8 nov 2019

El invierno en Lisboa


Por Ángel E. Lejarriaga



Esta novela de Antonio Muñoz Molina (1956) fue la segunda en su ya larga producción, aparecida en 1987 y con la que ganó el Premio Nacional de Narrativa y el Premio de la Crítica. Es fundamentalmente una historia de amor que me recuerda en algunos aspectos a esa otra novela de Mario Vargas Llosa “Travesuras de la niña mala”. Digamos que Muñoz Molina es mucho más caritativo con Santiago Biralbo, el protagonista. Aunque por lo demás, sufre tanto como el Ricardito de Vargas Llosa. 

En líneas generales, narra las peripecias de un pianista de jazz que se enamora perdidamente de una mujer compleja, Lucrecia, que está casada con un americano siniestro con amistades, evidentemente, siniestras. La búsqueda de un millonario cuadro de Cézanne va a generar muchos problemas a nuestro pianista.
  
Esta es la historia general pero pasan muchas cosas. Un crítico al leer la novela comentó que tenía un gran parecido con la forma en que se hace jazz. Tenemos una actuación, en ella hay varios músicos, cada uno toca un instrumento, en un principio interpretan la melodía y en un momento dado empiezan a improvisar, cada uno hace un solo, para recuperar la melodía de nuevo, como una especie de vuelta a empezar. La pieza podría ser eterna según la riqueza de los intérpretes para no repetirse. Tengamos presente que no hay dos piezas que se toquen igual, salvo en la parte melódica. Pues algo así es esta historia “loca” o mejor dicho, de “amor loco”, que por momentos parece imposible, que toma forma y envuelve a los amantes para separarlos de nuevo y dejarlos ante su propia existencia individual, colmada de conflictos oscuros.
"hay en mi novela una especie de invocación a los bares, a los lugares no legitimados como patria".
La novela te dosifica la información, te proporciona lo esencial en cada momento, para que pases la página y sigas leyendo, pero en realidad parece un pozo sin fondo en el que esperas que aparezcan nuevos personajes tenebrosos para poner patas arriba todo el entramado dramático.

Se la podría considerar como una novela negra repleta de lluvia, sombras, alcohol, horas tardías, individuos solitarios, individuos buenos y otros muy malos, mujeres exuberantes y seductoras que te atraen como la miel a las moscas. Muñoz Molina dijo en una entrevista que no había escrito una novela negra; sin embargo, es lo que parece. Falta, desde luego, un detective perdido y maldito, que deambula por las noches como un espectro, que nunca parece encontrar lo que busca. El pianista es un poco el que desempeña ese papel, persiguiendo la figura de Lucrecia e intentando comprender lo que sucede a su alrededor.
"Hay en él un paralelismo entre el discurso amoroso y el discurso artístico. Mi protagonista busca en la música y en el amor, en ese amor magnético que le fue dado en plena inocencia y que sólo puede recuperar cuando ya ha renunciado a conservarlo, una justificación absoluta".
Los protagonistas viven intensamente cada momento de su existencia, siempre al borde del precipicio, que les atrae como una maldición y en el que parece van a caer en cualquier momento.
"Un escritor es como el niño que está jugando y dice convencido que está en el castillo de irás y no volverás. Porque cuando uno escribe sabe que tras una puerta cerrada caben todos los prodigios..."
Indudablemente las ciudades ocupan un papel importante en la narración, son un personaje más, sobre todo Lisboa.
"Había imaginado una ciudad brumosa como San Sebastián o París. Le sorprendió la transparencia del aire, la exactitud del rosa y el ocre en las fachadas de las casas, el unánime color rojizo de los tejados, la estática luz dorada que perdura en las colinas de la ciudad con su resplandor como de lluvia reciente... Como algo que me dijo una vez... que Lisboa es la patria de su alma, la única patria posible de quienes nacen extranjeros, también de quienes eligen vivir o morir como renegados..."
Aunque también está presente de manera significativa San Sebastián y Madrid.
"Supongo que hay ciudades a las que se vuelve siempre igual que hay otras en las que todo termina y que San Sebastián es de las primeras... Tengo un recuerdo de fachadas con balcones de piedra oscurecidos por la lluvia, de un paseo marítimo ceñido a una ladera boscosa, de una avenida que imita al bulevar de París y tiene una doble fila de tamarindos desnudos en invierno, coronados en mayo por extraños racimos e flores de un rosa pálido muy semejante al de las espumas de las olas en los atardeceres de verano. Recuerdo las Quintas abandonadas frente al mar, la isla y el faro en mitad de la bahía y las luces declinantes que la circundan de noche y se reflejan en el agua con un parpadeo como de estrellas marinas, lejos, al fondo estará el rotulo azul y rosa del Lady Bird, con su caligrafía de neón, los veleros anclados que tenían nombres de mujeres o países, los barcos de pesca que despedían un intenso olor a madera empapada y a gasolina y a algas..."
Todo esto que estoy diciendo está siempre impregnado de música, de mucha música, de Santiago Biralbo, pianista, o de Billy Swan, trompetista; personaje inspirado en la figura de Dizzie Gillespie. Sin la música no habría novela, es inimaginable.

Para el que desee sumergirse en las páginas de Invierno en Lisboa, sugiero que lo haga cuando nadie pueda molestarle, por la noche, quizá después de las doce, que ponga un buen disco de bebop, por ejemplo de Gillespie, Parker, Roach, Powell o Monk, y se arroje en la charca oscura de la narración donde le esperan la magnética Lucrecia y el seductor pianista Santiago Biralbo.

Hay película de la novela de fecha 1991, con el mismo nombre, y dirigida por José A. Zorrilla, con la deslumbrante participación del trompetista afroamericano Dizzie Gillespie.

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