2 jul. 2014

Apocalipsis XVIII


El reto
Es tiempo de paz. No me lo creo del todo. Me resulta impensable que consideremos que hay paz mientras existe gente por ahí que está siendo torturada y sometida a una vida miserable. Pero lo llamamos así, «tiempo de paz», porque no nos toca, a nuestra comunidad, formar parte de ninguna matanza. Podríamos decir que no corre la sangre, exceptuando la de algún que otro animal sacrificado para satisfacer nuestros estómagos mal educados. Mala suerte para las víctimas; no han evolucionado lo suficiente como para dotarse de armas, aunque fueran rudimentarias, y cortarnos el cuello con fruición. Yo no como apenas carne: siempre que puedo la evito. No creo que un pollo o un conejo tengan menos derechos que yo mismo. Es el imperio de la brutalidad y la costumbre la que les conduce a mi plato. Aún así, todavía, de vez en cuando, soy débil y me dejo llevar. En muchas cosas lo hago. Cuando estaba solo mi código de conducta era sumamente estricto. La vida social me ha hecho más tolerante y flexible; y no sé si eso es bueno o me estoy complicando la existencia. Hay momentos en que pienso que sí, que esta experiencia comunitaria me ha mejorado, y me ha devuelto parte de la alegría de vivir que había perdido. Y es cierto, objetivamente, lo sé. Pero luego las sombras vienen y hacen que me sienta mal y que lo cuestione todo, y que me interrogue sobre hechos y cosas que debería aceptar sin más. Esta continua insatisfacción me puede. ¿Dónde buscar nuevos alicientes? Parezco un drogadicto de la adrenalina.
Tendría que estar a gusto. Tengo a Dos, mi hijo grande. Y la tengo a ella. Además, ahora las cosas han cambiado, está embarazada. Dice que el niño o la niña, es mío; eso da igual es una criatura y será bienvenida. Necesitamos niños en el pueblo, hay pocos.
¿Cómo me enteré del acontecimiento? Cuando nuestra columna se acercó a las proximidades del pueblo, las personas que vigilaban el valle nos detectaron enseguida e hicieron correr las voces. La alegría fue generalizada. Volvíamos sin bajas, y pertrechados de un buen montón de armas automáticas y munición. No nos las podemos comer pero nos servirán si es necesario y el momento lo requiere.
El jolgorio fue general. Parecíamos los salvadores de la patria. Exagero, en realidad se alegraban de que volviéramos sanos y salvos. Me cuesta aceptar el cariño y el reconocimiento ajeno. No es que piense que no me lo merezco, es que no me siento cómodo ante ese tipo de manifestaciones, quizá por el simple hecho de que no estoy acostumbrado. Es una habilidad social importante el saber recibir lisonjas y por supuesto, también hacerlas. Nunca hasta entonces había recibido tantos abrazos y loas, yo y el resto de la columna, claro. Nos dieron vino fresco, frutas, nos prepararon una buena ducha y nos obligaron a que les contáramos, sin omitir ningún detalle, la experiencia. La verdad es que fue hermoso el reencuentro, y para cualquier persona normal, emotivo. No puedo negar que me sentí bien rodeado de manos y risas y ojos chispeantes.
Ella y Dos estaban entre el tumulto y parecían tímidos. Me descubrieron en seguida y se contuvieron, en contraste con el resto, talvez porque no sabían cómo podía reaccionar yo, ni como debían actuar ante mi distanciamiento habitual. Luego, como pulsados por un resorte, saltaron sobre mi cuello y cada uno en su ámbito de posibilidades me estrujó y besó sin ningún tipo de consideración. Estuvo bien el recibimiento. De no ser tan frío—creía que había mejorado—, hasta hubiera desfrutado plenamente. Pero no fue del todo así. Después de esas efusiones alocadas y espontáneas vinieron las preguntas y lo que ya he contado, que fue compartido con el resto de la comunidad.
A continuación sucedió la verdadera sorpresa de la jornada; ella, en un susurro al oído, como si fuera algo banal, me dijo que tenía que contarme algo. Yo no esperaba nada en especial; hace mucho que tengo esa actitud ante la vida, así las decepciones son menores. La miré a los ojos y la noté nerviosa, incluso huidiza. Esa actitud no le es propia por lo que me inquiete. «¿Qué es lo que pasa?», le pregunté con tono cariñoso. Ella me miró a los ojos —observé cómo sus pupilas se dilataban— y respondió escuetamente: «Voy a tener un niño o una niña, no lo sé». ¿Qué sentí ante la noticia? En un primer momento no noté nada extraordinario en mis sentimientos, como se suele decir «ni frío ni calor». Tampoco tuve la gracia de hacer un comentario coherente y conveniente. Cuando fui consciente de que me lo estaba diciendo por que esperaba de mí una reacción, me atreví a hacerle una pregunta: «¿Debo felicitarte por ello?» Ella me miró perpleja ante mi insensibilidad, al punto se dio la vuelta, como si hubiera recibido una descarga eléctrica, enfadada, dispuesta a marcharse. La retuve, abrazándola, e hice que se volviera. Sin dejar de estrecharla entre mis brazos, la pregunté: «¿Qué te sucede?» Sus lágrimas me anunciaron que algo no iba bien, era obvio que yo no estaba actuando proporcionalmente a la trascendencia del mensaje. La apreté con fuerza y la besé en el pelo. Ella, después de unos segundos de abandono, recuperó el control de sus emociones. «¿Debemos felicitarnos por la posibilidad de crear una vida y compartir su educación juntos?», me preguntó, seria.
