18 nov. 2014

Apocalipsis XX


Huida

Los vivos, en ocasiones, llegamos a creer que podemos deambular por la existencia al margen de todas esas variables incontroladas que pululan en nuestro entorno. Una fantasía más que nos libera momentáneamente de angustia para golpearnos más tarde con la cruda realidad. Quizá en otra sociedad, esa que sueño a menudo, puedan desenvolverse los acontecimientos de otro modo; en nuestro mundo, el de hoy, y tal vez el de siempre, no se puede ocultar el sol con un dedo, no se puede ni se debe ignorar la situación exterior en un vano intento de evasión. Ilusiones inútiles, irresponsabilidad ciega, eso es todo lo que significa nuestro pequeño y mediocre universo. Necios ignorantes, necio yo mismo. Llegué a creer que podía romper cualquier contacto con la violencia exterior y ahora lo vamos a pagar. No puede haber soluciones individuales, eso es una entelequia inútil; o nos salvamos todos o no hay salvación posible para ninguno. O trasformamos el planeta en su totalidad o siempre viviremos amenazados por la ignorancia y la depredación de esos otros que sobrevuelan perennemente sobre nuestras cabezas, como los helicópteros que han recorrido el valle esta mañana.
No hay mañana. Se aproxima una plaga, como una maldición antigua. Aquí ya hemos acabado. Las noticias que nos llegan de fuera de estas tierras que creíamos seguras son que una fuerza militar bien pertrechada está eliminando cualquier tipo de organización al margen del Estado. El orden, su orden, se está restaurando a sangre y fuego. Obvié la posibilidad de que llegaran tan lejos, que les importáramos. He sido un estúpido. Nuestro ejemplo de vida es pernicioso en sí mismo. No se pueden permitir que sigamos existiendo. El Estado se reconstruye, renace sobre sus cenizas; necesita esclavos obedientes; nuestra impertinencia debe ser eliminada.
Todavía no nos han atacado pero lo harán. Tenemos vigiladas las entradas del valle para conocer con anticipación nuestros posibles puntos de fuga y los movimientos de las tropas. Primero nos atacarán por aire, bombardearán los pueblos. Luego lo harán por tierra. Mucho me temo que lo vamos a pagar si nos cogen. Nos matarán y repoblarán estas tierras con esclavos obedientes, que se sentirán satisfechos de servir a sus amos a pesar de que los frutos que van a ser su sustento, estén regados con la sangre de los hombres y mujeres libres que les han precedido. No podemos hacer nada para evitar el apocalipsis, es horrible. Quién puede resistir a la maquinaria militar, a los aviones, a los carros blindados. Contra eso nosotros poco podemos hacer. Sin embargo les esperaremos detrás de cada roca, sin miedo, sin piedad, y los atacaremos hasta que nos maten.
Hemos hecho una asamblea y no ha habido unanimidad sobre la forma de actuar. Mucha gente quiere marcharse y lo entiendo. Creen que pueden empezar de nuevo en algún otro lugar. Yo pienso que no hay hacia dónde correr, estamos atrapados. Esta tarde se ha iniciado la marcha. Los helicópteros no han vuelto. Tal vez mañana empiece la ofensiva de limpieza. Tenemos tiempo para ayudar a los que quieren partir. Hay una vía libre que comunica el valle con una sierra en las que las tropas no entrarán a corto plazo; es demasiado agreste, repleta de bosques y cuevas. Allí pueden refugiarse durante un tiempo mientas deciden qué hacer. Tenemos alimentos para un año y en la zona existen numerosos manantiales. Lo difícil va a ser transportar a personas y vituallas solo con animales de carga. A pesar de ello, confío en nuestras fuerzas.
Hay que intentarlo y es lo que estamos haciendo. Una larga columna asciende por senderos que solo nosotros conocemos. La noche será dura pero no descansaremos, no podemos permitírnoslo. Cuando la columna esté fuera de peligro, unas cuentas personas desandaremos nuestros pasos e iniciaremos una guerra particular, que está de antemano condenada al fracaso. Odio esta vida, odio este tiempo histórico que me ha tocado vivir, odio al ser humano, mas amo a mi gente, la amo a ella y a la pequeña y a Dos. Los tres se van, es lo más adecuado. Cada uno entiende a su modo que me quede, saben que no está en mi naturaleza hacer otra cosa. Desean que les acompañe, lo sé; a mí también me gustaría irme con ellos pero ni puedo ni debo. Tengo una misión para la que estoy preparado; mi habilidad para matar es transcendental en estos momentos. Quizá la mejor parte de mí se manifiesta creativamente a la hora de arrancar una vida. Soy bueno haciéndolo, y lo voy a hacer con deleite. Nos van a quitar todo por lo que hemos luchado durante mucho tiempo. En la medida que mis fuerzas y pericia me lo permitan yo les voy a arrebatar el latido de sus corazones. Sé que no podemos ganar pero esta es una buena forma de morir, bajo las estrellas o bajo el cielo azul, da igual, al aire libre, con los músculos cargados de adrenalina, las pupilas dilatadas y una sensación de libertad más valiosa que el oxígeno.
