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13 feb 2012

La Psicología en las barricadas



Por Ángel E. Lejarriaga



E
n los últimos tiempos diversas revistas relacionadas con la Psicología han publicado artículos en los que tratan de atenuar y afrontar las consecuencias de la crisis económica. Para ello proponen a través de la Psicología del trabajo generar organizaciones laborales más humanas y más productivas. Lo que, supuestamente, supondría aumentar el bienestar de la población y mejoraría la economía, al subir la productividad.
Si profundizamos un poco en estas afirmaciones llegamos a la conclusión de que o bien las personas firmantes de dichos artículos son unas ingenuas y desconocen cómo funciona el Sistema; o bien son parte interesada y tratan de vender credos que no ayudan a los principales afectados, los trabajadores, sino todo lo contrario, les transmiten una responsabilidad en el proceso productivo que no les compete: el asalariado vende su fuerza de trabajo al mejor postor. Esta operación mercantil se puede hacer en un clima más o menos agradable, dependiendo siempre de las estructuras empresariales, las condiciones de trabajo y el nivel salarial.
Vayamos por partes y veamos cuál es la situación actual. La Organización Mundial del Trabajo (OIT) ha manifestado en uno de sus documentos públicos que el desastre de Lehman Brothers ha puesto sobre la mesa el hecho de que los mercados son incapaces de autorregularse. La ambición ilimitada de los inversores hace que las políticas neoliberales sean la mejor opción para regir la economía del mundo; siempre desde la perspectiva de la consecución de un beneficio ilimitado. Este tipo de políticas hace que los estados sean incapaces de controlar sus propias finanzas, entre otras razones porque dependen de los mismos que promueven e imponen esas políticas. Por tanto su capacidad, dentro de las reglas del juego neoliberal, son limitadas. Se circunscriben exclusivamente a adoptar medidas de austeridad para reducir el gasto, descargando los ajustes sobre el mundo del trabajo y el bienestar social. En España, por ejemplo, las políticas de ajuste han devenido en una situación laboral catastrófica, con una tasa de paro del 22,85% de la población activa. Pero no nos podemos quedar en ese dato, hay que mencionar también la inestabilidad del empleo existente.
La consecuencia inmediata de esta situación es que una parte importante de la masa asalariada ha visto cómo sus hogares se destruyen y otra parte se siente amenazada porque esto ocurra a corto plazo o tiene empleos caracterizados por la inestabilidad y los salarios bajos. Tenemos que tener presente que en el modelo capitalista tener un empleo significa sobrevivir, y también es un factor de ajuste personal y social. Dentro de esta sociedad es muy difícil desarrollarse, crecer como persona, si no recibimos un salario o se es rico. Podríamos decir que trabajar es una mínima fuente de bienestar en la medida que nos permite cubrir los gastos básicos y acceder al consumo. No trabajar, por el contrario, supone quedar excluido socialmente o vivir de la caridad. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) contar con un empleo es un factor de protección para la salud mental.
Cuando los gobiernos de turno toman medidas denominadas de austeridad, es decir, políticas sociales restrictivas, ignoran las consecuencias que dichas medidas tienen sobre la población, fundamentalmente sobre las clases más desfavorecidas o en riesgo de exclusión. La OIT y la OMS recomiendan invertir en el sistema del bienestar como fórmula de progreso y de salud.
Los problemas mentales son una de las principales causa de discapacidad. La prevalencia de los trastornos mentales ha aumentado notablemente en los últimos años debido al paro y a la precariedad en el empleo, tal y como señala el último estudio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Este informe, titulado Sick on the Job? Myths and Realities about Mental Health at Work, ha puesto de manifiesto que «uno de cada cinco trabajadores sufre un problema de salud mental».
