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19 dic 2017

El extranjero


Por Ángel E. Lejarriaga



L’Étranger (1942). Aunque pueda resultar fuera de lugar, diré que el título en francés ya me gusta, luego, el contenido, simplemente me deshace. Esa indiferencia que exudan las páginas dicen tanto de los humanos, que no puedo evitar meterme en su piel y sentir el filo de la cuchilla apuntar hacia mi cuello desnudo. Pero ¿sólo la guillotina nos amenaza? No, me temo que analizar la existencia es algo mucho más denso y profundo.

El extranjero fue la primera novela que escribió Albert Camus (1913-1960) y, desde luego, no se puede decir que no empezara con buen tino.

El libro es una reflexión desde el principio hasta el final sobre el oficio de vivir, o sobre la «condición humana», que queda más intelectual. La existencia humana es absurda, los humanos somos absurdos y lo peor viene cuando alcanzamos el estado de conciencia suficiente para descubrir el absurdo como elemento consustancial a nuestras vidas. Al final solo nos queda la muerte o la rebelión como única táctica de superación del absurdo.
«El acto más importante que realizamos cada día es tomar la decisión de no suicidarnos.»
Esta obra es una de las más conocidas de Camus. Posee la virtud —que nadie se ofenda— de la brevedad. En cuanto te introduces en sus páginas ya no puedes detenerte. He hablado del absurdo pero también hay que decir que la novela refleja la vida moderna en todo su esplendor, dominada por rutinas que solo son alteradas por la casualidad, por el azar. La voluntad del hombre y la mujer modernos parece ajena al hecho mismo de vivir individual y socialmente. Todos nuestros días parecen formar parte de un orden bien establecido; sin embargo, es mejor no mirar atrás y ver lo que dejamos, el absurdo nos espera y, tal vez, no estemos capacitados para enfrentarnos a él. Da igual el tema que toquemos, el amor, la familia, la amistad, el trabajo, la muerte, la justicia, todo ello es prejuicioso, etiquetado, compartimentado, ritualizado.
«Nada, nada tenía importancia y sabía perfectamente por qué. También él lo sabía. Desde el fondo de mi porvenir, durante toda esta vida absurda que había llevado, un hálito oscuro subía hacia mí a través de los años que aún no habían llegado y ese viento igualaba a su paso todo lo que se me proponía ahora en los años no más reales que estaba viviendo.»
La novela nos cuenta la historia de Meursault, un joven que vive en Argel, al que le comunican la muerte de su madre, que residía en un asilo para ancianos. Nuestro protagonista hace lo que tiene que hacer: pide permiso en el trabajo, acude al sepelio y cumple ritualmente con lo que este le exige; en todo este proceso mecánico no siente nada, no manifiesta dolor, simplemente está.
«Hoy, mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé.»
El rito funerario concluye y vuelve a sus quehaceres doméstico entonces se reencuentra con una antigua compañera de trabajo que tras un breve affaire erótico playero le pide que se case con ella y él acepta, en realidad le da igual, si ella quiere casarse por qué no hacerlo. También se cruza con un individuo de no muy buena catadura, Raymond, con el que intima no se sabe muy bien por qué, también le da igual. No cuento más. No obstante, el ritmo de la novela sigue este curso de cruce de caminos en el que el azar gestiona vidas y destinos, sin que los protagonistas ofrezcan la menor resistencia. Todo esto dentro de una normalidad insensata que lo gestiona todo como si se tratara de las mismas tablas de la ley.
"No había comprendido hasta qué punto podían los días ser cortos y largos a la vez. (...) Sólo las palabras ayer o mañana tenían, para mí, sentido".
Meursault es un pobre hombre, apático, un solitario; como alguien dijo «un náufrago desolado a la merced de las olas de un absurdo mayor que él propio: la sociedad». Es sincero a su modo, no miente, no lo ve necesario, no aspira a nada, carece de ambición. Por momentos llegamos a preguntarnos si su honestidad se deriva de una ingenuidad infantil o es que es simplemente un tarado. Aunque yo le describa de manera tan patética, Meursault no es un individuo atormentado ni amargado, en contra de lo que se pueda pensar, al contrario, trata de disfrutar de lo que le ofrece la vida, se deja llevar por una espontaneidad sensual sin cortapisas. Él no se pregunta para qué vive ni por qué, se limita a estar, a respirar, a comer, a beber, solo si es necesario o si le apetece, ni tan siquiera pone entusiasmo en ello. Se desplaza a través del tiempo evadiéndose de su capacidad de elegir destino. Quizá el momento justo en el que toma conciencia de su existencia es cuando corre el riesgo de perderla. En ese momento es libre por primera vez, en el sentido más dramático del acto en sí, cuando ya no hay marcha atrás, tal vez ha dejado atrás su indiferencia ante el mundo pero ya es demasiado tarde.
«Parecía tan seguro. Sin embargo, ninguna de sus certidumbres valía un cabello de mujer. Ni siquiera tenía la certeza de estar vivo porque vivía como un muerto. Yo parecía tener las manos vacías. Pero yo estaba seguro de mí, seguro de todo, más seguro que él, seguro de mi vida y de esa muerte que iba a llegar. Sí, era lo único que tenía. Pero, al menos, yo tenía esa verdad tanto como ella me tenía a mí. Yo había tenido razón, seguía teniendo razón, tenía siempre razón.»
Por cierto en la página 83 de la edición de 2001 de Alianza Editorial, se hace referencia a una noticia que es el argumento de su obra teatral El malentendido (1944):
«Entre mi colchoneta y la tabla de la cama, había encontrado, en efecto, un viejo pedazo de periódico casi pegado a la tela, amarillento y transparente. Relataba un suceso cuyo comienzo faltaba, pero que debía de haber acontecido en Checoslovaquia. Un hombre había salido de una aldea checa para hacer fortuna. Al cabo de veinticinco años, había regresado rico, con una mujer y un niño. Su madre regentaba un hotel con su hermana en la aldea natal. Para darles una sorpresa, dejó a su mujer y a su hijo en otro alojamiento y fue al hotel de su madre, que no lo reconoció cuando entró. Por broma, tomó una habitación. Había dejado ver su dinero. Durante la noche, su madre y su hermana lo asesinaron a martillazos para robarle y arrojaron su cuerpo al rio. Por la mañana vino la mujer y reveló sin darse cuenta la identidad del viajero. La madre se ahorcó. La hermana se arrojó a un pozo.»


