15 nov 2019

Travesuras de la niña mala


Por Ángel E. Lejarriaga



El hispano peruano Jorge Mario Pedro Vargas Llosa (1936) arribó al mundo con un cuaderno y un lápiz debajo del brazo dado el volúmen de su obra. Ha llegado a decir de sí mismo en una entrevista que no tiene talento para la literatura sino mucha disciplina a la hora de ponerse a escribir y elaborar sus obras. En cualquier caso, se le ha dado bien su relación con la pluma y mucho mejor con los lectores. Su colección de galardones es impresionante: Premio Leopoldo Alas en 1959, Biblioteca Breve en 1962, Rómulo Gallegos en 1967, Príncipe de Asturias de las Letras en 1986, Premio Planeta en 1993, Premio Cervantes en 1994 y Premio Nobel de Literatura en 2010. Además, el rey emérito tuvo la gracia de concederle un marquesado. Casi nada. Cosas que pasan en este país de opereta barata.

Travesuras de la niña mala (2006) hizo su novela número quince. La historia no tiene la complejidad que La ciudad y los perros (1963), por citar alguna, pero se lee bien y, sobre todo, se disfruta. Se la ha considerado ligera por alguna que otra crítica, y la primera en la que el centro narrativo gira alrededor del amor.

La narración da vueltas y vueltas alrededor de una relación entre Ricardito el “niño bueno” y Lily la “niña mala”. Él llama a esa relación amor y ella de diversas maneras según el contexto pero desde luego no amor. Sus aventuras y desventuras ―yo hablaría más de desventuras― se desenvuelven en un mismo plano temporal, cronológico. Comienzan cuando son casi unos niños, en los años cincuenta del siglo pasado, y terminan entrado el siglo XXI. No hay saltos en el tiempo aunque sí existen variados cambios de escenarios, localizados en los lugares en los que vive o viaja Ricardito por razones de trabajo: Lima, París, Londres, Madrid o Tokio. De hecho, cada capítulo se desarrolla en una ciudad diferente. Hay que destacar que París es un personaje más. Algún cronista comentó en su momento que esta novela es “un homenaje a París” y es cierto. El objetivo en la vida de Ricardito es vivir en París y hasta eso es capaz de abandonar con tal de perseguir las caricias de la “niña mala”.

En ocasiones lo que les ocurre a los personajes puede parecer algo disparatado. No es realismo mágico ni una burla grotesca. Me da la impresión que el autor inventa situaciones que le excitan y actúa un poco como un voyeur , deleitándose con las provocaciones de los dos amantes, sobre todo de ella.

La historia comienza con mambo de Pérez Prado y dos “chilenitas” atractivas y resueltas que inquietan sobremanera a los hormonados adolescentes de un barrio de clase media alta de Lima. Su liberalidad causa sensación. De ese primer contacto entre Ricardito y Lily nace un romance que se mantiene en el tiempo para él, el “niño bueno”, tal vez una obsesión, un apego casi patológico que va a arrastrar durante toda su vida.
“Sentía una inmensa ternura por ella. Estaba seguro de que la querría siempre, para mi dicha y también mi desdicha.”
¿Lo que viven los dos, más bien él, es un amor imposible? Yo diría que es una pasión desbocada que no hay forma de contener, que la “niña mala” alimenta siempre que le apetece porque esa es su esencia, la provocación, la manipulación, el deseo extremo, el frenesí, el arrebato, el ataque guerrillero y la huida, hasta el próximo encuentro.
“Hay días en que la recuerdo y me pregunto: ¿Qué estará haciendo? Hay noches en que la extraño y me pregunto: ¿Qué me estoy haciendo?”
A pesar de este ir y venir, Ricardito siempre la está esperando, aunque se lo niegue a sí mismo:
“Aunque dicen que sólo los imbéciles son felices, confieso que me sentía feliz.”
El final es gracioso y tierno, deja en el aire una frase de lo más literaria, casi un aforismo, como es la vida misma:
“Ahora que te vas a quedar solo, confiesa que te he dado tema para una novela.”
Uno de los personajes secundarios, amigo de Ricardito, expresa muy bien en un párrafo una definición alternativa al amor romántico tradicional que tanto nos hace perder la cordura:
“El secreto de la felicidad, o por lo menos, de la tranquilidad, es saber separar el sexo del amor. Y, si es posible, eliminar el amor romántico de tu vida, que es el que hace sufrir. Así se vive más tranquilo y se goza más.”
Buen texto en general para que los “niños buenos” afronten a las “niñas malas”, y viceversa. A lo mejor estaría bien alejarse de la tentación y el desasosiego, romper con la zozobra que producen las pasiones desmesuradas, pero… en la vida hacemos lo que podemos.
“La verdad, había en ella algo que era imposible no admirar, por esas razones que nos llevan a apreciar las obras bien hechas, aunque sean perversas.”

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