8 ago. 2018

Lo que cuesta nacer

Decía Juana Rouco Buela (Madrid, 1889 – Buenos Aires, 1969) cuando escribió sus memorias con setenta y cuatro años, que lo hacía para que su experiencia y la de las personas que la habían rodeado a lo largo de su vida no quedaran en el olvido y pudieran ser sumadas a otras vidas, que en conjunto refieren una narración diferente a la que se transcribe en los libros de la historia oficial, en colegios, institutos y universidades (Historia de un ideal vivido por un mujer. La Malatesta. Madrid, 2012). Estamos hablando de la historia de los hombres y mujeres sin nombre ni apellidos, que verdaderamente sostienen y alimentan el curso de los acontecimientos, aunque nunca les sea reconocido.

A la misma conclusión ha debido llegar Antonio Morillas Jiménez (Purullena, 1959). De esa reflexión lúcida ha nacido esta obra, Lo que cuesta nacer (2018), Editorial Nazarí, Granada. Antonio empezó a escribir —primero poesía— a esa edad en la que todo da miedo, todo es interesante y a la vez está lleno de exaltación y esperanza: la adolescencia. Sin embargo, han tenido que pasar muchos años, andar muchos caminos y abrazar innumerables lecturas, para que su esfuerzo haya tomado forma material más allá de su baúl secreto, ese con el que juega su memoria y su oficio literario.
[…] y porque me fue dado
el don de la palabra, hablo y escribo,
incluso, si es preciso, grito
para que las palabras
no formen un nudo de silencio
en la garganta y me ahoguen… […]
                     Así soy (Un paseo por los días)

Su primera incursión en el mundo editorial se produjo en el año 2015 con su poemario —al que hago varias referencias en este texto— Un paseo por los días, Aliar Ediciones, Granada. Esa colección de poemas fue un anticipo de lo que vendría tres años después, es decir, un repaso, de una manera sucinta y contundente, por gran parte de su vida; recorrido iniciático en el que se exalta el amor como leitmotiv de la existencia, la frustración ante presentes indeseados, los abismos existenciales repletos de preguntas sin respuesta y, por supuesto, los forzosos recuerdos infantiles llenos de fantasmas. El conjunto conforma un cóctel entrañable y emotivo, con el que por momentos llegas incluso a identificarte a nivel personal, sobre todo si posees una edad semejante; cada ser humano es un mundo, pero coincidimos con el resto de mundos en muchas cosas que la experiencia dota de sentido.    
[…] Entonces pensé que poco a poco
nuestro cuerpo camina hasta convertirse
en el cadáver que será,
y en los diferentes estadios de la razón
aparecemos maquillados con colores ocres
más claros, más oscuros, hasta llegar
al pálido color del mármol que nos absorberá
hasta convertirnos en nada.

                 Luz blanca (Un paseo por los días)
Sirva este bello trozo de poema de introducción a lo que viene después.

Evidentemente, es preferible leer primero Un paseo por los días antes de sumergirse en Lo que cuesta nacer. El puzle de la existencia de Antonio adquiere así mayor valor.
Vivir pegado a su tierra
le hace sentir el pulso
de los hombres que la habitan. […]

                Un hombre pegado a su tierra (Un paseo por los días)
Con la aparición pública de Lo que cuesta nacer, Antonio Morillas Jiménez se convierte en el griot de la familia. Un griot es un narrador de historias de África Occidental, que transmite sus narraciones como lo haría un poeta o un legendario músico ambulante. Es, de una manera innegable, un depositario de tradición. En este caso la narración no es oral sino escrita. En cualquier circunstancia, la supervivencia de la memoria familiar está asegurada. Así, nuestro griot nos adentra, con un lenguaje fluido y directo, en una gran obra —que es universal al ser fusionada con otras semejantes— descriptiva de lo que ha vivido, por dentro y por fuera, solo y en compañía.

