15 may. 2014

Apocalipsis XVII


Nos vamos

No sé si hemos logrado la paz o tanto esfuerzo no ha sido más que un retraso momentáneo hacia un devenir violento y funesto. Quién puede predecir el futuro. Somos humanos, y eso es decir mucho, en cuanto a presunción de desgracias se refiere. Quién me asegura que esta masa informe que ahora nos aclama, mañana no volverá a repetir los mismos errores del pasado, a esclavizar a sus iguales, a someterlos a una opresión abyecta, bien porque los consideren inferiores, bien porque las víctimas carezcan de armas o de suficiente carácter para defenderse, que en ocasiones viene a ser lo mismo. No lo sé. No puedo asegurar nada. Tampoco debería importarme cómo termine todo esto. Nos hemos cubierto la espalda. Hemos desbaratado a un potencial enemigo que podía atacarnos en un momento u otro. De paso, tal vez, hemos dado una oportunidad a esta gente para que se organice desde la libertad y el apoyo mutuo. Tendría que estar contento y no lo estoy. Sé qué me pasa. Ha habido más muertes en nombre de la justicia y yo no sé qué es eso. Sí, claro, hablo y hablo y defiendo unas normas básicas, a las que califico de razonables, que nos faciliten la existencia, que puedan modificarse según las circunstancias. Cuando las oigo, partiendo de mi boca, hasta me las creo; sin embargo, luego, algo en mi cabeza me dice que esos a los que hemos matado o ajusticiado —que queda mejor— formaban parte de nuestra especie, eran como nosotros, humanos. Algunos de los muertos han sido crueles, incluso depravados. Otros se han dejado llevar y han consentido las tropelías que se sucedían a su alrededor, lo que les ha convertido en tan responsables como los propios ejecutores. ¿Todos deberíamos ser juzgados en un momento u otro? ¿Por quién? El conjunto del pueblo, cada individuo con sus matices, es culpable por haberse sometido o por someter a otros, por matar o por dejar matar, por violar o por dejar violar, incluso por seguir viviendo en una comunidad miserable y opresiva, y no escapar.
Yo que amo tanto la supervivencia —lo menciono con sorna—, me cuestiono si cualquier forma de vida es válida, si el precio moral que se paga por ello merece la pena. Una y otra vez vuelvo a lo mismo, pienso en círculos. Principio y fin en el mismo camino. Hay algo maligno en nuestro genes, lo intuyo, que nos obliga a permanecer despiertos incluso en condiciones aterradoras. Quizá sea un deseo de transcendencia el que nos impulse hacia delante; o una especie de psicopatía colectiva que nos hace dejar de percibir el dolor del otro, aunque sea temporalmente, volviéndonos inmunes al sufrimiento ajeno. ¿En qué nos convierte vivir a cualquier precio? Tengo derecho a defenderme a llevar mi guerra particular contra los enemigos que elijo o que me eligen; no obstante, ellos, esos brazos y esas piernas que se agitan alegres en la plaza y en las calles, han olvidado de repente toda la representación del mal que han experimentado en carne propia, obvian a sus muertos, a su dignidad herida. Dignidad. Honor. Valor. Cobardía. Abstracciones perpetuas que flotan sobre un mar de tiempo, que parece poseer el potencial de borrar las memorias e impedir el aprendizaje imprescindible para evitar el siguiente desastre. Tal vez debiera escuchar en vez de pensar. Es posible que debiera centrarme en mi respiración, en los latidos de mi corazón, en mi pulso, en los sonidos concretos y difusos que me invaden, en los roces, en los alientos, en los murmullos apagados y en las voces estertóreas; en esos estímulos que se expresan espontáneamente porque existe tal posibilidad, independientes de la voluntad humana.
La mesa del tribunal popular ha sido elegida por la asamblea del pueblo que llenaba la plaza. El viejo militar ha formado parte de ella, como moderador, a propuesta de varias personas; una mujer joven de expresión culta, que se ha presentado voluntaria, ha tomado actas; otra mujer, de unos cuarenta años y gesto seguro, antigua concejala, se ha encargado de controlar los turnos de palabra. El resto del tribunal lo ha compuesto la misma asamblea convertida en jurado y juez, presente en todo momento en las deliberaciones. En la parte trasera de un camión se han acomodado dos pequeñas mesas y tres sillas de un bar próximo. Un megáfono ha ayudado a hacer que se oyera a los oradores de turno y a los acusados. El ambiente ha estado muy crispado, como era de esperar. Las amenazas, los insultos y los intentos de agresión se han repetido como retortijones intestinales, urgentes, espasmódicos, que solo podían ser aliviados de una única forma, con una explosión maloliente. Sin ejercer violencia hemos hecho un muro de carne entre los prisioneros —veintidós varones de edades comprendidas entre los veinte y los sesenta años— y el tumulto. El viejo militar ha gritado hasta desgañitarse sin que en un primer