14 mar. 2014

Apocalipsis XV



Quizá el infierno sea más acogedor

Estamos preparados. Nadie se mueve pero respiran y sienten. Qué podrán pensar en estos segundos en los que las manos duelen, aferradas a las armas como si fueran un cordón umbilical que les elevara hacia arriba, hacia universos superiores. No hay marcha atrás, ¿alguna vez la hay? Sí, puede haberla, por qué no. La digresión es absurda. No estoy nervioso, es que necesito acabar con esto cuanto antes. Deseo que la máquina de matar explote o mejor se active, y las llamas arrasen con todo, con casi todo que no es lo mismo pero sí parecido. Tal vez sea eso. Me atraen las llamas de ese averno que solo existe en nuestros corazones, en las zonas tenebrosas de los rincones más recónditos de nuestro cerebro.
Voy a neutralizar a un centinela. El comandante ha elegido a los más capaces para que supriman el primer obstáculo. Después habrá que ir a los lugares en los que duermen los retenes y atacar la patrulla que recorre el perímetro del pueblo. Cuando todos ellos estén eliminados, iremos al arsenal y cargaremos con gasolina las botellas que hemos transportado. La próxima parada será la residencia del "jefe". Después, lo que ocurra construirá otro escenario impredecible.
Me arrastro despacio, contengo la respiración. Pienso en Ella y la aparto de mi conciencia como a una mosca insolente. No es el momento adecuado para sutilezas. Toca matar de una manera rápida. Mi machete está muy afilado, puede cortar una hoja de papel; le será fácil rasgar la yugular del hombre que fuma a unos metros del lugar en el que me escondo, apoyado en una pared blanca. Si quisiera podría hacerle un gesto, un guiño, avisarle de que rece si cree todavía en algo; su fin está próximo, y yo soy la peste negra que le va a hacer dormir para siempre; soy una sombra que se llama muerte, que personificamos en nuestra fantasía como a una calavera encapuchada, armada de una guadaña. No es una guadaña lo que porto pero se le asemeja.
El centinela es joven, no llegará a los veinticinco años. Es una lástima que no siga viviendo. Quizá tendría que sentir su ejecución pero no va a ser así. Ha elegido, como yo, y tiene que pagar un precio. Si me descubre antes de que le alcance me tocará a mí satisfacer ese coste añadido. Al final todos pagamos de una manera u otra. Quizá alguien le espera con los ojos abiertos, con una cierta ansiedad, a que acabe su guardia. Anhelo infecundo, no va a llegar, ni él ni muchos. Cierra los ojos, tiene sueño, eso le conviene, que no sienta mi llegada, que no perciba la mano que le tapa la boca, ni la hoja de acero que le desgarra la garganta. Ha sido solo un instante, dos segundos; ha notado una presión dolorosa y la vida se le ha escapado a borbotones. Le sujeto entre mis brazos unos segundos y lo dejo caer con cuidado. Tenía una expresión noble en el rostro. Eso ya no es importante, su revólver, su fusil ametrallador y los cargadores repletos de balas de su cinturón, sí.
Mis sombras hermanas me miran a la expectativa. Veo los destellos de sus pupilas que me llaman en la oscuridad. Avanzo hasta la esquina de la calle y constato que otro compañero ha terminado su tarea; nuestro horizonte de avance está libre de enemigos. Hago una señal y formas dantescas entran en la luz, con los rostros negros, las manos negras, y el alma, si la tuvieran, también negra. Se mueven como si no poseyeran cuerpo, como una única forma viscosa y lúgubre. No han sido entrenados para esto y sin embargo se desenvuelven como si fueran maestros en el arte de la guerra; a esto yo lo llamo vocación o en última instancia, dotes naturales. Tal vez el oficio de asesino sea el más antiguo del mundo, me consta que los humanos lo ejercemos con solvencia.
No hablamos. Se me ocurre un chiste obsceno y me apetece contárselo a una compañera que permanece agachada a mi lado pero no viene al caso; es posible que lo interpretara mal; aparte del hecho de que no es el momento para agudezas sexuales, el Eros está siendo sustituido por el Tanatos. Yo siempre pienso que ambos (Eros y Tanatos) están intrínsecamente unidos pero casi nadie me cree; los demás deben pensar que estoy un poco loco, y no se alejan de la realidad. Sin embargo, les guste o no, yo, ahora mismo, sufro una fuerte erección y eso debe significar algo, quizá no me excite matar pero sí la posibilidad de morir. Me imagino la cara de sorpresa que pondría mi compañera de armas, si le pidiera tener relaciones sexuales en este instante. Lo más probable es que se lo tomara a broma o me cortara los cojones; incluso cabe la posibilidad de que aceptara. Nunca lo sabré.
Nos hemos dividido en tres grupos. Uno rodea la casa del líder, bien protegida por un cordón de centinelas compuesto por unas diez personas bien armadas. Otro se dirige al arsenal, y el resto, mi grupo, va a anular el cuerpo de guardia del antiguo cuartel de la policía.