5 nov 2015

La caída

Por Ángel E. Lejarriaga



Albert Camus inició o terminó cinco novelas. La mort heureuse (La muerte feliz) empezada en 1937; la dejó para escribir L'étranger (El extranjero), aparecida en 1942, la primera de las publicadas. La segunda novela editada fue La peste, en 1947. Y la tercera y última que vio la luz fue La chuté (La caída), en 1956. En 1995 su hija Catherine publicó Le premier homme (El primer hombre), también inconclusa. Catherine Camus y su hermano Jean Camus nacieron el 5 de septiembre de 1945, unos meses después de finalizar la Segunda Guerra Mundial. Tener tan ilustre padre la llevó en 1980 a asumir la responsabilidad de gestionar su legado literario, editando varias obras escritas por él o sobre él. El primer hombre tomó forma a partir de los papeles encontrados en un maletín que llevaba Camus el día de su muerte, el 4 de enero de 1960. El accidente se produjo cuando Albert Camus y Michel Gallimard viajaban en un coche ―este último era el conductor― que acabó empotrado en un árbol. Camus tenía 46 años. Tres años antes había recibido el Premio Nobel de Literatura con cuyo dinero había comprado la casa familiar en Lourmarin-Provenza. Jean Paul Sartre lo recibió también en 1964, sin embargo, lo rechazó, argumentando que la cultura debía estar al margen de las instituciones. Michel Gallimard era el sobrino de Gaston Gallimard, el fundador de la famosa editorial Gallimard.

La muerte de Camus posee dos anécdotas interesantes; una la ya citada referente al manuscrito encontrado en su maletín. La otra tiene que ver con una frase suya que pronunció justo el día antes: «No conozco nada más idiota que morir en un accidente de auto». Estas palabras las dijo con respecto al fallecimiento del ciclista Fausto Coppi del que se escribió en la prensa que había muerto en un accidente de tráfico. Luego se descubrió que no había ocurrido así; pero el caso fue que al día siguiente en la carretera de Borgoña, en las proximidades de La Chapelle-Chapigny, se produjo el fatal desenlace. Como decía más arriba, Michel Gallimard conducía el coche a toda velocidad por una poco problemática recta cuando le reventó una rueda; ahí se acabó todo. El diario ABC contó entonces sobre los hechos: «El encontronazo con un árbol fue tan violento que el vehículo se partió en tres pedazos, y Camus fue a parar a los asientos posteriores». Como la suerte no alcanza a todos por igual, solo él resultó muerto de los cuatro ocupantes del coche.

Volviendo a sus novelas, en El extranjero, Camus nos presenta a un personaje indiferente, carente de pasión. Meursault comete un crimen y es juzgado y condenado por ello pero no protesta, no se revela, no se arrepiente, vivir o morir le da igual. La existencia misma está en entredicho. Tampoco se puede esperar mucho más del protagonista, es el producto de dos guerras europeas infernales en las que el individuo como tal había perdido todo su significado. De la matanza había surgido un nuevo hombre, un hombre sin arraigo, gris, sin voluntad. Un hombre sometido al absurdo que constituye su propia existencia; una vida que carece de atractivo para él, donde los valores tradicionales solo le producen apatía.