Algunos de los síntomas psicopatológicos que padece una persona en paro o con empleo precario son los siguientes: insatisfacción con la vida presente, incertidumbre y desconcierto existencial, pesimismo, depresión, desesperanza, desmoralización, inseguridad, vulnerabilidad, indefensión, fracaso, ineficacia, frustración, injusticia, desorganización del tiempo, dependencia, aislamiento, alienación profesional por obsolescencia, desarticulación de proyectos personales, alcoholismo, tabaquismo, abuso de psicofármacos o consumo de otras drogas.
La Psicología tiene que intervenir en este contexto, por un lado, para aliviar los síntomas y, por otro, para dotar de herramientas cognitivas a los afectados, de forma que sean capaces de afrontar las relaciones de precariedad laboral que se acentúan en la actualidad. Ahora bien, la clave de dicha intervención se encuentra en cómo hacerla y con qué objetivos. Es un hecho evidente que las personas más afectadas no van a ser atendidas adecuadamente en la Seguridad Social porque carece de recursos; probablemente, les recetarán, como único remedio, psicofármacos. Y a la asistencia privada no van a acudir porque no tienen medios económicos para pagarla. Así las cosas la situación de desamparo es clara.
Con estas expectativas, la Psicología, como ciencia sanitaria y con una responsabilidad social, tiene la obligación ética de implicarse activamente, desde los colegios de psicólogos, en la puesta en marcha de una atención al alcance de los segmentos sociales víctimas de la crisis económica. Esta atención se desarrollaría en un marco comunitario, apoyada en colectivos ciudadanos y en las redes de solidaridad que ya están funcionando o que previsiblemente lo harán. No solo se atenderían las psicopatologías (ansiedad, depresión, etc.) sino que también se coordinarían los tratamientos con intervenciones que gravitarían alrededor de la mejora de las condiciones de vida de las personas afectadas.
Además, la Psicología debería incidir en la necesidad de modificar el sistema de creencias que dirige nuestras vidas, basado en asumir de manera sumisa las relaciones de explotación y la pobreza de una parte de la población como un mal necesario para que el Sistema funcione. Para ello tendría que revisar la asociación entre trabajo y calidad de vida, sustituyéndola por otra más acorde con las leyes naturales: trabajar para vivir pero no vivir para trabajar. Trabajamos porque necesitamos cubrir unas necesidades elementales pero para nada más, se puede vivir sin consumir. Lo que precisamos para ser felices no se compra, reside en el interior de nuestras mentes y se llama amor y creatividad.
También habría que cuestionar la organización social en todas sus manifestaciones, planteando alternativas basadas en la cooperación y en la horizontalidad de la gestión, sin mediadores profesionales de la política. En síntesis, transmitir la idea de que un mundo más digno y justo es posible, y que para conseguirlo hay que partir de la realidad y afrontar la desesperanza de nuestro tiempo con el combate diario por los derechos que nos son inalienables.
Para terminar solo me resta decir que la Psicología debería dejar la torre de marfil en la que vive y renegar de la misión que el Sistema le ha adjudicado: ser simplemente un elemento alienante que pretende adaptar al sujeto a unas relaciones humanas opresivas, aliviando los síntomas derivados del malestar psicológico. La Psicología, por tanto, tendría que marcarse como objetivo último luchar por eliminar las causas de este malestar: las condiciones de vida y de trabajo que son una agresión contra la salud mental y física. También tendría que combatir las creencias y prejuicios, ideológicos y religiosos, que significan la incapacitación del individuo para su desarrollo en libertad.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA: 

