2 dic. 2015

Apocalipsis XXIII


La cena
Extraña reunión esta. No la he buscado. Me resulta insólita en sí misma y quizá innecesaria, pero aquí estoy, sentado a una mesa —la mía—, compartiendo comida y bebida con una variopinta constelación de errantes desheredados de la tierra. Porque eso son, como yo, como el cosmos en el que habitamos; desahuciados anónimos que hemos roto con las órbitas que la convención exige como hoja de ruta de desplazamiento. A todos los conozco de hace tiempo, de diversos ambientes y circunstancias. Tan diferentes unos de otros que esta merienda cena resulta chocante por lo singular del grupo. No obstante, sean bienvenidos, sea bien recibida y gozada esta confraternización de tintes teatrales. De hecho, me produce una cierta hilaridad contemplarnos desde fuera, como si estuviéramos en un escenario: una mesa, unas sillas y cinco actores que representan una obra que se construye a partir del encadenamiento de frases inesperadas y espontáneas.

El primero que contactó conmigo fue La Roca, un tipo alto, enjuto, risueño, que ronda los cincuenta años bien llevados. Es el más viejo de nosotros. Había salido yo a correr a primera hora de la mañana, sobre las siete, por eso de mantenerme en forma, cuando escuché una voz que me llamaba. Instintivamente busqué un cuchillo de cuatro dedos de hoja que siempre llevo oculto bajo la ropa, con el temor de que sucediera lo peor. No me detuve. La voz insistió más cerca, aproximándose, parecía sofocada. Me detuve y me volví hacia ella, dispuesto a todo. Entonces le vi, resoplando como un cetáceo en pleno esfuerzo, a unos cinco metros de distancia. La Roca corría hacia mí con un estilo atlético bastante deplorable, parecía estar a punto de desplomarse. «No sabía que eras corredor», le dije sonriente. «Yo tampoco», respondió él a punto de ahogarse. «Te he visto pasar en la glorieta y he decidido seguirte para hablar contigo, pero no había forma de darte caza; ya sabes que yo ando deprisa, no corro». La Roca se fue poco a poco recuperando. Su aspecto era pintoresco, vestido con unos pantalones de montaña viejos, un forro polar gris oscuro y un gorra negra desgastada. Caminábamos a buen ritmo, uno al lado del otro, intercambiando referencias de amigos comunes. Le palmeé la espalda amigablemente, por el feliz encuentro, y lo hice de manera sincera. En el pasado habíamos compartido buenos momentos. «¿Cómo te van las cosas?», le pregunté. «No me van», respondió él. «¿Y eso?» «No tengo trabajo y me han echado de mi casa por no pagar la hipoteca». «¿Y tu familia?» «Se ha ido con mi suegra que vive en el campo, a unos cuatrocientos kilómetros de aquí». «¿Y tú qué haces?» «Yo no hago nada o muy poco. Cojo chatarra. Voy a los comedores sociales y duermo en una antigua fábrica abandonada, con otras personas que están en mi situación». «Vaya, lo siento». «¿A qué te dedicas tú?», me preguntó él. «Por el estilo, aunque todavía no como de la caridad, prefiero robar antes que hacerlo». La Roca se quedó callado, rumiando mis últimas palabras. Él es así, necesita un tiempo para elaborar la información que recibe antes de responder. Le conocí en una asamblea popular de barrio hace unos nueve años; no participaba mucho en ella, no hacía discursos incendiarios ni planteaba propuestas originales, pero a nivel de logística, es decir, de conseguir objetos necesarios para el desarrollo de las asambleas, y el confort de los participantes, era un genio; con respecto a la propaganda resultaba de una eficacia insuperable. Nunca tuve claro si entendía del todo los eslóganes y lo que queríamos decir con ellos pero en cuanto él se hacía cargo de la misma, puedo garantizar que no quedaba una manzana del barrio que no se enterara de nuestras consignas. Juntos participamos en alguna que otra campaña y nunca desfalleció. Tenía un defecto bastante alarmante: no bebía nada; eso contrastaba con nuestro frenesí alcohólico, sobre todo en las horas de festejo. Con el tiempo, entre nosotros, se había ido forjando una sólida amistad en base a encuentros esporádicos para hablar de todo un poco, y con salidas a la montaña a practicar tiro y supervivencia. De eso habían pasado un par de años. Sin embargo, en el momento de reencontrarnos, parecía que nos acabáramos de ver.

No podría decir o definir cuál es la ideología de La Roca porque quizá está construida en base al rechazo de lo que no le gusta y le hace infeliz. Desde luego, una buena forma de explicar el mundo y sus circunstancias, su mundo, que no siempre he tenido claro sea el de los que le rodean. Al despedirnos aquella mañana me dijo que no quería perderme de vista de nuevo, que necesitaba referentes en los que apoyarse. Yo me reí al ser elevado, si se quiere ver así, a dicha categoría. Le repliqué que solo faltaba que le adoptara. Nos reímos con ganas y nos separamos con un fuerte apretón de manos. A La Roca le llamamos de ese modo porque cuando se pone a andar no hay quién le siga —al menos antes era así—; se ha dicho que ha llegado a caminar setenta kilómetros en un día.

