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30 jun 2025

Todo va a mejorar


TODO VA A MEJORAR (2022)
Almudena Grandes 


Por Ángel E. Lejarriaga


Esta novela es la última de la escritora madrileña Almudena Grandes (1960-2021), publicada de manera póstuma un año después de su fallecimiento, en 2022. En esta otra la autora da un giro de trescientos sesenta grados en su trayectoria literaria, la que había llevado hasta ese momento. Sus novelas se han caracterizado por un cierto realismo social, vinculadas a las vidas cotidianas de sus personajes, con los que nos podíamos identificar fácilmente, enmarcadas en contextos históricos que nos son propios: la Guerra Civil, la postguerra, y así hasta nuestros días; siempre definidas por una gran sensibilidad y penetración psicológica a la hora de describir a los personajes. Digamos que el conjunto de sus novelas son un compromiso con su tiempo y con ella misma, con lo que ha vivido o ha sabido que se vivía a su alrededor. También ha reflexionado sobre los derroteros que lleva nuestra democracia en el siglo XXI. Aunque toda su obra en general es relevante, yo consideraría de obligada lectura sus "Episodios de una guerra interminable" conjunto de novelas compuesto por Inés y la alegría (2010), El lector de Julio Verne (2012), Las tres bodas de Manolita (2014), Los pacientes del doctor García (2017), La madre de Frankenstein (2020) y Mariano en el Bidasoa (inconclusa).

Todo va a mejorar (2022) está ambientada en un futuro próximo que se parece mucho al presente, al de hoy día. Describe una España que tras sufrir una serie encadenada de crisis, entiéndase económicas, sanitarias y climáticas, ha entregado su soberanía a una élite tecnócrata, que se autodenominan como expertos: Movimiento Ciudadano ¡Soluciones Ya! Este movimiento está liderado por un empresario que se cree una especie de mesías, al que se le conoce como el Benefactor. En lugar de dar un golpe de Estado a la vieja usanza tan española, el poder se ha consolidado a través del consentimiento popular: unas elecciones manipuladas pero apoyadas mayoritariamente por la ciudadanía, que obviamente ha confundido eficiencia con justicia y orden con libertad.

El Benefactor, figura que recuerda tanto a líderes populistas fascistoides como a tecnócratas, instaura un régimen aparentemente pragmático, que promueve un discurso de mejora colectiva, progreso rápido y bañado con un optimismo infantil. Sin embargo, tras la fachada de eficiencia y modernización, se esconde una dictadura de las modernas, de las de ahora, encubiertas, que podríamos denominar posmoderna: los derechos civiles son recortados, las libertades individuales sacrificadas en nombre del bien común y la vigilancia digital se convierte en omnipresente. El consumo, la tecnología y la precarización se convierten en herramientas de control más eficaces que la tradicional represión. ¿No nos suena lo que cuenta? Yo diría que lo estamos viviendo ya, ¿verdad?

La novela se articula a través de una estructura coral, unas de las señas de identidad de la escritura de Almudena Grandes. Múltiples voces, desde militantes desencantados hasta funcionarios del nuevo régimen, pasando por jóvenes rebeldes y ciudadanos comunes, se entrelazan para componer un fresco social variado y amplio. Esta forma de narrar permite a la autora mostrar la complejidad de una sociedad atrapada entre el miedo, la apatía y una resistencia silenciosa.

Cada personaje representa una dimensión del nuevo régimen: los que se benefician de él, los que lo sufren, los que lo combaten desde dentro y los que tratan de sobrevivir. Cuando lees el libro no parece que te enfrentes a una dictadura, lo mismo se puede pensar hoy de EEUU, Israel, Rusia, Hungría, Polonia y tal vez no tardando mucho España, pero si nos damos cuenta, en nuestro caso concreto, a lo largo de los años las libertades fundamentales, de expresión, de reunión y de manifestación, se han ido encorsetando progresivamente; para ello han utilizado leyes que no se han derogado como La Ley Mordaza, o la Reforma Laboral, ambas, aunque se han reformado levemente siguen intactas. Por el hecho de votar, de que tengamos esa capacidad, parece que gozamos de las libertades citadas en la Constitución pero la realidad es otra. Evidentemente es una contradicción que la novela refleja. Aparentemente el “sistema” es funcional, pero le sostienen nuestros miedos, falta de coherencia y contradicciones. Este enfoque recuerda a otras novelas de amplio reconocimiento como 1984 de George Orwell o Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. A pesar de todo, Almudena Grandes no cierra las puertas al optimismo, aunque este sea un deja vu pues regurgita una salida que es calcada a la que hizo el franquismo con la tan mentada y torticera “Transición”.
“No os ofrezco el poder político, no os ofrezco el poder económico. Os ofrezco absolutamente todo el poder.”
Quizá la gran virtud de esta novela sean las reflexiones que plantea, que la ciudadanía mundial tiene en este tiempo sobre su mesa: ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a renunciar a nuestras libertades por una supuesta seguridad? ¿Qué sucede cuando el lenguaje del marketing sustituye al debate de ideas? ¿Dónde queda el derecho a disentir o a hacer oposición cuando la crítica es criminalizada, es decir, es presentada como traición?
“Todo es mentira, y donde no existe la verdad, no puede existir la libertad.”
La novela plantea una crítica feroz al individualismo neoliberal, a la despolitización de las masas, a la incultura política e ideológica y al uso de la tecnología como herramienta de manipulación. No ofrece soluciones, naturalmente, pero sí hace una llamada de atención de que los derechos y libertades hay que defenderlos constantemente.
“En una dictadura, la expresión estar en libertad no significa lo mismo que ser libre.”
El carácter póstumo de la novela le añade una dimensión dramática. Almudena Grandes, enferma durante el proceso de escritura, sabía que ésta podía ser su última obra. Quizá lo que describe es una especie de testamento para los que quieran entenderlo. Hay un aviso en sus páginas de lo que puede estar por venir, por no decir que ya lo tenemos encima. Al mismo tiempo expresa mucha ternura e ingenuidad en la forma en que presenta la resistencia de personajes muy diferentes a los que imaginamos como potenciales luchadores antisistema. Tal vez nos dice: "Esto es lo que puede pasar". Y nos pregunta: "¿Qué estáis dispuestos a hacer para evitarlo?" El final de la novela lo debería escribir cada persona que la lea. Es todo un reto.

Entradas sobre Almudena Grandes en este blog:

14 jul 2022

Inés y la alegría

INÉS Y LA ALEGRÍA
Almudena Grandes (2010)

Por Ángel E. Lejarriaga



A la hora de escribir estas líneas hay que hacer énfasis en el triste fallecimiento de Almudena Grandes (1960-2021). Se nos fue demasiado pronto. El azar biológico nos la arrebató sin remisión, como suele hacer. ¡Qué la tierra le sea leve! Su obra permanecerá a través del tiempo, es algo innegable. Desde aquí le damos las gracias por los buenos momentos que hemos pasado con sus libros.

La novela que comentamos hoy es la primera de su saga Episodios de una guerra interminable. Es curioso que le pusiera este nombre, desconozco cómo llegó a adoptarlo; en cualquier caso, fue acertada su elección. Los acontecimientos nefastos que se desencadenaron con la proclamación de la Segunda República española, el 14 de abril de 1931, que perduran hasta hoy, forman parte del mismo engendro negro que ha supurado siempre en este desquiciado país de esclavos y de héroes, de verdugos implacables y de revolucionarios. La élite inquisitorial sigue viva, aunque ahora vistan de Mássimo Dutti o Dolce Gabbana, y hayan cambiado los viejos castillos y monasterios medievales, por mansiones en las zonas exclusivas de algunas ciudades y hoteles de lujo.

