11 jun 2026

Custodios

CUSTODIOS (1969)
Periklis Korovesis



Por Ángel E. Lejarriaga


Hablar de Custodios implica entrar en una de las narraciones más duras y políticamente incómodas sobe la tortura estatal publicadas en Europa durante el siglo XX. El libro, escrito por Periklis Korovesis (1941-2020) a finales de los años sesenta, nace de su experiencia directa, su detención, encarcelamiento y tortura sufridas durante la dictadura militar griega conocida como la Junta de los Coroneles. El texto se publicó originalmente en griego con el título Anthropofylakes (1969) ―durante el estado de excepción― y terminó convirtiéndose en un documento de enorme importancia para denunciar internacionalmente los métodos represivos del régimen.

El texto está narrado en primera persona. Algo que desde el principio de su lectura llama la atención en Custodios es su tono. Korovesis no escribe desde la distancia académica ni desde la reconstrucción histórica fría. Tampoco busca el sentimiento fácil. Su relato avanza con una mezcla de precisión, cierta ironía amarga y mucha contención emocional que vuelve todavía más perturbadoras las escenas de violencia. El horror aparece descrito como una rutina burocrática. Los perfiles de los torturadores están bien definidos, trabajan, organizan turnos, administran castigos y convierten el sufrimiento humano en algo trivial y cotidiano. Son hombres comunes, obedientes, con ganas de medrar. Hannah Arendt denominó este tipo de conductas como la “banalidad del mal”. Korovesis dice de los torturadores que eran corrientes, dóciles ante sus superiores. “Un ejecutante de ordenes corriente y dócil”, escribió Stanley Milgran en las conclusiones de su investigación y libro Obediencia a la autoridad (1974). No son personas inteligentes, se quejan de que no les pagan lo suficiente por el importante trabajo que realizan contra el “comunismo”: [torturador] “Me gustaría saber cómo me recompensará el Estado por estos servicios”.
“Yo cumplo órdenes y no me interesa la política. Sea cual sea el gobierno, no me importa.” [Dice uno de los torturadores de Korovesis].
Esa normalización del mal es probablemente uno de los aspectos más inquietantes del libro.
“[…] no era la locura de un torturador pervertido, sino una acción política específica oficial, que tenía un objetivo claro y definido.”
La obra evita construir héroes convencionales, resistentes, irreductibles. El propio narrador aparece vulnerable, asustado, humillado y conducido al límite físico y psicológico. Korovesis no es un mártir invulnerable, quizá por eso el testimonio adquiere una enorme fuerza moral y política. El lector no se encuentra con una figura épica, sino con una persona de la calle enfrentada a un aparato represivo, compuesto por personas que podrían ser sus vecinas, aparato diseñado para destruir la identidad individual del prisionero político. El miedo, la confusión y la degradación forman parte esencial del relato.

Otro de los puntos que llama la atención en Custodios es la manera en que muestra el funcionamiento de la tortura: la “falanga” (golpear la planta de los pies con intensidad), el aislamiento en una celda de ciento veinte por ochenta centímetros, descargas eléctricas supervisadas por médicos para que la víctima no muera durante las sesiones; incluso le cuelgan de los pies, en el vacío, en la terraza del edificio en el que está detenido, sin soltarlo. Práctica de tortura que costó la vida al anarquista Giuseppe Pinelli en 1969, en Milán; a Enrique Ruano en España en 1969 y a Julián Grimau también en España, en 1962, si bien en este caso sobrevivió a la caída, si bien fue fusilado un tiempo después sentado y atado a una silla. Korovesis escribe que “llega un momento en que ya no te importa nada”, “ya no existes” En uno de los párrafos dice que “Al final se aburrieron y me dejaron. Había pasado el tiempo y querían volver a sus hogares. Mañana se ganarían el jornal”.

