17 mar 2025

Apostar la vida y ganar: "El Mexicano"

EL MEXICANO (1911)
segunda edición, 2025
Jack London


Por Ángel E. Lejarriaga



El norteamericano Jack London (1876-1916) es universalmente conocido porque ha logrado introducirse en la mayoría de las colecciones de libros de bolsillo editadas en el mundo; también ha sido uno de los autores más vendidos, compartiendo estantería con El Ulises (1922) de James Joyce (1882-1941) o el mismísimo Don Quijote de la Mancha (1605) de nuestro querido Miguel de Cervantes (1547-1616); evidentemente, las dos magistrales obras citadas nada tienen que ver con los libros escritos por London. Éste es un autor con el que es difícil decepcionarse, en cuanto a la historia que cuenta se refiere, entretiene y sorprende.

Para empezar hay que decir que por causa del terremoto de San Francisco de 1906, en el que ardieron gran parte de los registros civiles de la ciudad, los orígenes de London son inciertos, no están bien documentados. Sí que parece que era hijo de William Chaney que nunca reconoció tal paternidad, incluso cuando Jack London le interrogó al respecto. En sus memorias, Chaney habla con afecto de su esposa Flora Wellman, madre de Jack London. En cualquier caso, conocemos que nació en San Francisco (California), y que tuvo un acceso a la educación escolar bastante precario. Según el propio London, su primera formación fue autodidacta: leía libros en la biblioteca pública.

1883 fue un año de referencia para él, contaba siete años. En la biblioteca que frecuentaba a tan temprana edad, encontró una novela, Signa (1875) de la escritora inglesa Marie Louise Ramé (1839-1908). Esta novela fue inspiradora para él. Cuenta la historia de un joven sin recursos ni educación que llegó a ser un reconocido compositor de ópera. De alguna manera London se identificó con el personaje por el paralelismo con sus orígenes humildes, su ambición personal hizo el resto.

Con diecisiete años se embarcó en un navío rumbo a Japón. A su vuelta, el país estaba bastante revuelto, había una gran agitación social. Para sobrevivir tuvo que aceptar duros empleos, como trabajar en un molino de yute o en una central eléctrica. En 1894 participa en la Kelly’s Industrial Army, una monumental marcha organizada en los EEU que concluiría en Washington; la protesta iba dirigida contra el gobierno por la escasa o nula ayuda que daba a los desempleados. A partir de ese momento se decide a llevar una existencia de vagabundo, yendo de un sitio para otro. Esa forma de vida no estaba bien vista en algunos estados por lo que fue detenido y encarcelado durante treinta días.

Al salir de prisión todavía vagabundeó durante una temporada, también tuvo algún trabajo de marinero, pero enseguida lo dejó porque quería estudiar; así ingreso en la Oakland High School, donde escribió algunos artículos en la revista The Aegis, que se editaba en la propia escuela. En dicha revista publica un relato fruto de su viaje a Japón: Typhoon off the coast of Japan. En 1896, con veinte años, logró entrar en la universidad después de realizar un gran esfuerzo, mas no llegó a terminar sus estudios por falta de recursos económicos. Un año después se marchó al Yukón, a Canadá. En aquellos momentos estaba en efervescencia la célebre «fiebre del oro». Esta experiencia inspiró numerosos relatos que verían la luz tiempo después. Allí enfermó de escorbuto, y sobrevivió casi de casualidad, entre otras razones por la gracia del padre William Judge que había abierto un refugio en Dawson para personas que se encontraban en el estado desesperado de London. De esta experiencia surgió To Build a Fire (1908); con anterioridad, en 1902, se publicó otra versión muy diferente.

A los veintitrés años, en 1899, estuvo trabajando en la industria pesquera de enlatado. Las condiciones laborales eran difíciles de soportar, incluso para él que era bastante duro, por lo que decidió cambiar de aires y compró la goleta Razzle-Dazzle a través de un préstamo de su madre adoptiva, Jennie Prentiss; su pretensión era dedicarse a recoger ostras. Tuvo problemas con el barco y cambió de nuevo de ocupación, en esta ocasión paso a trabajar durante un tiempo en la patrulla pesquera.

Su experiencia de explotación laboral le llevó a abrazar el socialismo de una manera activa, y comenzó a militar en pro de una sociedad más justa. En 1896 estaba afiliado al Partido Socialista del Trabajo. Cinco años después lo abandonó, incorporándose al Partido Socialista de América. Existen referencias periodísticas que describen la participación de London en charlas en Oakland, llegando a ser detenido en alguna de ellas allá por el año 1897. También hay constancia de que se presentó infructuosamente para alcalde de Oakland en 1901 y en 1905. En el año 1906 realizó una gira por los EEUU para difundir el socialismo. En 1905 había publicado La guerra de clases y en 1910 Revolución y otros ensayos. Durante un tiempo simpatizó con el sindicato IWW (Industrial Workers of the World), de matiz anarcosindicalista, pero sin implicarse con él, consideraba sus posturas demasiado radicales.

