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7 jul 2026

La depresión es el problema más relevante de las personas más jovenes


Es obvio a estas alturas de siglo XXI que los trastornos psicológicos son un gran problema de salud pública, todas las fuentes consultadas, nacionales e internacionales, así lo atestiguan. Según UNICEF «un 13% de los niños y adolescentes de esta franja de edad padece un trastorno mental diagnosticado». Por otro lado, el Libro Blanco de Depresión y Suicidio 2020 esboza la hipótesis de que «la depresión será el principal problema de salud en 2050»; a lo que hay que añadir que «el suicidio es la segunda causa de muerte entre adolescentes y jóvenes de 15 a 29 años en España.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma que «el 50% de los trastornos mentales comienzan antes de los 14 años. Dentro de estos datos alarmantes hay más que sorprenden: «los problemas de ansiedad suelen aparecer entre los 5,5 y los 6 años, mientras que los síntomas depresivos emergen más tarde, entre los 13 y 20,5 años». ¿Nuestros niños y niñas antes de los 6 años ya manifiestan ansiedad?

Contamos con un reciente estudio publicado en el año 2024 por el Centro de Investigación de la Infancia y la Adolescencia, Problemas psicológicos en la infancia y adolescencia, que proporciona cifras que redundan en lo dicho más arriba, números ciertamente inquietantes sobre el estado psicológico de la infancia y la adolescencia en nuestro país. El estudio citado analizó a 5.652 estudiantes con edades comprendidas entre los 9 y los 16 años, y encontró una alta prevalencia de depresión en estas tempranas etapas evolutivas; siendo las sintomatologías más frecuente las autolesiones y la ideación suicida. El 50% de las adolescentes encuestadas informaron «haber sentido que la vida no merece la pena». Otro dato relevante, un 18% manifestó haber intentado suicidarse. Es imprescindible recordar que se está hablando de personas iguales o menores de 16 años.

Si desmenuzamos las simples cifras observamos que tanto en la infancia como en la adolescencia, como ya se ha dicho, el problema psicopatológico más relevante es la depresión, en concreto un 5%, siendo la prevalencia de las niñas superior a la de los niños. Después de la depresión, el problema más acuciante es la ansiedad, genéricamente hablando, que se manifiesta en diagnósticos concretos como la ansiedad generalizada, la ansiedad social, los trastornos psicosomáticos o el trastorno por estrés postraumático. La prevalencia de este tipo de problemáticas ascendió al 4%, tanto en infancia como en adolescencia. Nuevamente aparece el dato de una mayor prevalencia en niñas. Podemos preguntarnos, visto lo visto, en qué tipo de sociedad habitamos que genera este malestar en individuos que están empezando a vivir.

Pero sigamos adelante. Otros aspectos destacados en el informe son los denominados «problemas de conducta»: descontrol de la ira, agresividad y conducta desafiante, con prevalencias entre el 5% y el 6%. «Los problemas de atención y control de la ira son más frecuentes en las niñas, y la hiperactividad, la agresividad y la conducta desafiante más comunes en los niños». El estudio también hace referencia a los trastornos de la conducta alimentaria que afectan al 4% de las adolescentes, estando más presente en las chicas, un 8%, que en los chicos, un 1%. Además, un 5% de las adolescentes afirmaron consumir o abusar de drogas, conducta más frecuente en los chicos.

Estos informes deberían llevar a la sociedad a reflexionar sobre el estado psicológico de nuestros hijos e hijas en las edades más tempranas, y la importancia que posee este malestar a la hora de entrar en la edad adulta y tener que asumir las responsabilidades que la sociedad les exige.

Parece obvio mencionar que la salud mental de niñas y adolescentes es un reflejo del mundo de sus mayores, de las personas que les educan, del entorno en el que viven. Ellas son la parte más débil de la sociedad, no están preparadas para afrontar ni los restos que se les plantean, ni la inestabilidad del mundo en el que vivimos. Por tanto, sería vital, cuando menos, desarrollar programas de prevención y detección de las afectadas por las problemáticas definidas en el informe para evitar que se genere un sesgo dramático e incapacitante en sus vidas. Sería imprescindible también ―así lo dice el informe― implantar programas en los centros escolares que permitieran el desarrollo de una educación emocional dirigida a la gestión del estrés y la resolución de conflictos. Esta labor tendría que realizarse conjuntamente con las familias y siempre a nivel comunitario para establecer redes de apoyo social (apoyo mutuo) que les hicieran sentirse seguras. En esta línea, sería interesante hacer estudios permanentes de seguimiento de la población infantojuvenil para identificar factores de riesgo y de protección.

La falta de estos programas de detección y tratamiento de los problemas psicopatológicos de manera precoz puede generar a medio plazo una cronificación de los mismos, así como la génesis de otros, lo que a su vez aumentará el riesgo de aparición de dolencias físicas diversas, disminución de la calidad de vida y aumento de la mortalidad de la población.

Publicado en el Rojo y Negro, nº 400 de mayo de 2025

23 feb 2026

¿Qué sucede cuando nos jubilamos?


Por Ángel E. Lejarriaga



La sociedad del bienestar surgida tras la II Guerra Mundial auguraba un futuro esperanzador para la ciudadanía de los países desarrollados, quedaban excluidos todos los demás: trabajaríamos cada vez menos y la vida se centraría en un ocio creativo. Como hemos podido comprobar desde entonces la dirección de nuestro crecimiento humano no ha ido precisamente en esa dirección sino más bien al contrario, ganamos menos y trabajamos más, porque, entre otras cosas, el coste de la vida es más elevado. Uno de los puntos importantes del programa que nos predecían los futurólogos socialdemócratas de los años sesenta era que tras una etapa de esfuerzo laboral llegaría la jubilación liberadora, que nos compensaría con creces del esfuerzo productivo de nuestra vida anterior.

No voy a hacer un análisis sobre lo que nos puede esperar al respecto en los años venideros, que es poco halagüeño. Me voy a centrar en la reacción que se produce de un modo generalizado ante el hecho en sí de la jubilación y que no siempre ofrece como resultado bienestar, ni material ni psicológico.

Tres investigadoras de la Universidad de Girona, María Aymerich Andreu, Montserrat Planes Pedra y María Gras Pérez, han hecho un estudio paradigmático de cuyas conclusiones se extrae que existen varias fases por las que puede pasar una persona que se jubila. La primera es la prejubilación, se caracterizaría por la elaboración de ilusiones sobre lo que se espera que ocurra en el cese de la actividad laboral. La segunda fase estaría definida por experiencias distintas: euforia ante el abandono de responsabilidades, continuación de manera más intensa del ocio que ya se practicaba con anterioridad y sensación de relajación, de descanso. La tercera, superada la anterior, supondría un desencanto: se constataría el incumplimiento de las expectativas imaginadas. Habría una última fase, que las autoras del estudio denominan como de reorientación, en la que la antigua trabajadora tendría necesariamente que aceptar la realidad de la situación y adaptarse a ella, construyendo su vida en base a sus posibilidades.

Estos estadios evolutivos cada persona los experimenta de un modo diferente y poseen un recorrido individual de mayor o menor positividad. Teóricamente, vemos el proceso de un modo lógico, pero cada una de nosotras a lo largo de los años hemos llevado un tipo de existencia que determina significativamente el afrontamiento de esta etapa que para muchas supone el fin de una vida útil. Tengamos en cuenta que básicamente no trabajamos para vivir sino que vivimos para trabajar, por lo que aunque deseemos desprendernos de esa lacra que la sociedad nos regala al nacer —el trabajo—, al desaparecer la actividad laboral es posible que carezcamos de recursos vitales para ocupar un tiempo que ahora nos sobra; aparte del hecho mismo de disponer de menos dinero. Haciendo una referencia leve al «mito de la caverna de Platón», si hemos vivido durante toda nuestra vida en una cueva, mirando a una pared, si de repente nos liberan y nos empujan a abandonarla, el mundo exterior nos parecerá amenazante y extraño. Algo parecido experimentan algunas jubiladas: se sienten inútiles, sin saber qué hacer con el tiempo que les sobra, dominadas por la impresión de que sólo les resta esperar la muerte. Entre un 10% y un 30% de las jubiladas tienen dificultades para adaptarse a la nueva situación vital, y experimentan una disminución en su calidad de vida.

Ante esta realidad es obvio que el tema central del debate sobre la jubilación no es cuestionarla en sí misma —esa sería una discusión para la sociedad ideal—, sino el proceso anterior de alienación laboral. Es decir, «deberíamos trabajar para vivir». Somos el animal que más tiempo y energía emplea en su supervivencia. La vida tendría que estar centrada en otros aspectos más edificantes como el amor, la fraternidad, el conocimiento y la creatividad.

El trabajo, hoy por hoy, tal y como está establecido en su generalidad, es un mal necesario para poder pagar las facturas, pero si reorganizamos nuestras prioridades, nuestra escala de valores, quizá pudiéramos desarrollar nuestra existencia de un modo más constructivo, de tal manera que llegado el momento, la jubilación supusiera verdaderamente una liberación y una continuidad con lo más valioso de nuestras vidas que no es seguramente el desempeño de una actividad laboral.

Artículo publicado en el periódico Rojo y Negro número 398, de marzo de 2025

9 feb 2026

Efectos patológicos del trabajo por turnos


Por Ángel E. Lejarriaga



Empezamos el año con información inquietante que es preciso tengan presente las organizaciones sindicales a la hora de defender la salud laboral de las trabajadoras. Un equipo de la Universidad de York en Canadá publicó un artículo en la revista Plos One (2023), en el que se ofrecían cifras sobre los perjuicios que produce el «trabajo por turnos» en la salud. La investigación analizó los datos obtenidos en alrededor de 47.000 personas con edades comprendidas en los 45 y los 85 años.

El conocimiento que se tenía antes de la realización de este estudio indicaba que el trabajo por turnos generaba las siguientes alteraciones psicosomáticas:

a) problemas de sueño, es decir, los ritmos circadianos se alteran y se produce insomnio, con los consiguientes riesgos sobre las facultades esenciales como la atención o la coordinación visomotora.

b) Sensación de falta de energía.

c) Aumento del riesgo cardiovascular y diabetes.

d) Dificultades para la conciliación de la jornada laboral y la vida personal; es decir, las relaciones sociales y sobre todo familiares resultan afectadas.

e) Como consecuencia de todo lo anterior, el tiempo libre se dedica fundamentalmente al descanso, a la recuperación de fuerzas para el trabajo, lo que conduce a disfrutar de menos tiempo con el entorno social: aislamiento social.