Blanch, Josep M. (2011). La psicología del trabajo ante la crisis. Infocop, 55, 7-11
Bloom, D. E. y otros (2011), The Global Economic Burden of Non-communicable Disease. Genova: World Economic Forum.
International Labour Office (2011). The global crisis: causes, responses and challeger. ILO: Geneve
World Health Organization (2011). Impacto f economic crisis on mental Elath. WHO: Geneve
www.oecd.org/dataoecd/17/24/49227189.pdf



9 jun 2011

Crisis de salud

Por Ángel E. Lejarriaga


Cuando tocamos el tema de la salud nos surgen numerosos interrogantes que casi nunca son fáciles de responder. ¿Nuestra salud es mejor que hace cincuenta años? ¿Funciona la Sanidad Pública? ¿Es posible seguir financiándola como hasta ahora? Si les hiciéramos estas mismas preguntas a los protagonistas de la política del país, lo catastrófico u optimista de sus respuestas dependería de si se encuentran en el poder o no y de si las elecciones están cerca. Los técnicos y especialistas de la CE tampoco expondrían alternativas claras sobre los procedimientos a seguir. Quizá desde el punto de vista mercantilista nadie sea capaz de presentar ninguna alternativa diferente.
Lo cierto es que entre tanta información, la mayor parte de las veces contradictoria o confusa, el ciudadano de a pie observa con preocupación el futuro de la sanidad y por añadidura el de su salud. Y no es para menos, los datos que florecen en los medios de comunicación así lo confirman. En primer lugar no estamos más sanos que hace veinte años, quizá nos cuesta más morirnos pero esa es otra cuestión. Tanto a nivel físico como psicológico la sensación general es que cada año existen más aspectos de nuestra vida psico biológica que escapan a nuestro control. El siglo XXI a nivel sanitario se caracterizará por la proliferación de los trastornos psicosomáticos, la cronificación de enfermedades antes minoritarias y el resurgimiento de otras hasta ahora erradicadas o de escasa incidencia.
En este contexto, la estructura vigente del Insalud lo tiene difícil. En la actualidad, sin ir más lejos, los hospitales tienen déficits de mantenimiento y las urgencias siguen siendo hospitales de sangre que proporcionan más intranquilidad que seguridad. La lista de espera para ser atendido por un especialista puede cubrir varios meses y algunas intervenciones quirúrgicas se demoran tanto que el paciente muere antes de ser intervenido. No estoy exagerando, las asociaciones de consumidores y afectados por negligencias sanitarias confirman estas opiniones. En lo que respecta a la sanidad privada, mejor no tocarla, aparte del hecho fehaciente de que detrás de ella suelen estar, directa o indirectamente, asociados muchos profesionales del Insalud.
A pesar de estas circunstancias existe un nivel de satisfacción general por parte del público moderadamente aceptable que hace que el sistema vaya saliendo adelante. Pero no quiero ir por este camino sino por otro quizás más genérico que explique un poco por qué las cosas son como son.
Si la salud está en crisis o llegará a estarlo de un modo más severo en los próximos años es, muy probablemente, porque el enfoque médico sanitario de nuestra sociedad se inserta en el modelo capitalista de rentabilidad que obliga tanto a médicos como a usuarios a desarrollar pautas de conducta conflictivas en sí mismas. La medicina se transforma en un negocio en el sentido estricto del término, tecnificada e impuesta a los ciudadanos como un elemento de consumo cotidiano más.
En este engranaje perverso la enfermedad es necesaria, si no existe se debe crear porque sino todo el sistema financiero de las multinacionales farmacéuticas y de tecnología médica se vendría abajo. Necesitan, por tanto, que estemos enfermos para que su negocio se mantenga. De tal manera la salud del ciudadano está indefensa, no existe como entidad propia, de­saparec­e ante el peso del procedimiento médico o el fármaco estrella. No preocupa en absoluto el origen de los trastornos sino el nivel de beneficio que se puede obtener con la eliminación de los síntomas.
La medicina española no escapa, por supuesto, a este entramado sino todo lo contrario; desde el propio gobierno se potencia con argumentos mercantilistas. No intere­sa que mejore la salud del ciudadano sino que el sistema sanitario sea menos deficitario cuando el propio déficit se deriva del mal uso de los recursos. El negocio debe mantenerse rentable a toda costa. En vez de humanizar la medicina se transforma al médico en un ejecutivo financiero con límite de gastos y criterios de rentabilidad.
Por otro lado, la medicina actual se fundamenta en un uso terapéutico masivo de cirugía y fármacos. Su agresiva utilización hace que lo que cura una cosa enferme otras y que los pacientes, de un modo u otro, siempre estén ligados al consumo permanente de servicios sanitarios, por supuesto costosos pero, como decía al principio, necesarios para mantener el entramado especulativo. Es evidente que la práctica médica de nuestros días se interesa más por aliviar los síntomas que por erradicar las causas, potenciando con ello el modelo consumista que antes exponíamos.
¿Qué hacer entonces? Empezando por el gobierno del Estado y llegando hasta el último de los ciudadanos, todos tenemos una misión importante y algo que decir respecto a la salud. La solución no puede venir desde una única dirección, si bien es cierto que cuanto más alto se está en la pirámide social la capacidad de influir en los resultados es mayor. Nuestra libertad individual se construye también con el derecho inalienable a  decidir sobre el propio cuerpo.
Ante esta crisis de ética sanitaria, las medicinas alternativas se presentan como una posibilidad a considerar puesto que sus paradigmas son diferentes, sus costes asumibles y lo que es más importante, devuelve la autonomía al individuo pues actúa sobre las causas de la enfermedad, modifica los hábitos perjudiciales y reduce la probabilidad de que el problema surja de nuevo, excepciones aparte. Esta medicina no sustituye a la oficial, la complementa en sus aspectos positivos. Además, lleva implícito un cuestionamiento ideológico transformador del modelo social vigente que enriquece no solo al individuo sino al colectivo en su conjunto. Como conclusión, deberíamos intentar, en la medida de lo posible, analizar los problemas de la salud y de la sanidad en general, utilizando como método el paradigma ecológico, abandonando aquellos otros basados en el consumismo, el beneficio económico y la atención exclusiva a los síntomas. Se trata de enfocar la salud de un modo global, dando prioridad a lo natural; primando los criterios éticos y humanistas y potenciando de paso los cambios de hábitos en la persona por encima de las terapias de choque. En general, se trata de una trasformación profunda de la actitud ante la enfermedad y ante la vida. Estamos más enfermos porque somos más infelices.