Obviando este detalle con importancia ―el de la interminable presencia de los amos de este país―, Inés y la alegría (1910) nos sitúa en ese punto de partida citado de la Segunda República, con distintos tiempos y voces narrativas. Muchas historias nacen y crecen a lo largo del relato para confluir en un final común. El marco central es un hecho histórico poco conocido: la invasión del Valle de Arán en el otoño de 1944. Este episodio estuvo protagonizado, esencialmente, por un ejército de ocho mil efectivos compuesto por militantes comunistas españoles, y organizado por un dirigente del Partido Comunista de España, sin contar con el propio partido, Jesús Monzón, personaje aristocrático que eligió la causa de los desposeídos, empeñando su vida en ello.


La novela comienza en el inicio del Golpe de Estado de los militares facciosos el 18 de julio de 1936 y llega hasta nuestros días. Como ya se ha dicho, el centro argumental es la invasión del Valle de Arán; sin embargo, la protagonista indiscutible es Inés, una joven perteneciente a una familia adinerada, que en un momento dado, durante los años de nuestra guerra, se afilia a las Juventudes Socialistas Unificadas; su hermano, falangista de pro, ocupará un puesto importante en el régimen de Franco. La militancia comunista de Inés conlleva consecuencias nada agradables para ella: primero sufrir la represión de los vencedores, en segundo lugar otras penurias derivadas de la relativa protección de su hermano, para acabar conviviendo con los invasores llegados de Francia.

Por la novela van a desfilar guerrilleros, que han luchado en la Resistencia francesa, y que se han incorporado a esa fuerza de liberación llena de esperanzas, la Unión Nacional Española, que se suponía iba a provocar el despertar de los aliados hacia el final de la Segunda Guerra Mundial; también hay exiliados republicanos que viven como pueden y que con el paso de los años van conformando una extensa comunidad de españoles, hombres y mujeres, afincados en el sur de Francia, en este caso en Toulouse. Los peligros, sacrificios, amores y sufrimientos de los protagonistas quedan perfectamente reflejados. Desde mi punto de vista, resulta indudable que la novela es un homenaje a la resistencia comunista y a sus carismáticos líderes. Así, aparte del maltratado por la historia, Jesús Monzón Reparaz, aparecen por la páginas de la obra Santiago Carrillo y la inefable Dolores Ibárruri, personaje aclamado o por los comunistas españoles de ayer y de hoy.

En ningún momento Almudena Grandes oculta su afinidad por dicha militancia, no pretende ser imparcial, cuenta lo que le apetece, según sus convicciones, y como le apetece, sin entrar en honduras políticas. Le interesan más los amores de Pasionaria con un camarada mucho más joven que ella, que la afinidad de esta por Stalin; algo que, por cierto, no era solo característico de Dolores Ibárruri, sino que compartía toda la dirección del PCE de aquellos tiempos. Esta afinidad estuvo presente durante nuestra guerra contra los rebeldes.

A pesar de su gran interés literario e histórico, la novela puede resultar folletinesca por momentos; no obstante, posee la virtud de estar excelentemente documentada, lo que nos permite conocer los entresijos de la supervivencia de los hombres y mujeres que cruzaron la frontera francesa en 1939 ―republicanos, socialistas, comunistas y anarquistas― cuando la guerra estaba perdida, si bien muchos de ellos y ellas nunca lo aceptaran con total plenitud.

La ciudad por excelencia de la narración es Toulouse, aunque Bosot tiene un gran protagonismo, así como Viella, Lérida y Madrid.

Esta saga está inspirada en los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, asociados a El Ruedo Ibérico, las tres novelas de Valle Inclán que describen el reinado de Isabel II. De este modo, podríamos sumar a los anteriores episodios históricos citados las veintitrés novelas de Pío Baroja agrupadas bajo el título de Memorias de un hombre de acción. La serie de cinco novelas de Almudena Grandes podría enlazar justo en el instante en que Baroja lo dejó.

En las obras que componen sus episodios la autora utiliza a personajes sencillos como protagonistas que subsisten y resisten a la represión y al oscurantismo del régimen triunfante tras tres años de guerra sangrienta. El 1 de abril de 1939 los amos recuperaron el dominio de nuestras tierras, si es que alguna vez lo perdieron, pudiendo desde entonces gestionar con tranquilidad y mano de hierro el inmenso latifundio que es España.

Así, mientras los franceses festejaban su liberación con la entrada de la División Leclerc en París, con los primeros tanques ocupados por españoles que soñaban con liberar a su país de las garras del fascismo, otros españoles invadían Iberia encuadrados en el ejército de la Unión Nacional Española. Esta operación militar podía haber salido bien, pero no fue así. Detrás del fiasco estuvieron las luchas intestinas que existían dentro del PCE y la traición de las naciones que vencieron a las fuerzas del Eje, más interesadas en proteger al sistema capitalista de cualquier riesgo de contaminación revolucionaria, que de echar del poder al general rebelde Francisco Franco.

Inés y la alegría es una novela necesaria e imprescindible, vista desde el conjunto de la obra de la que forma parte; es una buena medida de las miserias arrastradas y presentes de España. Los Episodios de una guerra interminable tendrían que ser lectura obligatoria para las nuevas generaciones de estudiantes, para que comprendieran el trágico devenir de nuestra historia; también para que fueran conscientes de que cualquier mejora en nuestras vidas se consigue en base a luchas sin cuartel contra los amos, luchas que hay que mantener en el tiempo porque en el momento en que los desposeídos bajan la guardia, los amos aprovechan para eliminar dichas mejoras, como está ocurriendo al día de hoy.

Como punto y final a este comentario, he aquí un pequeño dialogo entre el Lobo y Galán, dos personajes de la narración, que sintetiza las diferencias existentes entre el país que se despertó en 1931 y el que se forjó a partir de 1939:
“―¡Escúchame de una vez Galán!―el Lobo fue a por él, le cogió por los brazos, le obligó a mirarle―. España ya no es nuestro país, te guste o no, esa es la verdad. Los españoles que nosotros conocimos ya no existen, están todos muertos o en la cárcel, o tienen tanto miedo que no saben ni cómo se llaman.”

 

29 oct 2019

Mercado de Barceló


Por Ángel E. Lejarriaga



Esta recopilación de textos de Almudena Grandes (1960) apareció en el año 2003 y contiene 68 artículos publicados en el diario El País entre los años 1999 y 2002. Los artículos se distribuyen entre las cuatro estaciones del año: primavera, verano, otoño e invierno. Aunque se trata de escritos breves destinados a una columna periodística, es decir, su extensión es limitada, sin embargo, conforman casi una novela, más que nada por el hecho de estar contextualizados en el mismo lugar, el mercado madrileño de abastos de Barceló. En esta colección no está todo lo que escribió en ese período en las páginas de El País, los editores hicieron una selección.

En estos artículos pasa de todo. La escritora observa lo que le rodea con mirada aguda y toma notas que luego se traducen en historias breves y significativas sobre lo que son nuestras vidas, pequeñas pero grandes a la vez puesto que son únicas. En los textos nos encontramos ante lo cotidiano, y el lector se puede convertir, si quiere, en un personaje más, pues podría haber estado presente en uno de los momentos fotografiados por la pluma de Almudena Grandes y haber sido, por tanto, inmortalizado. Como ha dicho alguien que no recuerdo al respecto, la suma de historias reunidas representa un auténtico análisis sociológico. La autora ha comentado en su momento que el escritor o escritora, cuando deambula por el mundo, mira con unos ojos diferentes a los que se le suponen al observador corriente. Si ve a una mujer, no es solo una mujer, es una existencia, una vida con biografía, que disfruta y sufre, que sueña y se desespera, que se enciende y que se apaga. El hombre, no es solo un hombre, pude ser joven o viejo, moreno o rubio, alto o bajo, sonriente o triste, con la mirada baja o desafiante. Cada uno de esos gestos nos cuenta algo que quien escribe puede hilvanar con otros gestos inéditos, aparentemente indescifrables, hasta conformar el “relato”, eso que está tan de moda ahora. Pues ese relato personal confluye en lo colectivo y nos muestra el presente de la sociedad de un tiempo concreto.

