23 ago. 2014

Las benévolas

Cuando me introduzco en el pozo de la ignominia humana, siento una angustia profunda que no solo me conmueve sino que además hace que me pregunte por el sentido de seguir viviendo un minuto más. Me sucede, comúnmente, cuando leo a Primo Levi o a Hannah Arendt (también cuando cometo el error de ver el «telediario»). Ahora le ha tocado el turno a Jonathan Littell y su afamada novela Las benévolas (2006).
¿Quién es Jonathan Littell? Pecando intencionadamente de corrosivo, al mirar sus fotos en Google me es imposible evitar sonreír. Es absolutamente camaleónico. Puede tener un aspecto de presidiario o de vicioso pervertido, pasando por un tipo jovial, gracioso y simpático; eso sí, con un toque maléfico. Estos juicios de valor carecen del mismo, no son más que un caleidoscopio de impresiones inútiles con las que juega la fantasía por simple aburrimiento. Difícilmente el lector puede conocer la intimidad de un autor por su fotografía ni tan siquiera por su obra. Aunque siempre tengamos la mala costumbre de preguntarnos por lo que hay de él mismo reflejado en las líneas de sus textos.
De Jonathan Littell podemos decir que nace en 1967 en la ciudad de Nueva York. Sus orígenes son judíos, emigrados de Polonia en el siglo XIX. Su padre, Robert Littell, también escritor, nació en Estados Unidos pero reside en Francia; sus novelas se desarrollan enmarcadas bajo las etiquetas de «misterio» y «espionaje». Una de sus obras, El Amateur (1981), fue llevada al cine por el director Charles Jarrot, teniendo como actores protagonistas a John Savage y a Christopher Plummer.
Jonathan Littell pasa su infancia en Francia, país que abandona tras concluir sus estudios de bachillerato, ingresando en la Universidad de Yale, en la que permanece diez años. A partir de ese momento, decide encaminarse hacia otros horizontes, y se marcha a la guerra de los Balcanes con la organización no gubernamental Acción contra el hambre. Con esta ONG trabaja siete años, la mayoría de ellos en Bosnia-Herzegovina, pero también visita Chechenia, Afganistán o el Congo. Su afán de profundizar en los conflictos bélicos proviene de su juventud, de la guerra de Vietnam. Es de suponer que aunque su familia no padeció el Holocausto, sí que este estuvo presente a lo largo de su juventud, y esto le impulsa a vomitar en Las benévolas todo su malestar interior ante los usos y costumbres de una humanidad que le resultaba, y tal vez le siga resultando, aborrecible (me es familiar esta reflexión). La novela la escribe en francés cuando cuenta 39 años. A pesar de su aparente corto oficio en el campo de la literatura (juicio que desmiente el resultado del libro), Las benévolas le catapultó a la fama mundial, recibiendo el mismo año de su publicación, el 2006, el Premio Goncourt y el Grand Prix du roman de l’Académie française. Anteriormente había publicado en 1989, Bad Voltage. También, el mismo 2006 vio la luz otra obra de su factura sobre los servicios secretos en Rusia, The Security Organs of the Russian Federation. A Brief History 1991-2005.
Antes de entrar de lleno en el contenido de la novela, quiero hacer algunos apuntes sobre el origen del nombre. Las benévolas son las Euménides o las Erinias en la mitología griega. Estas eran la encarnación de la venganza con forma de mujer, que perseguían a los responsables de ciertos crímenes. En la mitología romana se las conoce como Furias. Se las considera, entre los expertos en el tema, como fuerzas muy antiguas, anteriores a los dioses del Olimpo, lo que supone que no se sometían a la autoridad de Zeus. Según algunos autores, moraban en el Tártaro, un abismo que se usaba como mazmorra, situado en el inframundo. Platón cuenta en Fedon que el Tártaro era el lugar en el que las almas eran juzgadas. La presencia en la Tierra de las Euménides solo se justificaba para castigar a criminales vivos; en el inframundo, se dice, se dedicaban a torturar a los condenados de manera cruel y eterna. Estas fuerzas carecían de la simpatía de los dioses del Olimpo y aterrorizaban a los humanos.
