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11 nov 2024

El desierto de la violencia


EL FULGOR Y LA SANGRE (1954)

Ignacio Aldecoa


Ángel E. Lejarriaga


Ignacio Aldecoa (1925-1969). El fulgor y la sangre (1954) formaría parte de una de sus trilogías proyectadas que quedó inconclusa, ésta dedicada al mundo de los toros, los gitanos y la guardia civil, interés que recuerda mucho a Federico García Lorca. La novela nos introduce en la vida dentro de una casa cuartel de la guardia civil, en un rincón olvidado de la castilla profunda. En dicho lugar viven los guardias, sus mujeres y sus hijos e hijas, los que están casados.

La trama se desarrolla en veinticuatro horas, y parte de la noticia de que uno de los guardias que estaba de servicio fuera del cuartel ha resultado muerto, mas no se sabe quién. El tiempo narrativo enmarca la espera de la llegada del cadáver y del nombre del muerto. Es fácil imaginar la ansiedad que domina a los actores, hombres y mujeres, ellos más enteros y circunspectos, es su papel; ellas intentan mantener las formas pero dominadas por la incertidumbre. La espera permite ensimismamientos descriptivos de lo que han sido sus vidas en el contexto de la guerra civil. Ningún personaje se libra de recuerdos violentos y de las penalidades que pasaron para sobrevivir.

Una de las características esenciales de la novela es el reloj, o si se quiere el paso del tiempo, que parece suspendido. Otro aspecto importante es el papel de las mujeres de los guardias, en general con una entereza casi fatalista, como si su sino fuera aguardar lo peor en cualquier momento. Hay que recordar los tiempos en los que se había desarrollado su infancia y juventud. El ambiente se podría decir que más que cuartelario es carcelario, tanto los agentes como sus compañeras de vida están prisioneras de una situación de la que no pueden escapar, si bien lo desean, quieren irse de allí, conocer otro mundo, otra vida. Todo esto se manifiesta en un contexto de soledad donde la comunicación entre los personajes es difícil y la expresión de las emociones contenida al mínimo.

Aldecoa escribe con crudeza, de una manera sencilla y precisa, con detalle, como si mirara a través de una rendija; no embellece, no idealiza, describe lo que cree sucede entre las paredes del cuartel pero también en las paredes internas ocultas dentro de los personajes; se sumerge en sus recuerdos, en sus sentimientos no confesados, en el miedo, en los deseos frustrados.

OBRA

Poesía

· Todavía la vida (1947)
· Libro de las algas (1949)

Novela

Aldecoa había esbozado el plan de escribir tres trilogías, una dedicada a la gente de mar, otra a los mineros y una tercera “mixtificando el mundo de los guardias civiles, los gitanos y los toreros”.

· El fulgor y la sangre (1954), finalista del Premio Planeta (1954)
· Gran Sol, premio de la Crítica (1958)
· Con el viento solano (1956)
· Parte de una historia (1967)
· Los bienaventurados
· Solar del Paraíso

Colecciones de relatos

· El aprendiz de cobrador (1951)
· Espera de tercera clase (1955)
· Vísperas del silencio (1955)
· El corazón y otros frutos amargos (1959)
· Caballo de pica (1961)
· Arqueología (1961)
· Cuaderno de Godo (1961)
· Neutral corner, colección de microrrelatos (1962)
· Pájaros y espantapájaros (1963)
· Los pájaros de Baden-Baden (1965)
· Santa Olaja de Acero (1968)
· La tierra de nadie y otros relatos (1955-1968)

Adaptaciones cinematográficas

· “Young Sánchez”, dirigida por Mario Camus en 1963.
· “Con el viento solano”, dirigida por Mario Camus en 1965.
· “Los pájaros de Baden-Baden”, dirigida por Mario Camus en 1975.
· “Gran Sol”, dirigida por Ferrán Llagostera en 1989.

Otros artículos de este autor en el blog:

· Con el viento solano
· Gran sol

28 ago 2020

Gran Sol


Por Ángel E. Lejarriaga



Ignacio Aldecoa (1925-1969). Con esta novela publicada en 1958 el escritor vasco ganó el Premio de la Crítica. La que iba a ser una corta carrera literaria —cortada por un paro cardíaco a los cuarenta y cuatro años—, despegaba pronto con este premio, contaba entonces treinta y tres años. Hay que recordar que en 1954 ya había sido finalista del Premio Planeta con otra novela, El fulgor y la sangre.

