26 mar. 2010

«No hay paz hasta el final». La lenta agonía de Klaus Mann

Hablar de Klaus Mann es entrar en el mundo de los autores «malditos», de esos seres excepcionales y sombríos, hedonistas y morbosos, que arrastran desde la infancia un deseo de muerte incontenible. Pienso en Charles Baudelaire, en Edgar Alan Poe y en Klaus Mann, algunos de mis escritores favoritos. Solo el último acabó directamente con su vida, pero los otros dos contribuyeron, cada uno con su estilo personal, al fin prematuro de la misma. Fueron jóvenes que nacieron viejos, con una sensibilidad por encima de lo común, incapaces de afrontar la frustración de vivir.
La vida de Klaus Mann fue intensa por decisión propia. Navegó por un universo que le era extraño desde muy pronto, quizá desde el mismo instante en que tuvo conciencia de sí mismo como personaje independiente de una obra que él no había escrito. Su poderosa capacidad intelectual le llevó a explorar diversos campos de expresión: el periodismo, el teatro y la novela. No obstante, su vida no era solo escribir sino, también, gozar de las posibilidades que la opulencia burguesa de su padre, el Premio Nobel de Literatura Thomas Mann, le permitió durante mucho tiempo. Escribía compulsivamente por una necesidad imperiosa de sacar al exterior la tormenta que bullía en sus entrañas. No debió resultarle fácil ser antifascista, comunista, homosexual y defensor de todas las causas perdidas de su tiempo, en una nación dominada por el nazismo. A pesar de ello, Klaus Mann no se resignó, se marchó de Alemania y continuó su cruzada personal contra un mundo hostil que apestaba, y en cierta medida contra sí mismo; porque Klaus Mann era frágil e inestable, necesitaba amar y ser amado con una pasión impulsiva e intensa. Buscó, infructuosamente, el amor de su padre y no lo encontró. Tampoco lo halló en las múltiples relaciones sentimentales que jalonaron su vida. La morfina y los excesos le ayudaron a continuar su andadura vital con el sentimiento de que cuando la noche llegara podría descansar, arrebatado por la inconsciencia. Desgraciadamente, el sol volvía a salir de nuevo, sus ojos se abrían a luz del día y retornaba la angustia generada por su desgarro emocional.
Amaba la vida y amaba la muerte, sin conocerla. Era libre de elegir un horizonte hacia el que dirigirse y asumió la bandera del compromiso. Estuvo en la España republicana y fue testigo de la catástrofe subsiguiente. Luchó en las filas del ejército norteamericano, durante la Segunda Guerra Mundial, esperanzado en el renacer de una Europa progresista, diferente a la que había conocido. Sin embargo en la posguerra solo encontró el infierno de la decepción: el estalinismo, la caza de brujas del senador Joseph McCarthy, los prejuicios sexuales, el miedo. ¿Dónde se encontraba la justicia de la nueva sociedad por la que tanta gente había muerto? Europa era un gran cementerio y el orden social, político y moral que la gobernaba, repetía en gran medida las constantes anteriores. El suelo desapareció bajo sus pies, la época de glamour, en compañía de su hermana Erika, había quedado atrás. La soledad, el hastío y la falta de dinero le acosaban. No estaba muerto y no podía estar vivo, porque sus sueños se habían roto en mil pedazos. La alegría de vivir que lo impulsó en sus años más jóvenes se había extinguido por el camino. Carecía de un padre al que volver para recuperar su aprobación y cariño. No poseía soportes en los que apoyarse para seguir existiendo. Podía escribir y lo hizo, de un modo obsesivo, hasta que llegó un momento en que su dolor fue tan intenso que respirar le resultó insoportable; entonces tomó la última decisión: renunció al duro ofició de mantenerse vivo. ¿Encontró la paz? Quién puede saberlo; no hay memoria en la muerte.

BIBLIOGRAFÍA:
Alejandro: novela utópica. Juventud.
Huida al norte. Ediciones Cátedra
Mefisto. Plaza & Janés
Novela de niños. Juventud
La ventana enrejada: muerte de Luis II de Baviera. Laertes.
Desorden y dolor precoz: novela de niños. Alba.
Hijo de este tiempo. Minúscula.
Cambio de rumbo Alba.
El condenado a vivir. El Nadir.
Encuentro en el infinito. El Nadir.
La danza piadosa. Cabaret Voltaire.

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