GIJÓN 1936
Diario de una revolución
LUIS MIGUEL CUERVO FERNÁNDEZ
FAL, Madrid (2023)
Por Ángel E. Lejarriaga
Nos encontramos ante una obra monográfica muy interesante y enciclopédica, tanto por el tema que toca, poco conocido —cuando se habla de la Revolución española de 1936 se suele mencionar a Cataluña, en pocas ocasiones se rememora a la revolución malagueña o la pertinaz resistencia asturiana y sus transformaciones—, como por la magnitud de los datos aportados. El autor, Luis Miguel Cuervo Fernández (Las Segadas, Ribera de Arriba, Asturias, 1961), es socio fundador del Grupo de Investigación Frente Norte y de la Asociación Todos los Nombres de Asturias. Ha ejercido como coordinador de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Asturias. Ha colaborado también en la localización y exhumación de numerosos desaparecidos republicanos. En su haber tiene libros como Guerra civil, franquismo y represión en el concejo de Salas (2014) e Historia del Ejército Popular en Asturias. Voluntarios del primer día (obra inédita).
El libro Gijón 1936. Diario de una revolución relata pormenorizadamente la sublevación fascista en Gijón, sus antecedentes, las elecciones de febrero de 1936, la conspiración, las fuerzas participantes en la misma, la revolución proletaria y la resistencia numantina de las fuerzas republicanas y antifascistas al avance de los rebeldes.
Nada más producirse el levantamiento militar de 1936, Oviedo cayó en sus manos y sus instituciones dejaron de funcionar por lo que se creó el comité Regional de Sama de Langreo, compuesto por miembros de los partidos del Frente Popular, presidido por el socialista Belarmino Tomás. Éste ordenó la formación de comités de guerra en toda la zona, todavía en poder de la República. Desde el 19 de julio ya funcionaba el comité de Defensa de Gijón, presidido por el anarquista Segundo Blanco (CNT), en el que también estaban la Unión General de Trabajadores (UGT), el Partido Comunista de España (PCE) e Izquierda Republicana (IR). Gracias a este comité y con la ayuda de milicias y fuerzas leales se detuvo el golpe. El Comité de Guerra de Gijón duró 89 días, gestionando por entero la ciudad al margen de las instituciones republicanas. En ese tiempo no circuló el dinero, el Comité Central de Abastos se hizo cargo de la intendencia de las milicias, los hospitales, los barcos y de las cocinas populares. Los comités de barriada fueron los encargados de repartir alimentos entre la población. También se crearon hospitales, se militarizó la industria, dirigiendo su producción hacia la guerra, se abrieron escuelas y orfanatos. El 12 de octubre de 1936 la República puso fin a las aspiraciones revolucionarias de la clase trabajadora.
El libro comienza introduciéndonos en «Las elecciones a cortes de febrero de 1936». Se presentaron dos frentes: El Frente Popular (partidos de izquierda y republicanos) y el Frente Nacional (CEDA, partidos de derechas con Gil Robles a la cabeza). La CNT no se abstuvo como era su costumbre, dio libertad a la afiliación para que hiciera lo que creyera mejor, tenía 30.000 presos en las cárceles y el Frente Popular le había prometido la amnistía si obtenían la victoria. En Gijón ganaron las izquierdas. Unos días después el Gobierno decretó la libertad de los presos. Como la excarcelación se retrasaba, las cárceles comenzaron a explotar, primero en la de Coto de Gijón que fue apaciguada hasta que se produjo un motín en las tres prisiones asturianas. Los presos fueron liberados y se exigió, además, la readmisión laboral de los represaliados durante la revolución de Asturias de 1934. El 22 de febrero de 1936 el Ayuntamiento de Gijón fue incautado y quedó a cargo del comité del Frente Popular, compuesto por representantes de IR, Unión Republicana (UR), Partido socialista (PS), PCE y UGT.