En La peste, aparecida cinco años después, se incide en lo mismo. El hombre sin Dios y sin moral está perdido. No existe un control sobre nuestras vidas, no hay un sentido. Los acontecimientos nos desbordan por azar. Entonces, ¿cómo vivir? La narración se desarrolla en la ciudad de Oran azotada por la peste bubónica. El Doctor Rieux da fe de su experiencia y nos cuenta cómo pudo sobrevivir, a qué se aferró para no abandonarse a la plaga. La enfermedad aparece inesperadamente, de una manera absurda; en esas estamos, en la existencia como «absurdo» solo superable mediante la valoración de la vida en sí misma, sin interpretaciones ni construcciones simbólicas, tomando la experiencia como recurso vital. Nos salva el Apoyo Mutuo y la libertad individual, enfrentados ambos a la sociedad autoritaria compuesta por individuos pasivos, indolentes e insensibles. La solidaridad flota sobre la obra como el único viento fresco que puede alejar el mal: «En el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio».

La caída, la tercera novela publicada de Albert Camus, incide en la temática habitual del autor, situando al protagonista una vez más en medio del absurdo. Jean Baptiste Clamence cuenta, en un monólogo que dura toda la novela, el camino recorrido a lo largo de su existencia. En un bar, el México City, tiene un encuentro fortuito con un individuo al que hace partícipe de sus recuerdos y su filosofía vital, a partir esa conversación construye el discurso. Se puede decir que de sus tres novelas en esta el ego del narrador tiene un mayor protagonismo, se impone hasta el final, defiende su modo de existir, y lo justifica hasta donde puede.
«El sentimiento del derecho, la satisfacción de tener razón, la alegría de poder estimarse uno mismo, son poderosos resortes para mantenernos en pie y para hacernos avanzar. Si usted priva a los hombres de estas cosas, los transformará en perros rabiosos.»
Clamence es consciente de lo que hace y de lo que reivindica desde lo instintivo, y encuentra en el goce un sentido para continuar existiendo.
«Gozaba de mi propia naturaleza, en eso estriba la felicidad aunque a veces finjamos y condenemos esos placeres bajo la acusación de egoísmo. […] ¿Acaso no amamos suficientemente la vida? ¿Ha observado usted que solo la muerte despierta nuestros sentimientos? […] ¿Sabe por qué somos más justos con los muertos? Con ellos no tenemos obligación alguna. Amamos al muerto porque amamos nuestra emoción, ¡a nosotros mismos en suma! […] El hombre no puede amar sin amarse.»
Pero la contradicción, tan humana, aparece y con ella la culpa. La experiencia no hace más que redundar en ello; entonces comienza a juzgarse.
«Cuando me veía amenazado, no solo me convertía a mi vez en mi juez, sino también en un amo irascible que, al margen de toda ley, quería aplastar al delincuente y arrodillarlo. Después de eso es muy difícil continuar creyéndose con vocación de justicia y el defensor de viudas y huérfanos.»
«A veces yo simulaba tomarme la vida en serio. Pero bien pronto se me manifestaba la frivolidad de la seriedad misma y entonces continuaba desempeñando mi papel lo mejor que podía.»
Clamence tiene la idea de que la existencia gira en torno a un continuo juicio de valor de los otros hacia su persona y su vida. En un primer momento se siente aceptado y admirado, luego todo cambia al percibir la evaluación negativa de los demás. En ese justo instante comienza su «caída» hacia la decadencia y el desarraigo.
«¡Ah, querido amigo, para quien está solo, sin dios y sin amo, el peso de los días es terrible.»