El dolor físico ocupa un lugar central, desde luego, pero el libro hace constantemente hincapié en la destrucción psicológica; los torturadores juegan con el prisionero: policía bueno, policía malo. Los interrogatorios, las amenazas, la incertidumbre y la arbitrariedad buscan quebrar la percepción de la realidad del detenido. Los verdugos desean obtener información pero, además, intentan transformar al preso en alguien perdido, despersonalizado, desconectado de lo que era su vida y su sentido existencial. Korovesis describe un sistema donde la violencia no es un exceso accidental, sino una herramienta racional que utiliza de manera generalizada el poder político. Korovesis se refugia en sus soliloquios interiores, escuchar las voces de otros prisioneros que se encuentran en su misma situación, le reconforta.

Custodios posee una actualidad incómoda y cruel. Aunque el contexto inmediato sea la Grecia de la dictadura militar griega del periodo 1967 y 1974, las dinámicas descritas remiten a mecanismos universales que utilizan los estados autoritarios; por ejemplo, la creación de enemigos internos (comunismo, yihadismo, anarquismo, terrorismo), la extensión entre la población de una sospecha permanente, la impunidad policial y la deshumanización del disidente. La lectura produce la sensación de que el autor no está hablando solamente de un episodio histórico concreto, sino de una posibilidad siempre latente en cualquier sociedad que normalice la excepción y el miedo en su gestión política de la sociedad. Probablemente esta situación, la tortura, lleva sucediendo desde siempre, desde que tenemos datos, y nadie ha hecho nada por erradicarla.
“Nadie habla de los esclavos que murieron construyendo la Acrópolis; todos hablan de la Acrópolis.” [Dice un torturador].
Se ha escrito que quizá la obra en algunas de sus páginas esté dominada por un componente teatral; Korovesis estudió teatro. Hay momentos del relato que parecen casi monólogos en los que la escena dramática está definida por el cuerpo del detenido, la voz del interrogador, el silencio de la celda, la espera interminable. El espacio cerrado en el que se desarrolla la narración adquiere una intensidad dramática importante. El lector puede sentir que está asistiendo a una representación claustrofóbica donde cada gesto tiene consecuencias físicas inmediatas. Esa cualidad dramática explica parte de la capacidad del libro para generar angustia sin necesidad de exagerar.

El estilo narrativo es cortante, sin concesiones metafóricas, pero descriptivo. No existen ornamentaciones. La prosa avanza con una claridad casi documental, pero sin perder tensión literaria. Korovesis construye una atmósfera opresiva con pequeños elementos de la escena, un ruido, una frase banal, una mirada, el agotamiento corporal tras las sesiones de tortura. El resultado es una escritura de enorme densidad emocional pese a su aparente sencillez narrativa.

Además de su valor literario, Custodios posee una relevancia histórica indiscutible. El testimonio de Korovesis contribuyó a visibilizar internacionalmente las prácticas represivas de la criminal Junta griega, y fue utilizado en denuncias contra el régimen. No obstante, reducir el libro a un simple documento histórico sería una simplificación. Su fuerza reside precisamente en combinar la experiencia personal con una reflexión más amplia sobre el poder, la obediencia y la fragilidad humana. Custodios muestra cómo una estructura política opresiva termina inscribiéndose en el cuerpo humano. La dictadura deja de ser una abstracción ―a pesar de esa mayoría silenciosa que parece nada tener que decir al respecto― y se convierte en respiración entrecortada, golpes, miedo y aislamiento. Esa dimensión corporal hace que la lectura sea por momentos difícil, pero necesaria. Korovesis obliga al lector a mirar de frente aquello que las sociedades prefieren convertir en simple estadística o en discurso indefinido: la violencia organizada y sistemática del Estado contra las disidencias.

Libros como este hace que nos preguntemos qué somos los humanos, qué nos lleva a comportarnos de manera tan cruel y vil en ciertas situaciones. Acaso, como decía un compañero: ¿llevamos un monstruo dentro, durmiente, inscrito en nuestro ADN?
“[Torturador] Lo que pasó hay que olvidarlo […] Esas cosas pasan, han pasado, ahora somos amigos […] Yo sólo cumplía órdenes.”

ALGUNAS OBRAS DEL AUTOR
  • Anthrōpophylakes, 1970
  • The method, 1970
  • Die Menschenwärter, 1976
  • Emporia eidēseōn, 1990
  • Gynaikes euseveis tou pathous, 1994

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