11 oct. 2013

Apocalipsis XIII



El duelo

Dos duerme, Ella también. Compartimos la misma casa, el mismo cielo, idéntico tiempo. Parece que estamos juntos pero mi instinto me indica que se ha producido un cambio; tal vez decisivo. No sé qué esperaban de mí ni qué esperaba yo de ellos; quizá aceptación incondicional. Nuestras vidas se cruzaron en un momento dado, y una atracción especial, que no se puede describir con palabras, hizo que nos uniésemos en un viaje singular hecho de gestos, miradas y caricias. Ahora estamos amputados, hemos roto el orden que construimos y que nos unía con fuerza. Él no está y Dos sabe por qué. Yo no le he matado pero es como si lo hubiera hecho. En realidad lo empecé a asesinar el día en que temblé ante las pupilas alegres y atrayentes de Ella. Nunca pude imaginar que ese desasosiego infantil pudiera desencadenar la tormenta que hemos vivido y nos ha despedazado. Nuestra relación está huérfana y el duelo oculto que nos estrangula oscurece las horas que compartimos.
Las yemas de mis dedos recorren el cuerpo desnudo de Ella con un itinerario incierto, carente de criterio. Toco sus labios, sin despertarla, y los integro en mi memoria, junto a otras sensaciones que me han producido espasmos de placer. Ahora reposan pero una hora antes los he succionado y mordido con ansia. Ante mi hambrienta lengua crecían como dos organismos impacientes. Dejo que mis dedos se deslicen por su garganta, que recorran el valle que forman sus senos, sin detenerse en ellos, sorteándolos a pesar del deseo que inspiran. No es el momento de alcanzas sus cumbres. La inconsciencia en la que reposan me facilita este viaje sin pasión ni urgencia animal. Él anhelaba su cuerpo joven y su manos hacían semejante recorrido, tal vez a diario, puedo ignorarlo, y lo juro, no me importa; los dones de la Naturaleza no son propiedad de alguien concreto, no existe exclusividad alguna, un cuerpo humano no puede se poseído como una cosa más.
Me detengo, en mi infinita exploración, en su ombligo, vestigio de un lejano nacimiento, común a esos otros ombligos de los que caminamos sobre la tierra. De ahí no sé hacia dónde continuar. ¿Hacia las ingles? ¿Hacia esos dos senderos dulces que anticipan un encuentro con el deleite?
¿Por qué me es tan extraña? ¿Por qué quiero alejarme de Ella y de Dos? ¿Por qué deseo romper aún más este maravilloso conglomerado de voluntades que dio sentido a mi vida? La abrazo y el calor de su cuerpo me quema; es buena esta sensación, no puedo negarlo, sin embargo me duele la presión de sus brazos, me duelen sus besos, me hieren sus palabras de amor, como si no tuvieran hueco en nuestro contacto o carecieran de significado. Aún hay tiempo para que nuestro micro cosmos recupere su equilibrio; todavía, tal vez, tengamos una oportunidad.
Después de la muerte de Él, volví al pueblo, vacío de ilusiones, aturdido por cómo se desencadenaron los acontecimientos, sin fuerzas para seguir adelante. Los campos se volvieron grises, los árboles se secaron, el cielo se oscureció; entonces, dejé de entender el lenguaje de las palabras. Me preguntaron y respondí. Pedí un entierro digno para Él y no se opusieron. Rechacé saludos y halagos y nadie me lo reprochó. La vida ha seguido, desde entonces, con normalidad, sin su presencia: «Todos somos necesarios pero nadie es imprescindible», dijo alguien, maldiciendo así la desaparición de aquellos a los que hemos amado. La rueda de la existencia gira al ritmo del azar y de nuestra voluntad caprichosa.
Intento no dejarme inundar por los recuerdos que nada me aportan pero no siempre lo logro; cuando me dejo llevar o dominar por ellos, mis deseos de muerte vuelven, me sofocan con una insistencia fétida. Ella duerme, también Dos. Yo debería acompañarles en esa inconsciencia reconfortante pero no puedo.
Me levanto, me visto y salgo a pasear protegido por mi rifle. Es temprano. Las rudimentarias calles del pueblo callan, abandonadas al tránsito de animales y personas. En el establo se hacinan una treintena de personas que no hemos podido repartir por las casas del pueblo. Si llegan más refugiados nos veremos desbordados y tendremos que improvisar un campamento. A pesar de ello, nadie será rechazado.
Empezaron a llegar hace una semana, aisladamente, solos, en parejas o familias enteras. Provienen de un pueblo que se encuentra fuera del valle, que dista de él unos cuarenta kilómetros. El número de sus habitantes es de unos dos mil, una cifra difícil de gestionar, en lo que a necesidades básicas se refiere. Cuando comenzó la descomposición del Estado, como otros muchos lugares, el pueblo fue abandonado por las autoridades, así ocurrió en nuestro valle. En un primer momento, los habitantes intentaron hacerse con las riendas de la gestión de una manera horizontal mas se dividieron en dos bandos antagónicos: uno carecía de tierras de labor y en general de medios de producción, y el resto poseía algún tipo de propiedad que defender. Los caciques, propietarios de la mayor parte de los bienes del pueblo, tenían abundantes armas, no se sabe bien de qué procedencia, y formaron una milicia disciplinada, fanática y sanguinaria que aniquiló cualquier iniciativa dirigida a satisfacer las necesidades básicas de la mayoría. Así, se constituyó un nuevo orden autoritario y despótico, de arriba abajo, en el que los últimos, los de abajo, se convirtieron en esclavos de los de arriba y sus acólitos.
Quizá el autoritarismo y la injusticia forman parte de la naturaleza humana. Si bien esto puede ser una realidad, también pueden formar parte de dicha naturaleza lo contrario: el rechazo a toda autoridad y la resistencia a la sumisión. Si todas esas manifestaciones o conductas tan nuestras son factibles de existir simultáneamente en cada uno de nosotros, la lucha fratricida es inevitable, casi paradigmática.
La autoridad incuestionable asentada en la violencia, dio paso a la arbitrariedad y al abuso; estas conductas en sí mismas desencadenaron una resistencia que provocó un derramamiento de sangre que solo podía terminar con la extinción de uno de los bandos.
Lo que vino después nos lo podemos imaginar sin demasiado esfuerzo, se ha repetido a lo largo de la Historia en infinidad de ocasiones: violaciones, ejecuciones sumarias, torturas, vejaciones y represión indiscriminada en cualquiera de sus posibles manifestaciones. Cualquiera que se opusiera al orden establecido estaba condenado al suplicio de la tortura y la muerte, o a ese otra condena llamada trabajo servil.
Con los primeros testimonios nos quedamos preocupados; con su confirmación posterior por el goteo de perseguidos que siguieron apareciendo, contemplamos seriamente la posibilidad de ser atacados en un momento u otro. Nuestra existencia, así como la de el resto de las pequeñas comunidades del valle, era conocida fuera de sus fronteras, por tanto «tenemos que estar preparados para lo peor», se aprobó en una reunión de comunidades. No poseemos muchas armas ni somos avezados combatientes pero las cuatro comunas que se reparten en estos parajes agrestes no tenemos otra alternativa que luchar, carecemos de horizonte hacia el que escapar.
Ver el dolor y la humillación en los cuerpos encogidos en el suelo, hace que la tensión vuelva a mis músculos y mis sentidos recuperen la agudeza del cazador. La posibilidad del combate incita a mi cerebro a dejar a un lado las sombras de mis cadáveres queridos.
¿Y Ella?... ¿Y Dos?... Están ahí, muy cerca, sin embargo, empiezo a contemplarlos desde una distancia emocional que me es conocida. No sé qué pensar sobre estos sentimientos hacia ellos, no los comprendo. Dejaré las cosas como están y que los hechos diarios me proporcionen una nueva lección sobre lo que hacer, que no será la última.