La subida es muy dura; la pequeña cada día pesa más. Me encanta su ignorancia. Para ella esto es un juego en el que suceden cosas excepcionales que normalmente no ocurren; maravillosa inocencia. En el futuro, si sobrevive, no recordará nada. Tiene suerte. Dos está apesadumbrado, le gustaría acompañarme, pero no es justo que se quede, es demasiado joven, tiene que intentar vivir un poco más. Ella se encargará de los dos. Me ha sugerido, sin exigencias, que la acompañe y yo me he negado. No le he explicado lo que siento, ella tampoco me lo ha preguntado. Ella cree innecesario este sacrificio, piensa que si matamos a los que llegan, vendrán otros y así sucesivamente, hasta que nos eliminen a los que quedemos y ahí todo se acabe. Es cierto, así va a ser; es difícil imaginar que pueda ocurrir de otro modo. Pronto saldremos del valle y nos despediremos con una mirada y, tal vez, con un beso, quizá para no volver a vernos jamás. Es duro todo esto. Nunca creí que llegara a decirlo ni a sentirlo, pero lo es. No se han ido y ya me duele la separación; me he acostumbrado a su presencia hasta tal punto que forman parte de mi ser, como mis brazos, mis piernas o mis ojos.
Oigo ruido de helicópteros. Nos escondemos entre las rocas y la maleza. Vienen desde el Este. El sonido de las explosiones llega con claridad. Manchas de luz iluminan el valle como fogatas festivas, solo que en este caso el aquelarre no es vivificador sino de muerte. En pocos minutos no quedará nada de lo tan costosamente construido salvo ruinas y cenizas. Hay que seguir avanzando, deprisa, aún no están en disposición de ocuparse de nosotros. Pronto amanecerá y para entonces el valle será historia, comenzaremos el año cero de una nueva era imprevisible, incierta, desalentadora.
Estamos fuera. Ella me abraza. Sus mejillas están húmedas, no me importa que las mías también lo estén, es inútil ocultar mis sentimientos. Ella me aprieta con fuerza como si quisiera transmitirme su fuerza y me dice con sus ojos llorosos que desea que la busque cuando me canse de matar, si no he muerto. Dos tiene una pistola en la mano, que no sé de dónde ha sacado, y me dice que se viene conmigo. Cómo quiero a este chico, mi pequeño duende silencioso. Le quito el arma con delicadeza y le abrazo. Me duele su llanto. Yo le salvé de la locura y la basura, y él ahora se ve obligado a dejarme perdido en un escenario desolado y sin esperanza. Dos comprende que el amor es lo más importante en la existencia y no quiere perderlo. Todavía no entiende de sacrificio, de venganza ni de odio. Forman un buen grupo los tres. Tal vez hasta tengan suerte y puedan salvarse, y encontrar paz. La pequeña me acaricia el rostro con sus manecitas y balbucea sílabas graciosas. Me hubiera gustado verla crecer.
Los helicópteros se han ido. Un sol incipiente salpica de luces deslumbrantes la parte alta del valle. El silencio es absoluto. Los animales se ocultan, como nosotros. Apenas somos una veintena de hombres y mujeres, insuficientes. Nos vamos a dividir en parejas y nos repartiremos por el amplio terreno, ocultos hasta que llegue la noche. Cuando las tropas invadan el territorio no encontrarán resistencia, y se sentirán seguras. Esperaremos a fundirnos con las sombras y entraremos en sus sueños con el acero de nuestros cuchillos. Después de todo van a tener suerte, les vamos a liberar de su indigna existencia; tendrían que darnos las gracias. Ya no somos humanos, nos hemos convertido en espectros que no sienten, que no lloran, que no temen, que no imploran; nos hemos transformado en un virus letal que espera sin prisas, sin aguardar honores, ni reconocimientos, ni tan siquiera la victoria, justificando cada nueva respiración con la sangre derramada de las víctimas.

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3 comentarios:

  1. ¡Vaya! Cumples tu plan. ¿Entramos ya en la segunda fase del relato?... Me gusta. De todas formas, lo que me parece terrible de lo que cuentas, es que este tipo de acontecimientos llevan sucediendo mucho tiempo y seguirán sucediendo según está el mundo.

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  2. Pare que esto se va animando... Pronto te veo.

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  3. Me gusta mucho la parte tierna del personaje. Supongo que tanto sentimentalismo te lo vas a cargar.

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