12 ago. 2014

El amor en los tiempos del cólera

Sería difícil cuantificar el número de libros y películas que se han hecho, que contenían el infinito escenario del amor como tema de fondo. Generalmente, hay que decir que interesa más el desamor que el amor en sí mismo, es decir, da más juego sufrir que gozar. Es un hecho constatable. La novela de Gabriel García Márquez posee los dos componentes. Un amor unidireccional, enfermizo, extravagante si se quiete, que se mantiene a través de los decenios, y que se consuma sobrepasados los cincuenta años de separación, cuando los protagonistas son ya dos ancianos más próximos a la muerte que a la fogosidad de la pasión. Literariamente, el ilustre premio Nobel de Literatura del año 1982, lo consigue: suma imposibles.
La obra fue publicada en el año 1985 y se desarrolla entre los siglos XIX y XX en la ciudad de Cartagena, Colombia. La historia tiene su miga porque su base es absolutamente real. El concepto «real» en sí mismo es pretencioso, no creo que nadie diga nunca la verdad; pero según el propio García Márquez, la historia se le aproxima bastante.
«Durante muchísimos años nosotros tuvimos que oír el cuento de esos amores contrariados que ellos tuvieron, hasta que se casaron, y para El amor en los tiempos del cólera tuve que entrevistarlos, como reportero, todos los días y por separado. Cuando estaban juntos se contradecían y terminaban peleándose». (García Márquez habla en una entrevista de sus propios padres). «Entonces, yo agarraba a mi papá, y luego a mi mamá, y así fui sacando la historia; y tal como está en El amor en los tiempos del cólera, es minuciosamente la historia de ellos».
Quizá, los aspectos más importantes a destacar en la novela sean la paciencia con que se aguarda la consumación de ese amor a través de los decenios, y el ejercicio de memoria de Florentino Ariza, que reconstruye de delante hacia atrás un universo completo, laberíntico, de intensos personajes entrelazados. El cólera siempre está presente en las páginas de la novela, bien por referencias a acontecimientos epidémicos del pasado, bien por imposturas convenientes, y también por poseer síntomas clínicos semejantes al derivado de un enamoramiento frustrado.
«Demasiado amor es tan malo como la falta de amor.»
En la narración no falta de nada, dentro de lo que ha sido y es la literatura latinoamericana: calor, pasión, amor, deseo, color, dolor, muerte, compulsividad, sensación de irrealidad.
Podríamos empezar a hablar del libro, preguntándonos sobre el significado del amor, sobre su esencia, sobre el sentido de perseguirlo a pesar de ser contrariado. ¿Hay un solo tipo de amor? ¿Se puede vivir sin amor? ¿Es coherente esperar sesenta años para gozar de un amor construido en la mente del que lo pretende? No puedo responder a estas preguntas, sin embargo García Márquez sí se atreve, y apuesta por Florentino Ariza, adalid de una expectativa resignada que roza lo mítico. Fermina Daza, su adorada, no es como él, ella vive y toma lo que tiene a mano según una disposición que le es natural, que se aleja bastante del propósito de su eterno enamorado.
El principio, el inicio de su relación posee una analogía próxima a nuestro tiempo; entonces no había facebook, ni demás artefactos de comunicación virtual, solo existía el correo ordinario, desarrollado a través de pluma, papel y sobres, acto que se desea tanto que no se puede vivir sin la llegada diaria de la carta anhelada, con una urgencia adolescente; todo ello acompañado de muchas miradas desde lejos que robaban imágenes con las que soñar más tarde, en los momentos de soledad. Así se amaron en el año uno de su amor hasta que la distancia hizo que el interés de Fermina Daza se trasladara de plano, a esa otra dimensión donde ocultamos los acontecimientos presumiblemente imposibles.
No sé si la novela es como la realidad, García Márquez cuenta esta historia basada en sus padres, con mayor o menor fidelidad; lo cierto es que los protagonistas durante casi sesenta años no se vieron a solas en ningún momento ni se expresaron su amor. Florentino Ariza, a pesar de sus amantes permanentes, siempre tuvo presente A Fermina Daza pero ella no pensó en él, de una manera natural le olvidó, casada durante todos esos años con el personaje emblemático dentro de la novela que es su marido, el doctor Juvenal Urbino.
¿Qué ha sido la vida de Florentino Ariza durante ese tiempo interminable, continuamente a la espera de la realización de un ansia que nunca parece alcanzar su satisfacción? Pues no le ha ido mal del todo, se ha convertido en un hombre de fortuna, con prestigio; ha sumado amantes, e incluso ha llegado a querer, al final de su vida, a una persona inesperada que no es Fermina Daza, a América Vicuña, aunque él no lo sabe hasta que es demasiado tarde. Entre tanto entrar y salir de cuerpos voluptuosos, la vida se le escapa entre los dedos de las manos como lo hace siempre, intempestiva, irreverente, fatal.