Aldecoa tenía muchos proyectos literarios que nunca se llegaron a cumplir por las razones ya mencionadas. Quería escribir trilogías como Pío Baroja; Gran Sol fue la primera novela que se podría encuadrar dentro de la Épica de los oficios, y también la última.

Su amor por el mar le venía de niño. Contaba que de pequeño escuchaba con entusiasmo los relatos marineros de su tío, que era marino mercante. Esta iniciación se vio complementada con lecturas de escritores que reflejaron en algunas de sus obras su pasión por el mar, como Melville o Conrad. Para Aldecoa el mar era la mayor representación de la libertad.

Evidentemente, Gran Sol nace con esos referentes. Pero el autor llegó más lejos. Esta novela es, además, el fruto directo de una experiencia en la que participó como una especie de cámara indiscreta que lo recogía todo: gestos, lenguajes, emociones, recuerdos, fantasías, miedos… El texto surge de su viaje durante un mes en el pesquero vasco Alir. Treinta días de compartir navegación y trabajo, codo a codo con la tripulación. Las vidas de esos compañeros de travesía desencadenaron en él un amor muy especial hacia su forma de afrontar la incertidumbre, algo que nos cuesta bastante a los humanos. El viaje realizado fue por el denominado Mar del Gran Sol, situado entre los grados 48 y 56 de latitud norte, y 6 y 14 de latitud oeste.
“Dedico esta novela a los hombres que trabajan en la carrera de los bancos de pesca entre los grados 48 y 56 de latitud norte, 6 y 14 de longitud oeste, Mar del Gran Sol”.
En este conocido caladero del Atlántico Norte, situado al oeste de Irlanda, han faenado durante generaciones los pescaderos del Cantábrico, y es precisamente el escenario de la novela. El resultado es “áspero”, a veces inhumano porque lo que cuenta Aldecoa es difícil de digerir, tanto para los pescadores como para sus familias. Nos encontramos ante la presentación de un oficio “duro” y la mayoría de las veces mísero, que a lo sumo da para vivir, si la mar no te lleva.


La narración no disimula las emociones expresadas de los protagonistas, empezando por el capitán del barco, Orozco. Los marineros, vascos, cántabros y gallegos, maldicen su oficio, sueñan con ganar el dinero suficiente para poder dedicarse a otra cosa; no quieren volver a enfrentarse con la destemplada mar, dejando atrás a familias que nunca saben si volverán a verles. Pero ese sueño, que sueño es, no se realiza nunca y es necesario volver a faenar.
“La mar para los pobres. Gran Sol para los que no habían tenido suerte o se gastaban el dinero en las tabernas, o se lo jugaban, o tenían muchas bocas que alimentar.”
Naturalmente, entre tanto malestar épico, hay tiempo para todo, para reír, para llorar, para preocuparse, para renegar de las incomodidades que sufren en el barco, tanto si pescan como si no, siempre observando el cielo y los contratiempos que la meteorología puede presentarles sin que ellos tengan nada que decir. Ignacio Aldecoa llega más lejos y nos sitúa ante la terrible paradoja de elegir entre dos males: salir a la mar o el paro, es decir, quedarse en tierra sin trabajo.

La obra se inscribe dentro de las coordenadas que caracterizan a Aldecoa, realismo descarnado y compromiso con los desfavorecidos del mundo.
“En la bitácora habita el duende caprichoso de los rumbos que no se ajusta más que a la llamada de los polos. Danza, danza y danza más. Nada arriba, nada abajo. Salta como los delfines, vuela como los albatros; duerme con los ojos bien abiertos, vela con los ojos cerrados; se mece emperezado, corta paralelos, brinca meridianos. En el carrusel de la rosa de los vientos, de los rumbos, en la rosa náutica, en la aguja, habita el duende de la inquietud del Hombre.”


Otros artículos sobre Ignacio Aldecoa:


27 abr 2020

Con el viento solano

Por Ángel E. Lejarriaga



Ignacio Aldecoa nació en Vitoria en 1925 y murió en Madrid en 1969. Su muerte prematura, con cuarenta y cuatro años, supuso un duro golpe para las letras españolas, aunque su testamento literario ha perdurado a través del tiempo.

