6 ene. 2014

Apocalipsis XIV



Estamos en camino, el enemigo espera

La columna se ha puesto en marcha, eso es bueno. Secretamente bueno para mí porque me alejo de Ella y de Dos, lo que hace que se genere un espacio de reflexión no condicionado; al menos eso espero. La acción contiene mis emociones y acera mis nervios. Quizá así mi pensamiento pueda ser más razonable y me permita discernir si continúo mi viaje solo o acompañado. Todas las opciones son factibles, poseen ventajas e inconvenientes. Todas me provocan angustia. Ojalá fuera tan fácil  amar como matar a un enemigo. Es tan sencillo apagar una vida, tan elemental. Con un arma de fuego en las manos, el acto de asesinar se vuelve líquido, irrelevante. Puedes hacerlo o bien puedes abstenerte pero sabes que el poder existe en tu conciencia, en tus manos. No siempre eliges, es cierto. Aprietas el gatillo y sientes cómo se resiente el músculo del brazo; duele al principio, hasta que se acostumbra a la explosión de la pólvora y al retroceso del arma. A todo nos acostumbramos: al olor que nos sofoca, al escozor en los ojos, al calor del metal, a las convulsiones del cuerpo que agoniza. Esa suma de detalles confraterniza en una representación global que proporciona unidad y sentido al conjunto. Observar fríamente la muerte del otro es desconcertante: un segundo antes vivía, un segundo después no. La bala quizá le ha destrozado el pulmón y no le ha matado de momento; el sujeto se ahoga, vomita sangre. ¿Es consciente de que se muere? ¿Sabe que su tiempo de existencia ha concluido? No es lo que percibo en su mirada; sus pupilas piden ayuda, quiere ser salvado; no importa lo que haya hecho y si merece ser perdonado; por encima de todo quiere seguir viviendo. Extraño.
La noche es cálida a pesar de que en este valle casi siempre la sensación es de frío. Sudamos porque caminamos deprisa y vamos cargados con armas, agua y comida. Somos un grupo compacto, pequeño. Veinte personas voluntarias, sabedoras de la responsabilidad que hemos asumido y de lo que dejamos atrás. Nuestro número podría haber sido más elevado pero si fracasamos habrá que defender el valle y no podemos desguarnecer el pueblo.
Se han formado otros grupos con los que nos encontraremos al amanecer, en la carretera que lleva a nuestro destino. Caminaremos durante la noche y nos ocultaremos durante el día, cuando lleguemos a nuestro objetivo tenemos que actuar por sorpresa, provocar el terror para que nadie reaccione. Llevamos información de primera mano, gracias a los refugiados, sobre dónde guardan las armas, dónde los avituallamientos o la gasolina; también conocemos dónde se sitúan los centinelas y los retenes de guardia. Sabemos la dirección precisa de su líder. Todas esas personas deben ser neutralizadas al mismo tiempo, sin piedad. Cualquier titubeo puede poner en peligro la operación. Si cortamos las cabezas visibles, el resto de la población se someterá; esto último no es necesario del todo. Haremos una asamblea y que decidan en ella lo que quieren hacer o cómo van a encauzar sus vidas a partir de ese momento. Intentaremos convencerlas para que colectivicen la tierra y cualquier otro tipo de actividad productiva, y que se auto organicen en la defensa del pueblo sin constituir grupos armados permanentes. El conjunto de los habitantes adultos deben poseer las armas y contribuir íntegramente a su defensa. Hay mucho por hacer pero antes tenemos que llegar sin ser descubiertos. No va a ser fácil. Nuestras armas dejan mucho que desear, yo poseo las mejores. Habrá que usar cuchillos, atacar a corta distancia para ser eficaces. Matar a distancia es más llevadero que cuando sientes el aliento de la víctima en tus fosas nasales.
Estas subidas y bajadas son agotadoras. Pronto estaremos en la cima, a partir de ahí será más fácil. Todavía podemos caminar cuatro horas más antes de que el sol salga. Podríamos correr riesgos y continuar pero vamos a ser un centenar de personas y escondernos por el día va a ser difícil. Mejor no actuar con prisas. Hay que templar los nervios. El plan está bien definido, lo hemos debatido hasta la saciedad sin embargo nunca parece suficiente. Es bueno que la mente actúe de una manera automática, que cuando llegue el momento justo de desencadenar la tragedia de sangre y fuego, no haya dudas, ni miramientos, ni piedad, no, no exista más que el hecho mismo de la furia desencadenada, convertida en una ola de muerte.