instante le hayan hecho caso en exceso. La tensión y la rabia acumulada florecía como los campos en primavera. Necesitaban una reparación al daño recibido y el acceso al mismo lo tenían al alcance de la mano; el pánico y la sumisión que les ha dominado hasta esta madrugada infernal se ha transformado en un arrebato impulsivo. A base de mucho diálogo hemos convencido a los más exaltados, en corrillos o separadamente; hemos hablado con ellos con tranquilidad, les hemos explicado que había que hacer las cosas bien, que la forma de actuar es importante si se desea sentar las bases de un nuevo modelo social organizado de una manera horizontal. La gente, al final, lo ha entendido, y ha llorado en nuestros brazos, contándonos con voz entrecortada lo que han sufrido y lo que han visto. Nosotros no hemos podido deshacer su desconsuelo enquistado pero sí hacerles ver que un mundo diferente estaba sembrándose en esa plaza perdida de un pueblo no menos perdido. Lo que en un principio ha sido pura furia, se ha ido tornando en serenidad y confianza. Es como si hubieran descubierto que el poder residía en su voluntad colectiva y en sus manos, y que sus decisiones eran importantes, más que eso, trascendentales para enfocar su vida con ilusión.
El viejo militar ha propuesto un orden del día compuesto por tres puntos que ha sido votado favorablemente a mano alzada por la asamblea: Elaboración de las sentencias y los criterios de las mismas, Juicio a los acusados y Aplicación inmediata de las resoluciones. A continuación, se ha abierto un turno de palabra sobre el primer punto y las propuestas han sido atropelladas y variopintas; desde azotar a los reos, castrarlos, condenarlos a trabajos forzados, encarcelarlos, quemarlos vivos, matarlos o echarlos del pueblo, hasta perdonar a los casos más leves. Se han registrado todas las sugerencias, y una vez que se ha agotado el turno, se ha pasado a realizar una votación, eligiéndose tres tipos de condenas: Pena de muerte por fusilamiento, expulsión del pueblo y perdón.
Hecho esto, la mesa ha procedido a leer en voz alta la lista de acusados, preguntando si había que incluir a alguien más, presente o ausente, o realizar alguna objeción favorable sobre algunos de los nombres citados. Nadie ha añadido nada nuevo por lo que el proceso ha seguido adelante.
El primer encausado ha sido un tipo taciturno de unos sesenta y cinco años, de poco más de un metro cincuenta de estatura, de ancha espalda y rostro hinchado por el alcohol. Durante todo el interrogatorio ha mantenido la mirada baja, sin rechistar. Una mujer de su misma edad y su hija, que rozaba la cuarentena, le han acusado de haberlas quitado, bajo la amenaza de matarlas, una huerta que su familia trabajaba desde época inmemorial. Varias de las personas presentes han confirmado que el individuo siempre anduvo detrás de esa tierra; ya su padre pleiteó por ella pero la justicia cayó del lado de los antiguos dueños. Aparte de las amenazas citadas no realizó ningún tipo de fuerza violenta contra las dos mujeres. Por lo demás, aunque el sujeto ha tenido de manera habitual comportamientos bastante extraños, en cuando a sociabilidad se refiere, no ha participado en otro tipo de desmanes en el pueblo. La decisión ha sido difícil porque uno de los pasos imprescindibles para el desarrollo de la comunidad es la colectivización de la tierra y de todos los medios de producción; sin embargo, en tato se debate el tema, se ha propuesto, a elección del acusado, ser expulsado del pueblo, con lo que ello conlleva de pérdida inmediata de todo lo que posee, o trabajar la huerta durante un año y entregar a sus dueñas actuales el 66 por ciento de lo producido, como modo de compensación. El acusado ha aceptado la segunda propuesta, que debe ser supervisada por el consejo gestor del pueblo, una vez que sea elegido.
Los siguientes en ser juzgados han sido doce jóvenes que han formado parte, como voluntarios, de la milicia que organizó el cacique del pueblo. Participaron en labores de vigilancia y agredieron a algunos habitantes durante el desarrollo de las mismas, según ellos, obedeciendo órdenes. Una parte de las personas presentes ha pedido la pena de muerte para ellos, otra no les quiere en el pueblo, los allegados han pedido el perdón. Después de agrias discusiones, que la mesa del tribunal a duras penas ha logrado apaciguar, se ha propuesto una solución intermedia que ha sido aceptada mayoritariamente. Los reos han sido condenados a muerte, pero esta pena ha quedado conmutada a cambio de que se vayan del pueblo para siempre; si son capturados en sus límites geográficos, serán ejecutados de inmediato. Algunos de los familiares, amantes y amigos han anunciado que se irán con ellos. El viejo comandante se ha encogido de hombros ante estas posturas de solidaridad con los verdugos, pero le he visto satisfecho con la solución de compromiso lograda. Tiene prisa por acabar y marcharse; de buena gana los habría fusilado, estoy seguro, mas se conforma.