A partir de este perfil de riesgo, el equipo investigador canadiense intentó relacionar el trabajo por turnos y ciertas variables que indicaban deterioro cognitivo. Los resultados que obtuvieron indicaban que:

a) El 21 % de las personas que habían participado en el estudio se habían visto afectadas por el trabajo por turnos.

b) Había un mayor deterioro cognitivo entre éstas últimas.

c) Dicho deterioro estaba relacionado con la memoria en los casos cuyos turnos eran nocturnos y con la función ejecutiva en aquellos que habían sufrido turnos rotativos. Al final de la investigación, los autores concluyeron que “la alteración del ritmo circadiano” producida por este tipo de trabajo, tenía consecuencia negativas sobre la “función cognitiva”.

En un estudio posterior, se analizó el impacto del trabajo por turnos a largo plazo, y se observó que “en comparación con aquellas personas que nunca habían trabajado en turnos rotativos, las que lo habían hecho durante diez años o más, tenían un deterioro cognitivo mucho mayor”. Este segundo estudio también examinó lo que sucedía si se abandonaba el trabajo por turnos y comprobó que era “posible recuperar las capacidades cognitivas perdidas después de suspender este tipo de jornada laboral”.

Si nos referimos a España hay que destacar que existen cuatro millones de personas que trabajan por turnos según el INE (2 de cada 10). Como ya se ha dicho, este tipo de trabajo impacta en la conciliación familiar y en la salud, pero es que también incide en la productividad de las empresas. De hecho, las rotaciones de turnos y el trabajo nocturno son una importante causa de absentismo laboral y de bajas ocasionadas por accidentes laborales. La pérdida de calidad de vida y social influye negativamente en el rendimiento dentro de las empresas. Por edades, las personas más jóvenes y las de mayor edad son las más afectadas por este tipo de jornadas de trabajo. A partir de los cincuenta años la adaptación es más difícil; es decir, el tiempo necesario de recuperación física y mental es mayor. A esto se une la longitud del turno, lo que vuelve más compleja la situación: “no es lo mismo trabajar tres semanas alternando mañana, tarde y noche y librando la cuarta semana, que trabajar de lunes a viernes y tener el fin de semana para descansar” (Labayen, 2023). “Un trabajador cansado, con falta de sueño y con alteraciones en el sistema hormonal, desmotivado y con desequilibrios en su vida no rinde de la misma manera. Va a estar descentrado, le va a costar tomar decisiones y el tiempo de reacción ante un imprevisto va a ser mayor con lo cual el riesgo de accidente es considerable” (Santa Cecilia, 2023).

Consecuencias psicopatológicas posibles de lo dicho son: el Síndrome de Burnout, los trastornos de ansiedad y la depresión. Según el INE estos cuadros son la causa del 30 % de las bajas laborales en España. Los datos del Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo (INSHT) resaltan las consecuencias mencionadas anteriormente, a las que añaden el abuso de bebidas con cafeína, de tabaco y de alcohol, sustancias que se utilizan para hacer frente al agotamiento físico.

Hay sectores como el de la salud, la hostelería, la industria automovilística y la logística y distribución que mantienen su actividad 24 horas los 7 días de la semana.

Veamos algunas cifras resumen:

- 2 de cada 10 personas empleadas tienen un trabajo a turnos.

- 7 de cada 10 puestos de tarde los ejercen mujeres.

- 1,3 millones de trabajadoras faltan a sus puestos de trabajo por una baja médica.

- El INE informa de un aumento del absentismo laboral en el año 2023 que a su vez subió en el 2022.

Los datos y opiniones expuestas tendrían que ser analizados en profundidad; en síntesis, indican la necesidad de revisar la calidad de las relaciones laborales e “impulsar medidas de prevención que mitiguen estos riesgos” (Khan, 2023).

Publicado en el periódico Rojo y Negro, nº397 de febrero de 2025

7 ene 2026

Los trastornos psicológicos



Por Ángel E. Lejarriaga

Hace tiempo que las clasificaciones de problemas psicológicos (DSM y CIE) abandonaron el nombre de enfermedad para calificarlos como “trastornos”; sin embargo, en el ámbito médico, por regla general, se les sigue denominando como enfermedades. Los criterios que se utilizan para el diagnóstico son mecanicistas, existen listas de síntomas que lo conforman, sin demasiados matices; se afirma que un cuadro clínico es la consecuencia de una alteración cerebral de algún tipo, aunque nadie la haya demostrado, sólo hay hipótesis, entre ellas la serotoninérgica; según ésta, un neurotransmisor, la serotonina, se encontraría relacionado con los estados emocionales, y su desequilibro sería la fuente de muchos de los males psicológicos que nos aquejan. 

Al día de hoy se han unido a la lista de posibles causas biológicas otros neurotransmisores como la dopamina o la noradrenalina. El sistema DSM (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales), como ya he mencionado, peca de simplista a la hora de diagnosticar pero sin hablar de enfermedad. Algo hemos ganado; no obstante, según sus criterios, casi cualquier persona puede diagnosticar, incluso una máquina, sólo hay que coger el último DSM (el 5) y buscar el cuadro sintomático que se aproxime a lo descrito por él o la paciente. Hay que sumar un mínimo de síntomas para “acertar” con el diagnóstico. De la evaluación de esta colección de indicios o síntomas, se excluyen los datos biográficos, médicos o del momento vital que atraviesa el sujeto. Al instante, al diagnóstico se le asocia una medicación, sin considerar los posibles efectos secundarios; al paciente o a la paciente no se les informa de los mismos ni se les da la opción de elegir otra alternativa. Lo siguiente es observar cómo funciona el fármaco en la persona que lo toma; tengamos presente que hemos partido de la hipótesis de que es un desequilibrio de origen biológico.

Esta reflexión inicial nos lleva a cuestionar el término enfermedad adjudicado a los problemas mentales que es utilizado por el “modelo biológico” y a sustituir dicho modelo por el “biopsicosocial” que explica que la etiología de los trastornos mentales se derivarían de causas biológicas, psicológicas y sociales.

La aplicación de la expresión enfermedad es cómoda y lucrativa. Es cómoda para la medicina ortodoxa porque no tiene que implicarse con el paciente; también lo es para la sociedad pues descarga la responsabilidad del malestar sobre el sujeto que sufre; bien porque está “enfermo o enferma”, bien porque no es resiliente (no es capaz de resistir la adversidad que vive); por un lado se le exculpa de su desadaptación y por otro, según el contexto, se le culpabiliza. En consulta se observa que una mayoría de personas que a sí mismas se consideran enfermas, están más tiempo en tratamiento y responden peor a las terapias, entre otras cosas porque se encuentran desesperanzadas, en cuanto a mejoría se refiere, y tienen un comportamiento poco activo dirigido a lograrlo. Mientras que aquellas que consideran que su malestar es algo episódico, consecuencia de una situación vital penosa, tienden a responder mejor al tratamiento. Sobre los laboratorios farmacéuticos poco hay que argumentar, la enfermedad es un gran negocio para ellos, y si es crónica mejor.

No voy a negar que algunas personas se ven beneficiadas por el uso de psicofármacos, en clínica este hecho se observa a diario. Ahora bien, hay que considerar la posibilidad de que el resultado positivo obtenido proceda del “efecto placebo”; no podemos saberlo. Esto nos lleva a plantear un uso limitado en el tiempo de estos medicamentos, sobre todo de antidepresivos, antiepilépticos y antipsicóticos, cuya prescripción nunca debería ser exclusiva sino estar asociada a una terapia psicológica que ayude y acompañe al paciente a afrontar el momento de bloqueo que padece. Las benzodiacepinas funcionan bien, siempre con un uso mesurado de las mismas y en unos plazos de tiempo limitados; con respecto a ellas, sí está demostrada su eficacia a corto plazo.

Lo dicho nos llevaría a utilizar los psicofármacos sólo para tratar los síntomas puntualmente pero no el cuadro en sí; de eso se encargaría la terapia psicológica, la familia, los grupos de apoyo o en muchas ocasiones las trabajadoras sociales. Hay que aclarar que no siempre es necesario asociar un psicofármaco a un síntoma, en gran parte de las ocasiones existen alternativas terapéuticas eficaces. El diálogo entre los profesionales de la salud y las personas que sufren psicológicamente debería ser asequible y próximo, un acompañamiento, para que el problema origen del malestar quede bien definido y se puedan plantear estrategias de afrontamiento que ayuden a su superación. Algunos autores proponen que se empiece con tratamiento psicológico y después de un tiempo prudencial se revisen los resultados, y se valore si con la aportación de medicación se podrían mejorar. Desde luego, lo que habría que descartar de antemano es medicar a una persona durante años ante el riesgo de que al retirar dicha medicación recaiga.

A esto que menciono siempre va a haber excepciones, desde luego, no se puede tomar al pie de la letra. Hay cuadros clínicos graves que deben ser estudiados y tratados multidisciplinarmente, cuya consideración y tratamiento necesita un enfoque especial, que se aleja de la reflexión de este texto.

Este artículo se publico en el periódico Rojo y negro, nº 396, de enero de 2025

18 nov 2025

El miedo a la libertad



Por Ángel E. Lejarriaga



Erich Fromm (1900-1980), publica en EEUU El miedo a la libertad en el año 1941, Europa estaba dominada por nazis y fascistas. La evolución de las sociedades modernas había conducido hacia posiciones destructivas. Con el libro pretende dar una hipótesis explicativa sobre el autoritarismo, y la relación entre la «humanidad» y la libertad como principio identitario de la misma.

Fromm inicia su obra con la diferenciación entre «libertad negativa» y «libertad positiva». La primera se refiere a la «emancipación de restricciones como convenciones sociales implantadas por otras personas o por la sociedad»; para lograrla hay que luchar. Pero «este tipo de libertad por sí sola puede ser una fuerza destructiva a menos que esté acompañada por un elemento creativo», la libertad positiva, que implica un compromiso con los otros. La libertad positiva se referiría al «deseo del individuo de ser su propio dueño, y de realizarse plenamente; que sus decisiones dependan de sí mismo y no de fuerzas exteriores».

