6 jul. 2015

Apocalipsis XXII


El muro
La ilusión verde se ha extinguido como si la hubiera delineado en el aire y ahora descartado, sin remisión. Podría haber sido lo último que viera, ese fue mi primer impulso, pero la mano firme de una compañera lo evitó, con suavidad, sin dramatismos. Apartó el arma de mi cabeza, hizo que mis dedos se desprendieran de ella y dejó, sin una sola palabra de consuelo, que enterrara mi dolor imposible en su pecho sereno. Mi frente sintió su calor y la humedad que impregnaba su piel; incluso escuché los latidos de su corazón. Tal vez mi madre me consoló así alguna vez, no lo recuerdo. En cualquier caso, con ese contacto elemental, permití que el oxígeno volviera a recorrer mis venas y alcanzara mi cerebro, con un objetivo último incierto y no deseado. Esa intimidad fácil y protectora hizo que rompiera en un llanto que surgía de lo más hondo de mis angustiadas entrañas; un llanto que procedía de más allá del tiempo conocido y de un espacio concreto. Transmitía un lamento antiguo. Cuando ella me abrazó y descubrí sus lágrimas solidarizarse con las mías, en una compasión que superaba los lazos que nos unían, descubrí que de ese contacto partía un orden que siempre había existido, y que persistiría más allá de la maldad y la injusticia de nuestras sociedades bárbaras. El dolor no desapareció, por supuesto, pero apartó a un lado mi avidez por escapar de este mundo canalla e implacable.
Cuando nos separamos —no recuerdo quién tomó la iniciativa—, su rostro resplandeció con una sonrisa triste de madre, de hermana, de compañera. Luego, me dejó solo con ella para que madurara un duelo necesario a partir del cual seguir adelante, hacia cualquiera que fuera mi signo.
Entonces, la miré a ella, con un sentimiento extraño de orfandad, de amputación, ambos formábamos parte de un mismo conjunto. A pesar de la terrible herida de la cara su belleza alegre permanecía grabada en mi memoria. Pasaron unos segundos, parpadeé y al fijar de nuevo mi vista sobre sus restos calientes, empecé a no reconocerla, a verla diferente. La mujer atrevida, espontánea, libre, que había conocido, me era ajena, ya no estaba. La persona que me había robado mi patética y violenta cordura se había extinguido. De manera automática busqué en mis recuerdos el rostro de Dos y una presión familiar ascendió desde mi estómago hasta la garganta, apretando mi tráquea. Cuánta vulnerabilidad hecha de proteínas, grasas y huesos. Fragilidad ignorada, quizá oculta bajo la coraza de la soberbia humana. Ella se había ido, Dos también, y la pequeña estaba instalada más allá de mis capacidades emocionales. Su minúscula figura quedaba atrás. Sin mí tal vez tuviera una posibilidad de supervivencia.
La cueva me acogía con una neblina gris que partía del suelo como una masa lóbrega. Embotado, cerré los ojos y me acurruqué al lado de lo que fue un cuerpo anhelante y vivo; toqué su piel con mis manos sucias y duras, sin deseos ni sueños a los que aferrarme. Al despertar, tuve la sensación de haber chocado, como una pelota de goma, contra innumerables paredes que poseían rostro y personalidad, y, sobre todo, un nombre por el que ser llamadas y exploradas. Todas ellas eran parte de un laberinto que parecía no tener salida. Desde luego la tenía, mas desgarradora y terrible. Un mal conducía a otro; una crisis era sucedida por otra. Las muertes se encadenaban y con ellas surgía un embrutecimiento infrahumano que planteaba un escenario siniestro en el que los volúmenes se difuminaban hasta desaparecer en una confusión de la que no había nada que esperar.
Cuando el útero de roca y carne se hastió de contener mi frustración, me expulsó hacia afuera; me hizo romper con los últimos lazos de mi humanidad recuperada. La luz de un sol ardiente desgarró la placenta que me protegía y me descubrí desnudo. Entonces, las preguntas se agolparon en la embocadura de un puerto sin brújula. ¿Quién era yo? ¿Hacia dónde debía encadenar mis pasos? ¿Existía una Ítaca que me ofreciera un nuevo destino? La depresión que me dominaba me robó las posibles respuestas. Me daba igual lo que fuera o pudiera llegar a ser. Todas las Ítacas de este universo se habían desintegrado en el valle en el que había encontrado una paz perdida. A esa altura de mi vida, carecía de norte y solo poseía la virtud del viaje.
El verde ha sido sustituido por el gris del cemento y el asfalto. Estoy de nuevo en el origen de mi partida, en la ciudad de la que había huido; el círculo se ha cerrado. El cambio es aplastante, por momentos insoportable, como si mis sentidos no rememoraran o no quisieran rememorar esta familiaridad hecha de ladrillo y metal. Me repugna esta realidad visual, tan descriptiva de nuestro decadente siglo; semejante a una inmensa cloaca que ha dejado de permanecer oculta, que se eleva como un monumento a la sinrazón de una civilización colapsada. Me acostumbraré a ella, lo sé. La angustia actual procede de atrás, de mis quebrantos irrecuperables; lo vivido ha sido hermoso y he llegado hasta donde el azar y la voluntad de otros lo han permitido.
He vuelto. Soy una bacteria aletargada. No poseo inteligencia ni sentimientos; tal vez sí, me queden algunos: ira, cólera, rabia… No necesito pensar para estar vivo. De hecho, estar vivo es un accidente, y ese accidente va a suponer una desgracia para el organismo en el que habito. Soy el mal, la otra cara de la moneda. Devoro lo que necesito, no con un afán indigno por perpetuarme, sino con un deseo de destruir a mi paso todo lo que encuentre. No tengo principio ni fin. Esos conceptos se han quedado enterrados en una sima lejana que necesito borrar de mis recuerdos. Mi presente es una inmensa mandíbula sin estómago que le indique cuándo parar de tragar. Me deslizo sin pies, respiro sin pulmones, como sin boca, veo sin ojos, oigo sin oídos. Soy invisible para la percepción de mis congéneres y la peor de sus pesadillas. Cuando la esperanza muere o no existe, el resultado es un ser no muerto, que carece de miedo, de ansiedades; que hace lo que tiene que hacer aunque no sepa bien el qué. Eso no importa porque a los no muertos les conduce un hambre que no es cuantitativa, ni cualitativa, que ni tan siquiera justifica el nombre. Existirá mientras sea un acto, el de engullir, como un inmenso e irrefrenable agujero negro que no tiene ninguna necesidad de justificarse ante nadie, porque ese nadie que puede pedirle explicaciones es el objetivo de su hambre insaciable. Soy la llama que se consume a sí misma, hasta que la tierra desaparezca y el vacío sea el último contenedor en el que el terror y la desesperación dejarán de escribirse con signos legibles.
Me abruma este suspense sin tiempo y sin guion. Este no ser resulta desconcertante, razonable, eso sí, pero marcado por la fatiga y las ansias de expresarse con un grito, el grito. Sí, un sonido reconocible y común. Que es mío, que lo ha sido y lo será hasta el último latido. El grito que nada dice para el ignorante y lo dice todo para el conocedor del secreto. Soy incapaz de describirlo con palabras. Mi cuerpo se curva en la cama, como un arco que se tensa, los pulmones se cargan de un aire necesario, la boca se abre para expeler eso que mis músculos quieren echar fuera… el más profundo horror…

No hay comentarios:

Publicar un comentario