8 feb 2018

Una princesa en Berlín

Por Ángel E. Lejarriaga



Esta obra cayó en mis manos —una vez más— por casualidad, como muchos de los libros que leo a diario; alguien me los recomienda, me llama la atención la portada, o simplemente me gusta el título. En este caso fue una compañera de estudios quien me lo dio en fotocopias, recomendándome encarecidamente que lo leyera. Ese fue mi primer contacto, imborrable. Un tiempo después busqué el libro en las librerías y estaba agotado. «Mala suerte», me dije. Poco tiempo después, de paseo por la cuesta de Claudio Moyano, en Madrid, curioseando en una de las mesas expuestas, lo encontré de segunda mano. Ese es el ejemplar que conservo todavía. Lo he leído en tres ocasiones, y las tres he quedado encantado y, sobre todo, ilustrado, porque este libro tiene varias virtudes nada desdeñables; la primera es la propia historia cargada de tensión, de frivolidad, de liberalidad sexual, de cierto frío romanticismo, de realismo social; todas ellas piezas de puzle que encajan a la perfección. La segunda virtud es que está enmarcada fielmente en un contexto histórico —el periodo que transcurre entre la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial— que es descrito con minuciosidad desde sus costuras más ocultas. Por ambas cosas, la novela nos atrapa y de paso nos da una buena lección de historia contemporánea; algo nada desdeñable en los tiempos de analfabetismo generalizado que vivimos.

De Arthur R. G. Solmssen sé poco; nació en Nueva York en 1928 pero pasó la infancia en Berlín. Luego su familia se trasladó a Filadelfia. Estudió derecho en la Universidad de Pennsylvania. Su vida ha estado dedicada al derecho y a la escritura, compaginando ambas con éxito. Sus obras más conocidas son: Rittenhouse Square (1969), Fiesta de Alejandro (1971), The Comfort Letter (1975), Una princesa en Berlín (1980), Takeover Time (1986) y La esposa de Shore: una búsqueda (2000).

Una princesa en Berlín se publicó en España por primera vez en 1982 y desde entonces ha sido reeditada en más de veinte ocasiones, siempre con reconocimiento por un público que la va recomendando, de generación en generación, como un libro delicioso e imprescindible.

La historia se desarrolla en Berlín después de la Primera Guerra Mundial. Peter Ellis, el protagonista, ha participado en la guerra, de la que quedó afectado psicológicamente, y tras recuperarse decide viajar a la capital alemana a estudiar arte. Procede de una familia adinerada que ha planificado su vida de manera distinta. Él toma sus propias decisiones a pesar de correr el riesgo de perder la asignación económica que le proporciona su familia y que le permite vivir sin trabajar. Por la novela pasan muchas cosas. Se habla de una guerra que desangró a Europa y que no fue la última, por desgracia. De una revolución que puso fin a la guerra y acabó con un cambio de régimen: la República de Weimar; régimen en el que la clase obrera puso todas sus esperanzas de manera fallida. Narra también, la crisis económica del año 29 que redujo a la población a la miseria y a la casta prusiana a la pérdida de su vida aristocrática. Y, sobre todo, del advenimiento del nazismo, y de cómo el racismo antisemita más irracional se va incrustando en las mentes de los desesperados como justificación última de su hambre. Expresa también muy bien, cómo la obediencia ciega a la autoridad fue el motor que condujo al país a dos guerras. Una obediencia a la autoridad, sea la que sea, idiosincrásica, que produce satisfacción, el arma final, la sumisión voluntaria, negando toda capacidad individual para tomar decisiones desde un punto de vista crítico.

Un aspecto que describe a la perfección Solmssen es cómo las familias judías adineradas no se enteraron —atrincherados en sus torres de oro y marfil— de lo que está pasando, ni de lo que les iba a caer encima en poco tiempo. Algunas, incluso, vieron con un cierto regocijo que por fin hubiera alguien en Alemania que pusiera orden y se enfrentara a las potencias vencedoras de la guerra: Adolf Hitler, un mediocre cabo austriaco, dominado por la frustración y un odio a los judíos patológico.

