23 feb 2026

¿Qué sucede cuando nos jubilamos?


Por Ángel E. Lejarriaga



La sociedad del bienestar surgida tras la II Guerra Mundial auguraba un futuro esperanzador para la ciudadanía de los países desarrollados, quedaban excluidos todos los demás: trabajaríamos cada vez menos y la vida se centraría en un ocio creativo. Como hemos podido comprobar desde entonces la dirección de nuestro crecimiento humano no ha ido precisamente en esa dirección sino más bien al contrario, ganamos menos y trabajamos más, porque, entre otras cosas, el coste de la vida es más elevado. Uno de los puntos importantes del programa que nos predecían los futurólogos socialdemócratas de los años sesenta era que tras una etapa de esfuerzo laboral llegaría la jubilación liberadora, que nos compensaría con creces del esfuerzo productivo de nuestra vida anterior.

No voy a hacer un análisis sobre lo que nos puede esperar al respecto en los años venideros, que es poco halagüeño. Me voy a centrar en la reacción que se produce de un modo generalizado ante el hecho en sí de la jubilación y que no siempre ofrece como resultado bienestar, ni material ni psicológico.

Tres investigadoras de la Universidad de Girona, María Aymerich Andreu, Montserrat Planes Pedra y María Gras Pérez, han hecho un estudio paradigmático de cuyas conclusiones se extrae que existen varias fases por las que puede pasar una persona que se jubila. La primera es la prejubilación, se caracterizaría por la elaboración de ilusiones sobre lo que se espera que ocurra en el cese de la actividad laboral. La segunda fase estaría definida por experiencias distintas: euforia ante el abandono de responsabilidades, continuación de manera más intensa del ocio que ya se practicaba con anterioridad y sensación de relajación, de descanso. La tercera, superada la anterior, supondría un desencanto: se constataría el incumplimiento de las expectativas imaginadas. Habría una última fase, que las autoras del estudio denominan como de reorientación, en la que la antigua trabajadora tendría necesariamente que aceptar la realidad de la situación y adaptarse a ella, construyendo su vida en base a sus posibilidades.

Estos estadios evolutivos cada persona los experimenta de un modo diferente y poseen un recorrido individual de mayor o menor positividad. Teóricamente, vemos el proceso de un modo lógico, pero cada una de nosotras a lo largo de los años hemos llevado un tipo de existencia que determina significativamente el afrontamiento de esta etapa que para muchas supone el fin de una vida útil. Tengamos en cuenta que básicamente no trabajamos para vivir sino que vivimos para trabajar, por lo que aunque deseemos desprendernos de esa lacra que la sociedad nos regala al nacer —el trabajo—, al desaparecer la actividad laboral es posible que carezcamos de recursos vitales para ocupar un tiempo que ahora nos sobra; aparte del hecho mismo de disponer de menos dinero. Haciendo una referencia leve al «mito de la caverna de Platón», si hemos vivido durante toda nuestra vida en una cueva, mirando a una pared, si de repente nos liberan y nos empujan a abandonarla, el mundo exterior nos parecerá amenazante y extraño. Algo parecido experimentan algunas jubiladas: se sienten inútiles, sin saber qué hacer con el tiempo que les sobra, dominadas por la impresión de que sólo les resta esperar la muerte. Entre un 10% y un 30% de las jubiladas tienen dificultades para adaptarse a la nueva situación vital, y experimentan una disminución en su calidad de vida.

Ante esta realidad es obvio que el tema central del debate sobre la jubilación no es cuestionarla en sí misma —esa sería una discusión para la sociedad ideal—, sino el proceso anterior de alienación laboral. Es decir, «deberíamos trabajar para vivir». Somos el animal que más tiempo y energía emplea en su supervivencia. La vida tendría que estar centrada en otros aspectos más edificantes como el amor, la fraternidad, el conocimiento y la creatividad.

El trabajo, hoy por hoy, tal y como está establecido en su generalidad, es un mal necesario para poder pagar las facturas, pero si reorganizamos nuestras prioridades, nuestra escala de valores, quizá pudiéramos desarrollar nuestra existencia de un modo más constructivo, de tal manera que llegado el momento, la jubilación supusiera verdaderamente una liberación y una continuidad con lo más valioso de nuestras vidas que no es seguramente el desempeño de una actividad laboral.

Artículo publicado en el periódico Rojo y Negro número 398, de marzo de 2025