13 sept. 2013

Apocalipsis XII


La hora sin aliento

Me pregunto si el amor y la amistad son lo mismo. Aunque hablar del amor es generalizar demasiado, tengo la sospecha de que la amistad entra dentro de esa categoría general, supone un capítulo más. También me pregunto si todos los actos que compartimos con otras personas están cargados de una porción de amor. No lo sé a ciencia cierta. Si no, para qué necesitamos acercarnos a alguien. ¿Por la utilidad práctica que ello pueda conllevar? No es de descartar. ¿Puede ser algo así como ir al supermercado a comprar una bebida isotónica y dar, amablemente, los buenos días a la cajera? Entra dentro de lo razonable. Es probable que el amor sea reconocido por una necesidad urgente de otro ser, en este caso un ser humano. Esa necesidad se refuerza por una cierta satisfacción cuando se comparte algo. La explicación parece lógica. Siento una emoción placentera por alguien o inspirada por alguien y a eso le llamo amor. Si quisiera matar a ese alguien, ¿ese deseo cambiaría, sustancialmente, el contenido de la sensación amorosa? Si me sintiera atraído por su ejecución y excitado ante la perspectiva, ¿ese sentimiento sería amor? No está claro. Es necesario que complete la definición inicial de amor. Podría decir que se trata de sentir una atracción placentera por otro u otra persona y, además, querer que viva. Esto está mejor, tiene más sentido, si bien no deja de ser pura verborrea insustancial que no me lleva a ningún sitio.
A mi amigo le quiero. Deseo que viva. Sin embargo, es muy propable que le quite la vida. La asamblea de la comuna ha firmado su sentencia de muerte y yo he asumido voluntariamente el papel de ejecutor. «Es una bestia rabiosa», ha dicho la furia colectiva. En parte esa cólera iba dirigida hacia mí y hacia Ella, mas eso ya no tiene remedio.
Puedo saltarme el mandato de la asamblea y dejarle marchar. Haré lo que me venga en gana. Eso romperá mis lazos con el pueblo y me veré obligado a desaparecer. Si es necesario será lo que haga. Solo si es necesario. Yo decidiré en última instancia lo que me conviene. Él también tiene mucho que decir. Los celos son malos consejeros; una lacra más de la condición humana. Aún así, le debo una oportunidad.
El día es hermoso, las plantas aromáticas limpian mis pulmones y me hacen sonreír, no sé el motivo; tal vez porque me gustan. El Sol está alto y una leve brisa procedente del Norte me provoca algún que otro escalofrío placentero. Camino en círculos alrededor del pueblo desde el amanecer. No he encontrado huellas significativas de la presencia de Él. Algo en mi interior me dice que sabe que voy en su busca. Me conoce bien. Militamos juntos en la clandestinidad y aprendimos a la par a sobrevivir en condiciones extremas. Es tan depredador como yo. Los demás no podrían cazarle. Y es de eso precisamente de lo que se trata, de la caza de un hombre, mi viejo amigo. Algún día también me cazarán a mí. Hasta entonces me toca a mí desempeñar el papel de matarife.
Si no se ha marchado a otro pueblo, permanecerá al acecho, necesita alimentarse en condiciones si quiere mantenerse fuerte, para eso precisa comer con regularidad. Por aquí no hay animales salvajes, salvo algunos conejos difíciles de atrapar. Tarde o temprano tendrá que aparecer. Quizá la muerte le libere de la miseria de la lucha por la vida, sin esperanza, sin apoyos, solo.
He visto moverse algo en la arboleda, o es Él o un merodeador que busca lo mismo. Tenemos comida de sobra que ofrecer a quien lo necesite pero solo balas para los asesinos. Soy juez y parte en este veredicto. Demasiado peso sobre mis hombros. Puedo soportarlo, no es un problema para mí matar; sí, me inquieta matarlo a Él. Me duele el pasado compartido, nada más.
Le veo. Me ve. Es consciente de que no estoy aquí por casualidad. Sabe que mi rifle busca su corazón o su cabeza como único resultado a una ecuación con múltiples variables que manejar. Doscientos metros nos separan. Él también está armado. Si lo desea puede abatirme con facilidad a esa distancia, es tan buen tirador como yo.
Los metros se acortan. Está sentado a la sombra de un viejo roble. Reposa la cabeza sobre el tronco, con abandono. Su rifle descansa sobre sus rodillas. Nada se mueve a nuestro alrededor, hasta el viento parece inmovilizarse para que sea fácil la expresión de nuestras respectivas voluntades. Esta es la hora sin aliento, esa en la que las alas de las aves dejan de batir el aire, en la que los animales suspenden su respiración y el trigo agacha la espiga con un reverente respeto ante la inminencia del desastre. No tiene por qué ser así, sin embargo todo indica que el flujo de nuestro ánimo nos arrastra hacia ese desenlace. Es azar y es voluntad, y también es irreflexión y cobardía, fuerzas que nos impulsan hacia un único horizonte.
Sus ojos me miran, parpadea tranquilo. Su rostro es una máscara inexpresiva, como la mía. Sus manos se apoyan desmayadas en el arma, no suponen una amenaza. Mi dedo índice sí lo es; acaricia el gatillo del rifle que porto, busca un pretexto para liberar el fuego provocado sobre la pólvora del cartucho. Un pestañeo más rápido puede hacer que el ánima negra de mi herramienta de muerte me rescate definitivamente del peligro. Solo será un instante, suficiente para que sus ojos se cierren y dejen de mirarme inquisitivamente.