En sus obras se ve reflejada perfectamente su crítica social a la expoliación desmedida de la clase trabajadora, la injusticia con que se gobernaba su país y la corrupción imperante. Pero más que de doctrina socialista, Jack London hablaba de lo que había sufrido directamente en los empleos que había desarrollado. Tenía que existir un mundo diferente, pensaba, si no la vida para la mayoría de la población mundial carecía de sentido. Algo que, según parece, no hemos aprendido todavía hoy. Cuando London se hizo rico, su socialismo instintivo fue decayendo.

Para Jack London estudiar y escribir fue simplemente una salida cómoda con la que podía ganar dinero y liberarse del trabajo asalariado. De hecho, como ya se ha mencionado, durante un periodo de su vida prefirió ser vagabundo antes que vivir de un miserable salario, toda una declaración de principios. Pero obtener dinero con la literatura no era fácil. Ganó cinco dólares por el relato To the Man On Trail, publicado en la revista The Overland Monthly. Era obvio que con esos ingresos no iba a ningún sitio, lo que le llevó a cuestionarse el camino que había elegido para sobrevivir. En esas reflexiones estaba cuando The Black Cat aceptó publicar Un millar de muertes y le pagó cuarenta dólares. Esto le reafirmó en su perspectiva inicial.

A partir de entonces comenzó a mandar sus narraciones, en principio cortas, a las nuevas publicaciones de bajo coste que se habían convertido en muy populares en todo el país. Así hasta lograr encauzar su vida y poder vivir de la escritura. Su primer matrimonio con Bess Maddern en 1900 fue peculiar, no se amaban, eran amigos, pero se casaron para «tener hijos fuertes». Parece algo insólito, desde luego, pero ambos tenían sus razones. London concebía el matrimonio desde un punto de vista darwinista. La pareja tuvo dos hijas: Joan y Bessie. Por lo que se sabe, hacia 1903 el matrimonio era bastante insostenible, no sólo no sentían amor el uno por el otro sino que además se veían como incompatibles. A pesar de ello, en público procuraban mantener las formas, hasta el punto de que nadie sospechó que estaban a punto de romper la relación. En julio de 1903 Jack London abandonó el domicilio familiar. El divorcio se consumó un año después.

London fue acusado varias veces de plagio. Él se defendía de tales acusaciones con el argumento de que tomaba ideas de aquí y de allá. Leía algo en un libro o en un artículo de prensa y eso le imbuía una historia. No tuvo ningún inconveniente en reconocer sus fuentes de inspiración. La polémica no se detuvo y la persecución que sufrió fue implacable. Y, evidentemente, algunas de sus publicaciones se parecían en exceso a otras ya editadas, al menos en el motivo; aunque según London eran «diferentes en el tratamiento». En 1906 New York World hizo una comparación del relato Love of Life de London con otro, Lost in the Land of the Midnight de Augustus Fiddle y J. K. McDonald. London se declaró culpable de plagio pero se disculpó con el argumento: «Yo, con el objetivo de hacer girar mi vida del periodismo hacia la literatura, usé material proveniente de varias fuentes las cuales habían sido utilizados por hombres que hicieron reflejaron en el periodismo la vida real». Aparte de este caso citado, hubo otros de semejante factura que pasaron por los juzgados.

Una de sus grandes fuentes de satisfacción, aparte de vivir de la escritura, fue comprarse un rancho en California. Necesitaba dinero y escribía sin parar para financiarse, sin preocuparse demasiado de la calidad de sus escritos. Eso decían sus detractores: «Pocos críticos se molestaban siquiera en evaluar su trabajo seriamente, era obvio que Jack no se iba a esforzar más». Sin embargo, a London no se le daban bien los negocios y eso sumado a su incipiente problema con la bebida, hizo que el rancho fuera de mal en peor.

Sobre la muerte de Jack London siempre se ha dado por supuesto que la causa de la misma fue el suicidio; esta hipótesis se ha visto influenciada porque su novela autobiográfica Martín Eden (1909) termina con el suicidio del protagonista. La visión que ha llegado a nuestros días es que Jack London era un bebedor empedernido, y que muy probablemente un proceso autodestructivo pudo conducirle a acabar con su vida. Esta tesis todavía se defiende hoy. En contraposición, Clarice Stasz en el año 2011 hizo público un nuevo enfoque en el artículo titulado Jack London, según el cual en el certificado de defunción se expresa claramente como causa de la muerte: uremia. Además, hace hincapié en el dolor que sufría de continuo que le llevaba a tomar morfina. Stasz especula con la idea de que pudo morir por accidente de una sobredosis de esta droga.