28 feb 2014

El malentendido

Por Ángel E. Lejarriaga


Vuelvo con Camus; no podría ser de otra manera. El tiempo que vivimos necesita al filósofo del absurdo más que nunca. Esta vez me he sumergido en una de sus criaturas más entrañables e inquietantes, El malentendido (1944), una creación hermosamente brutal hasta el paroxismo, que nos habla de vidas anodinas, superfluas, dominadas por la culpa, angustiadas por preguntas sin respuesta, embarcadas en esperanzas fallidas, ajenas a toda moral; vidas pretendidamente justificadas por el tinte de una supervivencia que no merece la pena.
La historia es cruelmente sencilla. Jan abandona su casa a edad temprana, dejando también a sus padres y a su hermana Marta, para partir en busca de una fortuna que encuentra lejos de su país. El tiempo pasa y los recuerdos de su familia le impulsan a compartir esa riqueza que ha acumulado con años de esfuerzo. Desea volver a su lado y ayudarles, de manera que regresa a su ciudad natal, acompañado de María, su esposa, que le adora, con la intención de visitar de incógnito la mísera pensión que regentan su madre y su hermana. Le angustia la idea de desvelar su identidad a las dos mujeres, así que, mientras obtiene «respuestas», decide alojarse con ellas, haciéndose pasar por un cliente más. Trágica decisión la suya, pues su madre y su hermana tienen una forma muy peculiar de tratar a los viajeros solitarios que allí se hospedan. Solo el dinero les sirve para escapar de esa vida pútrida y sin sol. Un malentendido les llevará a un designio fatal.
El malentendido se enmarca en el primer ciclo de escritos en los que Camus desarrolla su concepción del «absurdo», fundamento de su filosofía existencialista, que él describe como elemento esencial de la vida humana. Las obras más representativas de este ciclo son de todos los géneros literarios: El mito de Sísifo (ensayo), Calígula y El malentendido (teatro) y El extranjero (novela).
Antes de sumergirnos en El malentendido, hay que comprender básicamente el «absurdo» definido en El mito de Sísifo. El ensayo se abre con una cita de Píndaro que representa muy bien la idea de Camus sobre la vida humana: «No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible».
El título de la obra proviene de un mito griego, Sísifo, rey de Éfira (Corinto) que tenía fama de astuto, hasta tal punto que cuando Tánatos fue a buscarle, le puso grilletes, por lo que nadie murió hasta que Ares le liberó. Antes de morir, Sísifo le dijo a su esposa que cuando él falleciera no realizara el ritual común que se le hacía a los muertos. Y así lo hizo. De manera que cuando estuvo en el infierno convenció al Hades para que le dejara volver al mundo a castigar a su esposa por no haber llevado a cabo las ofrendas que se merecía tras su muerte. El Hades se lo concedió, pero cuando tuvo que volver al inframundo Sísifo se negó, consiguiendo vivir algunos años más hasta que Hermes se lo llevó por la fuerza. El castigo que se le impuso, que es el que da carácter al mito, consistía en que Sísifo, ciego, debía empujar una voluminosa piedra cuesta arriba por la empinada ladera de una montaña, pero antes de alcanzar la cima la piedra rodaba hasta la base y tenía que empezar de nuevo, eternamente.
Camus utiliza este mito como elemento simbólico para discutir, entre otras cosas, qué camino tomar ante una existencia que nos es ajena, que nos desborda, sobre la que podemos intervenir poco o muy poco, que nos desgarra, que nos hace sufrir, que a veces nos conduce a preguntarnos si no será el suicidio la opción más razonable ante una vida  carente de sentido, en la que todo esfuerzo resulta inútil. Así entramos en el «absurdo». Si nuestra existencia es ridícula e intrascendente y «no tiene más valor que el de lo que creamos de ella», entonces ¿el suicidio es la única alternativa?, ¿la rebelión quizá?. ¿Podemos transformar nuestra consciencia del absurdo en una pasión que neutralice esa deriva sin sentido, que nos obligue a poner la libertad por encima de una supuesta determinación?, se pregunta Camus. A continuación define al «hombre absurdo» como aquel que es perpetuamente consciente de la inutilidad de su vida, que es incapaz de entender el mundo y se deja llevar por esa corriente estéril de continuas preguntas sin respuesta, siempre en pos de la realización de una esperanza vana en un mañana «que nos acerca más a la muerte»: «Las personas viven como si no tuvieran la certeza de la muerte». Según Camus, el mundo es un lugar inhumano; el conocimiento verdadero es imposible y el uso de la razón no puede explicar el universo, lo que nos lleva a la creación de abstracciones sin sentido. La razón y sus límites debe ser admitida —dice— sin esperanzas falsas. «Desde el momento en que se le reconoce, el absurdo se convierte en una pasión, en la más desgarradora de todas.» «Lo que cuenta no es vivir lo mejor posible, sino vivir lo más posible.» Camus llega a tres consecuencias del reconocimiento del absurdo: rebeldía, libertad y pasión. «El hombre actual trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo. Pero no es trágico sino en los raros momentos en que se hace consciente.»
En contraposición al «hombre absurdo» se encuentra el «hombre rebelde», ese que se sitúa en todo momento frente al mundo.
La obra teatral, una vez sumergidos en el absurdo, se desarrolla con una cadencia irreal en la que las cosas pasan porque pueden pasar y porque ninguno de los actores opone apenas resistencia ni se desmarca de una inercia dolorosa.
Marta vive en una angustia permanente ante lo que no llega. Su objetivo o sus objetivos acuden a ella azarosamente, como si se encontrara sentada junto a la ribera de un río, armada de una caña de pescar, a la espera de que algún pez pique. Sus peces son hombres ricos y solitarios. Necesita lo que poseen pero depende de su presencia, algo ajeno a ella, a su voluntad; después le tocará el turno de actuar con firmeza, de realizar el acto de desposesión del otro o de reapropiación de lo que considera que es suyo por derecho propio; su pobreza le permite esa prerrogativa. Su actitud hacia los que le rodean es de desprecio. Su relación con el mundo va más allá de cualquier consideración humana. Le domina una frustración acumulada durante toda su vida y al final llegará al «absurdo», como todos los demás; su lucha ha sido vana.
MARTA: Este año no ha sido bueno. Esta casa está muchas veces desierta. Los pobres no se detienen por mucho tiempo y los ricos que solo se extravían, vienen de tarde en tarde.
Un buen principio para definir su queja permanente. ¿Ha habido algún tiempo que fue bueno para ella?
