14 abr. 2014

Apocalipsis XVI


La plaza

Llega mucha gente. El sol no ha salido. El pueblo está iluminado por las llamas que envuelven la casa del cacique, más las de otras casas que han ejercido resistencia. Es mejor matar a unas pocas personas que tener que matarlas a todas. No me gusta pensar así pero un impulso vengativo me empuja hacia una sensación de indiferencia en la que me da igual quien muera y quien viva. Este no es exactamente mi estilo pero no puedo controlarlo del todo. En mi fuero interno pretendo sacar lo mejor de cada acción sin embargo hay instantes en que no soy capaz de expresar más que un deseo destructivo, que me domina.
Los objetivos se han cumplido; ahora falta generar orden, una vez calmados los ánimos. Los habitantes del pueblo no saben con certeza lo que ha sucedido. El sitio de la casa del cacique ha durado poco; los centinelas que custodiaban el entorno han sido eliminados rápidamente; la gasolina ha hecho el resto del trabajo. Los que estaban dentro han salido disparando, algunos incluso han intentado rendirse pero las balas no han sabido distinguir entre los primeros y los segundos. Esa es su gran característica y sinrazón de la guerra, una vez que la pólvora entra en combustión ya no hay remedio, el mal está hecho y no hay nada que detenga la senda de muerte del plomo, salvo el desgaste de la distancia y la materia que la retiene, en este caso viva.
El cacique se ha quedado dentro, ha insultado con vehemencia desde una ventana a los que le asediaban pero no se ha rendido. Después de todo ha muerto como un héroe, ¡qué gracia! La tiene, desde luego. Aunque yo creo que sabía que lo íbamos a eliminar de todos modos. Entonces, ¿por qué no entregarse a la vorágine del valor insensato? Sus hijos, si los tenía, le recodarán honorablemente; venerarán cómo su padre se ha achicharrado con orgullo, eso si no se han tostado con él. Debe de tener su mérito ese tipo de muerte. Se la regalaban en el pasado a los herejes como si recibieran un poderoso don cauterizador de todo mal. Este detalle me sugiere que posiblemente estamos en sintonía con Dios, que él nos ilumina. Eso es lo que dicen la mayor parte de los imbéciles descerebrados que inician guerras santas. También lo dicen, pero de otra manera, los poderes públicos cuando disculpan la violencia ejercida desde las instituciones. Actúan por el bien de la comunidad, por salvaguardar los valores supremos, por el bien de la moral. Yo diría que protegen su culo a costa de la ignorancia de los sumisos. Nosotros también matamos por salvar el nuestro. Esta acción, aparentemente justiciera, no es otra cosa que eso.
Volviendo al tema del cacique, con el que voy a terminar encariñado, quizá dentro de la casa estaba su familia, no lo sabemos, no hemos tenido ocasión de comprobarlo; es demasiado tarde. Si hubiera habido oportunidad, tal vez las cosas hubieran sido diferentes pero no ha existido tregua, ni reflexión, solo sangre y fuego.
Algunas otras viviendas del pueblo han seguido su mismo camino. Hemos visitado una por una, y advertido a sus ocupantes que las abandonaran, depositando en la puerta las armas que tuvieran. La mayor parte lo han hecho muy asustados, casi nadie estaba armado, exceptuando algún miliciano fuera de servicio. Unos pocos han querido emular a su jefe y lo han pagado. Los años no nos hacen mejores, la lucha no nos sensibiliza, la guerra nos embrutece y nos convierte en algo feo que carece de moral y piedad.
Un rayo de sol entra en la plaza desde detrás de la torre de la iglesia. La luz quizá pueda transmitirnos algo de cordura y seamos capaces de escupir la adrenalina que corre por nuestras venas. Es ineludible que nos liberemos de la peste sanguinaria que es nuestra dueña; es necesario que dejemos las armas y hablemos que lo que podemos hacer sin ellas, empleando lo que aún nos quede de ternura para construir sobre los despojos que dejamos a nuestro paso. Somos un buen ejemplo de lo que ha sido nuestra historia, la de la Humanidad. A veces matamos para sobrevivir, otras de manera preventiva, las más por el simple placer de hacerlo, de demostrar nuestro poder sobre los otros.