Fromm puntualiza que ese proceso de liberación puede llevar al individuo a la angustia. Lo compara con el proceso de individuación infantil a lo largo del desarrollo. Esta angustia no desaparece hasta que se remplaza la seguridad que proporciona la obediencia a los padres por otra seguridad por construir que se lograría usando la libertad positiva. El nuevo orden a surgir puede tener matices diferentes pero con una estructura de dominación semejante; la sumisión a un sistema autoritario consigue «eliminar la incertidumbre prescribiendo qué pensar y cómo actuar». Fromm considera que esta forma de actuar es un proceso dialéctico en donde la situación original es la tesis y la emancipación la antítesis. La síntesis sería el reemplazo del orden original por otro que transmitiera al sujeto seguridad. Pero matiza que el nuevo sistema no tiene por qué ser mejor que el abandonado.

El autor hace hincapié en que «los cambios en las condiciones sociales originan cambios en el carácter social». Lo nuevo produce incertidumbre. Nuevas necesidades crean nuevas angustias. Si el ser humano busca estabilidad, las nuevas ideas o las rechaza de plano o busca encontrar con ellas un nuevo equilibrio. Si la vida es constante cambio, entonces, las sociedades humanas pueden buscar la estabilidad mencionada en ideas y conductas que no siempre están en línea con el bien común.

Comportamientos posibles ante la angustia:
  • Autoritarismo: una persona autoritaria desea ganar control sobre los demás para imponer algún tipo de orden y también desea someterse a una fuerza superior que puede ser otra persona o una idea abstracta.
  • Destructividad: una personalidad destructiva desea destruir todo lo que no pueda controlar.
  • Conformidad: está presente cuando la gente incorpora inconscientemente las creencias, normativas y procesos de razonamiento de su sociedad y las considera propias.
Sobre la ideología nacionalsocialista Fromm concluye que la estructura psicológica de la sociedad alemana que surge tras la Primera Guerra Mundial buscaba un nuevo orden que restaurara el orgullo nacional. Adolf Hitler (1889-1945) deseaba dirigir Alemania en nombre de una idea superior de raza (una autoridad superior). Sus ideas resultaron atractivas para las clases medias que buscaban seguridad. Afirma que una parte de la población apoyó al régimen nazi sin cuestionarse sus actos y consecuencias, «sin admirar su ideología»; otra parte se sintió atraída por dicha ideología a la que se vincularon fanáticamente. La clase obrera había mantenido hasta entonces una lucha constante para alcanzar unos derechos universales que obviamente después tenía que defender; no obstante, esa misma clase obrera se situó del lado de los opresores.

Las adaptaciones del ser humano a los cambios son diferentes:
  • La adaptación estática es una forma de asunción de las normas que deja inalterada la estructura del carácter social e implica la adopción de un nuevo hábito.
  • La adaptación dinámica consiste en aquella adaptación que sí produce cambios en la estructura del carácter. Los impulsos destructivos en los grupos sociales son un ejemplo de adaptación dinámica a condiciones sociales irracionales y perjudiciales para nuestro desarrollo.
Hay tendencias que constituyen una parte indispensable de la naturaleza humana que han de ser satisfechas, como el hambre, la sed, el sueño, etcétera. La satisfacción de estas tendencias está relacionada con la supervivencia. Hay otras que también tienen que ser satisfechas como las de relacionarse con el mundo exterior (conexión), evitar el aislamiento. La falta de «conexión» con valores, símbolos o normas, que podríamos llamar soledad moral, es tan insoportable como la soledad física, o más bien la soledad física se vuelve intolerable tan sólo si implica también soledad moral.

Esta conexión moral con el mundo puede producirse a través de la religión y el nacionalismo. Si logran unir al individuo con sus congéneres, constituyen refugios contra el aislamiento.

El ser humano en la medida que ejecuta su proceso de individuación y gana en libertad, se encuentra con la disyuntiva de unirse al mundo en la «espontaneidad del amor y la creatividad» o bien busca otra forma de seguridad, aunque para ello tengo que acabar con su individualidad y su libertad.

Fromm no tiene soluciones, dice que «sólo hay un significado para la vida: el acto de vivirla», y advierte que para estar en contacto con la mencionada humanidad «es necesario estar en contacto a su vez con aquellos con los que se comparte el mundo», es decir, un contacto horizontal próximo.

El ser humano piensa, siente y quiere lo que él cree que los demás suponen que él debe pensar, sentir y querer; en este proceso pierde su identidad sobre la que debería construir su libertad individual.

En El miedo a la libertad se exponen las frustraciones del ser humano con respecto a la libertad, y es un anticipo de lo que estamos viviendo en el siglo XXI.


10 nov 2025

Nuestra esperanza de vida es menor porque vivimos peor



Por Ángel E. Lejarriaga


El título de este artículo afirma que la esperanza de vida es diferente según el barrio en el que vivimos. Ya hemos escrito con esta perspectiva y desde diferentes puntos de vista en ocasiones anteriores. Hacemos hincapié en ello porque los datos circulantes así lo confirman: «Un habitante de Boadilla del Monte tiene una esperanza de vida de 86,1 años, mientras que uno de Parla vive en promedio 82,5 años». Si se comparan dichas esperanza de vida entre los pueblos del norte de la Comunidad de Madrid y los de sur, salen perdiendo estos últimos. 

Es obvio que hablamos de desigualdad social y de precariedad. Vivimos menos porque vivimos peor. Hablamos de calidad objetiva y subjetiva de vida, eso que llamamos felicidad. El grado de felicidad de los habitantes de los pueblos del norte de la CAM está directamente relacionado con factores como el entorno natural, la renta y los servicios públicos de que disponen. Madrid, según el CIS, tiene una puntuación de felicidad de 7,28 sobre 10. Estos datos son globales. No los poseemos pueblo a pueblo. No obstante, el tema de las diferencias en esperanza de vida nos da pistas de por dónde pueden ir esas cifras, de encontrarse. 

Se puede hipotetizar que en las áreas geográficas de cualquier punto de España en las que lo niveles de ingresos son mayores, así como la calidad de sus servicios, la felicidad aumenta. En el caso de Madrid, comparados los pueblos del norte y el sur, el norte gana. ¿Por qué? Las principales causas de la diferencia en la esperanza de vida entre el norte y el sur de Madrid se deben a factores que están íntimamente relacionados:

· Desigualdad económica: los municipios del sur tienen rentas anuales más bajas que los del norte. Esto afecta al acceso a recursos y servicios esenciales como la salud y la educación.

· Condiciones laborales: el sur tiene tasas de empleo más bajas, trabajos menos estables y precarios, lo que correlaciona con problemas de salud a medio y largo plazo.

· Sanidad: los servicios de salud varían tanto en lo que se refiere a instalaciones como en el acceso a dichos servicios médicos.

· La calidad medioambiental no es la misma en el norte que en el sur. En el sur hay mayor densidad de población y mucha más contaminación debido a la concentración industrial.

· Las áreas más prósperas suelen tener más opciones para una vida saludable.

Vivimos peor porque estamos segregados y confinados en lugares que carecen de recursos que garanticen la igualdad de oportunidades. Hablamos de capitalismo, desde luego. Este sistema siempre ha generado guetos bajo diferentes formas de presentación. A pesar de que hoy en día la mayor parte de la clase obrera no se defina como tal y utilice el calificativo de clase media, lo cierto es que si la renta no nos acompaña, pasamos a ocupar el puesto que las relaciones de dominación capitalista nos ha asignado, nos guste o no. No soportamos estas condiciones de vida por arte de magia, sino porque formamos parte de la clase explotada a la que se ningunea derechos fundamentales, entre otras cosas porque ni los exigimos ni los defendemos cuando ya los tenemos.

El afrontamiento de esta situación en la que se cuestiona nuestro tiempo de vida, algo que desde luego no es nuevo ni nos sorprende, posee dos enfoques, uno reformista y otro ciertamente revolucionario. ¿Qué exigiría el enfoque reformista? Políticas publicas dirigidas a reducir las desigualdades sociales, aumentar las inversiones en servicios públicos y programas que palíen las deficiencias antes mencionadas. Invertir en salud, algo que está prácticamente abandonado a nivel público, al menos en atención primaria; aumento del personal sanitario y las infraestructuras asistenciales. Políticas de vivienda social asequible, fundamentalmente en alquiler. Reparto del empleo. Programas que apoyen a las familias de bajos ingresos. Estas medidas podrían ser paliativas a corto y medio plazo del mal que vivimos. Ahora bien, la pregunta que nos hacemos es, ¿por qué las autoridades públicas van a hacer todo esto si nadie lo está exigiendo? Tenemos un problema de deficiencia en calidad de vida y también un grave problema de deficiencia en nuestra capacidad de lucha que supone una rémora a la hora de conseguir mejoras por pequeñas que sean. Lo propuesto es un enfoque posibilista. Pero existe otro, el fundamentado en la solidaridad, el apoyo mutuo y la autoorganización de la clase.

Conocemos cuáles son nuestras necesidades básicas y las consecuencias que su déficit genera en nuestras vidas. A partir de ahí, definido el problema, el siguiente paso es buscar soluciones. No hay transformación sin acción. En los pueblos del sur la sociedad civil debería organizarse al margen de la clase política, de las instituciones, y tras realizar un inventario de recursos propios, planificar acciones a corto, medio y largo plazo. Partimos del principio de que lo «queremos todo», si bien somos pacientes y aplicaremos la táctica más conveniente en cada momento según nuestras fuerzas. Son compatibles las reivindicaciones reformistas, como exigir a las autoridades que nos devuelvan lo que nos quitan, tanto en el trabajo, como vía impuestos. No pedimos, exigimos lo que es nuestro. Pero además, nos autoorganizamos porque sabemos que cualquier derecho que consigamos hay que mantenerlo en el tiempo, y esas mismas autoridades aprovecharán cualquier oportunidad o signo de debilidad por nuestra parte para sustraérnoslo. Ese ha sido su quehacer histórico. Los derechos se defienden si no se quieren perder. Desde abajo debemos construir esa sociedad que queremos para el futuro, lucharemos sin tregua pero también levantaremos alternativas próximas de salud, de empleo, de ocio, medioambientales, culturales. Lo haremos desde nuestros intereses, sin cejar en nuestro empeño. Queremos autogestionar la educación, la sanidad, la vida social y cultural de nuestros pueblos. Esa es nuestra visión. Tenemos que ponernos en marcha. Nos va la vida en ello.