Esquilo, basándose en esta tradición, escribió Las Euménides, tercera parte y última de La Orestiada, en el año 458 antes de nuestra era. En esta parte, las Erinias buscan castigar a Orestes debido a que este ha matado a Clitemnestra, su madre, para vengar el asesinato de su padre a manos de ella, el muy reconocido héroe griego, Agamenón. Se dice, que la primera vez que fue representada la obra, el público quedó espantado. Las integrantes del coro eran las propias Erinias, que no atienden a ningún tipo de justificación del crimen de Orestes y buscan cumplir su venganza a toda costa.
¿Qué tiene que ver el título de Las benévolas con toda esta historia de mitos clásicos? Jonathan Littell incorpora simbólicamente a estos personajes ancestrales a partir de un momento de su narración, aproximadamente a la mitad de la novela, con la presencia de dos agentes de la Kripo (Policía criminal alemana durante el periodo de gobierno nazi), Clemens y Weser, que persiguen al protagonista hasta el final de la obra de manera incansable, sin atender a ningún tipo de coacción, autoridad superior o justificación, por un presumible crimen (entre los muchos que ejecuta legalmente Aue) que ha cometido durante un permiso. Littell realiza un paralelismo entre estos dos personajes, Clemens y Weser, y la muerte de Clitemnestra. En la novela ocurren sucesos que tienen un cierto parecido con la obra de Esquilo pero en absoluto son su motor argumental.
Después de hablar del título podemos entrar de lleno en la obra en sí misma. Lo que he contado sobre la persecución de Clemens y Weser me ha resultado irrelevante durante su lectura; quizá para el autor tenga un sentido claro, pero a mí no me ha aportado nada tanto su pertinaz persecución como el desenlace, salvo una buena dosis de incredulidad que provoca, según mi criterio, una ruptura con la seriedad general del texto. El final resulta grotesco, en línea con la absurda presencia de los dos policías que actúan casi como «el gordo y el flaco».
Pero empecemos por el principio. La novela, cuenta el mismo Littell, nació espontáneamente ante la visión de la fotografía de una partisana comunista, Zoya Kosmodemyanskaya, ahorcada por los nazis; esto y la película Shoah (1985), de Claude Lanzmann, en la que se exponen las matanzas de las fuerzas germanas durante la II Guerra Mundial de una manera fría y burocrática. Impresionado por unas imágenes incomprensibles para él, que subyacen en el inconsciente colectivo de su familia, y por supuesto en él mismo, comienza a indagar en el genocidio nazi sin descanso. Según sus propias palabras, dedicó dieciocho meses a analizar de una manera obsesiva todo lo que caía en sus manos sobre el tema. Visitó Alemania, el Cáucaso, Ucrania y Rusia para consultar en persona archivos relacionados con el asunto. Leyó unos doscientos libros sobre el período del genocidio hitleriano, todo lo acontecido en el denominado «Frente del Este», los Juicios de Núremberg, etcétera. No olvidó la literatura publicada sobre la temática, ni las películas que se habían realizado sobre la II Guerra Mundial; aparte de las actas de otros procesos y testimonios que se desarrollaron después de finalizar esta, posteriores al juicio de Núremberg. Cinco años de su vida quedaron suspendidos en un mar mortificado de imágenes, voces y letra impresa sobre un único argumento: la banalización del asesinato de masas y su integración en la burocracia administrativa de un estado moderno, supuestamente civilizado: la Alemania de Hitler.