Podemos aprender mucho de estos textos: cómo pensamos o podemos pensar, cómo es nuestro calendario, dónde compramos, quién nos vende los productos de primera necesidad, con quién nos cruzamos en la calle, incluso con quién nos gustaría no cruzarnos.
“No informamos, porque para eso están los periodistas; tampoco analizamos… Lo que hace un columnista es encontrar un punto de vista singular o echar una mirada oblicua que cambia la percepción de un tema concreto”.
En resumidas cuentas, el libro resulta muy interesante y, por supuesto, lo leemos crónica a crónica, pero al final, el balance supera con creces la limitación de la columna, transmitiendo una sensación de haber leído un texto intenso y próximo.





20 mar 2019

Las tres bodas de Manolita


Por Ángel E. Lejarriaga



Esta es la tercera novela de Almudena Grandes (1960), que forma parte de la serie Episodios de una Guerra interminable. La primera entrega fue Inés y la alegría (2010), la segunda El lector de Julio Verne (2012) y la que comento hoy aparecida en el año 2014. Las dos novelas primeras hablan de la guerrilla antifascista desde dos puntos de vista diferentes:
“el cuartel general de la guerrilla y una casa cuartel de la Guardia Civil […] En ‘Las tres bodas de Manolita’, la narración da un giro y la resistencia armada se convierte en resistencia civil. […] Aquí la hazaña consiste en llegar vivo al día siguiente.”
Quizá podríamos aventurarnos a establecer una hipótesis sobre qué homenajea Almudena Grandes en el texto, o qué quiere señalarnos. Yo me quedo con las heroicas mujeres que hacían fila ante la cárcel de Porlier, a la espera de contactar con sus seres queridos aunque fuera en la distancia y a voces, siempre pacientes, duras, con la determinación firme de no olvidar ni perdonar. Esta cárcel funcionó durante la Guerra Civil y la posguerra. Estaba situada en la calle del General Díaz Porlier número 54 y ocupaba lo que había sido el colegio Calasancio. Fue incautado por el gobierno republicano al iniciarse la Guerra Civil para cumplir funciones de protección de menores, es decir, de albergue para niños abandonados; en agosto de 1936 se convirtió en prisión. En un principio los presos que contuvo pertenecían al bando sublevado, al terminar la guerra les tocó el turno a republicanos, anarquistas, socialistas y comunistas. En 1944 fue devuelto el edificio por el gobierno franquista a los Padres Escolapios.
“Esta novela tiene un escenario principal que es la cola que se formaba a la puerta de la Cárcel de Porlier, donde se reunían una serie de mujeres que tejieron una solidaridad con un horizonte común: derribar el franquismo. […] Su concepto solidario era muy distinto del de ahora. En nuestros días hay gente que ayuda todo lo que puede pero no tiene nada en común con otras personas que hacen lo mismo, son experiencias individuales. […] Manolita comenzó su transformación en ese territorio, en esa cola. Allí conoció a muchas personas y descubrió que la realidad que la envolvía era mucho más grave de lo que a simple vista parecía.”

Por otro lado, la novela narra con solvencia la gestación de la resistencia civil y su peor lacra, las infiltraciones. Y en concreto, juega con un personaje siniestro de nuestra historia reciente: el comisario Roberto Conesa, un ex miembro de las JSU (Juventudes Socialistas Unificadas) que dedicó su vida profesional a infiltrarse en las organizaciones disidentes y a diezmarlas; en el texto lo conoceremos como Roberto El orejas. Durante la Segunda Guerra Mundial colaboró activamente con la Gestapo, la policía secreta alemana. Entre 1946 y 1947 estuvo infiltrado en el PCE. Recordemos también que fue el jefe de la Brigada Político Social, encargada de perseguir a sindicalistas, antifascistas y en general a cualquiera que discrepara con el régimen del general Franco.

Por sus manos pasaron figuras de renombre como Marcelino Camacho y el ahora reconvertido a fascistoide Fernando Sánchez Dragó. Hay que destacar que el comisario Roberto Conesa desempeñó labores en la lucha antiterrorista durante los primeros años de la democracia; se le llegó a acusar de ser el instigador de alguno de los atentados que persiguió relacionado con los GRAPO. En su currículo consta que trabajó para un dictador de pro como Trujillo en Santo Domingo. Se cotizaba porque había tenido mucho tiempo ―cuarenta años de dictadura en España― para sofisticar las técnicas de tortura y el asesinato en la sombra de opositores políticos. Su mano derecha fue otro torturador condecorado, Antonio González Pacheco, más conocido por Billy el niño. En 1977 recibió la Medalla de Oro al Mérito Policial gracias a un franquista, en esos momentos demócrata, Rodolfo Martín Villa.

Me ha llamado mucho la atención la figura de Antonio de Hoyos y Vinent, un personaje real, olvidado, que murió en la cárcel de Porlier. Llegó al mundo en 1884 y murió en 1940. Nació marqués y murió marqués pero anarquista; sorprendente pero cierto. Era hijo del marqués de Hoyos y de la marquesa de Vinent. Su educación fue de excelencia que se diría hoy: estudió en Viena, en Madrid y en Oxford. Desde joven fue considerado por la familia como una oveja negra. Su homosexualidad, que no ocultaba, le llevó a ser rechazado por los suyos; su madre ni le saludaba cuando le veía. Aunque en general fue tolerado quizá debido a su origen social. Participó en la tertulia de Emilia Pardo Bazán. Era sordo de nacimiento lo que convertía las conversaciones con él en toda una experiencia. Siempre llevaba puesto un monóculo y vestía a lo dandy; su presencia era, simplemente, impresionante. Escribió para los diarios ABC y El Día y dirigió la revista Gran Mundo Sport. Sus escritos, que estaban compuestos por aires decadentistas, anarquistas y eróticos, se publicaban en ediciones baratas. Desde 1934 militó en la Federación Anarquista Ibérica (FAI). Tras la guerra fue detenido y encarcelado en la cárcel de Porlier, donde murió abandonado por familia y amigos. Pudo haber abandonado el país, seguramente ser grande de España lo hubiera facilitado, pero no lo hizo. La obra conocida de este insigne libertario consta de cuarenta novelas, numerosos relatos y ensayos, y siete obras de teatro.

La novela destaca el trabajo esclavo en instituciones eclesiásticas de los hijos e hijas de esa parte de la nación que perdió la guerra y el de los presos condenados a trabajos forzados en el nauseabundo Valle de los Caídos, en Cuelgamuros.


“Los curas tenían la ventaja de que la iglesia y el estado eran una misma cosa. Un cura, por el solo hecho de serlo, representaba al poder. En este caso, el capellán de la Cárcel de Porlier montó un gran negocio, sin que se enterase ni el mismo director de la cárcel, ni el Ministerio de Justicia, ni nadie. Pertenecieron al aparato del estado durante cuarenta años.”
Este infame monumento fue ideado por Francisco Franco con la intención de dejar un testimonio vivo para la posteridad de aquellos héroes que combatieron a su lado y dieron la vida en su gloriosa cruzada. Su construcción se llevó a cabo con la mano de obra gratuita de los presos que llenaban las cárceles del Régimen. Se empezó a levantar en 1940 y se concluyó la obra en 1958.