Artículo publicado en el número 393 del periódico Rojo y Negro de septiembre 2024


22 sept 2025

Vivimos un secuestro permanente



Por Ángel E. Lejarriaga


El título del artículo puede resultar rimbombante, pero en absoluto peca de exagerado. A diario nos llegan informes que hablan de nuestro estado de salud y su posible etiología; todos a cual más catastróficos. Señalan lo dañina que es la gentrificación, la precariedad laboral, la crisis climática, los problemas de vivienda, el aumento de los suicidios, la soledad y el abandono en el que viven las personas mayores; así un sinfín de relatos estremecedores a los que, por tan repetidos, nos llegamos a acostumbrar con fatalismo. Son cifras y más cifras sobre la calidad de vida que perdemos, que miramos con escepticismo y hasta con una distante incredulidad. Quiero citar dos informes que hemos recibido recientemente para luego reflexionar sobre la idea «de no esperar que nuestros problemas se solucionen a través de dioses ni de instituciones», sólo la autorresponsabilidad y la voluntad organizada puede sanarnos de nuestros males; la pelota está en nuestro tejado y somos nosotras las que tenemos que jugar la partida cueste lo que cueste.

Vayamos por partes. Un dato para la desesperación: «En España, el 13.5 % de la población sufre soledad crónica». Pero en contra de lo que se podría esperar, «la soledad no deseada está extendida entre la juventud, con una prevalencia 14 puntos porcentuales superior a la media». Obviamente, esto nos lleva a constatar que la salud mental de estas personas está afectada en mayor o menor medida. El estudio lo ha realizado la Fundación ONCE (Informe Barómetro de la Soledad no deseada en España 2024).

Revisemos otras cifras: «La soledad no deseada es más frecuente entre las mujeres que entre los hombres: 21,8% contra 18,0%», «la calidad de las relaciones familiares y sociales y el grado de satisfacción con la cantidad de estas son factores clave para la soledad», «hay una relación inversa entre soledad y nivel educativo», «la soledad está relacionada con la capacidad económica, a menor capacidad mayor soledad no deseada», «la salud mental está relacionada con la soledad no deseada. La mitad de las personas con problemas de salud mental sufren soledad no deseada», «el 43% de las personas que sufren soledad han tenido pensamientos suicidas o autolesivos», «las personas con discapacidad, personas migrantes y personas LGTBIAQ+ presentan mayor prevalencia de soledad no deseada».

Por último, cito algunos datos sobre precariedad laboral, fenómeno estructural que se extiende por gran variedad de puestos de trabajo y que afecta a nuestra salud mental. España es uno de los países de la Unión Europea con mayor tasa de población ocupada en riesgo de pobreza y exclusión social. Según el informe PRESME (Precariedad laboral y salud mental): «más de la mitad (50,8%) del mercado laboral en España (23,4 millones de personas, incluyendo las desempleadas) está en situación de precariedad».

A lo largo de los últimos artículos que hemos publicado en Rojo y Negro sobre psicología, hemos destacado cómo existe una correlación entre los fenómenos sociales que nos afectan en nuestra vida cotidiana y nuestra salud, tanto física como psicológica. Las alternativas hasta ahora han sido enmarcadas dentro de un contexto clínico asistencial. En algún momento hemos expuesto que hay un problema de base que es el propio sistema capitalista.

Ante este aserto que puede parecer evidente, es decir, que nuestro modo de vida nos hace infelices, insatisfechas, ansiosas, depresivas, y nos convierte en suicidas potenciales, tenemos necesariamente que ofrecer como alternativa sana la «utopía», la revolución es saludable, ser revolucionario es saludable, luchar contra el capitalismo es saludable, organizarnos en sindicatos anarcosindicalistas es saludable, imaginar un mundo nuevo sin clases, sin propiedad privada, sin Estado (comunismo libertario), en el que impere la fraternidad universal y el apoyo mutuo, es más que saludable.

Nuestro cerebro construye simbólicamente el mundo real en base a los sistemas de creencias que nos «secuestran» desde pequeñas. La familia, el colegio, el grupo de amistades, el mercado laboral, la Iglesia, el Estado, los medios de comunicación, las redes sociales, nos enseñan a obedecer, a someternos, a asumir sin crítica las relaciones de dominación, a callar en sí, a no contestar a la injusticia. Estas enseñanzas modulan nuestro sentir y nuestras conductas. A corto plazo obedecer es cómodo; cuando constatamos que no nos conduce al bienestar precisamente, nos declaramos en crisis y entramos en una espiral de fatalidad y pesimismo, de desesperanza.

Es evidente que romper este círculo vicioso que se origina en la obediencia y en las expectativas frustradas que acaban en fatalismo, no sólo se puede afrontar con pastillas y una «terapia» mágica que va a poner punto y final a nuestro malestar. El elemento más importante sobre el que actuar será nuestra propia individualidad, nuestra identidad personal como ser pensante, activo y crítico. Si nuestro plan de vida inspirado por el sistema capitalista, generación tras generación, ha demostrado ser insatisfactorio y demoledor, ¿no deberíamos modificarlo por otro novedoso que nos inspirara ilusión? Sí, esperanza, alegría de vivir y de soñar con una forma de existencia diferente. Ese nuevo plan ya se elaboró hace tiempo. De este modo, nuestra conciencia individual debería primero nutrirse de memoria, de esos hechos que forman parte de la historia colectiva de nuestras sociedades, eventos que fueron forjados por otras generaciones que se sublevaron contra la opresión y señalaron el camino; que pugnaron por hacer una revolución. Las décadas han pasado y las personas que somos hoy poseemos esa historia como patrimonio propio, y en base a ese conocimiento, si queremos sanar nuestras vidas, aprenderemos de él y lo convertiremos en nuestra enseña, adaptada a los usos de hoy. El mejor antidepresivo es revolucionar la vida cotidiana. La rebelión es fuente de alegría. La lucha el camino hacia nuestra liberación mental y material.

Publicado en el periódico Rojo y Negro, número 392, de septiembre de 2024

13 abr 2025

Calidad de vida y bienestar psicológico


En el año 2023 se publicó un interesante estudio en la revista Apuntes de Psicología, firmado por Isidro Maya-Jariego, Elena González-Tinoco y Andrés Muñoz-Alvis, de título: «Frecuentar lugares de barrios colindantes incide en el sentido psicológico de comunidad: estudio de caso en la ciudad de Sevilla». En este artículo queda patente que los barrios son una fuente de recursos que nos sirven de protección frente a los estresores de la vida cotidiana. Es un hecho obvio que las características del lugar en el que vivimos generan unas condiciones de vida, y que un bienestar mejor o peor está relacionado con éstas. Es decir, la inmersión permanente en un contexto estresante provoca no sólo una disminución de nuestra calidad de vida, sino un deterioro en nuestra salud física y mental.

El artículo establece una relación directa entre pobreza, desigualdad y salud. La literatura científica publicada al respecto lo ha confirmado con anterioridad, y establecido que los barrios de bajos ingresos tienen una tasa mayor de problemas de salud: más elevada mortalidad, mayor prevalencia de enfermedades crónicas y enfermedades cardiovasculares, así como un empeoramiento significativo de la salud mental y el consumo de psicofármacos. El estudio hace hincapié en que «una exposición continuada a condiciones físicas insalubres o a circunstancias estresantes (por ejemplo, hacinamiento, acumulación de basuras, contaminación, ruido del tráfico), puede tener un efecto directo en el deterioro de la salud; mientras que la existencia de zonas verdes y parques (junto con otros escenarios en los que se pueda realizar ejercicio físico) se relacionan con una menor prevalencia de obesidad, diabetes e hipertensión». En el mismo estudio se destaca que las zonas urbanas mejor dotadas de servicios correlacionan con niveles menores de sintomatología ansioso-depresiva.

En lo que se refiere al entorno social, se observa que una convivencia continuada con situaciones violentas, vandalismo, delincuencia, falta de servicios públicos, abandono de infraestructuras urbanas, consumo y tráfico de estupefacientes en los espacios compartidos, influyen de un modo negativo en la salud en general, afectando a las personas residentes de manera distinta, pero siempre en una única dirección, la enfermedad. Son destacables el aumento de los trastornos mentales: ansiedad, insomnio, depresión, irritabilidad y en última instancia problemas del comportamiento. Sobre esto último hay que decir que en las personas más jóvenes, la presencia constante de conductas que afectan al bien común, denominadas como antisociales o anómicas, provocan mimetismos en éstas; aprenden o imitan dichas conductas, bien como formas de evasión, bien como señas de identidad con las que trascender su condición social precaria, caracterizada por la desesperanza ante el futuro.

En el estudio también se destacan otros aspectos interesantes que podrían indicarnos una línea de trabajo a seguir en los barrios, siempre actuando a nivel comunitario; lo mismo que las zonas urbanas precarizadas son fuente de deterioro de la calidad de vida, también pueden ser fuentes de protección frente a situaciones estresantes y a las problemáticas derivadas de la vida cotidiana. Por ejemplo, la participación en la gestión de recursos urbanos, el apoyo mutuo entre vecinos, la disponibilidad de servicios comunitarios, en sí la autoorganización vecinal; todo esto genera una mayor cohesión en los vecindarios y la convivencia, mejora la salud en general y disminuye la probabilidad de padecer un trastorno mental. El británico Johann Hari en su libro Conexiones perdidas (2019) pone numerosos ejemplos sobre este tema registrados en EEUU. Es decir, las personas que viven en barrios con menor calidad de vida se sienten aislados y desesperanzados con respecto a su futuro a corto y largo plazo.

