos vino hecho por nosotros, comimos productos de las tierras que cultivábamos y nos olvidamos durante unas horas de que el mundo en el que vivíamos se estaba muriendo de injusticia y depauperación. En ningún momento la pedí bailar, aunque lo deseaba, pero cerca del final de la fiesta se acercó a mí de la mano de Dos y, sin decirme nada, me sacó al centro de la improvisada sala de baile. Nos movimos al compás de la música con las manos sudorosas y el deseo aflorando por cada uno de nuestros poros. ¡Qué instante! Dos nos miraba contento, atrapado por los brazos de una niña más alta que él, que le hacía dar brincos con un ritmo enloquecido. Ella estaba feliz, yo también. Una suma de deleites distintos y semejantes que se mantenían sujetos en el aire por hilos sutiles y frágiles. Inesperadamente, noté que algo me golpeaba con fuerza en la espalda y caí impulsado hacia delante encima de ella. Intenté levantarme pero no pude, no tenía fuerzas, mi espalda ardía. La gente dejó de bailar y la música cesó. Veía piernas correr y escuchaba gritos. Ella estaba de rodillas a mi lado y limpiaba el sudor de mi rostro con un pañuelo. El dolor que sentía me cortaba la respiración. Luego, todo se volvió negro.
Dicen que estuve 48 horas inconsciente, yo no lo recuerdo. Al despertar, estaba en mi casa con Dos y ella a mi alrededor, me protegían como dos centinelas concienzudos. Abrí los ojos y vi la luz procedente del fuego del hogar temblar en las paredes. De inmediato, el cuerpo de Dos se abalanzó sobre mí, me abrazó con una mezcla de regocijo y desesperación. Tras ceder su muestra de cariño, recuperé el aliento, volví la cabeza al otro lado y me encontré con los ojos húmedos de ella y una sonrisa de alegría contenida. Estaba muy cansado y me costaba mantener los ojos abiertos. Quería hablar pero me era imposible articular palabra alguna. No sentía dolor, en realidad no sentía nada, era incapaz de mover un músculo. Ella me cogió una mano y me besó en los labios suavemente, entonces volví a cerrar los ojos y pensé que ese beso cauterizaba el daño sufrido.

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3 comentarios:

  1. Alguien te buscó en mi página, te recordé y pasé a ver cómo estabas...
    He leído el beso "anarquista"
    Buena noche

    PAQUITA

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  2. Esto se pone cada vez más interesante. Parece que no te gusta que las cosas vayan bien. ¿Te recreas con la miseria humana?

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  3. Te estás volviendo muy tierno, querido. Más vale que animes un poco al patio. Nos tienes acostumbrad@s a más acción.

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