La novela termina con la Transición famosa, con esa gran traición que se le hizo a la memoria y a nuestra historia; un período nefasto en el que la justicia, los partidos políticos y el mismo pueblo español se olvidó de la cárcel de Porlier, condecoró al comisario Conesa, enterró sin epitafio a Antonio de Hoyos y respetó, cuando no veneró, la existencia de ese insulto arquitectónico a las víctimas del levantamiento militar de 1936 que es el Valle de los Caídos.
“La historia de este país es muy miserable.”
Las tres bodas de Manolita te posee desde la primera página. Está en sintonía con las anteriores pero es diferente, con distintos puntos de vista y un idéntico motivo: la Guerra Civil. En este caso más bien la posguerra, aunque los recuerdos transporten a los personajes al periodo anterior a julio de 1936 y la consecuente contienda contra los sublevados. La situación histórica está muy elaborada, a fin de cuentas, la autora es licenciada en Geografía e Historia y domina la historiografía y su metodología.

Prácticamente está situada en Madrid, en la capital de la antigua II República, que se ha convertido en capital de la dictadura. En Madrid vive Manuela Perales García, nacida en 1922, que en 1939 tiene 17 años. Sus orígenes son pobres; esa pobreza sumada a la guerra y a la derrota, y sus consecuencias sobre su familia, la van a colocar en una situación difícil que sobrellevará como puede, acompañada de casi dos centenares de otros personajes que pueblan la obra. Manuela, desde ahora Manolita, tiene que enfrentarse al hecho de que no tiene para comer, que su padre ha sido fusilado, que su madrastra está en la cárcel, que su hermano mayor, Antonio, miembro de las JSU y amigo de El orejas, ha desaparecido, y que debe cuidar a una hermana y a tres hermanastros pequeños. No lo va a tener fácil Manolita. Desde sus diecisiete años y su mirada inocente, nos va a describir lo que le sale al paso: miseria, represión, cárceles, trabajo esclavo, la Iglesia Católica en todo su esplendor de corrupción e hipocresía, el amor, los recuerdos dolorosos y la desesperanza ante un futuro mejor que parece imposible.

25 sept 2018

Por una falda de plátanos

Por Ángel E. Lejarriaga



Cuando se editó este texto de Almudena Grandes, debajo del título se colocó un subtítulo bastante significativo «Un viaje literario». Por supuesto que lo es, pero además tiene variados componentes que lo convierten en un trabajo ilustrativo de lo que es la creación literaria en sí misma y de las fuentes que bebe, entre ellas la memoria. La narración, reflexión, nace a principios de los años setenta, Almudena Grandes es una niña de unos doce años que se ve obligada a cambiar de barrio, pasa de la Glorieta de Bilbao al Parque de las Avenidas. El principal inconveniente de este cambio imprevisto era que estaba alejado del centro de Madrid. En esas fechas todavía gozaba compartiendo cocina con su madre y hojeando la revista de cotilleos Hola que faltaba en pocos hogares españoles de la época. Almudena dice que le gustaba mirar las fotografías de las famosas que poblaban sus páginas semana tras semana. En una de aquellas sesiones de vagabundeo de celebridades le llamó la atención una «anciana repintada» y glamurosa de la que se decía que tenía diecisiete hijos adoptivos: Josephine Baker. Lo curioso de aquella fotografía es que se presentaba junto a otra en la que aparecía una belleza de ébano vestida simplemente con una especie de taparrabos de plátanos. ¿Era la misma mujer? Se preguntó. Su madre le respondió afirmativamente. Con ese atuendo salía a escena y bailaba, le dijo, y añadió que su abuela la había visto actuar, es decir su madre. Almudena se quedó paralizada. No podía ser. Su abuela la había visto bailar en Madrid en compañía de su marido, su abuelo, militar de carrera, ambos católicos, apostólicos y romanos. ¡Imposible!, pensó. Los abuelos que ella había conocido no podían haber participado en semejante espectáculo, ¿o es que realmente sabía muy poco de ellos? Algo no cuadraba. La más moderna de las tres generaciones de mujeres de su familia tenía que ser ella, por encima de su madre, y, sin embargo, su abuela acudía a ese tipo representaciones provocadoras y alejadas de las posibilidades de esparcimiento de su tiempo. A Almudena le faltaba información, desde luego, había cosas que no sabía, que nadie le había contado sobre el pasado de su familia: «me habían robado su vida, su historia». Es cierto, le habían robado todo ese tiempo a su generación que es la mía. En ese momento, Almudena Grandes decidió que iba a recuperar la memoria perdida. En este punto comienza la segunda parte del viaje literario: «Desde entonces […], la memoria ha sido uno de los aspectos claves de mi vida. Y, por supuesto, de mi literatura».

Para Almudena Grandes escribir significa hacer memoria, en ella se encuentra «el origen de toda ficción […] Escribir es mirar el mundo, y publicar, comunicar a los lectores el resultado de esa mirada». Desde el principio de la literatura los ojos del escritor han escudriñado la realidad y han tratado de reproducirla pero, evidentemente, han hecho mucho más. El escritor no solo reproduce aquello que ve, llega más lejos; la memoria contiene elementos que beben de diversas fuentes o fenómenos psicológicos que van más allá de la simple impresión sensorial. De este modo, diez narradores podrían describir un acontecimiento de manera diferente. Esto nos lleva a la idea, imperiosamente, de que la memoria en absoluto es objetiva, ni nos acerca a la verdad, porque la verdad es plástica y universal; para aproximarnos a ella tendríamos que acumular el pasado, el presente y los futuros posibles en una única fórmula, y a pesar de ello, esta siempre estaría mutando, incompleta. Almudena Grandes dice que «La memoria es una creación […] Los seres humanos creamos nuestra propia memoria, y al mismo tiempo, nos recreamos en ella». Afirma que la memoria se construye con datos que proceden de nuestra percepción, centrándose en los que «nos gustan», ninguneando «Los que no nos sientan bien» o «Los recuerdos dañinos». «Así, vamos definiendo nuestro personaje, los rasgos en los que nos reconocemos e imponemos a los demás, pero también, y sobre todo, a nosotros mismos». Pero claro, esto es solo una parte de la memoria; además existe la fabulación, entendida esta como el resultado de un proceso imaginario que el individuo describe como si fuera real. ¿Cuánto hay de fabulación en nuestra memoria? La escritora dice que «son los más interesantes». Tal vez sean recuerdos «que no hemos vivido, pero hemos deseado vivir». Pueden haber ocurrido pero no a nosotros. Eso no es óbice para que los incorporemos a nuestra memoria, citando la fuente o asumiéndolos como parte intrínseca de nuestra experiencia. ¿Estamos robando recuerdos? Pues eso parece. En cuanto dichos recuerdos los contamos y los repetimos y los volvemos a repetir, se convierten en parte indisoluble de nuestro ser. La autora mantiene que esta es la esencia, o algo parecido, de la escritura: «Un escritor es alguien que, aparte de crear su propia memoria personal, como todos los demás, amplifica y desarrolla conscientemente este proceso para inventar de manera sistemática historias de ficción, que, si a algo se parecen, es a los recuerdos. En este punto se reúnen la creación literaria y lo que podríamos denominar creación vital del propio personaje». En este contexto la literatura está servida; la creación nace de la memoria y la memoria de nuestra experiencia personal y universal. No vivimos solos porque no lo estamos, el mundo es una gran biblioteca rebosante de sucesos que nos bañan con tintes excitantes o reprobables, cada uno de ellos con sus características definitorias. Aquellas personas que escriben toman esto o aquello de ese fluir de información que parece no tener límite, a lo que sumamos nuestras fantasías, nuestras frustraciones, nuestros anhelos truncados, nuestros miedos. Nuestro cerebro toma esa información, de una manera azarosa o no, la digiere, la regurgita una y otra vez, para al final vomitarla en el hecho creativo, sea este literario, musical o plástico, por citar algunos.