La madre está cansada, lleva años matando con apatía, solo espera que todo acabe de una vez, carece de ilusión. Acompaña a la hija como si cumpliera una misión inevitable.
MADRE: Estoy cansada, hija mía, nada más… Aspiro al descanso.
Marta nunca sonríe, haga lo que haga; siente sobre ella una sombra oscura que apaga su llama vital. Pero aún así persiste en su lucha, sueña con una vida diferente.
MARTA: Cuando hayamos juntado todo el dinero y podamos irnos de esta tierra sin horizonte, cuando dejemos atrás esta casa y esta ciudad lluviosa y olvidemos este país de sombra, el día en que por fin estemos frente al mar, me verá sonreír, madre. […] Por eso debemos preocuparnos del que vendrá. Porque si es bastante rico, quizá mi libertad empieza con él.
La relación que madre e hija mantienen con la muerte es banal, el crimen está integrado en la vida de las dos como una práctica cotidiana.
MADRE: Es más fácil matar a lo que no se conoce.MARTA: El crimen es el crimen, hay que saber lo que se quiere […]MADRE: […] es la costumbre, ni te imaginas la fuerza de la costumbre. […] la costumbre empieza con el segundo crimen. Con el primero no empieza nada, termina algo. […] matar es terriblemente fatigoso.
Su cansancio es existencial. Matar o no matar ha dejado de tener significado.
MARTA: […] los nuestros (los muertos) son los que menos sufren: la vida es más cruel que nosotras.
Marta pretende dotar de sentido su conducta asesina, necesita de ese sentido no solo para matar, sino para seguir viviendo, para soñar inútilmente en un futuro mejor que solo la acerca a la muerte.
MARTA: […] estoy harta de cargar con mi alma y tengo prisa por llegar a ese país donde el sol mata las preguntas.
Jan se siente culpable de haber abandonado a Marta y a su madre en una situación difícil y quiere recompensarlas. Es un optimista. Está confundido entre el amor que siente por María y el que quiere recuperar de sus seres queridos. Busca respuestas para encontrar las palabras adecuadas con las que identificarse, darse a conocer, pero no las halla, tal vez porque no las hay.
María, la mujer de Jan, no entiende sus dudas ni falta de palabras. Ella ve fácil la forma de actuar.
MARÍA: […] Solo tienes que decir: ¡Soy yo!, y todo vuelve a la normalidad.
Es inocente e ingenua. Respeta a Jan en su decisión de buscar las palabras que le ayuden a resolver su angustia. Cree en Dios y aguarda su ayuda, tiene esperanza en que la vida premie su amor.
Jan deseaba al llegar que su madre y Marta le reconocieran al instante; había fantaseado con ello, pero nada sale como lo había planeado.
JAN: […] Me miraban pero no me veían.
María no encuentra normal las dudas e incertidumbres de Jan. Él quiere conocer a su madre y a su hermana desde la distancia del anonimato.
MARÍA: […] deja hablar al corazón.
Él no necesita a su familia en realidad pero quiere expiar su culpa. Construye una responsabilidad abstracta que quizá tuvo sentido en su momento pero que ahora carece de él.
JAN: […] Debo cumplir mi palabra […] la que me impuse cuando comprendí que mi madre me necesitaba […] No soy nadie sin mis sueños.
Quiere dotar de orden a su vida pero desde una decisión interior, irreal.
JAN: Un hombre necesita encontrar su definición.
Durante la evolución de la obra mantiene la obsesión por hallar las «palabras» adecuadas para darse a conocer, para solucionar el problema de su culpabilidad.
JAN: […] Terminaré por encontrar las palabras que lo arreglen todo.
El azar juega con los personajes. Jan le da el pasaporte a Marta pero ella se lo devuelve sin leer el nombre del titular. Lo tiene en sus manos, está a punto de abrirlo, sin embargo no lo hace. A Marta le irrita el aire de inocencia de Jan. El mundo es culpable de su zozobra e insatisfacción y lo odia y lo combate a su modo.
MARTA: […] cuando me ocupe de él pondré algo de la cólera que siento frente a la estupidez del hombre.
El azar sigue gobernando sus vidas. Hay una intención de intervenir sobre el curso de los acontecimientos, de detenerlo, pero es muy leve.
MADRE: […] Esta noche no. Concedámosle esta noche. Permitámonos esta tregua. Quizá por él nos salvaremos.
No hay tregua, la muerte es la liberación. La madre ha descubierto la identidad del muerto. Jan goza de su último sueño.
MADRE: […] es libre ahora del peso de su propia vida. Ya no conoce la angustia de las decisiones, la tensión, el trabajo por terminar […] En este momento no tiene exigencias consigo mismo, y yo, vieja y fatigada, estoy a punto de creer que esa es la felicidad.
A Marta le irrita el fatalismo de su madre, su desidia, su desinterés, le pide cuentas porque no comparte sus deseos y así lo manifiesta.
MARTA: No, madre, usted no me abandonará. No olvide que yo me quedé y él se marchó, que me tuvo usted a su lado toda una vida y él la dejó en el silencio. Eso hay que pagarlo. Eso tiene que entrar en la cuenta. Y usted debe volver a mí.
Marta odia su destino, sabe que han matado a Jan pero no hay arrepentimiento y sí un cierto deleite con la venganza.
MARTA: […] Nadie besó mi boca y ni siquiera usted vio mi cuerpo sin ropa. Madre, se lo juro, esto hay que pagarlo. […] Comprenda que para un hombre que ha vivido, la muerte es cosa de nada […] Aunque lo hubiera reconocido nada hubiera cambiado.
El final se acerca y Marta se rebela de un modo baldío contra su destino.
MARTA: […] Pero a mí, que padezco injusticia, no se me ha dado lo que me corresponde, y no me arrodillaré. Privada de mi lugar en esta tierra, rechazada por mi madre, sola en medio de mis crímenes, abandonaré este mundo sin reconciliarme.
Apoteosis final en el diálogo entre Marta y María.
MARTA: Nos han engañado. […] Su marido conoce ahora la respuesta, esa morada espantosa donde al final esteremos unos apretados junto a otros. […] Ruegue a su dios que la haga semejante a la piedra […] La única felicidad verdadera […] Vuélvase sorda a todos los gritos pero si se siente demasiado cobarde para entrar en esta paz ciega, entonces venga a reunirse con nosotros en nuestra morada común […] Tiene que elegir entre la estúpida felicidad de los guijarros y el lecho viscoso donde la esperamos.
María se encomienda a su dios, busca las palabras justas para expresar lo que siente, igual que hacía Jan. Necesita una explicación que justifique el sinsentido del fatal desenlace pero no hay respuestas, ese dios en el que cree no puede impedir su destino, está «arrojada al mundo».
MARÍA: […] ¡Ten piedad de mí!
Entra en escena el viejo criado silencioso, la representación viva de la soledad del ser humano frente al mundo.
MARÍA: […] Ayúdeme, necesito que me ayuden. ¡Apiádese, ayúdeme! 
EL VIEJO: ¡No!