Nadie vigila el cuartel, la puerta está abierta. No hay nada más saludable que la confianza. Entramos sin ruido. A la derecha hay una habitación con un armero en el que se alinean numerosos fusiles, y una mesa sobre la que está recostado un individuo mugriento. Indico a mis acompañantes que sigan adelante. Me acerco al de la mesa y le observo crítico. Tengo la maldita manía de buscar detalles significativos de una escena con los que recrearme después. Su coronilla está calva. Tal vez tenga unos treinta años. Va vestido con una camisa vieja y deslucida, y tiene las manos duras propias del campesino. No puedo verle el rostro. Está profundamente dormido, afortunadamente para él. Me pongo a su espalda, le tapo la boca con una mano mientras con la otra dejo resbalar la hoja de mi cuchillo por su garganta. La compañera de antes me mira espantada, quieta en el umbral. La sangre baña el pecho del hombre y rocía la mesa como si hubiera descorchado una botella de vino espumoso; su cuerpo tiembla mientras intenta librarse de la mano que le obstruye las vías respiratorias. Se acabó. Con el mismo cuidado con que actué con el otro, le coloco suavemente sobre la mesa, incluso le peino el pelo ralo con mi mano enguantada. Limpio el cuchillo en su camisa y lo guardo en su funda. La mujer no se mueve. Le hago un gesto para que se aparte de mi camino, lo hace. Sigo por el pasillo y compruebo el estado de las habitaciones restantes. No se oye nada más que el sonido de pasos lentos. La tarea está terminada. Mis compañeros recogen las armas y salen; los otros, los muertos, se quedan donde están. Mañana serán enterrados y tal vez alguien les llore; no sé si eso significa ser afortunado. He contado ocho cuerpos.
El viejo militar viene del arsenal con su grupo. Repartimos las armas y la munición y distribuimos sobre un mapa los puntos del pueblo en el que vamos a tomar posiciones, a la espera de que se produzca el asalto a la guarida del jefe de la manada de asesinos. El título de asesino no es el adecuado para definir a nuestros enemigos, nosotros también lo compartimos con gusto. Como tenemos que desenvolvernos con una cierta cordura, diré que ellos son los «malos» y nosotros los «buenos», así queda mejor y de paso tranquilizamos nuestras conciencias. El viejo militar me dice que en la parte norte del pueblo -nosotros hemos entrado por el sur- han encontrado una fosa común sin tapar, con muchos cadáveres cubiertos con cal. Me pide que pase la noticia entre los que me acompañan, eso calentará los ánimos y hará disminuir los escrúpulos morales que aún queden. Asiento con frialdad. Mi estimada compañera ha escuchado la conversación y está pálida. Cuando el viejo militar desaparece me dirijo a ella y le digo que se quede en el cuartel si no quiere participar en el resto de la acción. Ella me mira con ojos acuosos, como si no me reconociera. La sangre que ha salpicado mi mono de trabajo la hipnotiza, no quiere verla pero está ahí. Tampoco le hubiera gustado verme ejecutar al desafortunado centinela pero lo ha visto. Yo hubiera deseado no nacer y aquí estoy, hecho un perfecto cabrón; son cosas que tiene la vida. Le repito la sugerencia pero sigue sin reaccionar. La cojo por los hombros y la zarandeo. Ella abre la boca, no sé si para gritar o para respirar, y da un paso hacia atrás, extiende sus brazos hacia mí, y mueve la cabeza negativamente. No quiere que la toque. Se da la vuelta y sale a la calle. Yo me encojo de hombros y compruebo que el seguro de mi fusil de asalto está quitado. La vida sigue su curso.
Todavía no ha amanecido, hay estrellas. El cielo se encuentra despejado; va a hacer un buen día. El pueblo está tranquilo, envuelto en esa inocencia que produce el sueño, ignorante a los monstruos que pululan por la noche.
Hemos cortado las calles principales con los vehículos que estaban a mano y colocado retenes en los alrededores para que nadie escape. Me hubiera gustado estar en el asalto a la casa del líder carismático; antes de volarle la cabeza habría tenido unas palabras con él. Me gusta conocer a los que mato; aunque hay quien dice que es mejor alejarse de la víctima lo más posible, no intimar con ella. ¿Por qué?... No lo entiendo. Somos tan ridículamente pusilánimes que damos asco. ¿Cómo será el hijo de puta?... Nos lo han descrito como un individuo de estatura media, grueso, sin cuello, con el rostro redondo, de un carácter violento e intratable. Con el agravante de que goza con la crueldad. Cuántos reyezuelos escondemos en nuestro interior. Por eso las sociedades, grandes y pequeñas deben evitar que nadie maneje demasiado poder. El poder es como una especie de droga euforizante que enajena y saca lo peor de nuestras vísceras podridas por miles de años de barbarie. Los que están con él son unos mierdas descerebrados, sin criterio. Se han apuntado al caballo ganador, ¡eso creían!, pero han tenido mala suerte, las cosas no les van a salir como esperaban. ¡Y cuándo no es fiesta! ¿Es que alguna vez se cumplen los planes que hacemos los humanos?... Más bien no, diría yo. Por eso es mejor no esperar nada de la vida, aunque es difícil. La cabeza se empeña en razonarlo todo, en buscar excusas, infinitas explicaciones, y se aferra a esperanzas inútiles que nada tienen que ver con lo que vivimos en el presente... Me agota tanto pensar. Si al menos fumara me podría echar un cigarro para pasar el tiempo pero no me permito ese vicio. Tampoco hay tabaco a mano así que me tengo que conformar con contar ovejas, pedirle deseos infantiles a estrellas que quizá ya hayan muerto o imaginarme las caras que pondrán los durmientes cuando se despierten y vean que su mundo ha desaparecido. ¿Se regocijarán o se maldecirán por el rumbo que ha tomado su destino? Supongo que habrá respuestas diversas. Quizá, después de todo, los que mueran esta noche serán los más afortunados, casi siempre irse de cabeza al infierno resulta más acogedor que el hecho mismo de vivir.

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