Hay dos ambientes diferentes por donde circula la historia. Por un lado, un ambiente obrero miserable, donde un pintor con talento sin recursos da clases a Peter. La promiscuidad sexual, la prostitución de menores para sobrevivir, el hambre, la pobreza extrema son las características principales de ese escenario grotesco en el que todo parece posible, en el peor sentido, por abyecto que pueda parecer. El otro ambiente es todo lo contrario, compuesto por las familias nobles alemanas, ricas, judías o no, banqueros, políticos y militares, todas ellas envueltas por el glamour que produce el dinero y el refinamiento. Peter Ellis vive en una de estas grandes casas venidas a menos por la crisis económica. Mientras el día se desarrolla entre fiesta y regocijo, el autor nos describe minuciosamente lo que está sucediendo en el país y en Europa. Por ejemplo, se describe la revolución de los espartaquistas de Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht; aparece la muerte de Walther Rathenau, ministro de economía, asesinado por los nazis, todavía en los prolegómenos de lo que sería el terror del III Reich. Se hacen referencias al golpe de estado —golpe del Kapp— protagonizado por el general Lütlwiz en 1920; al golpe de estado de Hitler. Un tema que toca muy bien es el de la inflación galopante que sufre Alemania «con cuatro mil dólares se puede comprar la mitad de Berlín». No solo las referencias son políticas, también las hay artísticas, como la del pintor Max Liebermann, del dramaturgo Arthur Schniztler o del mismísimo Bertolt Brecht, que en la novela aparece como cantautor de prestigio, que se codea tanto con los ambientes obreros comunistas, como con ciertos elementos de la aristocracia culta.

La parte tierna de la novela la compone el romance que mantienen Peter Ellis y Lilí von Waldstein, una joven de tan solo 17 años perteneciente a una rica familia de banqueros judíos, los Waldstein.
«Pedí la cuenta. Cuando la trajeron, estaba cuidadosamente detallada y sumaba 650.000.000 de marcos. Muy serviciales habían calculado al cambio especial de 31 dólares con 63.
—¿Puedo ver esa cuenta? —preguntó Alfred, poniéndose las gafas de leer y, antes de que yo pudiera evitarlo, la tomó. Chistoph se puso de pie, miró por encima del hombro de Alfred y sacó la estilográfica […].
—¡Herr camarero! —gritó Alfred.
—Un momento —protesté—, esta es mi fiesta, sé que el lugar es caro…
No me prestaron atención. En un abrir y cerrar de ojos, el gerente y un cajero se habían reunido en torno a nuestra mesa.
—Herr Barón, es el procedimiento habitual aquí.
—¿Desde cuándo? ¡Esto es ultrajante!
—¡No es culpa nuestra, señor!
—¿De dónde ha sacado este tipo de cambio? Usted sabe muy bien que a las doce eran veintiséis mil millones (el dólar).
—¡Pero ahora son las dos de la madrugada, herr Barón! Tenemos que defendernos…
—¿E inventa por ello un nuevo cambio?
—El cambio da menos de veinticinco mil millones por dólar —anunció Christoph, que había estado haciendo cuentas en el reverso de un menú.
—Herr Barón, tenemos que defendernos —dijo el gerente.
—¿Cómo sabremos cuál será el cambio cuando depositemos el dinero mañana por la mañana? —pregunto el cajero. Era un joven pálido, colérico, de piel enfermiza y gafas de cristales gruesos. Vestía un traje raído. Parecía cansado.
—¡Usted está cobrando en dólares, hombre! —dijo Christop en tono de plaza de armas— ¡Mañana por la mañana valdrán más!
Por supuesto, ellos lo sabían perfectamente. Si yo hubiera tratado de pagar la cuenta en marcos —suponiendo que hubiera podido llevar al comedor más de setecientos noventa mil millones de marcos— no los hubieran aceptado. ¿Qué hacia la gente si no tenía dólares, libras, florines o francos? Algo que seguro no hacían era cenar en el hotel Adlon.
Cuando terminaron las negociaciones, mi cuenta había sido reducida en un dólar y veintitrés centavos, lo cual difícilmente valía la pequeña escena.»

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