9 mar. 2015

Apocalipsis XXI


¡Ayúdame, por favor!

Todavía respiro. Siento la humedad de la lluvia empapando mi ropa, el olor de la tierra me embruja con un hechizo hecho de flores y plantas aromáticas. En tanto la tarde se apaga me desdibujo en la obscuridad con movimientos sin eco que me llevan fuera de este valle de muerte. Ha pasado un mes desde que comenzó la ofensiva militar, nada queda de lo que fue nuestro pequeño y querido paraíso, un oasis en medio de un océano de devastación. Los campos están arrasados, las casas derribadas, los animales domésticos muertos o abandonados a su suerte, los frutales arrancados, los pozos cegados. Hasta el pequeño río, que en primavera fluía alegre, parece agostado. El valle se muere, los asesinos lo han pagado caro, con sus vidas. Hemos matado a muchos, quizá a diez por cada uno de nosotros, tal vez más. Pero han llegado refuerzos y los lanzallamas han barrido cada rincón factible de suponer o de convertirse en nuestro refugio.
Quedamos vivas pocas personas de las que iniciamos la resistencia, apenas media docena, tres mujeres y tres hombres, del resto no sabemos nada. Suponemos que están muertas. Teníamos varios puntos de encuentro previstos y en el último hemos aparecido seis. Estamos agotadas, sucias, hambrientas. El azar ha permitido que vivamos incluso en contra de lo que esperábamos. Me repugna este palpitar incansable de mis sienes; preferiría haber encontrado el reposo definitivo pero supongo que el destino me conserva para una misión solemne, seguramente me reserva para un espectáculo mayor. Sigo existiendo. Continuamos enmarañados en el espinoso asunto de la venganza, del honor herido y demás anomalías mentales, desde luego no carentes de un cierto sentido pero, en suma, absurdas dado lo ímprobo de las metas. Las componentes del grupo nos observamos en silencio, sentadas, tumbadas o acurrucadas entre las rocas. Los oídos esperan una palabra decisiva que haga un punto y aparte en esta historia funesta; de huida o de ataque, en ambos casos perdemos. Hagamos lo que hagamos, al final, el resultado va a ser el mismo: plomo abrasador desgarrando músculos, venas y vísceras. Es probable que tengamos asumida la muerte y no tanto la vida. Demasiada sangre… Salir de este valle significa empezar de nuevo, continuar con más penalidades, postergar el ascenso al cadalso.
El debate ha sido corto, salpicado de gestos de indiferencia y de silencios sin mensaje. Nos vamos. Aunque no es mi estilo, no me he resistido a la decisión. Me encuentro tan cansado de vivir… Pero a pesar de ello, hay una luz en mi conciencia que me indica un camino que conduce inexorablemente a Dos, a la pequeña y a ella. Mientras mataba no les echaba de menos pero ahora, cuando me enfrento a la posibilidad del reencuentro, por peregrina que sea, siento un hormigueo impaciente que me impele a ir en su busca, sin más demora.
Nos movemos. La noche carece de luna, es una masa negra espesa, impenetrable. No utilizamos ninguna iluminación para marchar, conocemos bien el camino que nos aleja del horror, quizá para arrojarnos a otro horror, sin embargo en eso preferimos no pensar. A pesar del agotamiento, nuestro ritmo es rápido. Somos espectros sin cuerpo acostumbrados a deambular entre los vivos para arrebatarles, a la menor oportunidad, hasta el último aliento. Tienen que pagar, todos pagamos. En este instante no matamos. De momento nos alejamos de los gritos de agonía ahogados por manos enguantadas, implacables. Nos escabullimos confundidos en el paisaje nocturno, como un animal más, carente de apetito, que vuelve a una anhelada y protectora madriguera, más un deseo que una realidad. Escucho el crujir del suelo bajo el impacto de las botas. No existen más ruidos, ni luces de campamentos, ni hogueras, solo una expectación siniestra que lo dominada todo. No sé si el mundo se ha vaciado por fin o es que estoy ciego. Ambas cosas pueden ser ciertas y a la vez ninguna. La maldad lo ha manchado todo hasta convertir el mundo real, si es que alguna vez existió como tal, en un telón incierto. Mi propia maldad me ha arrancado los ojos para que no vea el gesto de dolor de mis víctimas.
Qué pensamientos tan tenebrosos me dominan. Tal vez ya no sea capaz de pensar de otro modo. Lo sabré pronto. Estoy intoxicado de destrucción y expulsar ese veneno es difícil, más cuando el caldo de cultivo en el que estamos sumergidos nos alimenta día tras día.
El entorno cambia. Hemos ascendido mucho y el paso que nos expulsa del valle está ahí delante. Unas zancadas más y entraremos en otro universo, lo hacemos. No hay valle… ¿Y ahora qué? Ahora nada; caminar, en guardia, con las manos crispadas sobre las armas, buscando con ojos ávidos una escena, una voz, que nos renueve por dentro y por fuera. Necesitamos liberarnos de la carga que transportamos en forma de muescas explícitas en nuestros cuchillos de carnicería. No somos héroes, no somos valientes, solo matarifes.
