Grabriela de Lima Grecco y
Sara Martín Gutiérrez
Por Ángel E. Lejarriaga
Este pequeño gran libro de apenas 63 páginas fue publicado en el año 2022 por la editorial Piedra Papel Libros dentro de su colección “Transhistorias”. Su contenido es espléndido e instructivo, expone una síntesis rigurosa sobre un aspecto poco explorado de la historia cultural española, me estoy refiriendo al papel desempeñado por las mujeres en el entramado de la censura literaria durante el nefasto periodo de la dictadura fascista del general Franco. Gabriela de Lima Grecco y Sara Martín Gutiérrez nos presentan un análisis que combina la perspectiva historiográfica con los estudios de género, para dar luz a un espacio en el que las mujeres no fueron únicamente víctimas de la represión, sino también, en determinados casos, agentes del propio sistema censor.
Uno de los aspectos a destacar del libro reside en el enfoque de las autoras, pues desplazan la atención desde el funcionamiento institucional de la censura hacia las personas que la padecieron y la ejercieron. El análisis se centra, por un lado, en las escritoras que intentaron publicar sus obras en un régimen político caracterizado por un autoritario control ideológico y moral; y por otro lado, en las censoras que participaron en los mecanismos de supervisión de los textos. Esta doble perspectiva permite vislumbrar la censura como un artefacto represivo más complejo que el mero enfrentamiento entre poder político y la creación literaria.
El libro parte de una constatación básica, la investigación sobre la censura franquista ha prestado por regla general una mayor atención a los escritores y a los censores varones, relegando a un segundo plano la experiencia específica de las mujeres. Las autoras exhiben las dificultades historiográficas que presenta este campo de estudio y reivindican la necesidad de incorporar una mirada de género al mismo, para comprender adecuadamente el funcionamiento de la política cultura del régimen. Desde esta perspectiva, el ensayo no pretende ofrecer un catálogo exhaustivo de casos concretos, sino poner de relieve problemas, preguntas y líneas de investigación que amplían el conocimiento sobre la relación entre literatura, poder y género.
Es de gran interés el análisis de las estrategias desarrolladas por las escritoras para sortear la censura oficial. El libro describe que la publicación de una obra exigía adaptar los contenidos a las claves que supervisaba el Régimen; se recurría a formas de expresión indirectas y, desde luego, se asumían diferentes grados de autocensura. Este último aspecto resulta especialmente interesante pues se subraya que el control cultural actuaba también a través de mecanismos interiorizados por aquellas que escribían, permanentemente vigiladas. Así la autocensura se convierte en parte del sistema represivo, algo que no elegían necesariamente las autoras, la cuestión se dirimir si se deseaba publicar o no, si así se quería las protagonistas tenían que cumplir ciertas reglas.
Un aspecto trascendental del libro es la “triple condena” que sufrían las escritoras durante la dictadura franquista; por una lado sufrían las limitaciones derivadas de las políticas de género que las relegaban al ámbito doméstico; por otro, la invisibilidad dentro de un mundo literario dominado por hombres; y por último, las restricciones impuestas por la censura del Estado.
He aquí un buen ejemplo del análisis que hacía la censura:
“Nada de Carmen Laforet (1945) fue considerada por los censores como una novela ‘insulsa, sin estilo ni valor literario alguno. Se reduce a describir cómo pasó un año en Barcelona en casa de sus tíos una chica universitaria. Sin peripecias de relieve. Creo que no hay inconveniente en su autorización’”.
Comentario al respecto de las autoras:
“Una evaluación excesivamente limitada del alcance que podía tener, y que de hecho tuvo, esta obra literaria. Larraz señala que si bien la escritora pudo ofrecer un cuadro deprimente de la Barcelona de posguerra, no incluyó, sabidamente, escenas eróticas, léxico tenido por vulgar o inmoral, alusiones directamente políticas o irreverencias religiosas. Utilizó, pues, un estilo directo y sencillo, sin incluir problemáticas explícitamente políticas que pudiesen generarle complicaciones, a la vez que empleó el discurso de carácter testimonial. Para una censura que atendía más al detalle que al fondo, que utilizaba un criterio muy puntilloso en lo religioso y que ejercía un puritanismo excesivo, Nada no parecía ser una amenaza para el régimen”.