Jack London escribió El mexicano en El Paso, Texas, en 1911. Su primera publicación data de ese mismo año en el Satuday Evening Post. Habrá que esperar al año 1952 para que se realizara una adaptación del mismo al cine bajo el título «The Fighter».

El mexicano ha sido considerado como un relato de tema deportivo porque el desenlace se desarrolla en un rin. Si bien los personajes de Jack London suelen estar inmersos en una lucha por la supervivencia cruda y dura, la realidad de esta narración es otra. Es cierto que el deporte le da señas de identidad pero el nudo dramático es la revolución mexicana y su necesidad de fondos para comprar armas; desde luego, habla de supervivencia pero enfocada desde otro punto de vista al habitual en el escritor.
«Es la llama y el espíritu de la Revolución, el insaciable grito de venganza que mata silenciosamente. Es un ángel destructor moviéndose entre los inertes centinelas de la noche.»
London toma partido en el relato, abiertamente, y muestra sus simpatías por el sindicato anarcosindicalista Industrial Workers of the World (IWW) perseguido por entonces en los EEUU. El relato expone los conocimientos que London posee sobre el boxeo, describiendo un combate con minuciosidad técnica; también pone al descubierto el fraude que se cuece debajo de la lona, las ingentes cantidades de dinero apostadas a favor o en contra de los dos contrincantes, la deshumanización de los espectadores, del espectáculo en sí. Felipe Rivera es ajeno a todo esto, sólo quiere ganar porque hacerlo es contribuir generosamente con las ganancias a la Revolución.
«Pero aquello por lo que Rivera peleaba ardía dentro de su cabeza en forma de visiones incendiarias y terribles que, allí sentado en una esquina del ring, esperando a su tramposo contrincante, veía tan claras como si las estuviese viendo de nuevo. […] Veía los muros blancos de las fábricas que funcionaban con la energía hidráulica del Río Blanco. Veía a sus seis mil trabajadores, demacrados y muertos de hambre, y a los niños pequeños, de siete y ocho años, que trabajaban durante turnos agotadores por diez centavos al día.»
A continuación aporto una pequeña ficción para hacer una sinopsis del relato.
«¿Cómo eres? Se preguntan los que te conocen. Saben tu nombre, Felipe Rivera, pero nada más, bueno, sí, que eres de nacionalidad mexicana. Eso es bueno y malo; bueno porque eres un compatriota y malo porque puedes ser un espía al servicio del dictador Díaz. Nadie da un peso por ti. ¿Por qué habrían de hacerlo? Has aparecido de la nada y de pronto, con tu mirada de acero y fuego, dices que quieres incorporarte a la Revolución, sin más, sin una explicación que justifique decisión tan trascendental. Así eres, un misterio de dieciocho años, con un cuerpo delgado y una expresión salida del mismísimo infierno. Paulino Vera te mira y no sabe qué hacer contigo. El resto de los conspiradores tampoco. Hablan entre ellos, susurran; Arellano y Ramos te observan a hurtadillas. Podrían echarte sin más pero no lo hacen, de momento te mandan limpiar y tú lo haces sin protestar, sin mostrar escrúpulo alguno. Tal vez quieres demostrar que estás dispuesto a todo. El movimiento revolucionario necesita dinero y no sabe dónde conseguirlo, para eso has llegado tú. En un momento dado te presentas ante ellos cargado de oro, que depositas en la mesa de May Sethby. Todos se quedan perplejos, también se enfurecen en silencio ante el enigma que no logran descifrar. ¿De dónde lo sacas? ¿Cómo te ganas la vida? ¿Eres acaso un delincuente? Hay algo de despiadado en ti que les aterra. Te necesitan pero te tienen miedo. Alguien comenta que eres el aliento de la muerte, otro desdramatiza y te defiende con el argumento de que sólo tienes mal carácter. Sin embargo, hay signos evidentes que justifican que un viento frío camina contigo, sobre todo cuando te mandan al sur y el comandante federal Juan Alvarado aparece muerto con un puñal clavado en el pecho. Peligroso es la palabra, eso eres, peligroso, letal. No obstante, sirves a la revolución de manera incondicional, y la revolución necesita rifles; cien voluntarios del sindicato anarcosindicalista IWW aguardan impacientes a ser armados y cruzar la frontera en pos de mejores vientos para México. Sólo hacen falta unos miles de dólares y ese dinero se lo puedes proporcionar tú, ¿no es cierto, Felipe? Apuestas tu vida en el proyecto. Kelly no te cree ni Danny Ward tampoco; peor para él.»



www.piedrapapellibros.com

 





No hay comentarios:

Publicar un comentario