No soy estúpido, aunque en estos temas lo parezca. Desde el primer momento había entendido lo que me quería decir. Otra cosa es que no pusiera en escena una representación a la altura del suceso, por el simple hecho de que no surgía espontáneamente de mi naturaleza.
La besé en los labios, sonreí y le dije que sí, que debíamos sentirnos felices por la noticia, siempre que ella quisiera seguir adelante con el embarazo. «¿No me preguntas si el niño o la niña que crece en mi interior es tuyo?», me interrogó, controlando hasta el último de mis gestos. «¿Es eso importante?», respondí, sereno. «Podría serlo para ti», dijo ella. «Lo que cuenta es la responsabilidad que vamos a adquirir si nos comprometemos, tú a gestarlo y a parirlo, y yo a acompañarte en el proceso. Con respecto a la crianza, creo que forma parte del compromiso colectivo de la comunidad con las personas que la forman». Ella no añadió nada más. Abandonamos el abrazo y nos separamos del bullicio general, iniciando un paseo por las afueras del pueblo. Necesitábamos intimidad para aclarar aquello que fuera necesario que nos generara dudas; estas siempre surgen, incluso en lo más nimio.
Hablamos un buen rato, hasta la caída del sol, de muchas cosas: de cuidados, de alimentación para la criatura, de temores propios de la inexperiencia, de la inestabilidad en la que vivíamos... Dos vino a buscarnos, sonriente y silencioso, con una bota de vino, pan y queso, lo cual agradecimos. Ya no éramos tres sino cuatro. Ella quería seguir adelante con el embarazo. ¿Y yo? En aquel momento le dije que sí. Por la noche, después de hacer el amor y aparentar que dormía, me removí en mi interior con una pregunta abrasándome: ¿estaba preparado para tener un hijo? Ya tenía a Dos, que cumplía esas funciones, o al menos así lo asumía. Quizá las preguntas imprescindibles fueran otras: ¿estaba preparado para participar en ese acto creativo y asumir ese peso?, ¿no supondría para mí un lastre frustrante a medio plazo? «Tal vez», me dije, tranquilo, sin embargo no podía rechazar la oportunidad que la vida me presentaba. A pesar de mi desarraigo crónico, ahí estaba el hecho mismo de la integración en la corriente común de la existencia: nacer, crecer, reproducirse y morir. Por qué no iba a servir como los demás para cumplir esa misión.
Ella me quiere, yo a veces la quiero también, o sé que la quiero, o creo que la quiero; posiblemente solo imagino o deseo quererla. ¿Las emociones que sentí en un primer momento han desaparecido ya?, me pregunto, odiándome por ello. No; pero hay algo que me hace daño al surgir en mi conciencia: es probable que no necesite ni a Dos, ni a ella, ni al nuevo ser que crece en su vientre. En realidad, necesidades tengo pocas: beber agua, nutrirme, respirar, eliminar de mi cuerpo heces y orina, dormir y, en momentos puntuales, matar. Todo lo demás son aspectos de la vida, considerados gozosos por muchas personas, que yo admiro pero no comparto en su integridad.
No obstante, es necesario que mencione que yo no era así ni de niño, ni de adolescente, tampoco en mi primera juventud. Amaba con intensidad desde mis viejos libros de cuentos, de los que me costó desprenderme, hasta a mi primer gran amor. Mi capacidad para desarrollar apegos ha quedado en entredicho después de los 30 años, no sé si adormecida o extirpada por el aislamiento y la inmersión en una vida asocial permanente. Cosificar al otro genera ese efecto secundario pernicioso, que dudo sea reversible. Necesito pensar que mi hijo o mi hija, me liberarán de esta carga de indiferencia.
Cuando me enamoré de ella, viví la vida de un modo distinto; parafraseando a poetas, el día a día se tiñó de color y esperanza. Supongo que mi cerebro produjo algún tipo de sustancia euforizante que gestaba esas sensaciones tan particulares. Ahora, siento una placidez imperturbable, pero placidez a fin de cuentas. Quiero creer que puedo soportar la carga que supone este nuevo reto.

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