15 abr. 2010

«Iván el tonto» o la esencia más primitiva de la Utopía

Releía La muerte de Iván Illich cuando descubrí a otro Iván a Iván el tonto, ambos personajes creados por el pulso firme de León Tolstoi. Los dos escritos me produjeron un gran impacto emocional. El primero ya lo conocía. Pero el segundo relato incluido en el mismo volumen provocó en mí una reflexión más profunda o al menos diferente. Iván Illich me hizo ser consciente de la vida falaz por la que transitamos, repleta de ilusiones vanas. Iván el tonto me conmovió desde la Utopía abandonada por mi generación, basada en un mundo más justo.
En Iván el tonto, un pequeño cuento de Tosltoi —para niños según algunos críticos—, el autor, alumbrado por la luz del sentido común, expone otro modo de hacer las cosas en la sociedad; cómo vivir de una manera armoniosa y pacífica. Tolstoi refleja en su trabajo la vívida imagen que posee de una sociedad sin clases, sin gobierno, sin ejército y sin dinero. Una sociedad organizada bajo los cimientos del esfuerzo y la solidaridad. Por supuesto una utopía, pero qué puede hacer el Hombre sin un horizonte ideal que le ilumine el camino.
Tolstoi era anarquista y también cristiano. Asociación de ideas difícil de congeniar, por supuesto. Construyó su ideario tal vez inspirado en las sectas milenaristas que existieron durante la Edad Media, que planteaban como modo de vida un comunismo primitivo próximo al que pregonaron más tarde los anarquistas del siglo XIX. El proyecto social de Tolstoi exigía la eliminación definitiva del estado pero como paso previo sugería, en contra de otros autores libertarios, disolver la base de su poder: el ejército y el resto de fuerzas que lo sostienen. El siguiente texto expresa bien esta afirmación:
«Que cada individuo que desee colaborar al bien general de la sociedad trate de vivir sin recurrir en ningún caso a la protección de su persona y de su propiedad con la violencia. Que trate de no someterse a las exigencias de las supersticiones religiosas y gubernamentales; que en ningún caso tome parte en la violencia gubernamental, sea en los tribunales, sea en las administraciones, o en cualquiera otro servicio; que no se goce, bajo ninguna forma, del dinero arrancado al pueblo a la fuerza; que no tome parte en el servicio militar, fuente de todas las violencias….»
Su pensamiento transformador transcurre por «el perfeccionamiento interior, religioso y moral de los individuos».
«La negativa de pagar los impuestos o de tomar parte en el servicio militar se gesta en una idea religiosa y moral que los gobiernos no pueden negar; esta sola negativa, firme y atrevida, quebranta las bases sobre las que se sostienen los gobiernos, y esto será mil veces más seguro que el empleo de las huelgas por largas que sean, que los millones de folletos socialistas, que las revoluciones mejor organizadas o la matanza de políticos.»
Tolstoi considera que la lucha revolucionaria debe ir dirigida a acabar con el gobierno de la nación.
«Todos los esfuerzos de los que desean mejorar la vida social deben tender a librar a los hombres de los gobiernos, cuya inutilidad es en nuestra época cada vez más evidente.»
El autor ruso defiende la acción no violenta y la desobediencia civil como herramientas necesarias para conseguir el objetivo liberador.
«La lucha por la fuerza, y, en general, por las manifestaciones exteriores (y no por la sola fuerza moral) de un grupo pequeño de personas contra un gobierno poderoso que defiende su vida y que para ello dispone de millones de hombres armados y disciplinados, es inútil. Semejante lucha es ridícula…»
Además considera que la lucha violenta contra el estado es innecesaria y sumamente ineficaz porque aparta a los individuos de la transformación interior.
«La actividad revolucionaria es irrazonable e irregular. Además, es perjudicial, puesto que aparta a los hombres de la actividad única, —el perfeccionamiento moral— por el cual, y exclusivamente por él, pueden lograrse los fines de los hombres que luchan contra el gobierno.»
Los seres humanos —dice Tolstoi— tienen que realizar cambios importantes en su forma de entender la realidad y de enfrentarse a ella, sin esos cambios la revolución social es imposible.
«Mientras que los hombres sean incapaces de resistirse a las seducciones del miedo, del lucro, de la ambición, de la vanidad, que humillan a unos y depravan a otros, formarán siempre una sociedad compuesta de violadores, de impostores y de víctimas. Para que esto no suceda, cada individuo debe hacer un esfuerzo moral sobre sí mismo. La vida humana se modifica no por el cambio de las formas exteriores y sí por el trabajo interior de cada individuo sobre sí mismo.»
Tolstoi realiza un análisis interesante que está vigente en la actualidad. Cuando examinamos otros sistemas de opresión de países considerados menos desarrollados nos consideramos afortunados y superiores. Pero nada más lejos de la realidad, nuestros sistemas de gobierno están mejor maquillados pero siguen manteniendo unas implacables relaciones de explotación, auspiciadas y endulzadas bajo la mascarada de la democracia capitalista.
«En Inglaterra, en Alemania, en Francia, en América, los malos procederes de los gobiernos están tan bien enmascarados, que los ciudadanos de estos países, en vista de los acontecimientos de Rusia, imaginan sencillamente que lo que pasa en Rusia no ocurre más que en ella, y que ellos gozan de una libertad absoluta y que no tienen necesidad de mejorar su situación. Sin lugar a duda se encuentran en el estado peor de esclavitud: en la esclavitud de los que no comprenden que son esclavos y están orgullosos de su situación. El deber de todos los hombres esclavizados por los gobiernos está no en reemplazar una forma de gobierno por otra sino en suprimir todo gobierno.»