LECTURAS RECOMENDADAS:
  • Albert Camus. Calígula
  • Albert Camus. El hombre rebelde
  • Albert Camus. El malentendido

20 nov 2013

¿Por qué una persona libre se rebela contra toda autoridad?



Por Ángel E. Lejarriaga


¿Por qué una persona se rebela contra Dios, contra el amo o contra una autoridad pretendidamente legal? Lo hace porque es una necesidad individual que se multiplica en fuerza una vez asociada a las necesidades particulares del resto de las personas que conforman una comunidad.
Nos rebelamos porque somos conscientes de nuestro derecho inalienable a la libertad, y del hecho fehaciente de que su defensa choca con cualquier forma de opresión, sea esta religiosa, laboral, patriarcal o estatista.
La primera sublevación que desarrollamos es interior. Nuestra capacidad crítica cuestiona los «valores mordaza» que nos han sido impuestos a través de la familia, la escuela y el Estado. Una vez esos valores han sido puestos en duda y analizados, reciben una comprensión diferente, son dotados de un significado ajeno al original.
Liberados de ese primer y elemental servilismo, pasamos a una segunda subversión que disputa nuestra condición de mera «fuerza de trabajo», que se vende y se compra en el indigno y cruel mercado laboral. Las relaciones de explotación nos convierten en mercancía barata; nuestra conciencia política rebelde nos transforma en sujetos revolucionarios que preservan la propuesta innegociable de acabar con esas relaciones infrahumanas de amos y esclavos.
Nuestra tercera rebelión va dirigida contra la «delegación de la representatividad» o «la organización social de arriba abajo», es decir, contra el axiomático Estado. La libertad es todo lo contrario a esa delegación de poder. Elaboramos y cimentamos lo que existe con nuestro esfuerzo y creatividad, por tanto tenemos la legitimidad y la obligación moral irrenunciable de gestionar nuestro destino.
En síntesis, esta rebelión de la que hablo, se basa en el cuestionamiento radical de principios que se aceptan porque sí como inmutables. Para que haya una revolución el individuo tiene que rebelarse contra la ideología del poder, sea la que sea, que le subyuga, para no reproducirla en el pretendido nuevo modelo de organización social. Así, la rebelión del sujeto soberano tiene que ser constante, sin tregua, sin dar nada por acabado. Ese es el espíritu que debería mover a la nueva persona que tendría que surgir de entre las ruinas del pasado.
El ser humano debe resistirse a toda forma de dominación porque su ser natural es la libertad. Esas ansias de liberación niegan cualquier autoridad basada en la fuerza y conllevan la construcción de una sociedad horizontal regida por la asociación de individuos libres.
Esta forma de pensamiento «rebelde», inconformista, autónomo y eternamente crítico, es el método de prevención más eficaz contra cualquier tiranía.

