LA REBELIÓN DE LOS SIERVOS (1932)
Federica Montseny
Por Ángel E. Lejarriaga
La rebelión de los siervos fue publicada el 25 de marzo de 1932 en La Novela Ideal, nº 294, colección perteneciente a la Revista Blanca, editada por Soledad Gustavo y Federico Urales. Esta obra debería leerse como un gesto consciente dentro de una estrategia cultural y política que el anarquismo ha impulsado desde el principio de su existencia: la literatura puesta al servicio de la enseñanza y la movilización social. Su autora, Federica Montseny (1905-1994), fue una figura relevante dentro del movimiento libertario ibérico, ministra de Sanidad durante la II República española y escritora prolífica; no escribía para una élite intelectual, sino para los talleres, los cortijos, las bibliotecas populares, para los centros obreros. Las treinta y una páginas de este libro de intensidad narrativa encarnan la idea de que la palabra escrita no sólo es un vehículo de conocimiento, sino también un arma para organizar la cólera y perseguir la utopía.
La lectura de esta novela me ha retrotraído a dos libros de diferente factura, uno de narrativa y otro de ensayo, que pueden aportar riqueza al análisis. Me refiero a un relato: El mexicano (1911), de Jack London (Piedra Papel libros, 2025); y al magnífico trabajo realizado por Lily Litvak en El cuento anarquista (1880-1911) (Fundación Anselmo Lorenzo, 2003). Estos dos textos permiten apreciar la hondura ideológica y la potencia estética de La rebelión de los siervos, enmarcándola en una historia general de la literatura de inspiración social.
El primer nexo con el texto de Federica Montseny lo ofrece Lily Litvak, y es la devoción anarquista por la cultura como práctica emancipadora. En su esmerado estudio, encuentra rasgos comunes y definitorios de la literatura que se expone en los periódicos ácratas, que claramente están contenidos en La rebelión de los siervos: compromiso con su tiempo, reafirmación en las ideas y esperanza, sobre todo esperanza; aparte de un carácter didáctico y una apuesta por la educación como motor transformador. El protagonista de la novela es Manuel, un siervo de un cortijo andaluz que se convierte en la síntesis perfecta de esa confianza en la cultura: autodidacta, lector empedernido y enemigo declarado de la injusticia y la explotación a la que se ven sometidas las personas que mantienen los campos para mayor beneficio de los terratenientes. La figura del campesino que lee no es anecdótica, es la imagen política misma de la creación revolucionaria. Litvak así lo destacó en su libro. El universo libertario que ella estudió hacía énfasis en la difusión del saber entre las clases populares; no sólo pretendía despertar la conciencia sobre su condición económica, social y política, sino desarrollar al máximo sus capacidades críticas.
Lily Litvak calificaba esta explosión cultural como “literatura proletaria” que en el caso de La rebelión de los siervos podemos denominar también como “novela social”, caracterizada por estar centrada en los problemas cotidianos de los desheredados de la tierra, escrita con un estilo claro, directo y de fácil comprensión para un amplio público.
La narración se centra en la condiciones de opresión en que viven sus protagonistas. El estilo de Federica Montseny es lírico cuando es necesario, crudo y directo cuando la acción lo exige. Su escritura no disfraza la realidad con manierismos inútiles, propios de la época, la transforma en testimonio y en un grito de denuncia; la tensión dramática no decae a lo largo de la narración, se mantiene desde el principio hasta el desenlace final. Litvak destaca en su estudio que en los relatos libertarios la “trama” es con frecuencia soporte de una idea más amplia: la explotación, la utopía o la revolución; Federica Montseny consigue mantener la coherencia de la historia que nos cuenta y, al mismo tiempo, desplegar el programa moral y político de las ideas que pretende resaltar.
Los temas que destacan en la literatura libertaria, según Litvak, suelen ser: la naturaleza, la burguesía, el clero, el ejército, la guardia civil, la miseria, la delincuencia, la condición de la mujer, la vida del campesinado, la explotación industrial, la militancia revolucionaria, la acción directa, la moral anarquista y la utopía anárquica. Bien, pues gran parte de estos elementos están contenidos en esta pequeña novela. Por ejemplo, la relevancia de la mujer dentro del universo libertario, su necesaria y urgente emancipación. Montseny dota a su personaje Carmelilla de una densidad trágica y heroica: tullida, solitaria, resignada a su condición y valiente. Ella es un símbolo de abnegación y sacrificio cuando llega el momento. Pero no sólo ella se convierte en denuncia activa de la condición de la mujer, la madre de Manuel, Rosa, y otras campesinas que son tratadas como animales de trabajo de usar y tirar. El abuso y la violación por parte de los amos están presentes cotidianamente en sus vidas. El mensaje que transmite la autora es evidente: no puede haber revolución sin emancipación femenina, ambos hechos están intrínsecamente unidos.