La derecha no aceptó el resultado electoral en ningún momento. Entre el 11 de febrero y el 5 de junio de 1936, siete militantes de izquierdas fueron asesinados y otros muchos heridos (siempre en Gijón). También hubo diversos atentados con bomba. Se produjeron algunas represalias por parte de la militancia de izquierdas, como la ejecución al salir del cuartel de un guardia civil. Los altercados con los derechistas en la calle eran constantes. Se detuvo a muchos falangistas, pero eso no amortiguó sus acciones violentas. El 22 de mayo en la plaza de la Corrala del Obispo durante una verbena, sin que mediara provocación, la Guardia de Asalto abrió fuego indiscriminado contra las personas congregadas, lo que provocó decenas de heridos. El comandante Gerardo Caballero, jefe de la Guardia de Asalto de Asturias, fue cesado. El 14 de julio en Madrid, el teniente de la Guardia de Asalto José del Castillo, afín a los socialistas, y el derechista José Calvo Sotelo fueron asesinados. Estos hechos encendieron los ánimos aún más de lo que estaban. El Golpe de Estado ya había iniciado su andadura. Además, en esas fechas la conflictividad laboral se había disparado debido a la intransigencia de la patronal ante cualquier tipo de negociación.
Luis Miguel Cuervo nos describe pormenorizadamente cómo se llevó a cabo la conspiración y el alzamiento. En primer lugar, pasa revista a las fuerzas militares concentradas en la región asturiana. Después se centra en las intrigas de los militares, sobre todo de la UME (Unión Militar Española), constituida en Madrid en 1933, de los que había una buena representación en Gijón. También habla de la UMRA (Unión Militar Republicana Antifascista), organización de izquierdas. En enero de 1936 los planes para la sublevación estaban elaborados, con las tropas pertrechadas y dispuestas para intervenir. La fábrica de armas de Oviedo la tenían asegurada. El coronel Antonio Aranda Mata tiene un espacio aparte en el libro pues estuvo engañando a las autoridades republicanas hasta el final. El 19 de julio la suerte estaba echada:
«[…]a las 18.00 h comenzaban a llegar a Pumarín los componentes de la Guardia Civil desplazados desde varios puntos de Asturias. De forma paralela, una compañía de infantería ocupaba el monte de Pando, loma que ejercía una posición dominante sobre el cuartel de Pelayo, y un pelotón de la Guardia Civil se apoderaba de los edificios que alojaban las centrales de teléfonos y telégrafos, y la Diputación Provincial.»Un capítulo sorprendente es el referido a la Guardia Municipal de Gijón cuyo papel fue sobresaliente en 1936. En 1934 había colaborado en la represión de la insurrección obrera. Dos años después su concurso fue decisivo para la causa republicana. La clave estuvo en el nuevo jefe de la misma, Manuel González Cienfuegos, que más tarde formaría el Batallón Espartaco afecto al Regimiento Antifascista Máximo Gorki. La Guardia Municipal no sólo se opuso al golpe faccioso, sino que luchó en el frente pagándolo con un buen número de bajas.
A Falange Española el autor le dedica un capítulo, y nos da nombres propios de sus militantes y actividades. Nos dice que la mayoría de sus fundadores en Gijón pertenecían a familias «más o menos acomodadas». Su labor agitativa y conspiradora se complementaba con instrucción política y militar a sus afiliados. En el Alzamiento «los voluntarios de Falange, JAP (Juventudes de Acción Popular) y el Requeté (unos cuarenta), se unieron a los guardias civiles instalados en el cuartel de los Campos Elíseos». Su labor fue acosar desde las azoteas a las fuerzas locales fieles a la República.
¿Qué fuerzas militares había en Guijón entonces? El Regimiento Simancas nº 40 contaba con 480 hombres. El fuerte de Santa Catalina, situado en una posición dominante sobre el casco urbano de la ciudad, tenía unos 50. El cuartel de Zapadores, 208. El Parque de Ingenieros, unos 12 y el cuartel de la Guardia Civil de los Campos Elíseos, unos 180, entre guardias civiles, militares y derechistas. La Guardia de Asalto compuesta por unos 140 hombres, permaneció fiel al Gobierno republicano. Las organizaciones fascistas no poseían demasiados elementos; eso sí, tenían vínculos con la UME. Algunos de sus dirigentes estaban detenidos. Los paramilitares derechistas se agruparon en la llamada «guardia cívica».
