26 oct 2026

Ensayos clínicos farmacológicos y mujer



Por Ángel E. Lejarriaga


Nos encontramos ante una agresión más contra las mujeres, institucionalizada y mantenida en el tiempo sin pudor alguno, y ello a pesar de que es bien conocida por las autoridades sanitarias de los países desarrollados entre los que se incluye el nuestro. Me estoy refiriendo a que gran parte de los estudios clínicos sobre fármacos y psicofármacos se han hecho y se hacen sobre población masculina, obviando las particularidades orgánicas que caracterizan a la biología femenina.

¿Qué se deriva inmediatamente de este hecho? Lo primero que llama la atención, y que escandaliza, es que la mitad de la población mundial está siendo medicada con fármacos que no sólo no han probado su eficacia en la mujer, sino que a la hora de desarrollar los protocolos de prescripción se han ignorado los posibles efectos secundarios que pueden acontecer sobre la misma.

Resulta una obviedad mencionar que muchos e importantes aspectos biológicos de la mujer funcionan de un modo diferente al hombre, desde las hormonas hasta su metabolismo, sin olvidar la gestación y la menopausia. Si esto es así, resulta incomprensible que no se tengan en consideración estas peculiaridades a la hora del estudio y recomendación de productos farmacéuticos que en teoría están indicados para potenciar o mejorar su salud. ¿Qué sabemos de los efectos secundarios que están afectando a las mujeres, debido a que dichos fármacos no han sido probados previamente en ellas? Nada. Y si se sabe, se oculta.
 
Un artículo publicado en la revista científica Front Pharmacol en 2024 «Sex bias in prospective follow-up observational studies with drugs carried out in a southern region of Europe» (Santonà et al, 2024), analizaba la cuestión, decía que a la hora de recetar psicofármacos habría que tener muy presente las diferencias hombre-mujer, pues se han constatado diferencias significativas en cuanto a eficacia se refiere y a efectos secundarios. Esto se ha publicado sin mayor relevancia, ni pública, ni privada, ni de la comunidad científica responsable de la metodología utilizada en investigación, si bien es algo conocido desde hace decenios en el área sanitaria, en la que se incluye, por supuesto, la Salud Mental.

¿Cómo hemos llegado a esto? Lo cierto es que no siempre fue así, a principios del siglo XX en los ensayos clínicos participaban hombres y mujeres; sin embargo, a partir de los años 50 se produjo un cambio radical en los procedimientos, fundamentalmente para que los resultados esperados por los laboratorios no pudieran quedar alterados por la biología femenina (menstruación, embarazo, menopausia), así como por la consideración nada científica de que tanto el organismo masculino como el femenino eran iguales salvo en lo que se refería a los órganos reproductivos. También se dijo ―quizá fue en lo que más hincapié se hizo― que esta exclusión estaba derivada de un intento por proteger la salud de las mujeres participantes en las investigaciones. Sea como fuera ―apostamos más por la argumentación primera que por esta última―, de la noche a la mañana las mujeres fueron excluidas de los ensayos clínicos. Lo que en un principio pudo estar inspirado parcialmente en un deseo de protección de las voluntarias en los ensayos, se convirtió décadas después en una práctica habitual que ha hecho que se desconozcan a nivel general los efectos que pueden provocar los fármacos en la población excluida.

Algo se ha ido avanzando en los últimos años sobre este tema, al menos se habla de ello, aunque no lo suficiente. Existe reglamentación establecida en Estados Unidos y también en la Unión Europea ―también la OMS tiene un protocolo al respecto― que exige la participación en los estudios de mujeres, pero lo cierto es que no se cumple, como muchas otras leyes que se hacen y cuya ejecución no se verifica.

El artículo a que se ha hecho referencia ―existen otros que van en la misma línea argumental― puntualiza que los preocupantes efectos secundarios aún lo son más si hablamos de estadios biológicos especiales en la mujer, por ejemplo la menopausia. No existen bases científicas con garantías a la hora de que la medicina recomiende la mayoría de los fármacos a este segmento de población.

Según refieren algunas especialistas en medicina de la mujer, el sistema hormonal, su evolución y sus cambios en ciertas etapas de la vida, pueden generar sinergias negativas sobre el efecto de los medicamentos sin que estos se hayan estudiado; por ejemplo, durante el ciclo menstrual o durante el embarazo. Estos factores no son considerados en ningún momento en los ensayos clínicos, incluso aunque en la actualidad puedan estar participando puntualmente un porcentaje de mujeres, de tal manera que la eficacia de los medicamentos queda en entredicho y proyecta una sensación de riesgo sobre las pacientes a las que se les receten.

Es obvio que este es un frente a abrir desde la intervención sanitaria y de la mujer. Se deberían tomar medidas legislativas supervisadas que obligaran a los laboratorios farmacéuticos a justificar sus ensayos clínicos desde una perspectiva biológica hombre-mujer. No hay que darle demasiadas vueltas, es imprescindible que se haga, es una exigencia de salud para el cincuenta por ciento de la población.

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