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4 comentarios:

  1. A ver si vamos volviendo a la acción. Los enamoramientos crean problemas y sobre todo aburrimiento, te lo dice un experto.

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    1. Jon, aburrimiento, fíjate la que se ha liado…

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  2. Siempre tienes que dar el tono corrosivo. Eres peor que yo, compañero.

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  3. La situación que ha vivido el protagonista ha sido durísima, querer a alguien y plantearte que quizá debas arrebatarle la vida y como desencadeno todo fue espeluznante.
    El duelo que esta viviendo es muy duro, se están tambaleando tres tipos de amor: amistad, romántico y filial.
    Es una encrucijada complicada y es normal que este lleno de sentimientos de culpa, contradictorios...pero lo que sucedió fue circunstancial, desconocemos el futuro.
    Ninguno de los tres querría que la historia hubiera terminado así, entre ellos había lazos fuertes de afecto.

    La primera vez que el protagonista mostró un ápice de felicidad e ilusión fue al interactuar con Dos, cuando comenzó el amor entre ambos, un amor que no entendía de lazos de sangre ni de imposiciones, y si de cuidado, protección, bondad, cariño...Y continuo con Ella, al reencontrar-encontrar el amor platónico, el inocente, el torpe, el desgarrador, el pasional, el libre, el tierno, el amigable...el romántico.

    Quizá tome la solución más sencilla, huir y llenarse de rabia y dejar lo único bueno que ha encontrado en toda esta historia o la más complicada conservar, reinventar y seguir adelante con lo que ha pasado...
    Su decisión formara parte del impredecible y mágico futuro y deberá asumir las consecuencias, que quizá no sea las que elija…

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