Enlazando la primera parte con la segunda llegamos a una tercera que Almudena Grandes quiere resaltar: nos han robado la memoria. Los años treinta para ella fueron unos años convulsos pero de progreso: «Nunca ha existido nadie más moderno que un moderno español de la generación de la República», sin embargo el Régimen franquista nos ha hecho retroceder a mediados del siglo XIX: «De ser los más modernos, a ser los más antiguos, y siempre a contracorriente, en dirección contraria […] En España, la inmensa mayoría de los demócratas se alzaron en armas contra el fascismo, en el resto de Europa, casi nadie. En España ganaron los fascistas, en el resto del mundo, perdieron». Paradojas de la Historia. Y cuando tuvimos la oportunidad de hacer algo diferente, de retomar la ocasión asesinada por el general Franco, en 1976, los hijos del fascismo y sus colaboradores (partidos políticos democráticos) se inventaron la Transición española. Punto y final. Nos contaron un cuento que mucha gente se creyó y que todavía se cree, un cuento que era «el mejor de los cuentos posibles». Los hijos y nietos de los fascistas se frotaron las manos, el espectáculo continuaba y con él sus pingues beneficio económicos. Los dirigentes de los partidos políticos consiguieron los sillones que les aseguraban un porvenir generoso y cuando los abandonaban eran premiados por los otros, por los fascistas ahora demócratas, con algún que otro cargo en un consejo de administración. En esas estamos varias décadas después, a vueltas con la memoria que muchas personas quiere recuperar, y con otras muchas que ponen continuos obstáculos para que esta nunca se recupere. «Nos dijeron que cerráramos los ojos, que saltáramos hacia delante, y cuando los abrimos, todo había cambiado. España había sido una dictadura pero era una democracia», eso sí, una «democracia sin memoria».

En fin, la moraleja de esta historia que nos cuenta Almudena Grandes es que sin memoria no hay creación, ni futuro, ni aprendizaje de los errores que hemos cometido y, lo que es peor, corremos el riesgo de volver a experimentar lo mismo que ya vivieron nuestros abuelos: una nueva dictadura, en este caso consensuada parlamentariamente por representantes electos de una democracia con pies de barro.
«Este país, como todos ustedes saben, tuvo una vez una oportunidad. La tuvo y se la robaron. Entonces no se exiliaron sólo los poetas, no crean, se exiliaron también los científicos, los físicos, los químicos, los biólogos, los médicos, los matemáticos… ¿Y qué? Ha pasado mucho tiempo, me dirán y tendrán razón, pero todos llevamos aún el polvo de la dictadura en los zapatos, ustedes también, aunque no lo sepan. Más tiempo hace falta para que florezcan los desiertos y, por desgracia para todos, la ciencia no se recupera tan deprisa como la literatura. Por eso prefiero que sepan esto ahora, para que luego no me digan que nos les advertí lo difícil que es ser físico en España.»
 (El corazón helado (2007), Almudena Grandes) 





18 jun 2018

Los pacientes del doctor García


Por Ángel E. Lejarriaga



Almudena Grandes (Madrid, 1960) se ha superado a sí misma con creces. Siempre pienso y me repito que poco es lo que puede sorprenderme hoy, una vez más me equivoco, ella me ha sorprendido con una gran novela; se podría decir que es una más de su magna obra «Episodios de un guerra interminable», mas no lo es; todas las anteriores son valiosas, magníficas: Inés y la alegría (2010), El lector de Julio Verne (2012), Las tres bodas de Manolita (2014); pero esta —Los pacientes del doctor García (2017)— las contiene a todas, no es que las supere, simplemente las acoge en una gran estructura general que se compone de cuatro partes bien diferenciadas, aunque todas son una; se pueden leer de manera independiente, por supuesto, pero cuando las vas siguiendo de manera ordenada te das de bruces con un universo, en el que la autora es la anfitriona, que te dice «ven y mira, esto es lo que tengo que contarte», también te dice «no quiero pasar página, no puedo permitir que tanta grandeza y dolor se pierda en el vacío del silencio». Eso es lo que tenemos entre manos, entre otras cosas, acabar con el silencio imperante sobre nuestra historia reciente.

Me angustia la idea de ponerme en su pellejo a la hora de seguir construyendo literatura a partir de estas cuatro novelas. ¿Puede seguir creando sin límite? Desde luego, ha puesto el listón muy alto, tanto para ella como para los escritores contemporáneos de nuestro país. Este libro es de esos que no solo no te motiva a seguir escribiendo, sino que te impulsa a dejarlo directamente. No exagero. Claro que si Almudena Grandes hubiera pensado lo mismo que yo, después de alguna memorable lectura, nos habríamos perdido su obra y la vida nos sería más difícil todavía.

Quizá la primera consideración que se me ocurre hacer sobre la narración, es que la Guerra Civil Española fue mucho más que una lucha fratricida que duró tres años, auspiciada por la resistencia de un gobierno legítimo y un pueblo que añoraba un horizonte de esperanza, contra los traidores facciosos que les habían jurado lealtad. Esa guerra empezó hacía mucho tiempo con la opresión más deleznable de una población que vivía en la miseria, continúo con las ideas revolucionarias emergentes que querían dar la vuelta al curso de la Historia y se agudizó con el incremento geométrico de la tensión entre clases sociales, hasta límites insoportables para ambas partes. Luego, hubo más guerras ocultas, las que se desarrollaron en la retaguardia, en los frentes de batalla, en las cancillerías europeas, en los intereses geopolíticos del nuevo escenario mundial que se fue conformando. A estas guerras podríamos sumar otras más personales, porque detrás de todo este maremágnum sangriento y mendaz, había personas con nombres y apellidos, criminales y héroes, sobre todo héroes y heroínas; hubo sufrimiento, asesinatos masivos, injusticias, torturas y saqueos. Pues todo esto es lo que nos cuenta Almudena Grandes con sus «Episodios de una guerra interminable».
 
Cuando le preguntan a Almudena Grandes sobre lo atrevido de su proyecto de cuasi Episodios Nacionales a lo Galdós, ella se ríe y dice que no se lo ha planteado, y añade: « [Referido a España] Un filón extraordinario de héroes, villanos, sacrificios, también de estupideces…, para un narrador no hay nada mejor que toparse con algo así. Pero además este proyecto me ha permitido satisfacer varios impulsos a la vez, el literario que ya he citado, otro moral que tiene que ver con presentar al lector español contemporáneo que no sabe nada de esto lo que una serie de señores hicieron porque nosotros ahora disfrutemos de libertades y derechos y, por último, un impulso moral de otra índole. Al adoptar en esta serie el punto de vista de los resistentes al franquismo que quedaron ausentes en el relato de la llegada de la democracia […]».

Los pacientes del doctor García, en síntesis, posee una laberíntica pero muy bien estructurada trama de «espías» y ―adelanto― de «suplantaciones de personalidad»; nos habla de asesinos de masas nazis y de sus protectores, muchos: vaticanistas, franquistas, falangistas, norteamericanos, argentinos… ¿Cuántos más? También nos habla de dos personas entrañables que sacrifican una parte importante de sus vidas por una idea que no les abandonará nunca, a pesar de todas las decepciones habidas y por haber. De alguna manera los dos son espías, o se convierten en espías, Manolo y Guillermo. Pero esa nunca fue su intención lo que sucede es que es imposible prever el curso de los acontecimientos y sin quererlo del todo se dejan llevar por ellos porque consideran que ese es su deber.