El esfuerzo que realizó Jonathan Littell para escribir esta novela fue aún superior, tuvo que meterse en la piel de un asesino frío y despiadado; en una especie particular de individuo que hoy los psicólogos denominamos como «psicópatas integrados»: cultivado y exquisito en sus gustos, tanto literarios como musicales o gastronómicos. Pero quiero hacer una aclaración que considero relevante, para mí, ser un psicópata no es una patología en sí misma, sino una forma de estar en la vida; auténticas bombas durmientes que el ambiente puede activar en cualquier momento. ¿Qué quiere decir esto? Pues que el asesinato, como instrumento político y social de gestión de las interacciones entre individuos, está perfectamente arraigado en la naturaleza humana. Unos, quizá, lo llevan inscrito en los genes, otros muchos lo aprenden por mimetismo, por deseos de medrar, por ignorancia, por miedo o por simple instinto de supervivencia. Uno de esos individuos es Maximilian Aue, el narrador y personaje central de la obra.
Littell explicó en su momento que tuvo que hacer un ejercicio de empatía con Aue, intentando imaginarse cómo se habría comportado él mismo si hubiera nacido y crecido en el período histórico en el que se desarrolla la narración. No me ha quedado claro, aunque eso no importa demasiado, si Littell llegó a la conclusión de que ante las mismas circunstancias todas las personas podemos actuar de un modo parecido —hecho que yo no deseó creer, aunque por prudencia no me atrevo a afirmar lo contrario—. Sea cual fuera el resultado de sus cavilaciones, lo cierto es que el joven Littell durante la guerra de Vietnam tuvo auténticas pesadillas ante la idea de ser movilizado y enviado a una contienda en la que se mataba despiadadamente a mujeres y a niños. Suceso, por otra parte, nada destacable dentro de la historia del ser humano; repasemos sin ir más lejos las portadas de la prensa del mes de agosto de este año 2014 sobre lo que ha hecho y está haciendo el Estado de Israel con la población palestina de Gaza.
«Pensé en estos ucranianos, ¿cómo habían llegado a esto? La mayoría habían luchado contra los polacos y, luego, contra los soviéticos; debían de haber soñado con un porvenir mejor para sí y para sus hijos; y resulta que ahora estaban en un bosque, con un uniforme extranjero, y matando a personas que no les habían hecho nada.»
Entrando de lleno en la novela, esta se encuentra compuesta por siete capítulos a los que el autor ha adjudicado, a cada uno, el nombre de una danza barroca —Littell es un apasionado de la música del Barroco francés—. Construye la historia a través de los recuerdos de un ex oficial de las SS, Maximilian Aue, que, como la inmensa mayoría de los nazis, se libró de cualquier tipo de castigo por sus crímenes. El protagonista afirma primero que no se arrepiente de nada de lo que ha hecho y luego se jacta de la impunidad con que ha escapado de los graves delitos contra la humanidad cometidos durante el III Reich. Asume en todo momento la responsabilidad de sus actos por razones de Estado y de oportunidad; manifiesta que hubiera preferido hacer otra cosa pero es lo que le ordenaron, y aunque en su fuero interno cuestionara esas órdenes, las obedeció sin titubear porque las órdenes de Hitler y sus adláteres se convertían en leyes desde el mismo momento en que se pregonaban. Afirma con rotundidad que sabía lo que estaba haciendo, y sabía también que era un crimen. Él, como sus compañeros de genocidio, o bien disfrutaba de la matanza o simplemente se dejaba llevar como un robot ciego.
«Miré a los judíos; aquellos a quienes tenía más cerca, parecían pálidos, pero tranquilos. Nagel se acercó y me interpeló con vehemencia, señalándolos: “Es necesario, ¿entiende? En todo esto el sufrimiento humano no debe contar nada de nada”. —“Sí, pero, pese a todo, algo cuenta.” Eso era lo que no conseguía yo captar: la oquedad, la absoluta falta de adecuación entre la facilidad con la que es posible matar y la tremenda dificultad que debe de haber en morir. Para nosotros era otro asqueroso día de trabajo; para ellos, el fin de todo.»