Al adentrarme en sus páginas tengo la sensación, como cuando viajaba de niño por la noche en el expreso de Andalucía, que las escenas pasan demasiado deprisa, sin tiempo para retenerlas ni para digerirlas. El punto de partida es la nada de una estación somnolienta y de pronto, como por ensalmo, aparece la matanza del cerdo, esa fiesta cruel que ha alimentado a familias enteras españolas desde hace cientos de años. Te imaginas, más que ves, a los pobres cerditos, engordados para su fin chispeante para unos, trágico para otros. Del cerdo pasamos a Martín el alguacil, al cura putero, al niño que mea a la procesión cuando pasa debajo del balcón de su casa, a la marcha del padre al extranjero para buscarse la vida, porque por eso abandonó a su mujer, a su hijo y a su tierra, para ganarse el pan, algo que se presume fácil y que siempre ha sido tan difícil en España, y que lo sigue siendo a pesar de lo modernas que son las personas que nos han gobernado los últimos cuarenta años. Pero bueno, «no solo de pan vive el hombre» dijo el crucificado; hago una cita religiosa porque me eduqué con curas, gracias a ellos me convertí prontamente en ateo, a dios gracias. Pues sí, mientras el padre emigra, la tía Toñica aparece como un referente trascendental desde su nacimiento. No se olvida Antonio de citar al abuelo Morillas cuya economía fue de más a menos, al finalizar la guerra civil. El buen hombre puso su empeño en gastar su peculio, priorizando el hambre de otros antes que el de su propia familia. «Cuentan quienes le conocieron que el abuelo Morillas bajaba con un carro desde el cortijo al pueblo a recoger el pan para la familia y para los hombres que trabajaban en su casa. Cuando volvía, el pan había menguado porque la gente necesitada le salía al paso, le pedía pan y él no lo negaba».

Luego hace acto de presencia el abuelo Grillo que vivía en una cueva donde nacieron sus doce hijos e hijas; la hija más pequeña fue la madre de Antonio. El abuelo Grillo era considerado un rojo y eso le trajo más de un problema en el pueblo. Digamos que la vida de los dos abuelos no fue fácil, el régimen salido del victorioso golpe de Estado de 1936 se encargó de ello. Después de todo tuvieron suerte, no acabaron fusilados en una cuneta y desaparecidos ochenta años después.


Nuestro tren nocturno corre y corre sin cesar, y el niño Antonio crece deprisa, es feliz «aunque entonces no supiera muy bien en qué consistía la felicidad».
[…] porque sólo los estúpidos
son felices a tiempo completo.

               Ella me preguntó si era feliz (Un paseo por los días)
Gran época esa, la primera infancia, antes de los diez años, en la que no diferenciamos todavía los sueños de la realidad; por ejemplo, Antonio quería ser torero, en la «España de charanga y pandereta» que tan bien dibujó Antonio Machado en Campos de Castilla, serlo suponía enriquecerse de manera rápida. Los toros fueron una ensoñación que tuvo su intríngulis en aquel momento de su vida, pero también lo fueron los huevos de las gallinas de su tía Torcuata, que él expropiaba con desparpajo para contribuir a la manutención de la familia. Vivían en la calle Real de Purullena y carecían de casi todo, por supuesto de televisión, que a veces veía a través de una ventana de Antonio el boticario. También tenía televisión su tía Pilar, «En su casa nos pasábamos parte del vecindario las noches de los viernes».

La madre de Antonio, Adoración, siempre está presente en las páginas del libro, como una entidad vigilante, que le observa e intenta dirigirle aunque con poco éxito. Es su obligación de imberbe atrevido romper el hilo umbilical que le une a ella para crecer como persona y desarrollar un espíritu crítico propio. De su padre, Antonio, también tiene la memoria muy fresca. Su figura lo llena todo, desde sus silencios impenetrables, desde sus cartas de exiliado económico, parcas en noticias sobre su vida pero rebosantes de besos para los niños y para su esposa; siempre ahí presente como una sombra indesmayable, que también observa pero que interviene poco. Antonio padre es más de dejar hacer, de dejar pasar. Ese es su talante natural. 