El estudio que se cita en este artículo se ha llevado a cabo en cuatro barrios limítrofes en la Ronda del Tamarguillo (Sevilla), caracterizados por ser zonas urbanas con diferentes niveles de recursos socioeconómicos. En la investigación participaron 225 residentes. Los resultados citados más arriba, además, han ofrecido evidencias relevantes sobre el hecho de que los residentes en las zonas más vulnerables tienen un menor sentido de comunidad, y se interesan más por otros barrios con mejores condiciones urbanas, en detrimento del interés que muestran en su propio contexto vivencial. Estos datos han llevado a los autores de la investigación a concluir que un desapego de tu propia zona de residencia conduce necesariamente a un alejamiento de la búsqueda de soluciones comunitarias y por tanto a un distanciamiento emocional y vivencial entre las propias vecinas: «un fuerte sentido psicológico de comunidad se relaciona con mayores niveles de participación comunitaria y compromiso cívico, y contribuye de forma positiva al bienestar psicológico y a la percepción de seguridad y protección».

Artículo publicado en el periódico Rojo y Negro, número 390, de junio de 2024  

15 ene 2025

Drogas y adolescencia



Por Ángel E. Lejarriaga



Sin el deseo de ser alarmista, las cifras de consumo de alcohol y drogas que se publican en los distintos estudios epidemiológicos no dejan de llamar la atención sobre la magnitud del problema. En este artículo se hace referencia a la relación existente entre la adolescencia —etapa de la vida considerada por algunos especialistas como patológica en sí misma— y el inicio en el contacto con el alcohol, el tabaco y otras drogas. En el caso del alcohol se afirma que el 73.9 % de las adolescentes lo han consumido y en lo que se refiere al tabaco, el 38.2% ―sobre el cannabis se da la cifra de un 28.6%, éxtasis 3.1%, cocaína 2.7% y alucinógenos 1.7%―; si consideramos que el alcohol y el tabaco suelen consumirse al comienzo de una hipotética escalada hacia las drogas denominadas duras, no queda más remedio que detenernos a reflexionar sobre las consecuencias de este uso poco saludable y peligroso.

En estudios recientes se ha tratado de averiguar la influencia que pudiera existir entre el estrés y el consumo de drogas en esta importante etapa del desarrollo. Desde los años sesenta se ha reconocido al estrés como un factor presente en conductas de riesgo relacionadas con el abuso de sustancias. Ni que decir tiene que la adolescencia está cargada de vivencias de alta intensidad que provocan ansiedad: cambios corporales de origen hormonal, despertar de la sexualidad, desarrollo de la identidad individual y, por supuesto, el aumento de la exigencia académica y social, en cuanto a responsabilidad se refiere. En este contexto autoevaluativo, una visión poco halagüeña sobre el futuro a corto y medio plazo, fracaso escolar y expectativas laborales incluidas, ponen en dificultades el desarrollo de una autonomía material y psicológica imprescindible.

¿Estos cambios mencionados pueden conducir al consumo de drogas? La respuesta no es concluyente, pero sí podemos afirmar que generan una vulnerabilidad propicia para su tolerancia. El uso de sustancias peligrosas para la salud puede aliviar la presencia de ansiedad y depresión; y facilitar la adaptación en el grupo de edad. Desde luego, es una forma inadecuada de manejar los eventos estresantes pero asequible, y a corto plazo satisfactoria. En cualquier caso, en la adolescencia, sus protagonistas, hombres y mujeres, tienen que aprender a vivir con la posibilidad de las drogas en sus espacios de ocio; esto quiere decir que tendrían que tener clara una posición sobre la utilización o no de tal opción. Adquirir estas habilidades tendría que ser prioritario durante su proceso de socialización, fundamentalmente dentro del grupo familiar y del ámbito escolar; teniendo siempre presente la baja percepción que tiene la sociedad sobre el riesgo para la salud que suponen las drogas legales (alcohol y tabaco) y las denominadas blandas. De hecho, el consumo de estas sustancias está asumido por gran parte de la población. La facilidad de acceder a ellas, asociada a los factores de riesgo, acrecienta su uso y abuso.

Ante tal hecho, resulta evidente que la prevención tendría que ir encaminada a capacitar a las adolescentes para afrontar estos factores de riesgo de una manera solvente —en un sentido constructivo—, protegiendo su salud y evitando de paso las consecuencias que el contacto con sustancias adictivas, sean legales o ilegales, le acarreará a medio plazo. También, debería detectar a las personas más vulnerables, psicológicamente hablando, para intervenir sobre ellas antes de que se produzca el contacto con «sustancias» paliativas de su malestar.

A este nivel sería interesante, por no decir imprescindible, empezar a trabajar con los niños y niñas, preparándolas no sólo para los cambios biológicos que les esperan en breve, sino también para rechazar los consumos dominantes en la sociedad: alimentación basura, exceso de horas ante las pantallas, compras compulsivas y consumo de alcohol, tabaco y otras drogas. Estos planteamientos parecen obvios pero en muchas ocasiones suelen entrar en contradicción con las conductas que se observan en los adultos. Con atrevimiento se podría decir que vivimos en una sociedad «adicta», y que la gente más joven no hace más que imitar los comportamientos de sus mayores.

¿Qué estrategias concretas habría que poner en marcha? Como ya se ha dicho, primero habría que explicar a las personas adolescentes lo que significa la etapa por la que están pasando, su causalidad biológica y la metamorfosis psicológica que en ella se produce. En ese contexto psicoeducativo, les reforzaríamos la autoestima, les entrenaríamos en el desarrollo de un pensamiento crítico que les capacitara para decir «no» cuando llegara el momento, a las ofertas «lúdicas» poco saludables que les van a salir al paso. Hay que enseñarles, además, que esa sensación de «grandiosidad» personal que les va a dominar durante un tiempo es provisional, que no son inmunes, ni inmortales, que sus acciones tienen consecuencias y en gran parte son responsables de las mismas. Podríamos hacerles ver, también, que el hecho de ser adolescente no es una categoría especial que merezca privilegios especiales: es simplemente una edad, un período evolutivo temporal que pasa sin más.

A los padres y educadores tendríamos que explicarles esto paralelamente. Habría que decirles que los chicos y chicas actúan así en parte porque su biología les impulsa a ello, pero también porque son el resultado de una sociedad cuyos valores se fundamentan en el «consumo» y en la satisfacción inmediata de los deseos.

En resumen, hacer prevención sobre el consumo de drogas en una etapa tan difícil como lo es la adolescencia; supone preparar a nuestros hijos e hijas para una edad que no van a comprender hasta que haya pasado y, sobre todo, para afrontar un modelo de vida que a los adultos nos hace enfermar debido al estrés y a la falta de realización personal a que nos somete.

Publicado en el periódico Rojo y Negro nº 389 en mayo de 2024

9 dic 2024

Cómo ayudar a un enfermo mental grave


Por Ángel E. Lejarriaga



Es un hecho demostrado y publicado que la salud mental de la población europea ha ido empeorando progresivamente en los últimos cincuenta años. Los tratamientos asistenciales, sobre todo los patrocinados por la protección social de los diferentes estados, se fundamentan en el uso de fármacos. Nadie habla de la “sociedad del malestar”; es decir, de la etiología del problema. Se atiende a los síntomas pero no se buscan las causas.

La salud mental es uno de los muchos retos que la sociedad moderna tiene que resolver en el siglo XXI, no solo en España sino en el mundo. Después de la Segunda Guerra Mundial los problemas mentales se han duplicado; a pesar de ello, los recursos que se han empleado en su tratamiento han ido disminuyendo progresivamente hasta llegar a casos como el del estado español en el que prácticamente sólo existe presupuesto para recetar fármacos a los pacientes, que pocas veces ayudan aunque palien en alguna medida su malestar. Esta forma de actuar no hace más que cronificar el sufrimiento de las personas afectadas. Es de suponer que la presión de las multinacionales farmacéuticas tendrá algo que ver en el problema.

Aunque son muchos los trastornos psicológicos que pueden aquejarnos, se suele considerar como enfermedad mental grave a aquella que produce alteraciones incapacitantes a nivel cognitivo, afectivo y social. Quizá los trastornos más asociados a esta descripción sean la esquizofrenia y el trastorno bipolar. En ambos casos la persona afectada no tiene un contacto racional con la realidad y puede padecer distorsiones perceptivas lo suficientemente graves como para impedir su desarrollo individual e integración social. Estas personas, a su vez, pueden perder gran parte de su autonomía por lo que suelen depender en gran medida de las familias.

Desde los años 70 se viene trabajando en modelos de apoyo familiar que contribuyan a mejorar tal situación y faciliten la incorporación activa de las afectadas a la sociedad. Dichos modelos pretenden que los allegados posean conocimientos sobre el trastorno en cuestión y entiendan las consecuencias que éste tiene en la vida cotidiana; también pretenden enseñarles a resolver los problemas diarios de un modo no estresante.

Existen varios modelos de intervención que han demostrado experimentalmente su eficacia: el Modelo de Anderson, el Modelo de Leff, el Modelo de Fallon y el Modelo de Tarrier. Todos enfocan el trato con las familias con una actitud positiva, centrada en no culpabilizar y reconocer el esfuerzo que realizan; establecen un vínculo de apoyo sólido con las mismas, haciéndoles ver que los profesionales van a estar siempre disponibles en los momentos difíciles. La relación con ellas se centra en problemas concretos que van surgiendo en cada caso, tratando de favorecer expectativas racionales sobre la evolución del paciente en el futuro.

Los objetivos a conseguir en todos estos modelos son: a) Informar sobre el problema de la persona enferma: etiología, evolución y posibles tratamientos; b) Enseñar a manejar el estrés que genera el contacto diario con ella y especialmente en las fases agudas del trastorno y c) Establecer metas razonables.

Los estudios que se han desarrollado sobre la eficacia de estos modelos de intervención sugieren que el tiempo que necesitan las familias para estar preparadas para afrontar la situación de convivencia con una enferma mental grave es largo: alrededor de dos años. También se ha constatado experimentalmente, que tras este tipo de tratamientos las pacientes tienen menos recaídas y son capaces de mantener la medicación por sí mismas. Además, mejoran su calidad de vida en todos los aspectos —desde la higiene hasta las relaciones interpersonales—, así como la de las personas que conviven con ellas, y facilitan su rehabilitación psicosocial.

