17 abr. 2018

El cuento de la criada


Hasta la aparición en televisión de la serie «The Handmaid’s» en el año 2017, Margaret Atwood (1939) no es que fuera precisamente una desconocida pero sí que era más popular entre las amantes de la ciencia ficción. La serie, para más señas, ha cosechado 3 Globos de Oro, 8 Premios Emmy, el Critics Choice Awards, el Stellite Wards, el del Sindicato de Productores, el del Sindicato de Directores, el del Sindicato de Guionistas, el del Sindicato de Actores… Un buen repertorio de premios en su corta andadura: una sola temporada. Ni que decir tiene que la autora no se esperaba la popularidad de una novela que había escrito en 1985. Vivir para ver o como se dice también, «más vale tarde que nunca». Al fin, su gran labor como escritora ha sido reconocida gracias a la televisión.

Pues bien, esta canadiense, que el año que viene cumplirá ochenta años, ha tocado y toca varios géneros literarios, escribe poesía, novela, ensayo, guiones para televisión y hace crítica literaria. Ha sido profesora universitaria y se ha implicado activamente en los movimientos sociales de su país. Pertenece a Amnistía Internacional y forma parte de Bird Life International, una organización dedicada a la protección de las aves. Su infancia la pasó en contacto directo con la naturaleza debido al trabajo de investigación de su padre sobre entomología forestal. Desde temprana edad fue una ávida lectora. Comenzó a escribir a los dieciséis años. En 1961 se licenció en filología inglesa. Ese año consiguió la Medalla E. J. Pratt por su poemario Double Persphone. Hasta 1964 se dedicó a realizar diversos estudios en Harvard. Tras concluir dichos estudios comenzó a dar clases en distintas universidades entre ellas la Universidad de British Columbia, la Universidad Sir George Williams de Montreal, la Universidad de Alberta, la Universidad de York y la Universidad de Nueva York.

Algunos críticos la han considerado como una escritora feminista. Esto puede ser verdad porque en sus obras destaca el tema de género, centrándose mucho en el mito de la feminidad, en la presencia en el arte del cuerpo de la mujer, y en la explotación de ésta en todos los ámbitos. Ha escrito también sobre otros temas como las relaciones entre los EEUU, Canadá y Europa, los derechos humanos y la ecología.

Un libro importante en su trayectoria sobre el tema «mujer» fue The Edible Woman, aparecido en 1969, al que sucedieron dos libros de poemas Procedures for Underground (1970) y The Journals of Susanna Moddie (1970). En 1971 apareció otro libro también con el tema central «mujer» —si es que alguno no lo tiene—, Power Politics. Un año después publicó un libro sobre crítica literaria centrada en Canadá: Survival: A Thematic Guide to Canadian Literature. Ese mismo año hubo una nueva publicación, en este caso se trató de una novela centrada en las consecuencias de la tecnología sobre el medio ambiente: Surfacing. En 1974 vio la luz You Are Happy, a la que siguió una mofa sobre el amor romántico y los «cuentos de hadas», Lady Oracle (1976); y así siguió escribiendo, de manera incesante, hasta nuestros días: Nada se acaba (1979), Bodily Harm (1981), The Hadmaid’s Tale (1985), Ojo de gato (1988), La novia ladrona (1993), Alias Grace (1996), El asesino ciego (2000), Oryx y Crake (2003), The Penolepiad (2005), El año del diluvio (2009), Maddadam (2013), Scribbler Moon (2014), Por último, el corazón (2015), Hag-Seed (2016). Ha publicado mucho más tanto en poesía como en ensayo.

El cuento de la criada es una novela de ciencia ficción, una distopía, es decir, lo contrario a una utopía, una sociedad indeseable que no ofrece nada bueno con lo que soñar, más bien a lo que odiar, 1984 de George Orwell es un buen ejemplo de ello. La obra, aparte de poner en el centro del relato a la mujer, nos describe un momento histórico, bastante creíble, que ya hemos vivido en el pasado, que se está viviendo en algunas partes del planeta y que probablemente podemos vivir en nuestro propio país en unos cuantos años.