Mientras Antonio padre está en Suiza su esposa Dora, lee y relee las cartas, siempre insuficientes, cortas, casi un telegrama descarnado. Su distancia provoca lágrimas furtivas que Antonio hijo descubre como por descuido, y lo mismo que su madre se desgarra en su soledad él la acompaña, cómplice, desde el enclaustramiento voluntario en su habitación.

No lo tenían fácil entonces, Antonio y Adoración, nunca lo tuvieron, al menos hasta que la progenie se hizo mayor. Cuando Antonio padre se marchó Dora se quedó con los niños y con escasas ayudas, qué podía hacer Antonio hijo, para paliar el drama, aunque fuera el mayor, el hombre de la casa. Nada. Después comenzó el primer exilio para él. Carretera, maletas y otro país, Suiza, mas Antonio hijo no quería estar allí, añoraba su pueblo: «—Mamá, yo me quiero ir a Purullena.» Su tierra, gran anhelo fuente de zozobra. Cada cosa a su tiempo. Así suele ocurrir. Volverían pero en su momento. Aunque era poco lo que necesitaban para ser felices, o moderadamente felices, algo sí requerían para no volver al origen con las manos vacías.

El expreso sigue corriendo a toda velocidad, con sus imagines inaprensibles, confundiendo paisajes, Suiza, Palma de Mallorca, Granada, ausencia tras ausencia; y entonces el azar hace una pirueta y cuando a la hermana le faltaban pocos meses para cumplir un año se les va sin un gemido de aviso, ante la indiferencia de un médico prepotente y soberbio al que tal vez, se me ocurre, habría que haberle hecho pagar su negligencia y falta de empatía con los humildes.

Hay ocasiones en las que me cuesta perseguir la noche, y no quiero seguir mirando por la ventanilla para no descubrir más sinsabores ajenos, me basta con los míos, pero la curiosidad me puede, y entonces indago a través de la ventanilla medio bajada, con riesgo a que una carbonilla ardiente procedente de la locomotora me queme un ojo. Qué le vamos a hacer, solo vivimos una vez.

Un claro en la noche me habla de colegios, de maestros, de lecciones, de libros, de una puerta al conocimiento que se abre sin que haya ni disposición ni dinero para atravesarla. Quizá no es el momento, tal vez es necesario que Antonio hijo se incorpore a trabajar, que aporte algo de dinero a la ajustada economía familiar. Es el mayor y esa es una desgracia como otra cualquiera en una familia numerosa; aunque peor lo hubiera llevado de haber sido mujer, en ese caso tal vez no hubiera aprendido ni a leer.

Antonio no se olvida de la Iglesia, presente en su infancia como una enfermedad de nacimiento; dice que «me daba miedo la iglesia». Hacía bien en percibir esa alarma ante la presencia de las sotanas infames, y las voces melosas que imploraban a vaguedades útiles para acallar el hambre de los sometidos. Aun así, nuestro viajero de la existencia, Antonio hijo, hizo su esfuerzo por entender las historias «de serpientes que hablaban y ofrecían manzanas a mujeres que vivían en el campo, de hombres que resucitan o que multiplicaban panes y peces para que pudieran comer los invitados que se presentaban sin avisar a un banquete». Es que hay que ser muy crédulo y tener poco espíritu crítico para tragarse esos cuentos, pero cada persona hace lo que puede con su entendimiento. Acepto que el lobo se quiera comer a caperucita, o bien está hambriento o es pedófilo, en cualquier caso, es un poco cabrón en sus intenciones; pero lo de la serpiente tiene su miga, y lo de los panes y los peces más si cabe, vamos que con muchos milagros así se acababa con el hambre del mundo de un plumazo. Mucho me temo que la Historia contradice estas patrañas infantiles, malintencionadas. Puesto a elegir, me quedo con el lobo; solo falta que caperucita aprenda algo de artes marciales y le rompa los huevos al dentudo por sus malas intenciones. Pero cada cosa a su tiempo. Antonio hijo es muy joven todavía y necesita un recorrido imprescindible para llegar a estas conclusiones o parecidas.
Algún día, los pobres de la tierra
saltarán las murallas y derribarán
las puertas de nuestro bienestar;
reclamarán con justicia la parte
que pocas veces recibieron
y nos echarán en cara la desidia
de nuestro silencio cómplice
y todas las batallas banales
que nos enfrentan mientras la mayoría
navega hacia la indigencia. […]