«[...] el sindicato contra el partido, el municipio contra el Estado, el individualismo solidario contra la sociedad de masas.»

«¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no. Pero negar no es renunciar: es también un hombre que dice sí desde su primer movimiento. [...] El rebelde (es decir, el que se vuelve o revuelve contra algo) da media vuelta. Marchaba bajo el látigo del amo y he aquí que hace frente. Opone lo que es preferible a lo que no lo es.»

Ambas citas son de Albert Camus, El hombre rebelde.

En memoria de Albert Camus, en el centenario de su nacimiento: 7 de noviembre de 1913


21 ago 2012

La peste



Por Ángel E. Lejarriaga



Han pasado 65 años desde que Albert Camus publicó La peste, y ahora, quizá, tenga más sentido que nunca releerla y ver qué conclusiones extraemos de sus páginas.
El texto nos abre las entrañas de la tragedia que se vive en la ciudad de Orán. Una estructura formal de novela oculta simbólicamente otra tragedia, la que vive Francia bajo la ocupación nazi. El nazismo es la «peste» que contamina y mata azarosamente a los que se encuentran encerrados en la ciudad.
La historia comienza de una manera sutil con la presencia de ratas que salen a la luz para morir. Algo está sucediendo y nadie parece darse cuenta. Bernard Riux, médico, sabe lo que ocurre y trata de llamar la atención sobre los riesgos para la población pero las autoridades obvian el asunto, le restan importancia, prefieren mantener el orden público a toda costa, un orden que podría verse en entredicho si la noticia se extendiera. No se toman las medidas de prevención adecuadas, esperan que ocurra un «milagro» que salve la situación sin que el equilibrio que sustenta la sociedad se trunque.
Así las cosas, la vida cotidiana se desarrolla con una «normalidad» perturbadora, irreflexiva, inconsciente, que conduce al abismo. Naturalmente los acontecimientos se precipitan y la gravedad de la situación obliga al aislamiento del mundo exterior. La ciudad cierra sus puertas y los habitantes se convierten en prisioneros de sus muros. La peste ya no es una anécdota sino que se sitúa en el centro de atención de los enclaustrados. Muchos intentan escapar pero no es posible. En un primer momento solo tienen la peste y su memoria, luego solo quedará la peste. No existe futuro. Quizá pueda haberlo pero no hay forma de aventurar cuál puede ser.
Pasa el tiempo y el mal se acepta como algo inevitable. Cada uno lo afronta como puede. Unos se evaden a través de un hedonismo evasivo; otros crecen desde su dignidad y practican una solidaridad ejemplar, sincera, anónima. La peste solo puede combatirse mediante la cooperación y la suma de voluntades.
El libro cuenta que los cines están llenos pero todas las sesiones exhiben el mismo celuloide. También cuenta que en los transportes públicos la gente ni se roza, temen contagiarse; permanecen encerrados en muros interiores que de nada sirven ante el poderoso mal que flota en el aire.
Al final, el día a día se traduce en supervivencia, los valores se relativizan, no hay mañana ni pasado, solo resta luchar por vivir un día más.
En el fondo de sus mentes desean que las cosas vuelvan a ser como antes, ajenos al peligro siempre presente de la peste, aunque esta pueda permanecer oculta de manera temporal.
Hasta aquí llega este rápido esbozo de la historia; con él podemos realizar algunos paralelismos con nuestro tiempo. Ya no estamos en Orán, aunque podríamos estarlo; nos encontramos en cualquier ciudad española, griega, portuguesa, irlandesa o italiana. La tragedia existe; la peste se podría llamar «crisis económica», en realidad un subterfugio para oprimir aún más a las poblaciones, es decir, acumular riqueza sin dar nada a cambio. No, la peste no es la «crisis»; la enfermedad que hace sufrir, hiere y mata despiadadamente se llama «explotación del hombre por el hombre» e «injusticia social»; siempre ha estado ahí pero no hemos querido verlo, hemos apartado la vista a otro lado o imaginado que nunca nos iba a tocar a nosotros. Vivíamos en universos de consumo y bonanza aparente que al final se han convertido en un lastre en sí mismos.
Las ratas nos avisaron hace tiempo de que algo estaba pasando. En este caso las ratas fueron la especulación galopante, la corrupción política, el endeudamiento, la acumulación y dependencia de bienes inútiles o prescindibles, la cesión de soberanía… Algunas mentes preclaras se dieron cuenta y nos avisaron de que el capitalismo benefactor, la «sociedad del bienestar» y en sí la democracia parlamentaria eran un artificio pasajero, una forma de gobernar que sería utilizada mientras la correlación de fuerzas estuviera equilibrada. Cuando ese equilibrio ha desaparecido ya no es necesaria su aplicación. Las autoridades sabían lo que estaba ocurriendo y le restaron importancia, huyeron hacia delante sin escrúpulos, eso sí, manteniendo sus privilegios. Los más sagaces y malévolos esperaban su momento para aplicar su plan de destrucción. La enfermedad, con toda su crudeza, estaba gestándose sin que los sistemas inmunitarios sociales estuvieran preparados para contenerla.
En ese contexto, la vida asumió una ceguera mortal. Los males que antes he citado, las ratas, no solo no disminuyeron sino que se acrecentaron hasta llegar al paroxismo. De pronto comenzó a aumentar el paro, los desahucios, la desesperación. La peste estaba servida. La plaga empezó a destrozar nuestras vidas sin piedad. Camus dice en su novela que todos los miembros de la sociedad estaban afectados por la posibilidad fortuita de que la muerte les alcanzara sin previo aviso. En eso, nuestro momento es diferente, no todos corren riesgos, los ricos son más ricos, los acomodados se han vuelto precariados y los que ya eran pobres ahora son miserables. La peste ya no es algo irrelevante que pasa de vez en cuando como un mal bíblico sino que se ha instaurado en nuestras vidas sin que tengamos posibilidad de escape.
Hemos llegado a aceptar el mal como irremediable también; no tenemos salida. Esperamos otro milagro que no llega, tal vez porque los milagros no existen más que en la mente de los niños y en la de los ignorantes. Podemos intentar evadirnos, y de hecho lo hacemos, pero la única forma de afrontar la situación es mediante la solidaridad, recuperando la responsabilidad sobre nuestras vidas, que hemos cedido a poderes perversos que siempre han estado ahí y estarán mientras no acabemos con ellos.
Todos los días ponemos la televisión y la radio y vemos y escuchamos las mismas cosas, aún así permanecemos embobados ante ellas, quizá incrédulos, pensando que esto no puede estar sucediendo. Sobrevivimos como podemos y añoramos aquellos tiempos en que nos creíamos ricos y, por encima de todo, seguimos deseando volver al orden anterior, que la peste se vaya, a pesar de los cadáveres que va dejando a su paso, despreciando al que vive en la calle, al parado, al que escarba en los contenedores de basura en busca de comida, al «extranjero»: están más apestados que nosotros. Pobres necios, la peste nunca nos dejará pues se alimenta de nosotros.