El levantamiento fascista no cogió a nadie por sorpresa en Gijón. La CNT, mayoritaria en la ciudad, tenía gente preparada para el combate, pero sin armas suficientes para enfrentarse a los militares. El 17 de julio por la tarde llegaron las primeras noticias de la sublevación en Marruecos. Enseguida se organizó una Comisión de Defensa compuesta al completo por miembros de la CNT. El 18 de julio existían en Gijón dos poderes paralelos, por un lado estaba la Corporación Municipal y por el otro las organizaciones sindicales que convocaron una huelga general. Mientras tanto, los militares y la Guardia Civil coordinaron sus fuerzas a la espera del momento oportuno para unirse a la sublevación. Se sabía lo que estaba sucediendo porque el capitán Ángel Hernández del Castillo mantuvo una reunión con la comisión de Defensa. Así se conocía que las fuerzas golpistas se habían repartido los puntos estratégicos de la ciudad. Pero pronto empezaron los inconvenientes para los militares, la mayoría de los suboficiales del Cuartel Simancas se manifestó en contra del golpe de Estado. La oficialidad no sabía con rigor con qué fuerzas contaban y pospusieron el alzamiento. Las fuerzas fieles a la República acudieron a cercar los cuarteles con las armas que poseían. El cuerpo de Carabineros se puso a las órdenes de las autoridades republicanas, entregaron armas cortas a las milicias y se desplegaron por la ciudad. Los mandos golpistas engañaban a la tropa, les decían que estaban obedeciendo órdenes del gobierno de la nación. Al final, de madrugada, el cuartel Simancas dio la señal para salir a las calles. En respuesta, los sindicatos hicieron sonar las sirenas de las fábricas y las bocinas de los barcos atracados en el puerto, alertando a las milicias que ocupaban la ciudad.
Las tropas que abandonaron los cuarteles fueron escasas y carecían de información de lo que se iban a encontrar. Los milicianos les acosaban desde azoteas y tejados, y tenían que refugiarse en las casas. Se desplegaron más tropas, pero con los mismos resultados. Al mismo tiempo, falangistas armados apoyaron el alzamiento, disparando también desde las azoteas a milicianos y viandantes de manera indiscriminada. Algunas de las unidades golpistas fueron diezmadas. Para acabar con la resistencia de algún grupo militar refugiado en edificios, los mineros utilizaron dinamita. Por la tarde del 20 de julio llegó a Gijón un tren repleto de libertarios procedentes de la cuenca del Nalón, entre ellos el popular Higinio Carrocera.
Dada la resistencia de las autoridades republicanas y las fuerzas sindicales, las tropas insurrectas se retiraron a los cuarteles. La decisión que se tomó al respecto fue sitiarlos hasta su rendición total. El cuartel Simancas contaba en ese momento con 372 efectivos y el de Zapadores con 151. Para poner punto final a esta situación, el Comité de Guerra Local dio el cargo de comandante militar de la villa al comandante José Gallego Aragüés. Tras duros combates, las guarniciones se fueron rindiendo paulatinamente.
Hubo un hecho de carácter individual digno de destacar: cuando una multitud intentó acceder en el Ayuntamiento de Gijón a los guardias civiles que estaban prisioneros para ejercer con ellos la justicia popular revolucionaria, el cenetista Segundo Blanco «empuñó una pistola ametralladora y se enfrentó a la masa […] A partir de ese momento los prisioneros serán vigilados por milicianos anarquistas».
¿Cómo se organizó la resistencia en Gijón? Desde el momento de tener conocimiento del levantamiento en Marruecos, como ya se ha mencionado, se creó la Comisión de Defensa de Gijón y se convocó la huelga general. De inmediato comenzó la requisa de medios de transporte, la incautación de depósitos de gasolina, la vigilancia de los cuarteles y de los elementos facciosos sospechosos, y se prepararon los servicios sanitarios y de abastecimiento. En Gijón se instauraron los comités de barrio y se abrieron comedores de urgencia; también se creó un centro de distribución de alimentos. El día 21 de julio quedó constituido el Comité de Guerra de Gijón con mayoría de CNT. Se blindaron algunos camiones. El primer reparto de armas a los milicianos empezó el 19 de julio. En el cuartel de la Guardia Civil fueron requisados unos doscientos fusiles y una ametralladora, pero poca munición. El armamento total que consiguieron fue de unos setecientos fusiles, media docena de ametralladoras y algunas pistolas y escopetas. El cerco a los cuarteles fue llevado a cabo por medio millar de milicianos divididos en cuarenta escuadras compuestas por entre 12 y 15 hombres. La CNT disponía en Gijón de doce mil afiliados.