De los nueve reos que quedaban por juzgar, cinco habían participado en violaciones, tres en crímenes y uno había matado a su esposa de una paliza durante el curso de una discusión; de hecho, según han manifestado sus vecinos, la golpeaba con frecuencia. Tras escuchar los testimonios de los testigos, más catárticos que resolutivos por lo emocional de los mismos, se les ha condenado a la pena de muerte por unanimidad. Los violadores han mostrado un gran estupor, no han comprendido en ningún momento la gravedad de su delito, el daño realizado a sus víctimas, mucho más cruel y pernicioso que si las hubieran matado simplemente. Uno ha lloriqueado y suplicado clemencia. Me asquean esas reacciones pusilánimes innecesarias. El maltratador se ha retorcido entre los dos compañeros que le sujetaban y ha negado haber asesinado a su mujer; ha aducido que no recordaba nada. Cuando un hermano de la esposa muerta le ha dado un puñetazo en el rostro —no defendía tanto a la hermana cuando era salvajemente vapuleada—, el acusado se ha revuelto contra él con una violencia descontrolada y ha tenido que ser reducido a culatazos mientras gritaba: «¡Hijo de puta, te mataré con mis propias manos como la he matado a ella!». Una compañera de nuestra columna ha desenfundado su pistola, la ha montado y se ha dirigido a él con determinación; la he dejado pasar sin hacer gesto alguno por retenerla. El viejo comandante ha saltado del camión y le ha cortado el paso, ha levantado los brazos y le ha pedido por favor que se detuviera. «¿Por qué debo hacerlo?», ha preguntado ella. «La asamblea del pueblo debe decir quién le quita la vida», ha respondido él con tranquilidad. Ella ha guardado el arma y se ha mezclado entre la gente.
Con las sentencias dictadas se ha propuesto que antes de la media noche las mismas fueran efectivas. Es decir, los que tenían que marcharse debían hacerlo antes de las doce de la noche. Con respecto a las ejecuciones se ha procedido de inmediato. En primer lugar se han pedido voluntarios y voluntarias para formar los pelotones de fusilamiento, uno por cada condenado. Cada pelotón ha estado compuesto por cinco personas. Resueltos estos preliminares, se les ha fusilado uno por uno en la fachada del ayuntamiento. La ejecución ha sido bastante lamentable dada la falta de pericia en el manejo de armas mostrada por los participantes, por lo que la mayoría de los ajusticiados estaban heridos leves cuando se les ha dado el tiro de gracia. Durante y después de los fusilamientos ha habido todo tipo de reacciones por parte de las personas voluntarias, cuarenta hombres y cinco mujeres; alguna se ha reído de manera nerviosa y luego llorado, otra ha vomitado; ha habido quien no ha podido disparar y quien ha querido repetir la experiencia en otro pelotón. Nada nuevo de lo que sorprenderme. Curiosamente, los que mejor se han portado han sido los ejecutados, se han conducido sin resistencia, ni les hemos atado ni vendado los ojos, digamos que se han dejado matar sin más inconvenientes.
Ahora mismo nuestras columnas se retiran, una treintena de los nuestros, representativos de distintas comunidades del valle, se va a quedar en el pueblo durante unos días para compartir experiencias y facilitar el tránsito de una estructura social vertical a otra horizontal. A los habitantes del pueblo no les va a resultar fácil asumir la responsabilidad de la gestión de todas las áreas de la vida cotidiana, pero en cualquier caso, van a estar mejor que antes.
Nos vitorean y no les escucho, quiero abandonar cuanto antes estas pulcras calles, estas paredes sin mácula, este escenario que no sé cómo definir. Deseo irme pero no sé a dónde, solo dejarles atrás. No entiendo esta ansia que me acosa. ¿Quiero volver al valle? ¿Es eso? No sé nada, no tengo respuesta. Un compañero que camina cerca me ofrece un pedazo de cecina y lo acepto con placer. Lo muerdo y siento el sabor salado, provocando un aluvión de saliva en mi boca; sabe bien, me digo sonriente. El sol está alto y hace calor. El peso del arma que llevo colgada me clava la correa en el hombro, me duelen los pies, tengo sueño. Sensaciones básicas, pura descripción de una hora que no tiene escribas que la registren. Pasos, distancia, horizonte, origen, destino.

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1 comentario:

  1. Aunque hemos leído situaciones parecidas en muchos momentos de la historia de la humanidad, tiene que ser muy difícil asumir ese tipo de responsabilidades. Supongo que en ciertos momentos no queda otra alternativa. Me parece bien que sea todo el conjunto de la sociedad, el que se implique en tales medidas. Nadie debe quedar al margen.

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