Árboles, espesura vegetal. Olores diferentes. La luz que se filtra entre los troncos y los arbustos. Más humedad. Cantos de pájaros. Un nuevo día que toma forma, que se presiente y nos abre sus puertas hacia lo desconocido. No vemos signos de batalla; no ha habido incendios, el entorno parece en calma. Nos ocultamos debajo de unas rocas. Una de las compañeras se escurre sinuosa como un ofidio para otear lo que podemos encontrar más adelante. El grupo, caminando al unísono, hace mucho ruido. Desaparece de nuestra vista y podemos escuchar el latido de nuestros corazones. La espera no es angustiosa, no nos enerva, solo nos adormece, aunque no del todo pero sí lo suficiente como para que el tiempo pase veloz, y la descubramos de vuelta cuando está nada más que a una docena de metros. Un sobresalto me estremece e instintivamente apunto con el arma en la dirección del sonido. Ella ha vuelto acompañada de un antiguo compañero de la comunidad. Sus rostros están serios, expresan fatiga y penalidades. Se sientan entre nosotros, recuperan el resuello y nos miran sin pestañear. Él nos cuenta que la mayor parte de la partida fue exterminada por un helicóptero cuando escapaba del valle. Les atacó en una zona en la que no había posibilidad de refugio y escasos fueron los que lograron escapar a su fuego mortífero. Los supervivientes que alcanzaron las cuevas poco a poco se han recuperado y estructurado sus vidas alrededor de la consecución de lo básico: agua y comida. Nadie pregunta por los suyos.
Nos ponemos de pie. No hay peligro. Mantenemos el mutismo. Pronto obtendremos las respuestas adecuadas. Una hora después comenzamos a gatear por una ladera empinada y rocosa por la que cuesta ganar un metro. Inesperadamente, tapada por ramajes, aparece una abertura del tamaño justo para que una persona adulta la atraviese con la cabeza agachada. Dentro hay luz proveniente de un fuego y algunas lámparas de aceite. Nos cuesta ajustar la vista al contraste oscuro del interior. Cerca de las paredes hay personas tumbadas de todas las edades, duermen, es muy pronto, apenas ha salido el sol. Una mujer de mediana edad, a la que todos conocemos, nos saluda con una mano, en tanto alimenta el fuego que caldea la cueva. A su lado reposa un subfusil preparado para disparar. Recorremos los bultos en busca del rostro querido. El azar hace su reparto sin criterio. En un rincón hay acostados dos cuerpos adultos. Una mujer se incorpora al oírnos llegar y me abraza. No sé lo que quiere decirme. Me agacho y miro a la persona que respira agitadamente, es ella. Tiene la cabeza vendada y parte de la cara destrozada. «¡Ayúdame, por favor!», dice al mirarme. La intento abrazar pero al tocarla emite un alarido. La dejo. Mis labios rozan los suyos, secos y cuarteados. «¡Ayúdame por favor!», repite con voz queda, como una salmodia interminable. Pregunto por Dos y la mujer que está a su lado mueve la cabeza negativamente. Busco a la pequeña y me señala una cuna improvisada en la que unas manecitas infantiles sobresalen, activadas por juegos invisibles. Me acerco a verla y en un primer momento quiero tocarla, sin embargo desisto, demasiado tarde para la ternura, para el amor, para la esperanza en una vida mejor.
Estoy solo con ella. Me ha cogido la mano y la acaricia suavemente. No sé si me reconoce pero el contacto la tranquiliza. De vez en cuando su boca deja escapar el mantra: «¡Ayúdame, por favor!» Deseo hablarle pero mis cuerdas vocales no articulan palabras consoladoras. Unas garras que no existen más que en mi cabeza aprietan mi cuello, ahogándome. Gruesas lágrimas corren por mis mejillas. «¡Ayúdame, por favor!». Mis ojos corren de un lado a otro de la cueva, miran arriba, miran abajo, a la izquierda, a la derecha, a todas partes, demandando, inopinadamente, un mensaje oculto en aquel vientre infecto en el que nada debería existir pero que a pesar de ello existe. Manos, piernas, cuerpos sin nombre, sombras reflejadas sobre las paredes que poco explican sobre lo que somos. Máculas de espacio y de tiempo que apenas retenemos, que proporcionan carácter al drama. Instantes que pronto se olvidarán. «¡Ayúdame, por favor!», «¡Ayúdame, por favor!». «Sí. Te voy a ayudar», digo sin voz. La beso en la mejilla, con la mayor ternura que quizá he sentido en mi vida, y aprieto el gatillo de mi pistola. El silenciador ha evitado que nadie se asuste, que ese pequeño universo mantenga su precario equilibrio. Cierro los ojos y apoyo el cañón debajo de mi barbilla, es el momento justo para dejar de ser.

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