«El bacilo de la peste nunca muere o desaparece, puede permanecer dormido, en la casa, en los muebles y en las camas, aguardando pacientemente en los cuartos, los sótanos, los cajones, pañuelos y papeles, y quizá un día, solo para enseñarles a los hombres una lección y volverlos desdichados, la peste despertará a sus ratas y las enviará a morir a una ciudad feliz.» (Albert Camus, La peste)

Lectura recomendada:
  • La peste. Albert Camus


20 mar 2010

El absurdo

Por Ángel E. Lejarriaga


Jean Daniel, periodista y ensayista, amigo de Albert Camus, reflexionaba en una entrevista reciente sobre el pensamiento del filósofo. En un momento dado de la misma dijo que Camus y su análisis del mundo seguía intensamente vivo: «En nuestra sociedad los medios de comunicación refuerzan el pensamiento único. En las democracias actuales es difícil tener una autonomía intelectual; es lo que se debe aprender de Camus: resistir a los tiempos que corren». Resistir y rebelarnos como actitud básica de supervivencia ante un lenguaje y unas formas opresivas provenientes de los poderes visibles y opacos, públicos y privados, que gobiernan nuestras vidas.
Detengámonos un instante, robemosle tan solo un minuto a nuestro tiempo, y pensemos en el «absurdo» de nacer en sí mismo, obligados, desde que tenemos edad para ello, a «ganarnos la vida» como objetivo fundamental de nuestra existencia. No tenemos derecho a vivir por el simple hecho de nacer, no, hemos de ganárnoslo día a día, conducidos por el camino incoherente de una sociedad denominada «moderna», definida por un consumo demente y una injusticia social que devora a la mayoría de la población.
Vivimos en el absurdo de renunciar a tiempo de vida para seguir respirando un poco más. Desde esa comprensión de lo cotidiano, como realidad dolorosa e inútil, estamos impelidos a vivir bajo el miedo a la pérdida del «derecho a ser esclavos voluntarios». ¿Qué supone vivir con miedo? Convertirnos en siervos del mismo.
Ha pasado el minuto, conocemos levemente nuestra condición. El absurdo nos impulsa al abismo del suicidio individual o a una rebelión fundamentada en recursos innatos: inteligencia, creatividad y voluntad. ¿Podemos elegir o estamos abocados inexorablemente a la catástrofe?