En España se han aplicando puntualmente varios programas en esta línea de actuación con buenos resultados pero por desgracia no se han generalizado a toda la población afectada porque las distintas administraciones, como ya se ha mencionado, no destinan recursos económicos para este fin.

Las claves de actuación con una persona afectada por un trastorno mental son las siguientes:

a) Es relevante tener presente las peculiaridades de cada individuo y los contextos en los que la relación se produce. No existe un patrón igual para todas las personas, sólo líneas de actuación.

b) Hay que intentar establecer un diálogo cómodo con la afectada. En ocasiones resulta complejo iniciar una simple conversación sobre el problema que la aqueja.

c) Empezaremos por expresar nuestro malestar ante lo que le está sucediendo y nuestra disposición a escuchar sus quejas y necesidades. Le manifestaremos nuestro apoyo incondicional sin presuponer sus necesidades. Para obtener esta información lo mejor es preguntarle.

d) Obtener datos sobre el trastorno que aqueja a la persona que intentamos ayudar. Cuanta más información poseamos más fácil resultará la intervención.

e) Debemos tener presente que el trastorno que afecta a nuestro ser querido puede ser de larga duración por lo que cuidaremos mucho mostrar impaciencia y hacer recriminaciones o culpabilizar.

f) Hay que establecer objetivos factibles de lograr, expectativas realistas. Cualquier tipo de recuperación o rehabilitación difícilmente va a ser sencilla, sobre todo en casos más incapacitantes como esquizofrenia, trastorno bipolar o trastornos ansioso depresivos cronificados.

g) En ocasiones la persona cuidadora tendrá la impresión de que el apoyo que presta no ofrece un resultado palpable. No hay que desanimarse, tal vez la persona que cuidamos aunque no entienda claramente lo que estamos haciendo, sí entienda que estamos presentes en su vida de manera incondicional y que puede contar con nosotras para afrontar sus crisis y malestares.

h) Es obvio decir que hay que buscar ayuda externa, tanto para la persona que padece el trastorno como, en ocasiones, para nosotras mismas. Cuidar a alguien, independientemente de su gravedad, es un estresor que afecta a nuestro sistema nervioso y a nuestra calidad de vida en general. En ocasiones será necesario que establezcamos límites puntuales para poder resistir la totalidad del viaje que suponen los cuidados que estamos proporcionando.

 Publicado en el periódico Rojo y Negro nº 388 en abril de 2024


7 oct 2024

Psicología de la servidumbre voluntaria

Por Ángel E. Lejarriaga


“Con duro trabajo la harás producir tu alimento durante toda tu vida. La tierra te dará espinos y cardos, y tendrás que comer plantas silvestres. Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste formado, pues tierra eres y en tierra te convertirás”. (Génesis 3:19)

Así sentenció dios al hombre y a la mujer al expulsarles del Paraíso por comer del árbol del bien y del mal. Muy piadoso, obviamente, no fue con las debilidades de nuestros “primeros padres”, inexpertos a la hora de lidiar con la “autoridad”. El caso es que esa frase lapidaria “te ganarás el pan con el sudor de tu frente” es una especie de maldición. Y de ahí parte esta reflexión sobre el “trabajo” y las bondades que sobre éste predica un empresariado entusiasta con la “psicología positiva”; es decir, psicología del autoengaño, de la alienación y de mentiras interesadas.

Hace tiempo que los departamentos de recursos humanos descubrieron los beneficios de tener a las plantillas contentas. Para ello borran de su inconsciente colectivo la mentada maldición bíblica; luego, sin proporcionar a dichas plantillas buenos salarios, aumentos en sus vacaciones o una disminución de su jornada laboral, las gratifican “emocionalmente”, absorben el discurso ecologista, antirracista, antihomofóbico o feminista, con un toque contestatario, y lo convierten en su discurso; así lo transmiten en la publicidad y lo venden a sus empleadas como beneficio intrínseco. Además, les proporcionan algunos descuentos en la compra de sus productos; eso si han cumplido con los planes de producción previstos. De este modo, son felices; tienen trabajos embrutecedores, precarios, sin perspectiva de progreso, pero sonríen satisfechas porque la empresa sintoniza con los valores de su tiempo. ¿Y la conciencia de ser explotadas dónde queda? 

El discurso contra el trabajo no es de ahora, Paul Lafargue defendió el “derecho a la pereza” en contraposición al “amor al trabajo” que una parte del proletariado manifestaba, como si la empresa fuera suya, como si supusiera riqueza para la sociedad; en realidad lo es pero para las juntas directivas, para las accionistas, no para la clase trabajadora. El discurso del trabajo bien hecho, del amor al trabajo, es una cadena más que nos impone el “sistema”, con la que nos estrangula más si cabe. El trabajo es una desgracia. ¿Cuántas horas empleamos al día en acudir a nuestro puesto de trabajo, en la jornada laboral y en recuperarnos del esfuerzo empleado? ¿Tal vez 18 horas? ¿Cuántas nos quedan entonces para disfrutar de nosotras mismas? Tenemos que comer, abastecernos de alimentos, asear nuestras casas y a nosotras. El resultado de este cálculo es aterrador. Nacemos para ser mano de obra, más cara o más barata, pero en última instancia simples herramientas que se compran y se venden al mejor postor. Cada vez que alabamos nuestro empleo —obviando el hecho de que somos meros explotados—, reproducimos la ideología dominante. Necesitamos pagar facturas pero no necesitamos trabajar, digamos que lo hacemos porque no nos queda otra alternativa. Claro, podríamos hacer una revolución y cambiar el curso de la historia, pero eso da miedo y no lo vemos factible, no nos lo da tanto emplear el ochenta por ciento de nuestro tiempo de vida en la mera supervivencia.

El empresariado no es nuestro amigo, una empresa no es un club social, no somos unas privilegiadas por tener empleo, sólo cerramos el círculo trazado por el orden vigente. Unas personas descargan camiones, otras los conducen, otras ordenan el reparto, luego está quien mueve la documentación. Unas pasan la jornada laboral de manera más cómoda, otras menos, pero todas, sin lugar a dudas, malgastamos nuestro tiempo de existencia en “ganar el pan con el sudor de la frente”. No nos equivoquemos, no confundamos vender nuestra fuerza e inteligencia con la satisfacción de nuestros anhelos, no es cierto. Despilfarramos tiempo y éste es irrecuperable. Nuestro valor fundamental no es simplemente subsistir, éste se encuentra en el tiempo libre, en crear, en adquirir conocimientos, en gozar en comunidad de la amistad, del amor, justamente lo que no hacemos. Las empresas pretenden hacernos creer que ellas son nuestra familia, nuestro lugar de encuentro, la posibilidad de satisfacer nuestros deseos más íntimos. “La servidumbre voluntaria” de La Boétie se manifiesta en todo su esplendor. Alguien ha dicho que en nuestros empleos nos “roban el alma”, es un metáfora, desde luego, pero cargada de razón, “amar el trabajo es abrazar nuestro sometimiento” (Valls, 2024).

El trabajo asalariado no puede ser una fuente de satisfacción, es pura niebla que oculta la precariedad de nuestra vida cotidiana, todo lo que nos perdemos durante el proceso productivo. El trabajo “no dignifica”, sea cual sea éste, se disfraza de privilegio pero no es más que explotación, dedicación absoluta a las empresas, dependencia del rendimiento, de los objetivos cumplidos, miedo a decepcionar a nuestro entorno; nos hemos convertido en simples productores acríticos incapaces de ver más allá de la jornada laboral.

El mundo está así en estos momentos, pero como ha dicho alguien hace poco, tenemos que tener claro en qué lado de la barricada queremos estar, quiénes son nuestros enemigos, dónde deseamos desarrollar nuestras emociones. El trabajo no nos hace más felices, más bien al contrario. Cuando a una persona le preguntas qué haría si le tocara la lotería, lo primero que responde es "dejar de trabajar". Da igual que sea ingeniera, funcionaria, carpintera o lavacoches. ¿Por qué será? A pesar de las mentiras, en nuestro fuero interno somos conscientes de que se nos escapa el tiempo de vida entre los dedos.

No hay que ser pesimistas o distópicas al respecto, existen otras formas de vida. Lo importante es que recuperemos la conciencia sobre nuestra condición y posición en el mundo, a partir de ahí también repasaremos la historia y veremos que muchos logros humanos parecían imposibles antes de ser alcanzados y, sin embargo, se materializaron a través de las luchas. Seamos utópicos y pidamos lo imposible, algo parecido dijo Bakunin. Por favor, dejemos de enaltecer el trabajo y considerémosle como lo que es, un medio para pagar las facturas; cuanto menos facturas paguemos menos trabajaremos. Nuestro tiempo de vida debe estar en nuestras manos y en este aspecto tendríamos que ser intransigentes.

Publicado en el periódico Rojo y Negro nº 387 en marzo de 2024

16 sept 2024

Caminando


Por Ángel E. Lejarriaga



A pesar de jactarnos del conocimiento acumulado desde hace varios miles de años, a pesar de nuestro impresionante desarrollo tecnológico, a pesar de todo esto y mucho más, sabemos poco de nosotras mismas, de la especie humana, de su esencia ―si es que tal cosa existe―. De hecho, se podría decir que no sólo no sabemos sino que tampoco queremos saber.

Sustituimos ese posible autoconocimiento por una existencia volcada en emociones banales, en aspectos superficiales de la vida cotidiana, continuamente hambrientos de consumo y de una felicidad ilusoria que tal vez sólo podremos conseguir a través del consumo de drogas.

Bien, entonces, ¿qué somos? Lo que hacemos, nuestras conductas, nuestras manifestaciones. ¿Existen factores innatos que impulsan dichas conductas? Tal vez. La ciencia todavía no lo ha determinado, aunque en ocasiones hablemos de ello como si fuera un hecho. Mencionamos los impulsos, las tendencias, las sendas trazadas por aspectos de nuestro “ser” que van más allá de la razón. Obviamente, pisamos un terreno inestable que desconocemos hacia dónde nos puede llevar.