Aue, evidentemente, participa en la acción pero aunque su cuerpo actúa con una eficacia irreprochable, su mente observa, reflexiona y se mantiene al margen, sin quedar afectada aparentemente pues de continuo sufre de vómitos y mareos de carácter psicosomático.
«Yo reflexionaba. Estaba pensando en mi vida, en qué relación podría haber entre aquella vida que había vivido —una vida de los más corriente, la vida de cualquiera, pero también en algunos aspectos, una vida extraordinaria, poco habitual, aunque asimismo sea corriente lo poco habitual— y lo que estaba sucediendo aquí. Tenía que haber una relación […] Cierto es que no participaba en las ejecuciones, que no estaba al mando de los pelotones, pero eso no cambiaba gran cosa, porque las presenciaba con regularidad, ayudaba a prepararlas […]»
Max Aue es un hombre normal, insisto. Quizá tiene algunos toques especiales, como el amor incestuoso que le ata a su hermana gemela, Una Aue, también conocida como Frau von Üxkull. A pesar de practicar fundamentalmente relaciones sexuales con hombres, después de la guerra se construye un porvenir, dirigiendo una fábrica en Francia, se casa y tiene hijos, e incluso nietos. El autor repite una y otra vez por boca de Aue lo que piensa realmente de la mayoría de los criminales de guerra: «Vivo, hago lo que es factible, hago lo que hace todo el mundo, soy un hombre como los demás […]»
Sí, por terrible que pueda parecer, Aue es un hombre normal, seguramente todos lo somos antes, durante y después de participar en una matanza de inocentes. La diferencia quizá se encuentra en que unas personas se adaptan al hecho mismo de asesinar y otras no.
«Según transcurrían las semanas los oficiales tenían más experiencia y los soldados se acostumbraban a la forma de proceder; al tiempo se notaba que todos buscaban el lugar que les correspondía en aquello y pensaban en lo que estaba pasando, cada cual a su manera. Por la noche, los hombres, sentados a la mesa, hablaban de las acciones, se referían anécdotas, comparaban sus experiencias, algunos con tono compungido y otros, alegre. Y había otros que se callaban; a esos era a quienes había que vigilar.»
Estos hombres a los que se refiere Aue eran miembros de las SS de los Einsatzgruppen que en Ucrania se dedicaron a exterminar a la población judía y a los partisanos, con el beneplácito de los altos mandos militares del ejército alemán.
En el frente de Stalingrado Aue tuvo una interesante conversación con un comisario comunista al que habían torturado e iban a ejecutar. De esta conversación concluye que ambos estados, el soviético y el nazi, son semejantes en cuanto al desprecio que tienen por las personas. Es obvio que la ideología que subyace en ambos estados es diferente, el motor que los mueve no tiene nada que ver, si bien el resultado en sufrimiento para la población es devastador en ambas partes.
«En un Estado como el nuestro, cada cual tenia su papel asignado: Tú, víctima, y tú, verdugo; y nadie podía escoger, a nadie le pedían permiso para nada, pues todos eran intercambiables, las víctimas y los verdugos. Que habíamos matado a hombres judíos, mañana, mataríamos a mujeres y niños, y pasado mañana a otros, y a nosotros, cuando hayamos cumplido con nuestro papel, nos sustituirán. Alemania, por lo menos, no liquidada a sus verdugos, antes bien, los cuidaba, a diferencia de Stalin con esa manía suya de las purgas; pero eso también estaba dentro de la lógica de las cosas. Ni para nosotros ni para los rusos contaba en absoluto el hombre; la Nación y el Estado lo eran todo y, en ese sentido, nuestras dos imágenes eran un reflejo mutuo.»
Después de Ucrania, Aue es destinado a Stalingrado, como he citado más arriba, donde es herido de gravedad y repatriado a Alemania. Una vez recuperado, colabora burocráticamente hasta el final de la guerra con la maquinaria nazi.