La narración tiene un amplio recorrido histórico. Comienza durante la guerra civil, continúa en la terrible posguerra, sigue con la guerra entre los dos grandes bloques imperialistas, la denominada «guerra fría», y alcanza hasta la gran claudicación: la Transición. Todo este recorrido a través de las décadas se desenvuelve por numerosos paisajes: Madrid, Estonia, Berlín, Buenos Aires, Inglaterra o Estados Unidos. La historia le ha costado a la autora un esfuerzo supremo, cuatro años de indagar, documentar y ordenar; lo que da como resultado que por sus páginas desfilen aproximadamente trescientos personajes, qué nadie se asuste. A pesar de esta aparente complejidad, que la tiene, la narración se lee bien, Almudena Grandes te va transmitiendo la gran historia y las microhistorias que esta contiene de una manera fluida, de tal manera que llegas a familiarizarte sin problemas con los actores y actrices.
 
Aunque al referirnos a este libro lo hacemos con la etiqueta de novela, como ocurre con todos los libros del conjunto de episodios de los que forma parte, detrás de la dramatización literaria hay una historia veraz que es el quid de la cuestión. En ella aparecen personajes como Juan Negrín López, que no es una ficción, ni tampoco Clara Stauffer. Negrín (1892-1956), de profesión médico, llegó a ser presidente del Gobierno de la II República Española entre los años 1937 y 1945. Se afilió al PSOE en 1929. A partir de ese momento fue creciendo su protagonismo dentro del partido hasta llegar a asumir el cargo de presidente de la República en un momento más que difícil para nuestro país, entre los años 1937 y 1939, después continúo detentando el cargo, ya en el exilio, hasta el año 1945. Con respecto a «Clarita», era de origen alemán, su padre trabajaba en la empresa Mahou. Era una gran amante del deporte, además de ajedrecista, esquiadora, amiga de Pilar Primo de Rivera, miembro de la Sección Femenina de Falange y una nazi convencida que participó en una red española que daba refugio a los criminales del III Reich perseguidos por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. «Clarita» poseyó el gran honor de haber formado parte de una lista de reclamados al gobierno de Franco por el consejo de Control Aliado, compuesta por 104 nombres, y que este desestimó. Murió en Madrid, en sana paz, a los ochenta años de edad, en 1984. La fama de Clara Stauffer no es una leyenda, en 1948 fue entrevistada por un periodista británico del Daily Express, Sefton Delmer, que en sus ratos libres ejercía de espía. Pues bien, durante la entrevista reconoció la gran labor que estaba realizando para salvar las vidas de aquellas personas que huían de la derrota alemana.
«Cuando encontré a Clara ella se convirtió en el motor de todo y en la imagen fundamental de este libro. Piense en la dirección en la que operaba para sacar nazis huidos de España: Galileo, 14. Si es madrileño, habrá pasado por allí infinidad de veces. Una red por cierto clandestina que la dictadura de Franco nunca reconoció pero que por supuesto amparó. Piense que casi todos los nazis llegaron a Argentina con un pasaporte español. Pero cuando descubrí a la Clara deportista y nadadora de la República me fascinó y, a medida que iba sabiendo más de ella, más me fascinaba.»
Aparte de estos dos personajes de renombre, existe en la novela otro de relevancia: Juan Domingo Perón, por aquella época presidente de Argentina, que dio acogida a los nazis que le llegaban rebotados de las redes que los refugiaban y protegían en España.

No me olvido de citar a otros como Pablo Azcárate, embajador en Londres del gobierno republicano durante la guerra civil; a Pilar Primo de Rivera, hermana de José Antonio Primo de Rivera (fundador de Falange Española) y amiga de Clara Stauffer; a Francisco Largo Caballero, presidente del Consejo de Ministros 1936-1937; a Andreu Nin, fundador del Partido Obrero de Unificación Marxista, asesinado por militantes comunistas españoles al servicio de Stalin, en mayo de 1937. Hay más nombres interesantes a reseñar pero me quedo con Norman Bethune. Este canadiense nacido en 1890 y fallecido en 1939, de profesión médico, llegó a España en 1936 al inicio de la guerra civil e innovó las transfusiones de sangre; hasta ese momento se hacían de persona a persona, y con su método, la sangre se extraía y se podía conservar, lo cual permitió salvar las vidas de muchos heridos en combate.

La novela no hace concesiones al sentimentalismo y eso que contiene mucho dolor y mucho amor. Amor entre hombres, entre Manolo y Guillermo, y amor entre ellos y sus compañeras de viaje. Palpas ese amor pero de una manera contenida, a veces apasionada, urgente, como si no fueran a tener más oportunidades, otras sangrante. Para sobrevivir Guillermo tiene que adoptar una nueva personalidad, se convierte en Rafael Cuesta, esta identidad se la proporciona su amigo y diplomático Manuel Arroyo Benítez; Guillermo le salva la vida a Manolo como médico y Manolo se la devuelve con una documentación falsa en regla que le permite seguir viviendo en Madrid y trabajar en una empresa de transportes. Unos años después, ya en 1946, Manuel vuelve a España con una misión encomendada por Negrín: infiltrarse en la red de Clara Stauffer, documentar sus actividades y realizar un informe para el gobierno republicano en el exilio, que será utilizado para denunciar al gobierno franquista, con ello piensan lograr que los aliados apeen del poder a Franco. Manuel también adquiere una nueva identidad, la de Adrián Gallardo Ortega, un ex boseador profesional que se alistó en la División Azul y acabó metido en las tristemente famosas SS.
«Me había salvado porque quería vivir, pero en aquel momento la vida me pareció un bien despreciable, un mezquino atributo de mi cobardía.»
Los dos, Manuel y Guillermo, o Adrián y Rafael, sabían que iban a perder la guerra dos veces, y quizá estaban preparados para ello pero no podían ni imaginarse lo que les iba a caer encima, una pesadilla «interminable» de la que todavía no hemos salido porque al día de hoy ni ha habido reconocimiento del crimen de lesa humanidad sufrido por el pueblo español, ni se ha condenado a los verdugos.
«En ese momento yo ya sabía que había perdido la guerra, pero sólo entonces empecé a vislumbrar el precio que debería pagar para sobrevivir a la derrota.»
El tiempo no pasó en balde, ellos sobrevivieron pero el coste fue demasiado elevado, tanto que sus vidas siempre estuvieron amenazadas por sombras invisibles que les impedían disfrutar de sus presentes con la alegría de vivir necesaria.
«Tú no me conoces… Conociste a un hombre que ha dejado de existir, alguien que tenía muchas cosas que perder, muchas ilusiones por las que vivir. Ahora… no tengo nada, sólo rencor.»
Una peculiaridad de Los pacientes de doctor García, por otra parte algo habitual en ediciones anteriores de los episodios, es que se cita a personajes que ya han aparecido en dichas novelas, en este caso le toca el turno a Pepe el Portugués (El lector de Julio Verne), por citar a alguno.
 