Las personas que me preceden tienen ideales, creen en lo que hacen, yo no lo tengo tan claro. Más bien me planteo la situación como un juego de supervivencia.
Los otros, nuestros enemigos, al menos una parte, si pueden nos van a eliminar sin miramientos, ante la pasividad del resto de los habitantes del pueblo. Nuestra anticipación es un movimiento seguro en una partida de la que dependen nuestras vidas. Podríamos resolver esto de otra forma pero no lo vamos a hacer, no hoy. Luego, quizá, seamos tolerantes con los que sobrevivan, incluso hacerlos nuestros amigos; aunque qué tipo de confianza van a tener en una horda siniestra que asalta por la noche su pueblo y asesina a sus a parte de sus residentes. Parece una locura y lo es, no lo voy a discutir. Mas no tengo poderes sobrenaturales como para ofrecer otras alternativas, no estamos preparados para la paz y la concordia, solo conocemos el filo de los cuchillos; nuestro lenguaje está hecho de víscera desgarradas y miembros amputados. Entendemos de venas cortadas, de cabezas aplastadas, de miedo, de lágrimas, de horror. En todo esto somos maestros, los mejores sin lugar a dudas.
Ella quería apuntarse a la partida y yo me he negado, más bien la he convencido de que no lo hiciera. He sido un machista y ella lo ha consentido. En el combate no quiero pensar en nadie más que en mí mismo, eso me ha traído suerte siempre. Si Ella hubiera estado presente durante el ataque mi conciencia habría intentado desdoblarse en dos puntos de referencia y eso podría haber sido fatal. Aparte del hecho de que no tiene experiencia con las armas, aunque ha recibido una instrucción básica. Desde luego, tenía el derecho de participar, lo admito, y me recrimino mi actitud. He sido egoísta, pero ya está hecho. Dos y Ella se harán compañía, se quieren y me quieren, suena bien. Yo a mi modo les quiero a ellos, no obstante, me siento muy a gusto fuera de su esfera de influencia. No estoy acostumbrado a intercambiar afecto, y a pesar de disfrutarlo me hace sentir vulnerable. Podría decir que no me reconozco en esos abrazos y expresiones cariñosas. Sé que soy yo pero me reconozco extraño y ajeno, como si no fuera conmigo. Con mis armas me siento seguro. Dos y Ella me hacen tambalearme como una espiga empujada por el viento.
Me duelen los músculos de las piernas y de los brazos, supongo que igual que a los demás, sin embargo intuyo que este es mi estado natural, el líquido elemental en el que puedo nadar libremente. No reniego del amor pero de momento no soporto su esclavitud. Tal vez algún día desee ser prisionero de sus lazos. De hecho, no hace tanto suspiraba como un adolescente por Ella. Me contradigo y ni me entiendo ni me importa. Soy lo que soy.
Ya estamos arriba. Hemos salido del valle. Puntuales. Los comandantes de de las diferentes columnas se saludan. Cada grupo ha elegido al suyo. El nuestro es un viejo militar, un buen combatiente a pesar de tener casi cincuenta años, respetado tanto por su fuerza moral como por su capacidad de organización.
Quizá yo sea el más mortífero de todos ellos, la mayoría no ha matado a nadie todavía; pero mi individualismo puede ser perjudicial para la supervivencia del grupo. Los demás no me conocen bien y sobrevaloran mis capacidades por eso me han propuesto en un primer momento, cosa que no he aceptado. Yo mismo he sugerido al Viejo militar como el más adecuado para conducirnos en la lucha.
Volvemos a la marcha. Al caminar no hablamos, guardamos un silencio obstinado, el propio de aquellos que están determinados a cumplir una misión. Tenemos muchos kilómetros por delante en esta noche sin lucha. Unos pasos siguen a otros, sin mirar a ningún sitio, escuchando la respiración del más próximo, oliendo su sudor, adivinando la tensión de los dedos que sujetan las armas. Estamos en camino, el enemigo espera.

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2 comentarios:

  1. Hacía tiempo que no publicabas nada. Tienes que seguir alimentando esta historia. Me encanta.

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  2. Tienes una especie de fobia hacia las relaciones. O al menos expresas eso. Relaciones sentimentales. Creo que eso les pasa un poco a todos los tíos o a casi todos. El "machito" se siente mejor en la pelea que mostrando afecto. Descorazonador.

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