Me siento en el suelo, a tres metros de Él, recostado sobre otro viejo roble. Dejo el arma en posición semejante a la suya. Su apatía sella una tregua que admito necesaria. Inesperadamente me apetece desconectar de la situación y dormir. Podría alejarme de esta realidad sin miedo, plácidamente, Él vigilaría mi ausencia y me protegería de todo mal, porque es mi amigo. Le quiero desde hace mucho tiempo y a pesar de lo que nos ha separado, tal vez lo que sentimos el uno por el otro no haya cambiado de manera irreversible. Si Él lo admitiera podríamos discutir nuestras diferencias y llegar a algún acuerdo que nos salvara a los dos.
Me escruta impenetrable. ¿Me reconoce como lo que hemos sido o ve solamente al rival con el que no ha querido compartir su amor romántico? Lo desconozco. Sería importante que lo supiera. Todavía no es demasiado tarde para escribir otro final a esta secuencia de nuestra historia, aunque no satisfaga a la mayoría.
—¿Por qué?... —me interroga sin pestañear.
—No entiendo la pregunta.
—¿Por qué me la has quitado?
—Yo no te he quitado nada. Ella no era tuya ni de nadie. Es libre.
—Te llamé a mi lado, deseaba tu compañía, te respetaba, te admiraba... Juntos podíamos haber hecho cosas buenas.
—No tengo nada de qué arrepentirme o avergonzarme.
—Me has robado su amor.
—Eso es falso e injusto.
—Me equivoqué contigo. No tenía que haberte pedido que vinieras. Fue un error. Si no lo hubiera hecho, ella estaría a mi lado.
—Los tres tenemos parte de responsabilidad en la tormenta que se ha desatado. No hay un culpable material; en todo caso, podríamos acusar a la naturaleza humana. Yo solo me he acercado a Ella como un compañero más.
—¡Mentira!
—¿No te das cuenta de que ella nos quería a los dos?
—¡No digas estupideces!
Se pone de pie, furioso.
Mi dedo índice vuelve a coquetear con la lisura del gatillo.
—¿Era necesario que me dispararas, que robaras a la comunidad, que mataras animales y le quitaras la vida a uno de los nuestros?
Se ofusca, no responde, da una patada al árbol más próximo y se revuelve contra mí.
—Todo mi mundo, con el que había soñado siempre, ha desaparecido. Tú eres el responsable.
—Asume la consecuencia de tus conductas.
—¡Mátame! ¡Acaba con esto!
—¿Es lo que quieres?
—¡Sí!
—¿Es por Ella por lo que deseas morir?
—No solo por Ella. No tengo fuerzas para enfrentarme a mí mismo.
—Podemos arreglarlo. Vete lejos. Hay otras comunas en las que podrías empezar de nuevo. No te lo voy a impedir.
—Me he perdido. No soy el que era.
—No quiero matarte.
—Debes hacerlo.
Su mirada es suplicante.
—Tal vez no pueda.
—¡Puedes!
Me doy la vuelta sin que me importe que mi pecho reviente. Mi destino está en sus manos. Es un gesto suicida por mi parte, poco meditado, pero a estas alturas de desajuste vital, lo correcto y lo incorrecto forman parte de un extravagante cubo de basura. Observo el campo en toda su extensión y me asombro de su belleza. Me comunica tanta paz que no siento a mi espalda un arma apuntándome. El cielo carece de nubes; lo imagino como una superficie lisa y aburrida sobre la que desearía zambullirme sin mirar atrás. Intento recordar los rostros de Ella y de Dos y no lo logro. Permanecen ocultos en una lejanía inalcanzable. Respiro conscientemente como si me estuviera despidiendo del mundo. El estruendo de un disparo me ensordece. La bala pasa junto a mi oído derecho. Me giro despacio, aguardo el siguiente disparo. No tengo prisa. La pólvora cauterizará mis miedos. Él mantiene el brazo derecho elevado, empuña una pistola humeante. Me mira con una sonrisa cariñosa. No tengo nada que decirle, me entiende y le entiendo, somos amigos. El brazo cae un instante y se eleva de nuevo. Introduce el cañón de la pistola en la boca y aprieta el gatillo. Su cabeza explota y su cuerpo se desploma inerte.
Mi misión ha terminado. La alimaña se ha extinguido; la otra, la que yo represento, sigue intacta. Recojo sus armas y me dispongo a partir. En el pueblo habrán escuchado las detonaciones y se preguntarán por lo que ha sucedido. Poco voy a poder contarles, quizá que un buen hombre ha muerto.

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4 comentarios:

  1. Uf! Menos mal que no te los cargado. Hubieras dejado un mal sabor de boca. A todxs se nos va la cabeza en algún momento. Lo sé por experiencia. Me gusta el final. Salud

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  2. ¡Vaya! ¿Te vuelves humano, por momentos? Es broma. Me ha gustado la disyuntiva que sufre el personaje y el diálogo "machista" que, sobre todo el que muere, mantienen. Nadie es de nadie. Espero con ansiedad el siguiente capítulo.

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  3. El amor es la amistad mas completa que existe, es amistad, entendimiento, admiración, comprensión, equilibrio y desequilibrio al mismotiempo, ganas de tocar, de besar, de reír, deseo, pasión, placer, de soñar, de pensar, ... Uf... El amor es una amistad en tiempo presente que planea futuros

    a amistad es amor placido, sin piel, sincero, amor en tiempo presente y pasado que no piensa en futuros...

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    1. Buena forma de verlo. Creo que Angel estará de acuerdo contigo.

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