Su vida comenzó bien, aquellos eran años duros en todos los sentidos en nuestro país, pero su familia era adinerada, lo que le permitió tener una educación esmerada, primero estudió el bachiller en un colegio religioso de Vitoria y después la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca. Allí conoció a Carmen Martín Gaite, futura escritora de relevancia en nuestro país. Terminada la carrera se trasladó a Madrid para hacer el doctorado y de paso conectar con los brotes esperanzadores de las nuevas letras afincados en la capital del reino, que se reunían en tertulias selectas en cafés como el Gijón, entre estos Rafael Sánchez Ferlosio, Josefina Rodríguez, Alfonso Sastre o Jesús Fernández Santos.

En 1947 publicó un libro de poesía Todavía la vida, y dos años después Libro de las algas (1949). En 1948 publicó un cuento que llamó la atención de los compañeros y compañeras de generación literaria, La farándula de la media legua. En 1953 llegó su primer reconocimiento como escritor de cuentos con el premio organizado por la revista Juventud por la narración Seguir de pobres. En 1954 se publicó El fulgor y la sangre, su primera novela, que fue finalista en el Premio Planeta. He olvidado decir que en 1952 contrajo matrimonio con Josefina Rodríguez, más tarde, tras la muerte del escritor, conocida como Josefina Aldecoa, que formó parte de su grupo intelectual y literario generacional. Entre 1955 y 1958 emprendió variados proyectos, colaboró activamente en la Revista Española, conjuntamente con otros miembros de la denomina “generación de los cincuenta” y viajó a Estados unidos donde permaneció durante un año. Entonces él cumplía treinta y tres años. Once años después falleció de un fatídico ataque al corazón. Mala suerte para él, para Josefina y para las letras españolas.

Su obra está adscrita a la narrativa neorrealista, característica de la España de los años cincuenta. Si bien, se ha dicho y escrito que Ignacio Aldecoa “adaptó el realismo anglosajón a la literatura española, […] cargándola de un gran contenido humano”. Como no podía ser de otro modo, sus personajes son los desposeídos de la tierra; él observa y cuenta lo que ve.

Varias de sus obras han sido adaptadas para la pequeña y gran pantalla: Young Sánchez, Quería dormir en paz, Los pájaros de Baden-Baden o Con el viento solano.

Su escritura publicada consta de dos libros de poesía, seis novelas y doce colecciones de relatos.

Con el viento solano (1956) nos narra la historia de un perdedor, uno más, que recorre la existencia como un corcho a la deriva, sobreviviendo como puede. En este caso se trata de un individuo de etnia gitana, Sebastián Vázquez, que se ve abocado a huir debido a un crimen que ha cometido. Su vida es una continua derrota, en la que va perdiendo todo lo que le era importante y, sin lugar a dudas, se va perdiendo a sí mismo, o dicho de otra manera, “se queda solo consigo mismo” y con nada más. ¿Qué encuentra llegado a ese punto sin retorno? De una manera desaforada sigue la misma ruta que muchas de nosotras seguimos por el simple hecho de existir, deambulamos, derrochamos, ganamos y nos miramos de vez en cuando en espejos que nos devuelven imágenes que no sabemos qué significan. ¿Somos esas imágenes? ¿Somos otras que han muerto? ¿Seremos otras diferentes si nos miramos más adelante en otra superficie reflectante? ¿Eso que hemos dejado atrás era importante? ¿Qué nos motiva a seguir viviendo?

Algunas de estas preguntas las presenta Ignacio Aldecoa. Una cuestión distinta es si consigue responderlas, si es que tienen una respuesta única.

El lenguaje que utiliza el autor en la novela es el propio del ambiente rural de la época en tierras castellanas. Hoy en día muchas de esas expresiones y palabras ya no se utilizan por lo que su lectura puede resultar algo escarpada.

Esta novela recibió el Premio Nacional de la Crítica. Es la segunda parte de una novela anterior, El fulgor y la sangre (1954). Ambas se pueden leer por separado sin dificultad. Fue adaptada al cine por Mario Camus.