16 mar 2026

Las aventuras de Bakunin y los internacionalista de la región española

LAS AVENTURAS DE BAKUNIN Y LOS INTERNACIONALISTAS DE LA REGION ESPAÑOLA (2011)
Cesar Galiano Royo



Por Ángel E. Lejarriaga


Cuando se piensa en los orígenes del anarquismo en España, en muchas ocasiones se evocan nombres, fechas o las grandes ideas que lo caracterizan; por ejemplo, se destaca la figura de Bakunin o de Fanelli, los conflictos dentro de la Internacional entre el primero y Marx, y las grandes luchas obreras que se desencadenaron, influidas por sus precursores. No obstante, en pocas ocasiones se ofrece el punto de vista de los hombres y mujeres que por primera vez fueron conscientes de que podían organizarse sin opresores y cambiar el mundo. Las aventuras de Bakunin y los internacionalistas de la región española, de César Galiano Royo, editado por la Fundación Anselmo Lorenzo en 2011, se sumerge justamente ahí, en el momento en el que las ideas de emancipación impregnaron a la clase obrera de un país hundido en el analfabetismo, la injusticia y la desesperanza.

El punto de partida es conocido pero Galiano Royo lo transforma en relato. En 1868, el italiano Giuseppe Fanelli, enviado por Mijaíl Bakunin, llega a Barcelona con una misión difícil, convencer a un grupo de obreros, artesanos e intelectuales que la sociedad podía transformarse a partir de la cooperación, la autogestión y la fraternidad internacional. Sin dinero, con apenas unas cartas de presentación y unos cuantos folletos propagandísticos, Fanelli logró encender una luz que iluminaría para siempre la historia social del país.

El libro no es un ensayo académico ni una novela en sentido estricto, sino una mezcla de ambas cosas. El autor reconstruye hechos reales, la llegada de Fanelli, las reuniones clandestinas que mantiene y la creación de los primeros círculos de la Internacional en España; pero la narración la realiza con el pulso de una historia viva. El texto carece de notas a pie de página y de tecnicismos, pero abunda en personajes intensos, diálogos en consonancia, la descripción del ambiente de las tabernas donde se reunían los conspiradores, el ritmo de las calles y la viveza de las asambleas. Desborda una voluntad de hacer sentir al lector la emoción de quienes, tal vez por primera vez, escuchaban hablar de un mundo organizado sin autoridad coercitiva.

Bakunin es la figura tutelar que sobrevuela todo el libro. No visita España, pero su pensamiento y su energía revolucionaria impregnan cada página. Galiano lo muestra como un individuo apasionado, que afirmaba que la emancipación de los desposeídos no podía venir desde arriba, sino que debía brotar desde abajo, desde el pueblo. A través de cartas y relatos, el lector descubre la inmensa distancia que separa a Bakunin de Marx. Esa rivalidad tuvo importantes consecuencias en la Internacional. En España, la rama bakunista de la Internacional fue la que prendió con fuerza, porque quizá conectaba mejor con una tradición popular caracterizada por el espíritu comunitario y, sobre todo, rebelde.

Uno de los mayores aciertos del libro es mostrar cómo las ideas, en principio abstractas, que trajo Fanelli, tomaron forma en los cafés y ateneos de Barcelona, en los talleres, en los pueblos andaluces donde los campesinos comenzaron a organizarse. Galiano no presenta al anarquismo como una moda importada, sino como una semilla que encontró terreno fértil porque respondía a una necesidad profunda de justicia y dignidad. Los internacionalistas no eran filósofos ni héroes, eran hombres y mujeres comunes que tuvieron la inspiración de imaginar un mundo diferente.

El estilo de Galiano es directo, en ocasiones irónico, pero siempre empático. No sólo pretende contar la historia, sino rescatarla del olvido. Su escritura tiene un tinte de crónica, de narración muy próxima al lector, como si mantuviera una conversación con él y le dijera: «Mira lo que sucedió en España hace más de un siglo. Hoy todavía es importante». En ese sentido, el libro es una crítica al silencio histórico a que se han sometido hechos tan relevantes. Muchos de los nombres y episodios que aparecen han sido silenciados por la historia oficial. Este libro pone rostro y voz a una época.

Entre las páginas más vivas están las que relatan el proceso de creación de la Federación Regional Española, la sección de la Primera Internacional en el país. El entusiasmo inicial, las tensiones entre moderados y radicales, los conflictos con los marxistas, los debates sobre la acción directa y la organización de las luchas. Se percibe la pasión de una época en la que ciertas palabras tenían un peso que diferenciaba entre la vida y la muerte: libertad, solidaridad, justicia.

El libro posee momentos líricos sobre todo cuando describe el rostro cansado de un obrero que sueña con un mundo nuevo, o el brillo en los ojos de una mujer que escucha hablar de igualdad. Son pequeñas escenas que humanizan el relato. Hay una ternura implícita en la forma en que el autor retrata a los internacionalistas, no como santos ni como mártires, sino como seres humanos que dudan, que tienen miedo, pero que a pesar de ello siguen adelante.

También hay lugar para la crítica y la reflexión. Galiano no idealiza el movimiento, muestras las contradicciones y las divisiones. El anarquismo español, desde su nacimiento, estuvo marcado por las tensiones y las diferencias. Sin embargo el autor parece decirnos que pese a todo valió la pena; que aquellas «aventuras», discusiones y esperanzas, engendraron algo que sigue vivo en el presente.

Quizás el mayor mérito de Las aventuras de Bakunin y los internacionalistas de la región española sea recordarnos que las ideas no son meras elucubraciones abstractas, sino fuerzas que transforman la vida; que detrás de cada palabra, como «Internacional», «federación» o «revolución», hubo personas reales que apostaron su existencia por un sueño. Y que aunque ese sueño no se cumpliera, sigue siendo necesario recordarlo para no acostumbrarnos al mundo tal y como está hoy.

En tiempos donde la palabra «utopía» parece gastada, este libro recuerda que las utopías, más que destinos, son caminos. Y quienes empezaron a recorrerlos nos dejaron algo más que ideas, nos dejaron el ejemplo de no resignarnos jamás.

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