Desde hace mucho tiempo se ha dicho con acierto que la «revolución» será feminista o no será. Desde el optimismo podemos imaginar que en un futuro inmediato, el sexo femenino consciente de su opresión y determinado a conquistar el espacio que le corresponde como cincuenta por ciento de la población mundial que es, hará lo que sea necesario no solo para reivindicar su sitio sino para imponerlo si es preciso. A principios del siglo XX se creía que la tensión entre burguesía y proletariado iba a conducir inexorablemente al socialismo y mira por donde, surgió el fascismo y su manifestación más extrema e irracional, el nazismo; no me olvido del estalinismo. Así las cosas, siendo menos optimistas podemos imaginar que el patriarcado puede reaccionar ante la tensión feminista y tomar decisiones en línea con la narración de Margaret Atwood. De hecho, la cosificación de la mujer está totalmente extendida por la mayoría de los países del mundo. En la mayoría de los países musulmanes las invisibilizan y las apartan de la sociedad, dejándolas reducidas al entorno del hogar; pero tampoco se quedan atrás las naciones en las que impera el catolicismo más ortodoxo o el hinduismo. Cuando pensamos en situaciones lacerantes para el sexo femenino tendemos a mirar para otro lado y nos olvidamos de mirar en nuestra propia casa. Según mis referencias —que por supuesto pueden estar equivocadas— en una reunión de las cabezas más importantes del Partido Popular, en un momento informal de la misma, una lideresa esposa, por más señas, de uno de sus líderes más carismáticos, afirmó sin despeinarse que el problema del paro y de las ayudas a la dependencia podrían solucionarse si la mujer dejara de trabajar y se quedara en el hogar al cuidado de niños y mayores; con esto no solo se beneficiaría la sociedad sino también los presupuestos generales del estado.

La novela de Atwood se desarrolla en dos tiempos, el presente y el pasado de Defred, la protagonista, convertida en esclava reproductiva sexual al servicio de los líderes. Defred apenas habla solo piensa, su vida se desarrolla prácticamente en su cabeza, el único lugar en el que puede ser libre.


Ha llegado a ese punto después de que haya habido un golpe de Estado en los EEUU por parte de un partido de teócratas, implantando en el mismo una férrea dictadura —república de Gilead— en la que todas las libertadas son suprimidas, convirtiendo a la mujer bien en objeto decorativo o en sujeto reproductor. Esto es debido a los problemas de fertilidad generados por la contaminación medioambiental. Defred es fértil, ahí reside la maldición que la convierte en «Criada», un útero útil para ser inseminado, en el que se engendran los vástagos de la dictadura. En el momento que es capturada Defred pierde todos sus derechos, propiedades, trabajo, acceso a la cultura, incluso a la más mínima comunicación. Los teócratas la convierten en un animal doméstico. Por supuesto, solo puede tener relaciones sexuales con su dueño que la viola según un ritual establecido, o cuando le interesa, de manera oculta, si así lo decide. En todo este escenario alucinado, hay otras mujeres que desempeñan diversos papeles dentro del régimen, desde las esposas de los líderes, hasta las cocineras, limpiadoras o educadoras.


El ambiente en el que vive Defred es asfixiante con pocas posibilidades de escape, no obstante, como ha demostrado la historia, toda acción genera contradicción, siempre hay salidas, resistencias, vulnerabilidades del enemigo que se pueden explorar y explotar en su momento.

La novela nos cuenta una moraleja relacionada con la falta de pensamiento crítico de las sociedades modernas, con la tolerancia con las religiones y el poder que se les permite acumular, y con el autoritarismo militarista. Nos dice, en síntesis, que tenemos que permanecer vigilantes ante el ecofascismo que viene. Que nadie piense que se va a ver libre de las consecuencias del mismo.

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