¿Qué sabían ellos dos del amor cuando se conocieron? Fermina Daza era una niña y Florentino un inocente. Nada. Se conocieron, se ilusionaron y construyeron en su imaginación paraísos vagos; con el paso del tiempo la memoria hizo el resto, escondió lo negativo e hizo sobresalir lo más valioso de sí mismos y su experiencia. ¿Por qué se casó Fermina Daza con el doctor Juvenal Urbino? Bien es cierto que cuando lo hizo la efusión de pasión platónica por Florentino Ariza había pasado a mejor vida. Pero, ¿ella quería al médico? Lo único que le había ocurrido en la vida de interesante había sido el cortejo de Florentino Ariza. Lo del doctor fue otra cosa, le conoció, la cortejó como el que prepara la compra de una hacienda, sin excesiva emoción, y le propuso matrimonio, asociado, directamente, a una posición económica nada desdeñable. Ella, en ese instante decisivo en que tiene que responder a la propuesta, se da cuenta de que no tiene ningún sentimiento hacia él, como quizá no lo tenía hacia Florentino Ariza; esta toma de conciencia la desespera pero, a pesar de ello, se casa con él. ¿Su amor se derivaba de la seguridad, del confort, de la estabilidad y el prestigio que le ofrecía Juvenal Urbino? Tal vez no fuera suficiente pero ella tuvo que decidir y lo hizo, con el convencimiento de que sería hasta la muerte, sin término medio posible.
¿Qué sucedió con el recuerdo de Florentino Ariza, pasó lo que tenía que pasar, ella se deshizo de él con un paño de limpieza, una leve pasadita y dejó de existir?
Evidentemente, después de leer este libro mi confusión sobre la idea del amor aumenta en vez de disminuir; no hay una forma científica de abordarlo, así que debe ser lo que describen las obras literarias porque el sentido común me dice que es inadmisible, obsesivo, casi patológico esperar sesenta años a ser correspondido, como hace Florentino Ariza. La historia es absurda, dentro del contexto fantástico que le encanta al escritor. Aunque otros absurdos me conmueven este no. Juvenal Urbino no quiere a Fermina Daza. Fermina Daza no quiere ni a Juvenal ni a Florentino Ariza. Y este último se inventa una persecución incansable lo mismo que podría haber ido a buscar «El Dorado» o la «piedra filosofal». No importa que el amor no exista como lo describen los escritores, los poetas, los cineastas o los dramaturgos, para eso está la voluntad humana, lo inventa y punto, ¿por qué no?
Dentro de la historia que construye García Márquez todo cuadra; la pareja compuesta por Fermina y Juvenal funciona, por qué no iba a hacerlo, para eso se casaron, o montaron el business, si lo queremos llamar así. La imagen que transmitieron, socialmente, durante toda su vida matrimonial, fue perfecta, la propia de una pareja feliz que comunica ese sentimiento mágico, perfecto, que es envidiado. ¿Puro teatro? Quién sabe. ¿Al final llegaron a acostumbrarse el uno al otro y a eso lo llamaron amor?
Hay una parte muy interesante en todo este embrollo de esperas, ensoñaciones y devaneos sensuales, en esta historia, y es la llegada de la vejez. Cuando Florentino Ariza y Fermina Daza se encuentran frente a frente, desnudos, para consumar algo que tendría que haberse hecho muchos años atrás, descubren que son viejos, muy viejos, más que viejos, se encuentran en la antesala de la muerte. Ellos sabían su edad pero ante el deseo reflejado en las pupilas del otro se ocultan otros cuerpos que nunca llegaron a rozarse ni a copular, ni a fundir el sudor fruto de la lucha feroz que impulsa la pasión. Sin embargo, me gusta la entereza con que afrontan el reto, diciéndose mutuamente algo así como: «esto es lo que somos; lo tomamos o lo dejamos».
«Transcurrían en silencio como dos viejos esposos escaldados por la vida, más allá de las trampas de la pasión, más allá de las burlas brutales de las ilusiones y los espejismo de los desengaños; más allá del amor, pues habían vivido juntos lo bastante para darse cuenta de que el amor era el amor en cualquier tiempo y en cualquier parte, pero tanto más denso cuanto más cerca de la muerte.»
Escapa a mi comprensión todo este juego de irracionalidades al que se llama amor, que hace girar el universo humano. Reflexionando largo y tendido, he llegado a la conclusión, por supuesto aventurada, de que quizá amar significa desear estar muerto antes que sobrevivir al ser amado… Puede ser.
Para terminar quiero citar unas palabras que García Márquez pone en boca de uno de los personajes de la obra, Jeremiah de Saint-Amour:
«[…] la vejez es un estado indecente que debía impedirse a tiempo. El único consuelo aún para alguien como él, que había sido un buen hombre de cama, era la extinción lenta y piadosa del apetito venéreo: la paz sexual. […]»

1 comentario:

  1. Me encanta tu romanticismo... Sin comentarios.

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