Me atrevo a decir que esta novela, como las anteriores de la serie, son un antídoto para el olvido, algo corriente en España, tan común que por no querer recordar no desenterramos a los muertos de las cunetas, a nuestros muertos, a nuestros abuelos, no reparamos el genocidio sistemático de los militares traidores que sometieron a sangre y fuego a cualquiera que disintiera de su cerrazón ideológica.
«Las sociedades pueden olvidar cuando se resuelven ciertas cosas como ha ocurrido en todos los países de Europa menos en España, en la Alemania posterior al nazismos pero también en la Europa del Este pos estalinista. Porque si no las resolvemos, olvidaremos en falso. En España este olvido en falso ha enquistado los secretos en lo más profundo del corazón de las personas y eso ha provocado dolor y rencor. En este país hay mucho más rencor del que existiría si esos asuntos se hubieran ventilado adecuadamente. Nuestra relación con el pasado es anormal y patológica, la derecha española es la única derecha de Europa que conserva vínculos con el fascismo.»
Al final de la novela, aunque desde que concluye la guerra civil está presente, se constata bien cuál es el sentir de los exiliados, ese desarraigo infinito que carece de esperanza; al principio dominados por ilusiones que tras la Segunda Guerra Mundial desaparecen, más adelante bañadas de un desencanto y una tristeza difícil de digerir.
«El destino de los exiliados es conocer solamente una fecha, la del día que abandonan su país, nunca la de su vuelta.»

11 dic 2016

El lector de Julio Verne


Por Ángel E. Lejarriaga



Esta es la segunda entrega de los «Episodios de una guerra interminable», obra magna emprendida por Almudena Grandes (1960) con el objeto de que no olvidemos ese pasado que aquellos que hicieron La Transición pretenden ocultar a toda costa. El primero de estos episodios fue Inés y la alegría (2010), el segundo El lector de Julio Verne (2012) y el último hasta ahora Las tres bodas de Manolita (2014).

La obra es contada por un niño de nueve años que al final de la narración cumplirá los once, todo un adulto para la época. Nino describe lo que oye, lo que ve, lo que siente, en un entorno difícil, para los menores y para los mayores. Es hijo de un guardia civil destinado en un pueblecito de Jaén de la Sierra Sur, Fuensanta de Martos; una zona en la que la guerrilla antifascista es muy beligerante. Con él está un personaje de novela de «aventuras», propiamente dicho, Pepe «El portugués», que aparece de la noche a la mañana en el pueblo, se instala en una casa alejada del mismo y vive al margen de lo que sucede a su alrededor. Nino y él se hacen grandes amigos, a pesar de la diferencia de edad. «El portugués» atrae al niño como la miel a las moscas. Su imaginación le entiende capaz de las más elevadas conquistas, es su ídolo, y quizá lo que desea ser de mayor. Su padre no entra dentro de esa posibilidad simbólica a imitar, más bien al contrario.

Cuántas difíciles preguntas elabora Nino en sus primeros años de existencia. Su universo inmediato está repleto de misterios. Como es bajo de estatura, el padre piensa que no va a dar la talla para entrar en el benemérito cuerpo —en la Guardia Civil— por lo que hay que buscarle una alternativa laboral próspera. Esta pasa por aprender a escribir a máquina, primero en el propio cuartel, y después en un cortijo distante del pueblo en el que conviven varias mujeres huérfanas y viudas debido a la guerra. Doña Elena, la mayor de todas ellas, se encargará de la enseñanza del chico. Poco a poco Nino desenreda el ovillo de su tiempo presente, y será consciente que en la sierra no solo está el guerrillero «Cencerro» y su partida, es decir, no es un fenómeno aislado, sino que en ella se desarrolla una guerra sorda en la que no se hacen prisioneros, y su padre combate en el bando en el que él no quiere estar. Lo que va descubriendo, y dotando de significado, le escalofría, le aterra, y le hace madurar con rapidez. Porque hay que hacerlo deprisa para poder seguir respirando en ese ambiente asfixiante. Hay que ser muy fuerte para soportar los gritos de los torturados en los calabozos de la casa cuartel, al otro lado de la pared en la que duerme. Y también para comprender que los gritos provienen de personas del pueblo o de alguno de esos que se nombran en las calles entre susurros, que están escondidos en la sierra, que asaltan cortijos y ejecutan a falangistas, chivatos o a guardias civiles. Tiene que ser valeroso para superar el trago de asumirlos como héroes, apartando a un lado la etiqueta de villanos que pregona la prensa sobre ellos. Si los guerrilleros son los héroes de la historia, ¿entonces qué es su padre? El escenario que se le presenta a Nino tiene su miga, es un niño y, por tanto, la figura del padre debería ser incuestionable, un ejemplo a seguir. Sin embargo, él no puede hacerlo, le quiere pero no logra separar el papel de padre del papel de verdugo, por mucho que el progenitor se escude en la supervivencia de su esposa y sus tres hijos (dos niñas y un niño). Quizá no comparta las órdenes de los mandos, mas las ejecuta sin rechistar. ¿En qué le convierte eso?

Entre 1947 y 1949, Nino va a componer el puzle, y la proyección de su vida ya no va a ser la misma. Conocer la verdad oculta le ha liberado de sus miedos, le ha hecho tomar partido, aunque le cueste la tortura, la prisión y la muerte, como al mismo «Cencerro» y a tantas otras personas que pueblan y poblarán su vida.
«Es cierto que los niños no tienen que tomar decisiones graves sobre sí mismos antes de los once o los doce años, pero eso no impide que sean seres perplejos: tienen que aprender todo de un mundo que no cuenta con ellos.» (Almudena Grandes)
La novela expresa dos afanes insoslayables, uno de supervivencia y otro de conocimiento histórico, un rompecabezas que a lo largo de la narración toma forma de una manera sorprendente. Este rompecabezas está hecho de memoria, de añoranza y sobre todo de esperanza. Desde luego, a la edad de Nino, y casi a cualquier otra, no se puede estar continuamente afrontando retos al límite de la cordura sin un segundo de respiro. El niño tiene su punto de fuga a través de las novelas de aventuras, especialmente las de Julio Verne.

La estructura de la obra es impecable y el texto adictivo. Contiene recuerdos que solo los mayores pueden sentir como familiares; tengamos presente que estamos en los años cuarenta. La labor descriptiva de Almudena Grandes, como siempre muy documentada, nos ahorra muchos esfuerzos a los que no vivimos aquel período negro, a la hora de ponernos en situación sobre cómo se vivía en el mundo rural, y sobre qué sucedía en él. Acababa de terminar la guerra civil, y un devastador genocidio, contra todo lo que recordara al antiguo régimen republicano estaba en marcha. Gracias a textos como este conocemos la implacable represión rural, y, sobre todo, entramos en contacto con los resistentes que se echaron al monte para mantener alta la bandera de la libertad y la justicia social; y, por supuesto, con aquellas personas que les ayudaron. Expresado así, parece que Almudena Grandes, simplemente, pasa factura al bando ganador de la guerra civil pero no es cierto. La novela tiene rigor histórico, pero además es un homenaje a Julio Verne y a las novelas de aventuras, a la amistad, a la pasión por los libros, a la lectura, al conocimiento en sí mismo y a la dignidad, que se puede mantener incluso en los contextos más difíciles: unas personas lo hacen y otras no; el miedo y el deseo de supervivencia a cualquier precio es lo que tiene.

El lector de Julio Verne deja claro que la Guerra Civil Española no acabó en 1939, como citan los libros de historia al uso, sino que se mantuvo durante muchos años mientras hubo guerrilleros que combatieron al régimen fascista de Franco. Hoy en día sigue viva la contienda de aquellos años porque todavía las cunetas y los cementerios permanecen repletos de cadáveres sin identificar, sin el derecho a ser damnificados, y a poseer una tumba honorable en la que descansar en paz; y porque los herederos de aquellos traidores que se levantaron contra un gobierno legítimo, se mantienen en el poder de una manera omnímoda, ante la indiferencia majadera de un pueblo ignorante y sumiso como es el nuestro. Sin embargo, por suerte, todavía hay «Cencerros» emboscados que no cejan en su empeño por recordar lo que sucedió entonces, ni dejan de reivindicar unos derechos fundamentales que hoy en día nos son ninguneados, lamentablemente, con las urnas en la mano. Ya no hacen falta fusiles de traidores para doblegar voluntades, ahora se utiliza la apatía, la indiferencia y la desmemoria para asesinar la decencia.