Vuelvo a recuperar el sentido común, la racionalidad. El nuevo día que nace no solo me aclara la vista, también me enseña un camino diferente al que esboza la noche. Cuántas veces he dicho que la oscuridad está llena de monstruos. Comunidad de quimeras de la que formamos parte, que se oculta, que se devora a sí misma, poseída por una furia incontenible que obliga a sus componentes a participar en una conflagración de todos contra todos, con una remisión posible: el exterminio.
El viejo militar se ha subido a una camioneta, en el medio de la plaza, abajo le rodean los comandantes de las columnas. Los rostros son serios, tensos. Nuestra pequeña tropa vigila el pueblo en su perímetro y también a la masa concentrada. No tenemos ánimo para continuar con la carnicería pero las armas están dispuestas para ello si fuera necesario. Nadie se mueve, ni los niños. Contenemos el aliento por temor a que cualquier gesto pueda desatar una furia carmesí que nos ahogue.
Casi todos los rostros dirigen su mirada al viejo militar que todavía calla, que se limita, inescrutable, a esperar a que el silencio sea absoluto. Yo le miro también sin olvidarme del resto de las personas que me rodean. El viejo militar tiene un cierto parecido conmigo, misma complexión, pelo castaño rapado, rostro curtido y juvenil, y una mirada que no expresa más que vacío.
Un coche entra en la plaza con una de nuestras patrullas y la masa se agita temerosa. Se juntan y se aprietan unos a otros, como si fueran ganado. El viejo militar levanta los brazos y les tranquiliza, les dice que no teman, que nuestro grupo ha venido a liberarles de aquellos que les sometían, por petición de compañeros que escaparon y que recibieron refugio en nuestras comunas; esas mismas personas están allí, entre ellas, y han contribuido a la liberación del pueblo. Les añade que no hemos venido para esclavizarles aún más. A partir de ahora son dueños de su propio destino y pueden contar con nuestra experiencia y colaboración para construir una convivencia justa e igualitaria. Esa es su decisión, desde luego; si la desean. El viejo militar guarda silencio y espera una reacción positiva. Algunos rostros agachan la mirada, otros se vuelven hacia personas que están a su alrededor, se escrutan, se interrogan sobre lo que hacer. Una mujer de unos cuarenta años levanta un brazo y espera a que el viejo militar le permita hablar. Cuenta que no saben quiénes somos nosotros y lo que verdaderamente queremos de ellos, tal vez lo mismo que hicieron los anteriores, sumirles en una esclavitud indigna; a fin de cuentas ahora somos nosotros los que poseemos las armas y ese detalle es importante. El viejo militar responde que les entregaremos las armas suficientes para que se defiendan solos, y que mantendremos enlaces permanentes para apoyarnos mutuamente, a través del comercio, del intercambio de experiencias y de las armas si fuera necesario. Las cabezas asienten. Algunas personas no acaban de creerse lo que pasa; nuestro aparente altruismo les resulta quimérico y en realidad lo es. Hemos ido a liberarles pero también a apropiarnos de armas que no teníamos, y a establecer un vínculo que asegure nuestra supervivencia; cuantas más comunas estemos coordinadas, más fácil será nuestra defensa. El viejo militar se lo explica en pocas palabras. Un régimen como el que estaba instaurado en el pueblo era un peligro permanente para la zona. La mujer habla de nuevo y comenta que han sucedido cosas terribles difíciles de olvidar y que quizá para muchas personas sea muy duro seguir viviendo en el pueblo. El viejo militar sugiere que los que así lo decidan pueden instalarse en nuestras comunas; en ellas hay mucho trabajo por hacer y todos los brazos son necesarios. A la mujer se le ilumina la cara un instante pero enseguida se pone roja y llora. «¡Hay más que contar!». Nadie se mueve. El viejo