Si pasamos a comparar La rebelión de los siervos con el relato El mexicano, de Jack London, encontramos afinidades sorprendentes a pesar de las diferencias de situación geografía, tiempo narrativo y ambiente. London escribe una fábula caracterizada por la entrega incondicional a la revolución: Felipe Rivera, joven boxeador, apuesta su cuerpo; en sí, su vida y su destino, a la financiación de la revolución que se está gestando en México, su país natal. Por su parte, Federica Montseny hace que Manuel convierta el amor al conocimiento y el odio de clase en combustible militante. Ambos relatos mitifican figuras que ofrecen sus vidas a una causa mayor, y revelan cómo la violencia puede ser una táctica de restitución y regeneración frente a la violencia sistemática del “poder”, en cualquiera de sus representaciones. London muestra la instrumentalización del espectáculo del boxeo, el ring y las apuestas como perfil de explotación; Felipe Rivera convierte cada uno de los golpes que recibe en un gesto político. Por su parte, Federica Montseny encuentra en el cortijo y en la lucha guerrillera un teatro de desigualdades enconadas, donde la ley está del lado de los propietarios y la idea de justicia es una vana ilusión. Las dos narraciones sitúan en primer plano la dimensión ética de la violencia revolucionaria, no la celebran, la inscriben en una lógica de defensa, de respuesta a la represión y al hambre. En los dos casos, la violencia posee rostro humano, no es un concepto abstracto, sino un acto que exige responsabilidad y que pasa por la inmolación individual. Esa humanización de la revuelta es uno de los atributos más potentes de la tradición anarquista y de la narrativa social.
Merece especial atención la dimensión simbólica de la naturaleza y el paisaje, que Litvak destaca en su libro, y que Federica Montseny refleja en la ambientación de la novela; sitúa la rebelión en un mundo rural donde el fuego devasta campos y cortijos. La tierra que había sido espacio de miseria y explotación, se convierte en un espacio dantesco. La naturaleza no es un simple telón de fondo, es testigo y víctima, y a la vez medio de emancipación, que espera lograr una reconciliación en el futuro mediante la colectivización de la tierra y los medios de producción.
Finalmente, es importante subrayar la función pedagógica de la obra. Montseny escribe para gente humilde poco o nada ilustrada, lo hace con sencillez, modela personajes arquetípicos y despliega una moral de la resistencia. London en El mexicano hace algo parecido, aunque con otra estética y un escenario diferente, pero en suma pretende sensibilizar al lector acerca de la urgencia del compromiso con la lucha revolucionaria.
Leer hoy La rebelión de los siervos es reencontrarse con una tradición que no ha perdido su capacidad subversiva, y con la convicción de que el conocimiento y la solidaridad son los instrumentos más eficaces contra las relaciones de dominación. Federica Montseny nos recuerda en La rebelión de los siervos que la literatura es formativa, y que la ficción, lejos de ser mero entretenimiento, puede convertirse en una escuela de lucha. En esta lección se inscriben tanto los cuentos anarquistas que Litvak rescata en su estudio como El mexicano, de Jack London; las tres obras nos hablan de la misma urgencia ética, y proponen, cada una a su manera, una estética de la resistencia.
El lector que se sumerja en estas páginas va a encontrar una trama bien construida y una auténtica pedagogía de la dignidad. Manuel, Carmelilla y demás compañeras forman parte de una genealogía de la insurrección en la literatura, que nos interpela desde el pasado y reclama una lectura activa. La rebelión que propone Federica Montseny es, en definitiva, una llamada a la memoria y a la acción; podríamos decir que se trata de un manifiesto en miniatura, una proclama que nos anuncia que conseguir la libertad y la emancipación social no resulta gratis, sino que exige tiempo, voluntad transformadora y sacrifico.
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