Estamos a finales del año 2016 y al leer esta novela te quedas algo estupefacto, si eres medianamente sensible con el tema. Hemos cambiado mucho desde 1939 hasta hoy, pero para peor. Vivimos en un país compuesto por señoritos horteras y siervos lameculos que se matan por poseer un teléfono de última generación, a ser posible de la marca Apple. El espíritu crítico general de este pueblo con el que compartimos nacionalidad no va más allá de un plan renove, sea de coche, de móvil o de pantalón de mierda fabricado en el tercer mundo por esclavos a los que ya estamos emulando.
«El que no sabe es necio, y entre los necios no hay diferencias.» (Almudena Grandes)
Es una suerte para los héroes, hombres y mujeres, de finales del siglo XIX y del siglo XX, que se sacrificaron por un mundo mejor, estar muertos, así se libran de tener que tragarse la indignidad que vivimos a diario, en esta era llamada de modernidad y de progreso.
«Hemos perdido la conciencia de que la vida es lucha.» (Almudena Grandes)
«España siempre ha sido un país de gente pobre, pero igual que se heredaba la pobreza, se heredaba la dignidad. La pobreza no era vergonzosa.» (Almudena Grandes)

14 jul 2014

Sobre bofetadas y bellezas mal entendidas

Por Ángel E. Lejarriaga



La primera obra que leí de Almudena Grandes fue Las edades de Lulú (1989). No conocía a la autora, así que compré el libro en Atocha, por azar, en la cuesta de don Claudio Moyano; me llamó la atención el título de la colección, La sonrisa Vertical, cuya decimoprimera edición de su premio anual de novela erótica había sido concedido a Almudena Grandes. Aunque ella recibió el galardón en 1989 yo leí la obra cinco años más tarde. Después pasó un tiempo hasta que volví a coger un libro escrito por ella. No hubo ninguna razón especial para esta circunstancia, simplemente tenía mucho material de lectura atrasado, y no le volvió a tocar el turno hasta que encontré Castillos de Cartón (2004). Definitivamente, con esta novela, ni siquiera una de las mejores, pero sí muy interesante para mí, incluí a Almudena Grandes entre mis autoras y autores favoritos, esas personas, que hacen grande la literatura, a las que tengo la intención de volver a releer algún día, cuando esté aburrido de las novedades y prefiera las lecturas seguras.
A esta obra le sucedieron otras, conocidas por el buen lector, que no voy a comentar hoy. Ninguna de ellas me ha decepcionado o me ha aburrido. Sé que es difícil de creer, pero me ha gustado lo que he leído de esta mujer, que no es todavía todo lo que ha escrito.
Lo último que ha caído en mis manos es una colección de relatos recogidos bajo el título de Modelos de mujer (1996) y que he "saboreado" hace poco. Han pasado casi veinte años desde su publicación —mi forma de leer es caótica— pero sigue palpitante como entonces; las narraciones expresan una parte importante de Almudena Grandes: su conciencia de mujer, de víctima y de heroína, permanentemente en conflicto con una sociedad machista y retrógrada. Modelos de mujer no solo proporciona el nombre a la recopilación sino que también se lo da a uno de los relatos.
Todos los personajes centrales de esta obra son mujeres, y se sitúan en una posición muy diferente a la que en sus trabajos posteriores Almudena Grandes las va a adjudicar. En estos relatos presenta a mujeres que sufren, que se caen y se levantan, que enloquecen, que aman, que se someten y que mueren, en ocasiones de un modo pasivo y patético.
El primer relato, Los ojos rotos, nos adentra en un psiquiátrico; en un amor con un aparecido, o con una alucinación, ¿eso importa? ¿No tiene el enamoramiento ambos componentes, sobre todo en su parte menos reflexiva? Locura de amor, de añoranza, de derrota. Le sigue Malena, una vida hervida. Este relato no solo me ha encantado por su originalidad sino que describe perfectamente la preocupación inducida, casi obsesiva, que tiene el sexo femenino, y ahora también el sexo masculino, con el espinoso asunto de la belleza corporal (parecer más que ser), que se sintetiza en una sobrevaloración de la delgadez como herramienta de aceptación. Bárbara contra la muerte es una historia común en la denominada por los padres de la patria como "Marca España", con componentes que resultan familiares, por lo menos para mí: niño, niña, encarcelado o encarcelada en un colegio religioso. Lo que supone necesariamente indefensión, castración y terror. Para muchas personas de mi edad que nos tocó pasar por esos centros de destrucción mental, el relato no solo nos conmueve sino que nos identifica con el mantra que utiliza para sobrevivir Bárbara, la protagonista: "Sois todas unas hijas de puta".
Amor de madre es un relato divertido, frenético, que muchas de las madres a las que aconsejo sobre cómo relacionarse con sus hijas, subscribirían con deleite. No puedo desvelar el misterio de la narración pero sí anticipar que es transgresor, y me ha recordado mucho el caso de Hildegart Rodríguez Carballeira. Como es conocido, Hildegart fue una niña prodigio nacida en 1914. Sobre ella, su madre, elaboró un proyecto pedagógico del que decía iba a surgir una nueva mujer, la que imperaría en el futuro. Para que se comprenda la envergadura de sus capacidades, solo diré que a los ocho años Hildegart hablaba seis idiomas. Admirable. Implicada activamente en la izquierda política de la época, primeros años 30, llegó a ser muy conocida primero en el PSOE y más tarde en el Partido Federal. Sin embargo no tuvo tan buen fin como en un principio se podría esperar. Al intentar alejarse del plan materno, su progenitora decidió dispararle cuatro veces mientras dormía. Una lástima.
El siguiente relato es El vocabulario de los balcones, una historia de amor sin palabras, llena de interpretaciones, de miradas, de silencios, de un deseo que nunca se consuma. Quizá la historia más hermosa de la colección. Me ha recordado una buena novela de Sandor Marai, Divorcio en Buda.
Los relatos finales son bastante realistas y poseen mucha actualidad. Representan los sueños de muchas personas que conozco que se sienten frustradas, atrapadas en un universo de convenciones, prejuicios y cadenas sutiles que amargan la existencia. Modelos de mujer, es una bofetada cruel a la belleza corporal mal entendida, y al glamour como valor de cambio. Gratificante. La buena hija nos sumerge en el mundo de las coacciones morales opresivas, de los sobrevalorados vínculos de la sangre; de todas esas indignidades que se producen y ocultan en el baúl secreto de las familias, y que generan individuos adultos torturados. Pero el final nos ofrece una lección sobre la que reflexionar.

Novelas
  • Las edades de Lulú (Tusquets, 1989) 
  • Te llamaré Viernes (Tusquets, 1991) 
  • Malena es un nombre de tango (Tusquets, 1994) 
  • Atlas de geografía humana (Tusquets, 1998) 
  • Los aires difíciles (Tusquets, 2002) 
  • Castillos de cartón (Tusquets, 2004) 
  • El corazón helado (Tusquets, 2007) 
  • Inés y la alegría (Tusquets, 2010) 
  • El lector de Julio Verne (Tusquets, 2012) 
  • Las tres bodas de Manolita (Tusquets, 2014) 
Libros de relatos
  • Modelos de mujer (Tusquets, 1996) 
  • Mercado de Barceló (Tusquets,2003) 
  • Estaciones de paso (Tusquets, 2005)