militar la invita a seguir hablando. «En esta plaza hay gente que nos han hecho mucho daño y que debe pagar por ello». Sus palabras generan un revuelo nervioso; hay zarandeos y un conato de pelea. Las gargantas, hasta ese momento mudas, gritan de una manera desgarradora. Tres mujeres golpean a un hombre de unos cincuenta años, y lo empujan hacia el viejo militar. El hombre lloriquea con el rostro ensangrentado. Una de ellas dice: «Este cabrón nos violó a las tres; pertenecía a la milicia y bien que se aprovechaba de ello». La masa tiembla de ira contenida. El viejo militar empuña su pistola y hace un disparo al aire; las mujeres retroceden. El agredido se desploma de rodillas en el suelo. La voz de nuestro comandante temporal es atronadora, se replica en la plaza devuelta por las paredes de las casas. El silencio duele. Dice que el pueblo es responsable de hacer justicia. Los que acabamos de llegar no sabemos lo que ha sucedido, y poco podemos aportar salvo la fuerza de nuestras armas. Propone que todas las personas a las que se acuse de algún delito sean señaladas y apartadas para que un tribunal popular, compuesto por portavoces del pueblo, les condene a castigos que la asamblea ciudadana deberá refrendar finalmente. Una de las mujeres saca un cuchillo que ocultaba debajo de la ropa y se lo clava en el cuello al individuo caído que lloriqueaba. A su alrededor se arma un revuelo y otras mujeres le golpean con brutalidad. El viejo militar me hace una señal para que me encargue de la situación. Acompañado de tres compañeros y una compañera nos abrimos paso entre la multitud disparando al aire. La gente se aparta a nuestro paso. Llegamos al lugar en el que yace el cuerpo del individuo atacado y compruebo que está vivo aunque mal herido. Le pregunto con la mirada al comandante sobre lo que hacer y este asiente. Sin titubear disparo en la cabeza del caído. Luego, arrastramos el cuerpo hacia un lado de la plaza. «¡Hay que hacer las cosas bien, con orden y con la cabeza fría!» —grita el comandante—. «Este es el momento justo para empezar a construir un nuevo mundo y hay que actuar con sentido común. ¡Vamos a hacer justicia!». La gente grita y celebra sus palabras mientras pequeños grupos zarandean a individuos aislados. «En esta plaza se encuentran todos los habitantes del pueblo por tanto es un hecho que están presentes los amigos y los enemigos. Solo tenéis que señalarlos y de inmediato los detendremos». La masa de cabezas y brazos y ojos llameantes se mueve como una marea que viene y que va, que colisiona contra las paredes encaladas y se aleja. Asciende y desciende en tono e intensidad, de pronto se congela, como si reflexionara o buscara el momento propicio para desencadenar una nueva tormenta de pasión y odio. Las caras se crispan y a veces el que está al lado se convierte en objetivo de una furia reprimida mucho tiempo. La amalgama de rabia y miedo explota hasta el paroxismo. Pero lo que está ocurriendo no es azaroso, tiene un sentido. Reconocen a aquellos que les han hecho daño y los empujan hacia el frente, hacia el punto en el que nos encontramos para que los pongamos aparte.
En apenas cinco minutos, dieciocho hombres y una mujer se encuentran rodeados por nuestras armas, bajo la vigilancia colérica del resto de sus conciudadanos. Se produce una prórroga. Hay contención. Yo diría que se respira un cierto alivio, y la esperanza empieza a crecer entre el rebaño de corazones trémulos que se dejan acariciar por un sol joven que quizá sienten con alegría por primera vez en mucho tiempo.

Capítulos anteriores:

2 comentarios:

  1. Situación muy difícil en la que has dejado el relato. ¿Cómo se van a juzgar a sí mismos?

    ResponderEliminar
  2. Si somos capaces de dictar una sentencia tendríamos que ser capaces, colectivamente, de asumir esa responsabilidad. Quizá aquí está el problema de nuestra sociedad, no queremos asumir la responsabilidad que tenemos ante todo lo que ocurre a nuestro alrededor.

    ResponderEliminar