Durante esos días no circuló el dinero, pero la ciudad estuvo abastecida de alimentos y agua. Los sindicatos cenetistas organizaron todos los aspectos de la vida social. Por ejemplo, en Gijón llegaron a funcionar de manera simultánea 9 hospitales. La industria recuperó su actividad y se crearon 39 cooperativas. Se planificó la producción de munición y armamento. También se construyeron refugios debido a las incursiones ejecutadas por el crucero Almirante Cervera y la aviación fascista. Estos refugios fueron financiados por cuestaciones populares y se movilizó a varones de 20 a 45 años que no estaban en el frente. A todos estos logros hay que sumar la construcción del campo de aviación de Carreño.
El levantamiento fascista puso en marcha la persecución y en muchos casos la ejecución de los participantes en el mismo que eran detenidos. De facto, varios derechistas armados por la guardia civil hacían la guerra por su cuenta por el centro de la ciudad «sembrando el pánico entre la población», a partir del 20 de julio y hasta su eliminación mataron a numerosos civiles «sin tener en cuenta el sexo o la edad de las víctimas». La neutralización de los francotiradores fue un objetivo prioritario para las milicias antifascistas. Otro objetivo importante fue acabar con los focos golpistas, centralizados en el cuartel Simancas y el de Zapadores. El sitio a estos cuarteles duró 32 días. El asalto se inició en un principio con pocos recursos por lo que costó muchas bajas. El crucero Almirante Cervera bombardeó en numerosas ocasiones la ciudad, produciendo numerosas víctimas civiles, también intentó proporcionar suministros a los sitiados con escaso éxito. Los bombardeos en Gijón crispaban los ánimos entre la población, lo que provocó varias sacas de presos derechistas que las autoridades no fueron capaces de frenar.
El 14 de agosto de 1936 se produjo un bombardeo por parte de la aviación rebelde sobre la ciudad con un balance sangriento de 61 muertos y 65 heridos. Este tipo de actos, como se ha dicho más arriba, eran seguidos de «sacas». El 16 de agosto se rindió el cuartel de Zapadores, por lo que todas las fuerzas leales se centraron en el asedio al cuartel Simancas. El 21 de agosto éste fue asaltado y rendido. Hay que destacar en ese asalto, entre otros muchos, al grupo de cenetistas provenientes de Langreo al mando de Higinio Carrocero. Durante el asedio de los cuarteles, los anarquistas de la Felguera estuvieron siempre en vanguardia.
«La caída del Simancas proporcionó a las milicias populares una gran inyección de moral, además de un importante botín de guerra que sería aprovechado en las jornadas posteriores para plantar cara a las tropas nacionales que avanzaban desde Galicia.»
Años más tarde el franquismo exaltó el heroísmo de los resistentes del cuartel Simancas a los que calificó como «Los héroes del Simancas».
La gestión municipal durante la resistencia fue eficaz, «se crearon gestoras en todos los municipios de la región controlados por los republicanos». La gestora de Gijón estuvo presidida por el anarquista Avellino González Mallada.
Para finalizar, hay que destacar la constitución de los tribunales populares, cuya misión era frenar las ejecuciones llevadas a cabo por los llamados «incontrolados». El 16 de agosto de 1936 se creó el Tribunal Popular de Gijón.
El libro concluye con 18 biografías de algunos protagonistas de la revolución gijonesa de 1936 y una larga lista de los militares de los cuarteles de Simancas y Zapadores.
Esta magnífica obra de Luis Miguel Cuervo Fernández refleja un grandioso esfuerzo por documentar unos tumultuosos hechos de los que no teníamos demasiado conocimiento, lo que convierte su trabajo en un texto de consulta imprescindible para investigadoras que quieran profundizar en este destacado episodio de la Guerra Civil española.
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