7 ene 2026

Los trastornos psicológicos



Por Ángel E. Lejarriaga

Hace tiempo que las clasificaciones de problemas psicológicos (DSM y CIE) abandonaron el nombre de enfermedad para calificarlos como “trastornos”; sin embargo, en el ámbito médico, por regla general, se les sigue denominando como enfermedades. Los criterios que se utilizan para el diagnóstico son mecanicistas, existen listas de síntomas que lo conforman, sin demasiados matices; se afirma que un cuadro clínico es la consecuencia de una alteración cerebral de algún tipo, aunque nadie la haya demostrado, sólo hay hipótesis, entre ellas la serotoninérgica; según ésta, un neurotransmisor, la serotonina, se encontraría relacionado con los estados emocionales, y su desequilibro sería la fuente de muchos de los males psicológicos que nos aquejan. 

Al día de hoy se han unido a la lista de posibles causas biológicas otros neurotransmisores como la dopamina o la noradrenalina. El sistema DSM (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales), como ya he mencionado, peca de simplista a la hora de diagnosticar pero sin hablar de enfermedad. Algo hemos ganado; no obstante, según sus criterios, casi cualquier persona puede diagnosticar, incluso una máquina, sólo hay que coger el último DSM (el 5) y buscar el cuadro sintomático que se aproxime a lo descrito por él o la paciente. Hay que sumar un mínimo de síntomas para “acertar” con el diagnóstico. De la evaluación de esta colección de indicios o síntomas, se excluyen los datos biográficos, médicos o del momento vital que atraviesa el sujeto. Al instante, al diagnóstico se le asocia una medicación, sin considerar los posibles efectos secundarios; al paciente o a la paciente no se les informa de los mismos ni se les da la opción de elegir otra alternativa. Lo siguiente es observar cómo funciona el fármaco en la persona que lo toma; tengamos presente que hemos partido de la hipótesis de que es un desequilibrio de origen biológico.

Esta reflexión inicial nos lleva a cuestionar el término enfermedad adjudicado a los problemas mentales que es utilizado por el “modelo biológico” y a sustituir dicho modelo por el “biopsicosocial” que explica que la etiología de los trastornos mentales se derivarían de causas biológicas, psicológicas y sociales.

La aplicación de la expresión enfermedad es cómoda y lucrativa. Es cómoda para la medicina ortodoxa porque no tiene que implicarse con el paciente; también lo es para la sociedad pues descarga la responsabilidad del malestar sobre el sujeto que sufre; bien porque está “enfermo o enferma”, bien porque no es resiliente (no es capaz de resistir la adversidad que vive); por un lado se le exculpa de su desadaptación y por otro, según el contexto, se le culpabiliza. En consulta se observa que una mayoría de personas que a sí mismas se consideran enfermas, están más tiempo en tratamiento y responden peor a las terapias, entre otras cosas porque se encuentran desesperanzadas, en cuanto a mejoría se refiere, y tienen un comportamiento poco activo dirigido a lograrlo. Mientras que aquellas que consideran que su malestar es algo episódico, consecuencia de una situación vital penosa, tienden a responder mejor al tratamiento. Sobre los laboratorios farmacéuticos poco hay que argumentar, la enfermedad es un gran negocio para ellos, y si es crónica mejor.

No voy a negar que algunas personas se ven beneficiadas por el uso de psicofármacos, en clínica este hecho se observa a diario. Ahora bien, hay que considerar la posibilidad de que el resultado positivo obtenido proceda del “efecto placebo”; no podemos saberlo. Esto nos lleva a plantear un uso limitado en el tiempo de estos medicamentos, sobre todo de antidepresivos, antiepilépticos y antipsicóticos, cuya prescripción nunca debería ser exclusiva sino estar asociada a una terapia psicológica que ayude y acompañe al paciente a afrontar el momento de bloqueo que padece. Las benzodiacepinas funcionan bien, siempre con un uso mesurado de las mismas y en unos plazos de tiempo limitados; con respecto a ellas, sí está demostrada su eficacia a corto plazo.

Lo dicho nos llevaría a utilizar los psicofármacos sólo para tratar los síntomas puntualmente pero no el cuadro en sí; de eso se encargaría la terapia psicológica, la familia, los grupos de apoyo o en muchas ocasiones las trabajadoras sociales. Hay que aclarar que no siempre es necesario asociar un psicofármaco a un síntoma, en gran parte de las ocasiones existen alternativas terapéuticas eficaces. El diálogo entre los profesionales de la salud y las personas que sufren psicológicamente debería ser asequible y próximo, un acompañamiento, para que el problema origen del malestar quede bien definido y se puedan plantear estrategias de afrontamiento que ayuden a su superación. Algunos autores proponen que se empiece con tratamiento psicológico y después de un tiempo prudencial se revisen los resultados, y se valore si con la aportación de medicación se podrían mejorar. Desde luego, lo que habría que descartar de antemano es medicar a una persona durante años ante el riesgo de que al retirar dicha medicación recaiga.

A esto que menciono siempre va a haber excepciones, desde luego, no se puede tomar al pie de la letra. Hay cuadros clínicos graves que deben ser estudiados y tratados multidisciplinarmente, cuya consideración y tratamiento necesita un enfoque especial, que se aleja de la reflexión de este texto.

Este artículo se publico en el periódico Rojo y negro, nº 396, de enero de 2025

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