«Matar era algo tremendo, bien claro quedaba en la reacción de los oficiales, incluso aunque no todos sacasen las consecuencias de su propia reacción; y aquel para quien matar no fuera una cosa tremenda, matar tanto a un hombre armado como a un hombre desarmado, y tanto a un hombre desarmado cuanto a una mujer y a su hijo, ese no era sino un animal, indigno de pertenecer a una comunidad de hombres. […] Ahora podía diferenciar tres formas de ser entre mis colegas. Estaban esos que, aunque intentasen disimularlo, mataban con voluptuosidad, eran criminales que habían salido a flote merced a la guerra. Estaban los asqueados, que mataban por deber, sobreponiéndose a la repugnancia, por amor al orden; y estaban quienes consideraban a los judíos como animales y los mataban igual que un carnicero degüella a una vaca, una tarea grata o ardua según el humor o la disposición.»
En el tono de Aue se nota un desprecio profundo por gran parte del ser humano. Quizá por su cabeza pasa la idea de si no estarían mejor todos muertos, ellos inclusive. Aunque esta especulación no deja de ser eso, el resultado de una contradicción moral, concomitante con la realidad criminal de los actos en los que participa y de los que es cómplice. Pero al final, cuando llega el momento de dar la cara ante el mundo, «los buenos hombres y mujeres» alemanes intentan salvar el culo con un plan B. Es curioso, pero el libro refleja claramente el convencimiento que tenían muchos de los jerarcas nazis de que iban a perder la guerra. La historia así lo refrenda. Eran conscientes de lo que estaban haciendo, un genocidio incalificable e injustificable, y que nadie se lo iba a perdonar. En esto último se equivocaban, se les perdonó.
«Desde los principios de la historia, la guerra se había considerado el mayor mal. Pero nosotros habíamos inventado algo comparado con lo cual la guerra acababa por parecer limpia y pura […]»
«A nuestro sistema, a nuestro Estado, le importaba un bledo lo que pensaran sus servidores, le era por completo indiferente que matásemos a los judíos porque los odiábamos o porque queríamos ascender o incluso dentro de ciertos límites, porque nos daba gusto. De la misma forma que le era indiferente que no odiásemos a los judíos ni a los gitanos, ni a los rusos que matábamos, y que no nos diera gusto eliminarlos. E incluso le era indiferente, en el fondo, que nos negásemos a matarlos; no habría castigo, pues el sistema sabía que el depósito de asesinos disponibles no tenía límite, que podía ir sacando hombres a voluntad y que se nos podían encomendar otras tareas acordes con nuestras capacidades.»
Un detalle interesante que cita Littell, por el que fue muy denostada Hannah Arendt cuando se publicó Eichmann en Jerusalén, es el asunto de la colaboración de los líderes judíos en el Holocausto.
«[…] Allí presencié el primer incidente del día: unos Feldgendarmes estaban pegando a varios judíos barbudos con largos tirabuzones que les caían por delante de las orejas, unos rabinos quizá, que no vestían sino una camisa. Estaban ensangrentados y con las camisas empapadas; unas mujeres gritaban y en el gentío había mucho revuelo. […] Me fijé en la gente: sabían que esos hombres iban a morir; se les notaba en la mirada; pero tenían aún la esperanza de que solo les pasaría algo así a los rabinos, a los devotos.»
«El éxito en países extranjeros dependía de dos factores: la movilización de las autoridades locales y la cooperación, por no decir la colaboración de los dirigentes de la comunidad judía.»
Podría seguir contando muchas más cosas sobre esta novela, un millar de páginas dan para mucho, pero es mejor que las personas interesadas se empapen de su lectura y saquen sus propias conclusiones, sobre todo si se acompaña Las benévolas con Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt.

Obras del autor:
  • Bad Voltage (1989)
  • The Security Organs of the Russian Federation – A brief History 1991-2005 (2006)
  • Las benévolas (2006)
  • Lo seco y lo húmedo (2009)



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