NOTA: Este artículo fue escrito y publicado por el autor en el año 1999


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19 abr 2011

Todos podemos ser unos mercenarios a sueldo


Por Ángel E. Lejarriaga


En nuestro país las contradicciones sociales se están agudizando y ya va siendo hora de que cada uno desde su propio criterio decida cuál es su parte de responsabilidad. Tenemos la obligación de elegir entre una ética solidaria y el silencio cómplice ante la injusticia.
Esta semana ha llegado a mis oídos la siguiente historia que me ha dejado consternado por el hecho de que puede estarse generalizando como práctica habitual y ello ante la actitud consentidora y sumisa del estamento médico de los hospitales públicos.
Durante la semana del 21 de marzo de este años a una ciudadana de Getafe embarazada de unas 17semanas, se le practicó una amniocentesis, una prueba prenatal común en la cual se extrae una pequeña muestra del líquido amniótico que rodea al feto para analizarla y conocer posibles deformaciones del mismo. Como consecuencia de dicha prueba el domingo 27 tuvo que acudir al hospital de Getafe, a urgencias, debido a que se le había producido una hemorragia. Esa misma noche fue ingresada en planta para ser tratada de una fuerte infección y de una importante pérdida de líquido amniótico que evidentemente ponía en cuestionamiento la continuidad del embarazo. Las jornadas posteriores la mujer no solo no mejoró sino que durante cuatro días la infección se incrementó pero el corazón del feto seguía latiendo. Oficialmente no se podía hacer nada, salvo administrarle antibióticos, guardar reposo y esperar a que el feto espirara. A mediados de semana apenas tenía líquido amniótico con lo que la salud integral del feto era más que cuestionable pero sin que ningún miembro del equipo médico tomara la decisión de realizar un aborto terapéutico para salvaguardar la vida de la mujer y evitar la continuidad de un embarazo de resultados inciertos. El lunes siguiente una ecografía demostró que aunque el feto seguía vivo apenas se movía y nadie podía asegurar a la madre en qué estado iba a nacer, de sobrevivir. Ninguno de los médicos que la atendieron planteó en momento alguno la opción de extraer el feto; ninguno de ellos tuvo la honestidad de informar a la mujer, a su compañero y a la familia, de la verdadera situación. Alguno hizo comentarios extraoficiales del tipo: «En otros tiempos se hubiera actuado de otra manera pero hoy tenemos las manos atadas. Entre nosotros hay dos miembros del Opus dei». En conclusión no se puede interrumpir el embarazo en un hospital público, sean cuales sean las condiciones de salud de la madre mientras el feto esté vivo.
Lo peor —según mi criterio— estaba por llegar. Ese mismo día le dieron el alta cuando ella apenas podía andar. No pusieron una ambulancia a su servicio. Sus familiares fueron los que se encargaron del desplazamiento. Previamente le habían proporcionado los documentos correspondientes para que solicitara un aborto voluntario. El siguiente paso, tras superar la sensación de impotencia, fue acercarse a un centro de la seguridad social en el que se realizan ese tipo de gestiones. Allí los funcionarios la trataron con frialdad y en algún momento con cierto desprecio, como a una delincuente. El final se desarrolló un día después en una clínica privada donde le realizaron la extracción del feto.
Me pregunto con asombro ¿qué significado tiene para los médicos el código hipocrático y el respeto a la vida del paciente? Los miembros del Opus dei hacen objeción médica, a pesar de trabajar en un servicio público, incluso ante riesgo de malformaciones del nonato y de la vida de la madre y se consiente. Pero los demás miembros del colectivo médico se callan y consienten, no hacen objeción a la objeción; no objetan de tolerar la presencia en la profesión médica de dos sectarios intolerantes y anacrónicos. Se olvidan de la vida de los que son su responsabilidad y se centran en su propia supervivencia económica. Evidentemente no quieren poner en riesgo su posición social. Por encima de sus intereses particulares no hay nada ni siquiera sus responsabilidades como servidores públicos y con la salud de las personas de las que precisamente viven.
Cómo puedo a partir de ahora mirar a los médicos con respeto y admiración al ser consciente de que me atenderán siempre y cuando no entrañe un perjuicio para su estatus. Con esta actitud los médicos se están convirtiendo en mercenarios, en «mandados» que se limitan a cumplir órdenes, independientemente de la ética de las mismas. Al menos los dos miembros del Opus dei actuaron por fe o como quiera llamarse a esa actitud insolidaria y cruel; pero lo otros lo hicieron por miedo a perder sus privilegios.
No sé qué está pasando a nuestro alrededor pero sí sé que es necesario detenerse a reflexionar sobre nuestros principios éticos. Sin ellos nos transformamos en máquinas sumisas, sin criterio. A partir de esa condición de esclavitud mental, se pierde lo mejor del ser humano: la honestidad, la conciencia individual, el espíritu crítico y la solidaridad; aspectos claves para la construcción de un mundo más justo y equitativo.


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