30 mar. 2017

La noche del oráculo

La novela se publicó en los EEUU en el año 2003, en España apareció un año más tarde en la editorial Anagrama. Si bien todas las obras de Paul Auster son sorprendentes y nunca te defraudan, esta sobrepasa cualquier expectativa anterior. Tanto técnica como temáticamente, Auster coloca su listón narrativo muy alto, si bien se pueden encontrar reminiscencias de una de sus primeras novelas ― muy recomendable―, Leviatán (1992). A esta última ya se la considera una obra maestra; entonces, qué decir de La noche del oráculo, ¿quizá que es insuperable?

Auster tiene la capacidad de contar historias que en boca de otros tal vez nos resultaran increíbles, pues él las presenta de tal modo que consigue sumergirnos en ellas y hacernos cómplices de sus artificios estilísticos. En este caso su atrevimiento le lleva a incluir notas a pie de página en el texto, que generan, simultáneamente, líneas narrativas diferentes que confluyen en un espacio común. Las historias que circulan por la novela, corren paralelas, se superponen, emergen unas de otras y conforman la obra. Magia pura ni más ni menos. Quizá sea uno de los libros más complejos que ha escrito Auster.

La novela describe, como han hecho otros autores norteamericanos contemporáneos, una sociedad decadente y agresiva; pone en tela de juicio la problemática del día a día de una ciudadanía que no sabe hacia dónde dirigir sus pasos.
«Todos hemos pensado alguna vez dejar la vida que llevamos.»
Su crítica, por momentos, va más allá de lo estrictamente urbano o doméstico, por llamarlo de alguna forma, para tocar lo político, y en ese punto el escritor no se muerde la lengua.
«La idea es que los gobiernos siempre necesitan enemigos, aun cuando no estén en guerra. Si no tienen enemigos, se los inventan y si no se propagan rumores. Eso asusta a la población, y cuando la gente tiene miedo, procura ser obediente.»
 El centro narrativo de la obra es Sidney Orr, un escritor neoyorkino que se ha pasado unos cuantos meses al borde de la muerte, de hecho los médicos le dieron literalmente por muerto. Cuando sale del hospital, pretende recuperar su vida pasada, y dentro de ella se encuentra la escritura, que ha abandonado durante la enfermedad. Pero la empresa no es tan fácil como él supone, está en blanco, no se le ocurre nada y eso le desespera porque si no escribe su vida carece de sentido. En esas andanzas se encuentra cuando por azar descubre una hermosa librería, regentada por un chino, el señor Chang. En cuanto entra en la tienda se queda maravillado de lo que ve, pero sobre todo le llama la atención un cuaderno azul fabricado en Portugal; hasta tal punto, que en cuanto lo adquiere comienza a escribir compulsivamente.
«Cuando empieza la historia, al despacho de Bowen acaba de llegar un manuscrito. Novela breve, con el sugestivo título de “La noche del oráculo”, es al parecer obra de Sylvia Maxwell, novelista famosa en los años veinte y treinta que murió hace casi dos décadas.»
Replanteando la cuestión, Paul Auster escribe una historia en la que aparece un personaje que se llama Orr ―eso nos queda claro―, y este escribe una novela que a su vez está inspirada en otra novela que nos habla de una cuarta de nombre La noche del oráculo. Alguien dijo que esta obra se representaba muy bien con la imagen de las muñecas rusas: cuando abres una y encuentras otra en su interior, abres esta última y aparece la siguiente, así sucesivamente.

Aunque contado de esta manera pueda parecer un texto farragoso, no lo es. Las vivencias transitan fácilmente, las podemos seguir sin ningún problema, a pesar de que se junten, se separen y se vuelvan a juntar.

Si se parte de la idea de que la narración va a ser lineal y podemos anticipar el final por anticipado, nos vamos a equivocar y mucho; nada es lo que parece, hay que leer atentamente y estar preparados para la siguiente sorpresa, que procederá del pasado o del presente, quién sabe. Las historias navegan por un océano borrascoso que es la vida de New York, de sus gentes, de sus calles, de sus comercios. Son las pequeñas cosas las que nos salen al paso y se desnudan delante de nuestras narices; unas veces seremos conscientes de su presencia y otras no: la vida misma.

Leer esta novela te hace amar la literatura, los libros y todo lo que ello conlleva de imaginación, de conocimiento, de introspección, de análisis, de compartir, contando a través de la palabra escrita.
«La mesa de un escritor es un lugar sagrado, el santuario más íntimo del mundo, y está prohibido que los extraños se acerque a él sin permiso.»
«No queremos saber cuándo vamos a morir ni cuándo va a traicionarnos la persona a quien amamos. Pero nos encantaría saber cómo eran los muertos antes de morir, conocer a los muertos cuando estaban vivos.»
El amor y la muerte, el dolor, el deseo, la alegría y el perdón nos acompañarán por sus páginas como amistades próximas que nos señalan uno de los posibles caminos que la existencia dibuja sobre su campo visible.
«El misterio del deseo empieza cuando se mira a los ojos al ser amado, porque únicamente allí puede percibirse un destello de quién es esa persona.»
El propio Paul Auster manifestó en su momento que a la hora de escribir la novela había querido indagar en el amor y en el perdón, y que le interesaba mucho saber si era posible que a través del primero consiguiéramos el segundo. Es decir, que si el amor nos dota de la capacidad de perdonar: «Todos cometemos errores y hay quién no puede soportar eso.»

El mundo de La noche del oráculo es el mundo de Auster, en plenitud; es su universo particular, que él ha definido como un dios omnipotente, y en el que desea enmarcar su obra, centrado en la ciudad de New York y en el azar como variables dominantes.
«Al llegar, Nick va al mostrador de billetes y pregunta cuándo sale el siguiente vuelo. ¿El vuelo a dónde?, pregunta el empleado. A cualquier parte, responde Nick.»
«Flitcraft cae en la cuenta de que el mundo no es un sitio tan racional y ordenado como él creía, de que ha estado equivocado desde el principio y jamás ha entendido ni palabra de lo que ocurría en él. Es el azar quien gobierna el mundo, lo aleatorio nos acecha todos los días de nuestra vida, una vida de la que se nos puede privar en cualquier momento, sin razón aparente. Cuando termina de comer, Flitcraft concluye que no tiene más remedio que someterse a esa fuerza aniquiladora, que debe destruir su vida mediante algún gesto sin sentido, totalmente arbitrario, de negación de sí mismo. Pagará con la misma moneda, por decirlo así, y sin molestarse en volver a casa o despedirse de su familia, sin tomarse siquiera el trabajo de sacar dinero del banco, se levanta de la mesa, se dirige a otra ciudad y empieza una nueva vida.»