¿Nos estamos refiriendo a una intuición, a algo no medible ni cuantificable, hablamos de pensamiento mágico? Resulta difícil responder a estas preguntas. Precisamente, como no podemos hacerlo hipotetizamos que esos impulsos o tendencias plantean horizontes de posibilidades, opciones sobre las que tenemos que reflexionar y tomar una decisión en un momento dado.

¿Qué hacemos entonces? Ver las ventajas e inconvenientes de cada opción y elegir sin miedo, asumiendo las posibles consecuencias de ese acto. Es decir, "apostar", en la mayoría de las ocasiones sin los suficientes datos como para pronosticar un acierto seguro. Sólamente existe un suceso inequívoco: la muerte; todo lo demás es probable. Pero entonces, cuando nos planteamos un objetivo lejano, ¿cómo saber si estamos haciendo lo correcto?, ¿cómo saber si vamos a alcanzarlo? No podemos saberlo. Corremos riesgos, aceptamos la posibilidad de no tener éxito, mas crecemos durante el viaje. Un viaje que no va a ser fácil porque va a estar compuesto por una cadena de decisiones cuyas consecuencias continuamente hay que analizar.

Aunque la educación ―nuestros padres, el colegio, el “sistema”― nos pretende hacer creer que nuestras vidas están determinadas, dirigidas al hecho inapelable de tener que "ganarnos la vida" del modo que sea ―nacer no supone tener derechos ni garantías para la subsistencia―, si pensamos de una manera racional y crítica nos daremos cuenta que es imprescindible cuestionar los valores impuestos, revisarlos, ponerlos sobre la mesa y estudiarlos con detenimiento. A partir de ese instante nuestro trabajo personal consistiría en decidir si nos convienen o no, si se encuentran dentro del “bien común” o no. Alcanzada esa resolución, iniciaremos una andadura en la que no hay caminos, como dijo el poeta Antonio Machado “se hace camino al andar”. Eso es la existencia, ni más ni menos, una tierra sin caminos, un proceso experimental continuo, que es más fácil recorrer en compañía; con un horizonte que toma forma según nos aproximamos a él.

Durante ese recorrido pueden suceder variados acontecimientos, estamos rodeados de variables incontroladas que nos hostigan y acechan, de obstáculos dificultosos que inevitablemente tenemos que superar de una manera o de otra. Nuestro propio pensamiento puede cambiar o incluso reafirmarse en dicho recorrido. A veces, incluso, el horizonte se desdibuja, se torna secundario durante un tiempo, y vuelve a renacer con fuerza más adelante, no podemos saberlo. Es la experiencia la que nos va a ir enseñando. Nuestros miedos viajan en nuestra mochila, en ocasiones generándonos angustia e incertidumbre, lo que nos hace tambalear y que nos tengamos que tomar un respiro para poder pensar con calma.

Decía más arriba que somos lo que hacemos, y así parece. Aunque el horizonte esté lejano, el viaje es valioso en sí mismo, y lo conseguiremos alcanzar o no, pero nuestra fuerza reside en el propio intento, en el recorrido, en la vivencia percibida e incorporada a esa inmensa base de datos que somos, en la que acumulamos saber y que ojalá fuéramos capaces de transmitir.

Sabemos tan poco, la vida es tan corta, sufrimos y nos frustramos tanto, da pánico pensar en estos términos pero una vez que somos conscientes de nuestra existencia, que nos identificamos como seres únicos con capacidad volitiva, y hemos decidido vivir de manera cosnciente, entonces aparecen los horizontes creativos que nos pueden conducir a la autorrealización y a una autentica revolución interior, siempre dentro de nuestra esfera de posibilidades, analizada ésta desde una perspectiva empírica.

Todavía hoy no estamos programados, necesariamente no tenemos que cumplir lo predispuesto por la sociedad, podemos rebelarnos, individual y colectivamente, y perseguir nuestros sueños, pasando por encima de donde tengamos que pasar; cueste lo que cueste. No hay que tener miedo al error sino a no intentar conseguir nuestros objetivos. Si tropezamos seguiremos adelante, si nos caemos nos levantaremos, y seguiremos adelante. Ese es el camino. No hay dioses, ni mesías, ni líderes, ni partidos, ni amos, ni autoridades infalibles que nos guíen. Todos ellos sólo buscan nuestra obediencia, y precisamente será la desobediencia nuestra mejor consejera. Si conseguimos ser conscientes de lo que no queremos, ya hemos avanzado mucho, si además sabemos lo que queremos, seremos libres, al menos de pensamiento, y nos regocijaremos en la lucha diaria por perseguir nuestra visión particular y colectiva.

La vida en sí misma está plagada de misterios que tal vez nunca logremos explicar, no importa, en nuestras manos reside la posibilidad de transformar la realidad. Somos vulnerables y falibles, pero el compromiso con nuestros sueños, la voluntad y la buena compañía nos ayudarán en el proceso. Nos dará miedo la responsabilidad pero como contrapartida podemos forjarnos un destino que no esté escrito.

Cuando después de muchos años las fuerzas se nos agoten y haya llegado el momento de partir, es posible que tengamos tiempo de transmitir a las generaciones más jóvenes lo que hemos aprendido durante nuestro viaje; no será una verdad universal, sólo nuestra verdad; quizá ellas la puedan asimilar y utilizar como método para realizar su propio viaje.

Publicado en Rojo y Negro, número 386 de febrero de 2024

15 abr 2024

Abuso del teléfono móvil en la infancia y la adolescencia



Por Ángel E. Lejarriaga




El teléfono móvil penetra con fuerza en la infancia y en la adolescencia, no sólo como un fenómeno más de consumo, sino inducido por los propios progenitores. Con esta acción pretenden lograr una cierta sensación de control sobre las actividades de sus hijos e hijas.

Resulta obvio decir que el teléfono móvil es muy atrayente para la población en general pero en especial en la infancia y en la adolescencia: les proporciona un contacto fácil y rápido en sus relaciones sociales, dotándolas de independencia de los padres. Para estos grupos de edad es un producto tecnológico preferente sobre otros que están en el mercado. Los padres, además, suelen reforzar su utilización porque tienen la idea —en alguna medida real— de que pueden ejercer una supervisión a distancia de la vida de sus hijos e hijas. A todo esto hay que sumar que los teléfonos móviles no valen todos por igual, por lo que poseer uno de mayor coste supone un estatus privilegiado, lo mismo que vestir ciertas prendas de marca o calzar unas zapatillas deportivas caras. Diversas investigaciones han llegado a afirmar que el adolescente dota de símbolo de identidad a su móvil. Incluso sugieren que muchos jóvenes consideran al teléfono móvil como un mediador a la hora de organizar su tiempo libre, cuando no un instrumento de ocio en sí mismo.

A continuación se exponen algunos datos sobre el uso del móvil en la población infantil y adolescente. Para empezar, el 66% de la población entre 10 y 15 años poseen un teléfono móvil. Hay una diferencia de dos puntos entre hombres y mujeres (65-67). A los 15 años lo tienen el 93.8%. A la edad de 10 años lo tienen el 22.3% y a partir de ahí sube todos los años. Hay una minoría que ronda el 5-6% que lo han comprado con sus ahorros, al resto se lo han regalado. Ni que decir tiene que el teléfono móvil suele estar siempre conectado, y que el número de horas que se hace uso de él se dispara los fines de semana. En general, tanto chicos como chicas consideran el móvil como un objeto placentero.

A partir de aquí surge la discusión. Tenemos un instrumento reforzado socialmente que es objeto de deseo y fuente de placer por parte de una población vulnerable como es la de niños, niñas y adolescentes. Si esa fuente de satisfacción sustituye a otras propias de la edad nos encontraremos con una dependencia emocional y por tanto con un riesgo de "adicción" en el sentido estricto de la palabra; es decir, se generará malestar al prescindir del móvil, que desaparecería con su recuperación. De este modo, se pueden observar en muchos casos clínicos síntomas propios de los trastornos adictivos: ansiedad cuando se restringe el acceso al móvil, abandono de actividades diarias, consumo del mismo en aumento y su empleo para satisfacer necesidades emocionales, como ya se ha mencionado.

¿Cuándo existiría dependencia del teléfono móvil? Cuando el sujeto lo necesita de manera perentoria para desarrollar con plenitud emocional su vida cotidiana. ¿Cuándo habría adicción? Cuando la persona afecta cumpla uno o varios de los síntomas de malestar mencionados en el párrafo anterior. Estos datos son una primera aproximación al problema que vamos a denominar de las “pantallas” porque no sólo el teléfono es fuente de conflicto.

Hay más datos preocupantes que se correlacionan con el uso del teléfono móvil. Según el psicólogo clínico del hospital Sant Joan de Déu de Barcelona, Francisco Villar, en las urgencias de dicho centro sanitario han pasado de atender 250 casos de conducta suicida en menores en 2014 a 1.000 en 2022. El escenario a primera vista es aterrador. Habría que responder a la pregunta: ¿Cómo hemos llegado a esto? Según sus estudios estas conductas correlacionan en gran parte con el uso de pantallas: tabletas, teléfonos y ordenadores. Es obvio que estas máquinas no son las responsables de las conductas suicidas; mas lo cierto es que en edades de máxima vulnerabilidad psicológica parecen ser un factor influyente. ¿Por qué? En primer lugar, por la violencia con la que tienen contacto y que normalizan; en segundo lugar, por la suspensión del desarrollo de habilidades que generan las pantallas al convertirles en sujetos pasivos. ¿Qué casos acuden a clínica?: “ciberacoso, agresiones sexuales empeoradas con la humillación de ser grabadas y compartidas, la influencia que ejercen en ellos y ellas la infinidad de perfiles en las redes sociales que alientan al suicidio, ideas de éxito sin el empleo de esfuerzo”. ¿A dónde les conduce esto? A una profunda sensación de vacío, a mirar al mundo desde lejos como si fuera un juego que se puede reiniciar si se pierde la partida; a una búsqueda de soluciones mágicas para los problemas, como si los logros más elementales pudieran caer del cielo. Digamos que están tan expuestos a sensaciones motivantes, “a fuegos artificiales”, que hacen que el afrontamiento de la vida cotidiana, con todos sus inconvenientes, se les vuelva cuesta arriba. Un estudio realizado en los EEUU por Jean M. Twenge concluye “que las adolescentes que pasan más tiempo ante pantallas tienen más probabilidad de desarrollar problemas de salud mental”. ¿Qué sucede con las menores de diez años? En estos casos la situación es peor. Según un estudio de la asociación más importante de guarderías privadas de Cataluña, el 80% de los centros consultados detectaron una correlación entre un nivel de retraso global y la sobreexposición a las pantallas. La buena noticia es que estos déficits se corrigen en cuanto se les quita el acceso a las mismas. Según Francisco Villar “la pantalla no es un recurso para que el niño o la niña coma, tampoco para usar durante un viaje, ni para que no se aburran”. Las pantallas interfieren el desarrollo de habilidades cognitivas básicas. Con el acceso a las pantallas permitimos que nuestros niños y niñas entren en contacto con expectativas irrealizables, con arbitrariedades normalizadas, con crueldades inadmisibles, con escenas impropias para su edad.

