31 jul. 2013

Apocalipsis XI



La antítesis

Las heridas del cuerpo cicatrizan más fácilmente que las heridas de la mente; unas y otras forman el mapa con el que viajamos a través de nuestra existencia. Estoy recuperado del disparo pero he vuelto a perder el rumbo en mi viaje. Desde el incidente en el baile se han desarrollado ciertos acontecimientos que han vuelto a hacerme cuestionar, si merece la pena seguir viviendo en este mundo violento y enfermo. Siempre he tenido presente la opción de acabar con mi vida, y en cada una de las ocasiones en que la he contemplado, he hallado fuerzas renovadas para mirar al frente y buscar ese horizonte de utopía que me alimentara con un renovado oxígeno. Como casi todos los humanos asciendo y desciendo por rampas sinuosas y agrestes; generalmente esperanzadoras las primeras, destructivas las segundas. Caemos para levantarnos para volver a caer. Con cada impulso esbozamos el deseo de que el terreno se allane y el viaje continúe por sendas gráciles y gratificantes. ¡Vano espejismo! No podemos vivir sin ilusión pero tampoco con ella; la realidad resulta demasiado frustrante.
En tanto preparo mis armas para matar, me pregunto por la necesidad del acto en sí, por el porqué de asumir esta responsabilidad terrible que me destrozará por dentro un poco más. Nadie lo comenta, lo aceptan sin más. Quizá tendríamos que afrontar la acción colectivamente pero de alguna manera me culpabilizan del mal que he desencadenado. En la asamblea que hemos celebrado se ha afirmado que es un problema de todos pero las miradas bajan cuando hablo sobre el tema. No se han presentado voluntarios para ejecutar la sentencia, excepto yo. Ella quiere que me mantenga al margen; me ha pedido expresamente que nos vayamos los tres —incluye a Dos— a otro lugar. Sin embargo no puedo hacerlo; entiendo que soy el más preparado para resolver la cuestión que está sobre la mesa.
Desde que mi amigo me atacó no le hemos vuelto a ver pero sí le hemos sentido como una plaga acechante que actúa en la oscuridad para hacernos daño: ha robado comida —que es el menor de nuestros males—, ha destruido varias huertas, herido a algunos animales, contaminado uno de los pozos y matado a un compañero que le sorprendió incendiando un establo. Se ha convertido en un ser rabioso que debe morir para que los demás vivamos. ¡Qué paradoja! El amor transformado en su contrario, en un odio exacerbado que cuestiona la bondad intrínseca del ser humano. ¿La maldad está incrustada en nuestros genes?, me pregunto con temor. Desde muy joven he creído que la codicia, la violencia, los celos y la envidia eran aprendidas, fruto de una sociedad autoritaria, basada en la explotación de un ser humano sobre otro, en la acumulación de riqueza en manos de unos pocos; en sí, en la injusticia y en la desigualdad social. Ahora no sé qué pensar. Aquí hemos acabado con ese tipo de condicionantes pero ¿estamos preparados para vivir en libertad en una sociedad horizontal e igualitaria? En lo que se refiere a la satisfacción de las necesidades básicas parece que sí, es posible. No obstante, existen otros aspectos de la vida social como es el amor, el deseo del otro, la posesividad emocional o las dependencias sentimentales, que como hemos experimentado, nos sitúan al borde del abismo. Ninguna de las personas que formamos esta comunidad ha llegado aquí limpia; todas tenemos una biografía, un pasado, que nos marca. No hay respuesta ante el interrogante sobre el origen del mal. Quizá algún día haya una generación que nazca y se eduque en un mundo de libertad plena; en ese momento se podrá conocer si somos unas bestias depredadoras desde el seno materno o aprendemos a serlo.
En cualquier caso, la suerte está echada para mí, para el que fue mi amigo, para ella, para Dos, para el pueblo. Cuando ejecutamos al violador, nos costó un tiempo recuperarnos. Este suceso de ahora va a envenenar más el clima social. Mi amigo fue uno de los fundadores de la comunidad; representaba un papel fundamental en su dinamización. Decir que le queríamos no es suficiente, no expresa la dimensión del sentimiento generalizado que el común del colectivo le profesaba. Su conducta antisocial supone un estigma para el conjunto. «¡Qué más puede ocurrir!», se dice entre susurros.
La bestia en la que se ha transformado nos supera y nos enfrenta a una realidad grotesca. Después de que él muera nada va a volver a ser igual, es imposible. Voy a amputar un brazo gangrenado pero ¿no soy yo parte de esa gangrena? ¿Yo también deberían morir para restablecer el equilibrio perdido? ¿Y ella, tendría que ser castigada por no anticiparse al mal? ¿El amor espontáneo es el causante de esta catástrofe?...
El amor no es culpable de nada. Nuestra pobreza moral y los desequilibrios psicológicos que arrastramos son los verdaderos causantes de este desatino. Pensamos y sentimos,, y tal vez no nos sea fácil auto regular ambos sucesos psicológicos, pero en última instancia somos la suma de nuestras conductas. Salvo por patologías fisiológicas, podemos elegir entre el bien y el mal, entre hacer daño a nuestros iguales o hacer todo lo contrario. Él ha elegido lo mismo que lo hice yo y lo hizo ella. En este día en que un ser humano cazará a otro, vamos a tener que reflexionar y decidir cómo vamos a seguir viviendo a partir de mañana. Yo me siento capaz de pasar la página de este episodio nefasto, sin embargo, ¿seré capaz de compartir con ella su lecho sin percibir la presencia del cuerpo de él, impregnándolo? ¿Y ella, cogerá mis manos sin adivinar la sangre amiga que las manchan? ¿Permitirá que esa sangre presentida dibuje trazos sensuales sobre su piel?...
Solo Dos entiende, en su esencia, la dimensión del conflicto. Mi amigo es su amigo si yo mantengo esa amistad. La bala que me ha desgarrado la carne tiene un origen incongruente con esa presumible amistad. Dos asume el hecho de la aniquilación como parte del juego que ha practicado desde niño. Nos gobierna una lógica aplastante que construye ciclos generales y particulares de vida y muerte. Dos acepta que tiene que robar para comer porque es pobre y está hambriento. También acepta la posibilidad de que un guardia del supermercado le mate porque para eso está, para defender la propiedad de los que le pagan. Comprende que la policía asesine niños abandonados en la calle porque ensucian las ciudades e incomodan el paso de los privilegiados. La sociedad tiene un orden perfecto, perverso pero perfecto. Dos también comprende que si sobrevive a la infancia, algún día matará guardias de supermercado, a sus dueños, a policías y a gente privilegiada. Hacerlo no será para él un problema moral sino un ejercicio de orden.

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3 comentarios:

  1. El amor hacia alguien en ocasiones se confunde con posesividad y necesidad. En esos casos es dañino.

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  2. Bastante descriptivo de lo que es la realidad, el amor, el odio y la locura están bastante unidos.

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  3. La vida te cambia, y las cicatrices, aunque se disimulan, no desaparecen... Es eso cierto o solo responde a una idea prefabricada del orden,de como es la vida, de como somos nosotros?

    Elegir. Elegir el qué. Lo que queremos, o lo que se supone que debemos elegir para hacer lo que se debe hacer, dentro de ese orden preconcebido que tiene el mundo y las cosas? Preconcebido por quién. Por nosotros mismos...

    Y así, se repite la misma historia una y otra vez, por mantenernos fieles al mismo orden.Y así, volvemos a equivocarnos. Porque no hemos aprendido nada.

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