                Costumbres (Un paseo por los días)
En esa época todavía no era un rojo recalcitrante, así que le tocaba vivir en el constante pecado, con lo que eso conlleva de arriesgarte a que te condenen a vivir eternamente en una especie de horno crematorio que nunca te acaba de consumir del todo. Si lo vio así, es posible que llegara a la conclusión de que la iglesia católica es una institución bastante sádica tanto en su imaginario como en su práctica histórica.


Entre ausencias, miedos y perenne precariedad, el niño Antonio deambula por los años como puede, solitario, reflexivo, tímido, indagador de los misterios de la vida, aunque no sepa bien por donde inquirir certezas. Aún no le ha llegado la hora de ser iluminado por San Carlos Marx o San Mao Zedong. No es para escandalizarse, por supuesto. Cuando yo me quejaba a mi tía Dolores, espetándole que tenía la casa llena de santicos y de velas encendidas, ella me respondía impasible y risueña, que yo también tenía los míos, aunque ella no los conociera: Durruti, Bakunin, Kropotkin… Sin comentarios.

El tiempo fue pasando y cuando Antonio hijo se quiso dar cuenta se encontró con que su Purullena querido se iba a quedar lejos pues Antonio padre había encontrado trabajo en Madrid, y en la capital del reino iba a empezar a escribir su familia otra historia, no menos memorable que la anterior.
[…] Nosotros, hijos de la tierra,
“como los hijos de la mar”
partimos con el único equipaje
de la esperanza en el regreso. […]

Así, fuimos extranjeros
en los vastos territorios
que existen más allá del alma,
en los que siguió reinando,
como un rey destronado,
nuestro añorado paraíso perdido. […]

                Exilios (Un paseo por los días)
Él lloró y pataleó pero no había marcha atrás, tendría que aprender a vivir con la nostalgia de su tierra, estaban en el año 1968 y ya eran cinco de familia. Tal vez una buena planificación familiar —que no existía entonces—, le hubiera hecho la vida más fácil a Dora, que estaba hasta los ovarios de tanto parir y parir. La marcha, más que triste, fue desgarradora. «Entonces quería pensar que pronto estaríamos de vuelta». Pero, ¿cuándo los planes en la vida se cumplen como los imaginamos? Nunca. Soy realista. «Éramos pequeños pero ya conocíamos los rigores del invierno de los exilios». Quizá siempre estamos exiliados de nuestros sueños, parece que casi los podemos tocar; sin embargo, se esfuman en el aire como lo que son: humo hermoso y atrayente.

Esta es la historia que cuenta Antonio Morillas en Lo que cuesta nacer. Aún queda mucho más por ver, pasan más cosas: mudanzas de casa, nuevos hermanos y hermanas, cambios de empleo de Antonio padre, un nuevo colegio, su bautismo en el mundo laboral, Madrid capital, los compañeros de trabajo, la mujer como presencia romántica idealizada y también como fuente de deseo, los poemas, los espejismos de cambio social, los anhelos revolucionarios, el desencanto, el desarrollo de la identidad personal, y, sobre todo, una curiosidad imperecedera por representar el exigente rango de posibilidades de la existencia, constantemente cuestionado por un interrogante que a todas las personas nos estrangula: ¿encontraremos nuestro lugar en el mundo en esa vorágine de posibilidades?
¿Por qué hui de las aguas
turbulentas para nadar
en las más tranquilas
de los lagos?
¿Por qué abandoné aquel tren
para tomar aquel otro?
¿Por qué busqué tierra firme
y no me adentré en el mar?
¿Por qué prefería caminar a volar?
¿Por qué no besé aquellos labios
y me tendí en estos brazos?
¿Por qué me fui de allí?
¿Por qué llegué aquí?
¿Por qué hui de la guerra
y busqué la paz?
¿Por qué?
Toda la vida buscando respuestas.

                 Hombre ante su pasado (Un paseo por los días)