Hay pocas alternativas entre las que elegir al respecto, lo estudiosos del tema sugieren que “todo el tiempo que se pasa mirando una pantalla es tiempo perdido en el desarrollo de habilidades sociales y de empatía”. La sugerencia del psicólogo clínico Francisco Villar es clara: “Un niño antes de los seis años no debería tener contacto con una pantalla. Hasta los dieciséis años debería estar prohibido el uso de las mismas, y regulado después entre los dieciséis y los dieciocho”. Sabido esto, a ver quién pone el cascabel al gato.

Publicado en Rojo y Negro, número 384 de diciembre de 2023.

11 mar 2024

Deconstruyendo la psiquiatría y la psicología



Por Ángel E. Lejarriaga



¿Hasta dónde podemos llegar en psiquiatría y psicología clínica en nuestra relación con la sociedad? La historia de ambas disciplinas es una y la experiencia personal directa de las profesionales otra. ¿Por qué, cómo, bajo qué supuestos hemos decidido en un momento dado de nuestras vidas iniciar el estudio de estas tecnologías? Quizá, en principio, por simple curiosidad; también por una cierta sensibilidad ante los males del individuo. La aproximación, desde luego, ha tenido que ser filosófica y antropológica, pues difícilmente llegamos a comprender el interior humano por el mero estudio; es en el compartir diario donde atisbamos al sufrimiento de ese ser arrojado a la vida que somos. Pero sólo se trata de una aproximación, rozamos el universo interior del individuo sin comprenderlo en su totalidad, porque cada ser humano es un mundo en sí mismo, con su propio procesamiento de la existencia. Además, yendo más allá, cada cultura tiene sus peculiaridades que las diferencian unas de otras, con sus reglas y su simbología particular. Por ello no podemos erigir un saber único y acabado, porque lo que llegamos a conocer es escaso.

Desde esta reflexión de partida, ¿cómo podemos enfocar una intervención clínica sobre una persona que sufre sin convertirnos en una herramienta de opresión? ¿Acaso la psiquiatría y la psicología, situadas al margen del interés común, no se vuelven instrumentos represivos o cuando menos alienantes? La sociedad se desenvuelve en continuas relaciones de dominación, no hace falta indagar lejos de nosotras para constatarlo: el hombre ejerce dominación sobre la mujer, el propietario sobre el desposeído, los padres y madres sobre sus vástagos, los hermanos entre sí, las amistades en sus interacciones intragrupo, en el ejército, en la escuela, en el trabajo. Las relaciones de dominación empapan nuestra vida; esta es una realidad tangible que hay que subvertir. El sostenimiento del orden actual está directamente relacionado con estas relaciones opresivas. Para transformarlas en igualitarias hay que realizar un esfuerzo titánico que trasciende lo material y alcanza a nuestro cerebro, a las formas en las que éste comprende e interviene en la realidad social. Si precisamente el sufrimiento psicológico está derivado de las relaciones de explotación-dominación, el papel de la psiquiatría y de la psicología, como agentes que contribuyen a un cierto alivio de ese malestar generalizado, deben formar parte de ese ariete insurrecto que golpea el muro de la alienación.

Así, esos bloques hegemónicos, que no homogéneos, que conforman las profesionales de la Salud Mentad, tendrían que posicionarse sobre cómo desean intervenir en el mundo de hoy, en este siglo XXI estresante y bárbaro, si como parte del Sistema o como un grupo facilitador de una nueva conciencia transformadora. Entre otras cosas, podríamos empezar por llamar al sufrimiento por su nombre; es decir, definiéndolo desde su etiología, generalmente social; planteando que “sanar las mentes” pasa por cambiar nuestra forma de vida, en sí la sociedad entera.

Es verdad que dentro de las diferentes manifestaciones del cerebro humano, existen algunas que pueden chocar con el análisis racional, por ejemplo la persona que tiene una experiencia en la que ve a la Virgen de Guadalupe. Este tipo de conductas nos sitúan en otro plano analítico. No sabemos por qué se producen tal tipo de fenómenos; tal vez existan mecanismos neurológicos que todavía la ciencia no ha alcanzado a comprender, que los provocan. ¿Cómo actuamos con ellos? Con comprensión, afecto y acompañamiento. Sin basar todo el tratamiento en la represión de la persona que los manifiesta, en última instancia en su enclaustramiento en un centro que antes denominábamos como “manicomio”. En cualquier caso, el contacto con esa persona que vive y sufre una experiencia especial, forma parte de nuestra sociedad, de una comunidad concreta, y debe ser tratada como una más, con sus necesidades específicas, sin estigmatizarla ni medicalizarla de por vida para librarnos de ella, hasta convertirla en un vegetal.



Para llegar a estos estándares de atención, la psiquiatría y la psicología, de momento, deberían ser absolutamente públicas, esto lo primero; y en segundo lugar, sobre todo la psiquiatría debería desplazar su centro de atención hacia la persona que sufre. Es otro hecho constatado que él o la psiquiatra están ante los pacientes —en realidad clientes, pues pagan vía directa o indirecta por un servicio—, pero, ¿realmente los ven, los escuchan, interiorizan sus quejas, intentan reflexionar sobre su forma de pensar, sobre su sistema de creencias? Es un suceso poco probable, primero por el gran volumen de trabajo que acumulan, y segundo por simple actitud negativa hacia esas personas internadas, incapacitadas o simplemente disminuidas en sus capacidades volitivas. Este es el terrible significado de la institución psiquiátrica. La psicología al ser básicamente privada, da margen al profesional para realizar una labor más próxima y centrada en la persona que reclama su ayuda; eso sí, siempre que pueda pagarla.

Ser una persona enajenada, deprimida, estresada, desquiciada, perdida, desorientada, desesperada, psicótica o bipolar no es algo que inspire solidaridad, comprensión o empatía, al contrario, esos estados se observan en muchos casos como pruebas de debilidad de carácter o de personalidad. Una actitud darwinista social corre por las calles contaminándolo todo. No hay escucha activa, no hay confrontación de sentimientos, solo ocultación, tapar el problema bajo cualquier alfombra, física o cognitiva, para eso están las pastillas, los hospitales y esas habitaciones siniestras que existen en todos los hogares donde se esconde nuestro Gregorio Samsa de turno.

He empezado hablando de psiquiatría y de psicología, y he pasado, sin pretenderlo, a romper esa cuarta pared que nos separa del escenario para incorporar al público espectador. Ahora resulta, así lo pienso, que cuando hablamos de Salud Mental lo hacemos con un cierto desprecio hacia las personas inestables, incómodas, molestas, que al ser diferentes alteran el buen orden de la convivencia. De hecho, considerarlas como iguales, relacionarlos con ellas, se puede considerar como un exceso inapropiado y desconcertante para una parte de los espectadores.

El discurso oficial es que la psiquiatría se ocupa de personas consideradas defectuosas. Comunicarse o establecer lazos con ellas puede verse como una humorada, y en el mejor de los casos como simple labor social; como si cada una de nosotras estuviéramos libres de padecer algún desequilibrio emocional debido a la agresión de un estresor vital, en algún momento de nuestra existencia. Tal vez no sea bueno relacionarnos con las personas que sufren, porque podríamos, a través de ellas, entender los males que aquejan las interacciones sociales y su orden injusto.

¿Qué conclusiones podemos extraer de todo lo dicho? En primer lugar, la psiquiatría y la psicología no son ciencias exactas, sino tecnologías que deberían estar al servicio de la comunidad, y no es así; establecen relaciones de dominación, características en todos los ámbitos de la sociedad. En segundo lugar, la persona diferente, aquella que en un momento dado padece un trastorno emocional de origen físico o psíquico, no es alguien extraño, sino un ser humano que sufre, que atraviesa por un estadio de su vida en el que lo pasa mal. Es obvio que necesita ayuda, tal vez la ayuda de la psicología y de la psiquiatría, no el sometimiento autoritario a unas prerrogativas médico sanitarias en las que no tiene ninguna capacidad de decisión. En tercer lugar, las personas somos vulnerables en cuanto que durante nuestra corta vida siempre estamos aprendiendo, ni somos extremadamente listos o inteligentes, ni tampoco absolutamente estúpidos e incapaces, categorías artificiales e imprecisas que forman parte de un continuo experiencial que tiene su representación según el momento vital biológico por el que circulamos. En cuarto lugar, no sé qué es la locura ni a quién llamar loco; tampoco tengo una buena relación con la cordura ni sé a quién denominar como cuerdo, es de suponer que nuestra posición dentro de la escala va a depender del nivel de poder que acumulemos. Alguien, hace años, en una entrevista sobre este tema puso el ejemplo de Hitler y de Truman, hoy podríamos poner el de Trump. ¿Estaban o están enajenados estos personajes? Pensemos en cada uno de ellos, dirigentes de naciones poderosas, con gran capacidad destructiva. ¿Dónde se encuentra entonces la cordura si ellos son los que gobiernan las sociedades?

Reflexionar sobre la psiquiatría y la psicología clínica actual pasa por poner el foco de análisis en el autoritarismo que caracteriza las relaciones humanas, desde el contexto más pequeño hasta la gestión de las naciones, y por tanto actuar en consecuencia. Luchar por acabar en todos los ámbitos con las relaciones de dominación es un buen cambio en nuestra estructura psicológica que se proyecta en nuestro estar en el mundo.

Publicado en Rojo y Negro, número 379 de Junio de 2023.