18 may 2026

Sobre la narrativa literaria


Por Ángel E. Lejarriaga



Nos podemos interrogar sobre qué es la creación literaria y sus circunstancias, sin saber bien qué responder. Tal vez se encuentre dominada por dos variables dispares, una expresiva, estilística, y otra propia de la geografía humana. Pero qué sucedería si ninguna de ellas poseyera un valor intrínseco en sí mismo; es decir, si su objetivo último no fuera contar algo relevante. ¿Qué ocurre si el que escribe se aleja del contexto, si el impulso que le domina para escribir es sólo el aburrimiento, un vacío oscuro que le oprime, un espacio sin color ni estímulos relevantes? ¿Qué acontece si lenguaje y pensamiento se alinean con un horizonte común, construyendo frases rebosantes de palabras que sobre el papel parecen decir algo pero cuyo contenido último carece de valor? ¿No es posible que una entidad omnipresente, desconocida, dicte mensajes al autómata que somos, y mediante un medio conocido ―pluma, bolígrafo, lápiz, cincel, papel, piedra, teclado― pretenda inmortalizar, de un modo arrogante y egocéntrico, un flujo de signos en un orden aparentemente coherente? Tenemos discurso, desde luego, el desfile de letras es real, pero ¿poseemos una narración?

La mano se mueve automática en la oscuridad, dominada por un impulso ciego. Y el observador que soy se distancia del hecho mismo de la escritura, en absoluto se identifica con ella, no es consciente de lo que produce, en este caso reflejado en el papel, lo que significan las líneas escritas; sólo se deja llevar por una energía convulsa, indefinible. La Entidad escribe como lo haría una Inteligencia Artificial, sólo que en este caso nadie la ha pedido que cuente algo, su resolución interna exige que la mano llene el cuaderno, las hojas en blanco que quedan en él, que ponga fin a ese espacio de memoria cuyo destino es incierto. En un momento dado le viene a la cabeza, a la Entidad no a la mano, el último libro de Gabriel García Márquez, del que se dice que había renegado. Ahora sale a la luz, editado por sus herederos. A la Entidad no le importa ni la narración ni el autor. Sabe que fue Premio Nobel, y que está inscrito en los carteles de neón de la historia de la literatura, en su galería de personajes ilustres. Desconoce la Entidad por qué piensa precisamente en Márquez y no en Le Carré que es el autor que está precisamente leyendo. En realidad, la Entidad está despierta y no lo está; siente una especie de aturdimiento que la hace ver borrosas las líneas del cuaderno mientras la pluma escribe sin cesar, sin ser capaz de detenerla, sin reconocerse en ella. En el exterior, su ojo izquierdo percibe la claridad de la tarde, y el derecho varios cojines apilados, todo ello irrelevante y a la vez trascendental dentro de su cosmos limitado y gravemente aceptable. Y lo es porque es el suyo, el que puede tener en este instante en el que el tiempo corre sin ser retenido, tan indiferente como su aprensión hacia el presente. Nada es relevante en el hecho mismo de este momento. En unos minutos será olvidado, sólo es el resultado de un automatismo ilógico, perturbado, irreflexivo, desconocido, que tal vez cuente algo que la Entidad no desea contar o que no pretende contar. ¿De dónde procede esa explosión de palabras ordenadas? ¿Y si no estuvieran ordenadas, tendrían más valor, se alejarían del concepto de narración? Es posible que entráramos en el terreno del absurdo, de la demencia, de rellenar espacios en blanco con caracteres como si fuéramos máquinas especialmente diseñadas para hacerlo. La Entidad no narra, se disipa en ese tiempo de expresión nebuloso en el que la mano galopa sobre las hojas níveas en busca de un fin que no acaba de llegar. ¿Cuál es su meta? El fin del papel, el fin de la tinta, el dolor de los dedos entumecidos, la falta de luz, el cansancio, el sueño. A pesar de ello, el gesto podría mantenerse sin más, todos los elementos necesarios para mantener el espasmo se sostienen, todavía hay restos de papel y de tinta y de energía para mantener la galopada, mientras la Entidad desganada mira sin mirar, apática y somnolienta, preguntándose distante para qué permite que el fenómeno de la escritura se manifieste con ese frenesí desde todo punto innecesario. ¿Escribir o no escribir? Ha ahí la cuestión. La Entidad no se hace este planteamiento, le da igual el hecho en sí, no tiene nada mejor que hacer, su mano electrizada es como su vida, sólo un objeto flotante en una corriente emocional que parece imparable. La Entidad suspira, mira a su alrededor, al exterior, a los objetos que le rodean y se sorprende de seguir todavía dominado por ese sopor interior que le impide tomar el control, sí, el control de sus dedos, de la pluma, de la hipotética no narración que escribe de manera compulsiva aunque piense que no es el que escribe, que está ausente al simple ejercicio de huesos y músculos. En su nada estimular la Entidad no quiere pensar, mira las dos hojas que le quedan y entiende que el fin está próximo. Esa experiencia está a punto de concluir, sonríe sin saber por qué. Le gusta acabar lo que empieza, incluso lo que carece de interés para el resto del mundo, si bien en un futuro, quien sabe, quizá alguien descubra estos garabatos dementes y los dote de valor en una tesis doctoral sobre lo poco que se sabe la inteligencia humana, mucho menos del sentido último de sus conductas. Pero en este instante irrepetible, la pluma sigue ennegreciendo líneas a toda velocidad, mientras el oído de la Entidad escucha un ruido que se acerca, otra Entidad entra en su microuniverso, le resta poco tiempo antes de que sea necesario suspender el estremecimiento. Corre, corre, corre, más palabras, más sílabas, no puede ir más deprisa, los dedos no dan para más, la hoja se acaba pero queda otra y el reto parece imposible de conseguir, faltan unos pocos segundos para el fin de ese tiempo narrado e inenarrable en el que una pluma y un cuaderno se han independizado de un cuerpo embrutecido por la falta de estimulación, y se ha dejado llevar por un deslizarse tortuoso de rasgueos conexos que más tarde tendrá que leer, bien con asombro, bien con un insoportable hastío.