Esta tarde, a eso de las seis, cuando regresaba de un recorrido de reconocimiento por la zona, me topé de nuevo con La Roca, esta vez estaba acompañado de otros dos viejos conocidos del barrio, pero con los que he tenido una relación menos íntima. Uno de ellos — delgado, melena rubia desgreñada y ojos azules— es Capullo, un informático venido a menos, antiguo hacker que metieron una temporada en la cárcel por vulnerar la seguridad de un banco e intentar liberarle de una cantidad significativa de dinero. Desde que cumplió la pena de tres años no ha vuelto a encontrar trabajo en contra de lo que se podía esperar. Las empresas suelen contratar a tipos como él para que defiendan sus sistemas telemáticos. Quizá su carácter intransigente y reivindicativo ha tenido algo que ver en ello. Está casado y tiene una hija. Es más joven que La Roca y que yo mismo. También está pasando una mala racha, el banco les ha quitado el piso por impago y la mujer se ha largado, harta de su radicalismo. En resumidas cuentas, Capullo siempre ha tenido la cabeza en otra cosa, y su familia ha estado al margen de su esfera de acción. A todo esto, hay que añadir que entre sus actividades no se encuentra precisamente ninguna relacionada con la búsqueda de ingresos, lo cual no deja de ser un problema, sobre todo si hay que pagar facturas. Por lo que nos ha contado hoy, últimamente se ha dedicado a realizar algunas actividades delictivas de baja intensidad que le permiten sobrevivir y compartir mansión con La Roca. Ambos parecen llevarse bien. El apodo de Capullo se lo puso él mismo un día que estaba borracho, gritando hasta desgañitarse que era un Capullo.

El otro elemento en cuestión es El Hombre. Un tipo raro, bajito, moreno, de expresión inteligente pero con pocos matices, que no habla casi nada. Tiene un punto exótico o diferente que no acabo de entender porque apenas mueve los brazos al desplazarse y al hablar, como si fuera una especie de autómata. Le he visto muchas veces por el barrio y hemos coincidido en concentraciones y piquetes de huelga en tiempos más llevaderos, pero sé muy poco de él. Al verme, esbozó una amplia sonrisa, que no sé qué significaba, y me estrechó la mano con fuerza. Capullo y él se conocen de compartir visitas a un viejo bar en el que los aperitivos proporcionan una nueva idiosincrasia al colesterol. Durante lo que llevamos de velada se ha mantenido distante y receloso, como si se encontrara fuera de lugar, o, simplemente, es que es así. Ni que decir tiene que no trabaja, vive de una mínima pensión de su padre y de alguna chapuza esporádica de fontanería. No está mal después de todo. Su edad es parecida a la mía. El seudónimo le viene de su arrojo al enfrentarse a contrincantes de mayor envergadura que él. Alguien que le vio participar con fiereza en un altercado de borrachos —según cuenta La Roca— exclamó: «¡Ese sí que es un hombre!» Y ya está, dicho y hecho, fue bautizado de nuevo.

El quinto comensal, por llamarlo de alguna manera, es mi viejo amigo El Filósofo —le llamo así porque le encanta la Filosofía—. Es un tipo duro al que conozco desde hace veinte años, de la edad de Capullo, inteligente como he visto pocos, intelectual, de una mirada aguda y una corpulencia digna de jugar al rugby; su melena negra y abundante, cogida en una coleta, y sus barbas al estilo Bakunin, conforman una presencia imponente. Sobrevive como los demás, como puede, realizando trabajos varios de electricidad y albañilería. Había quedado con él para charlar esta tarde, y hemos acabado en esta francachela que por momentos se torna iracunda. La frustración es mala consejera, sobre todo regada con alcohol.

Las horas han ido transcurriendo entre botellas de vino y embutidos baratos. Cada uno ha aportado lo que ha podido. El resultado ha sido una comilona pantagruélica en la que el exceso de vapores etílicos ha provocado una exaltación verbal cargada de fatalismo y violencia. Qué se podría esperar de nosotros sino eso. El buen rato que estamos pasando nos entrelaza en una fraternidad emocional casi desesperada que nada tiene de racional ni de constructiva, dentro de lo que se entiende por ello. Los cinco tenemos en la cabeza una idea persistente de venganza, de huida hacia adelante, de autodestrucción suicida. Tal vez la idea que nos seduce es la de ponerle fin a nuestras miserables vidas de un modo ejemplar y vivificante. No hay que precipitarse en las conclusiones. A ver qué queda mañana de esta conversación demente; quizá nada.

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