La tesis fundamental de Tolstoi para conseguir una sociedad nueva es la necesidad de provocar una revolución en las conciencias de los hombres y las mujeres del mundo.
«Una vida mejor no puede lograrse más que con el progreso de la conciencia humana, y por esto, todo hombre que desee mejorar la vida, debe dedicarse a mejorar su conciencia y la de los demás. Pero esto es precisamente lo que los hombres no quieren hacer, al contrario, emplean todas sus fuerzas en el cambio de las formas de vida a la espera de que éstas aporten una modificación de la conciencia.»
Muchos autores anarquistas como el mismo Bakunin o Kropotkin a pesar de reconocer que las tesis de Tolstoi no eran desacertadas, creyeron que los revolucionarios debían de estar preparados para destruir el estado y la propiedad mediante la violencia, argumentaban que una vez conseguido esto los seres humanos se adaptarían sin problemas a las condiciones ventajosas que ofrecería la nueva sociedad.En este contexto ideológico se desarrolla Iván el Tonto. Tolstoi escribe el cuento de una manera sencilla para que el humilde público campesino para el que va dirigido lo entienda. De hecho él siempre pensó que la revolución sería engendrada por los hombres y mujeres que trabajaban la tierra con sus manos.
El personaje central, Iván, es un campesino, considerado tonto por su familia, que vive con sus padres y una hermana muda. Desde el primer momento favorece las ambiciones de sus hermanos mayores y cede su herencia sin importarle. Su desprendimiento y generosidad es propio de una persona que no se apega a los bienes materiales, que no considera totalmente suyos sino de aquellos que los puedan necesitar. Su vida se erige día a día con el trabajo y una voluntad férrea por extraer a la tierra sus frutos. En ningún momento pasa por su cabeza la idea de acumular riqueza.
«Iván tomó las hojas, las frotó y el oro cayó.
—Servirá para juguete de los niños.»
Si Iván piensa en alguna mejora para su vida ésta se encuentra asociada a la de sus conciudadanos. Si consigue oro de manera mágica es para repartirlo; si hace soldados, también mágicamente, es para que toquen música y hagan felices a las mozas del pueblo. Iván todo lo ejecuta con ingenuidad, en él no hay doblez, ni siquiera posee un concepto de justicia elaborado, solamente un sentido común elemental engarzado en el mismo funcionamiento de la Naturaleza.
Sus ganas de complacer a los otros hacen que incluso cree mágicamente soldados para que su hermano Seman el Guerrero se sienta feliz y consiga sus propósitos de dominación. Pero luego, más tarde, actúa contundente con un ingenuo y primitivo sentido del equilibrio o de la justicia, si se quiere. Su hermano, el militarista, le pide más tropas y él responde:
«—Yo pensaba que los soldados iban a cantar solamente canciones y he aquí que han matado a un hombre cruelmente. No quiero darte más.»
En el cuento Iván llega a ser Zar y en un momento dado abandona su estatus y vuelve a sus tareas cotidianas, las que le hacían feliz, y contagia con su ejemplo a la zarina.
«En cuanto hubieron enterrado a su suegro Iván el tonto se quitó las vestiduras de zar y las dio a su mujer para que las guardara en el arca. Se puso otra vez su camisa de cáñamo, sus anchos calzones y volvió a trabajar.
—¡Pero, si tú eres un Zar!
—¿Y eso qué importa? —contestó— ¡También los Zares necesitan comer!»
Naturalmente su comportamiento, que él no exigió imitar, no fue bien comprendido por muchos de sus súbditos.
«Un ministro fue a verle y le dijo:
—No tenemos dinero para pagar a los funcionarios.
—Pues si no hay dinero —repuso Iván—, no les pagues.
—¡Es que se irán!
—¡Que se vayan! Así tendrán tiempo de trabajar. Que saquen el estiércol; demasiado tiempo lo han dejado amontonar sin aprovecharlo.
Y todas las personas sensatas abandonaron el reino de Iván. Sólo quedaron en él los tontos. Nadie tenía dinero, todos vivían del trabajo y así sé sostenían y mantenían entre sí.»
Más adelante en la narración, Tolstoi plantea abiertamente el problema del ejército como fuente de toda opresión, asociado a la codicia y acumulación de riqueza de los poderosos. Varios episodios así lo relatan. En el primero de ellos se posiciona en contra de participar en el servicio militar obligatorio.
«El viejo diablo recorrió el reino de Iván para reclutar voluntarios. Hizo saber que todos serían admitidos, y que a cada soldado se le daría vodka y un gorro colorado. Los tontos se echaron a reír.
—Tenemos toda la vodka que queremos, puesto que la hacemos nosotros. En cuanto al gorro, nuestras mujeres los hacen de todos los colores, y hasta a rayas, si así los preferimos.
Y nadie se alistó.»
Tolstoi llega más lejos y nos hace comprender que una minoría de hombres no puede someter a la mayoría de un pueblo, numéricamente es imposible, sobre todo si existe por parte de éste una voluntad de resistencia.
«Y el diablo anunció al pueblo que todos los tontos debían alistarse como soldados, y que cuantos se resistieran serían condenados a muerte.
Los tontos se fueron a ver al general:
—Nos dices —expusieron—, que si nos negamos a ser soldados, el Zar nos ejecutará. Pero no nos dices qué será de nosotros cuando seamos soldados. Parece que también se les mata.
—Si, también sucede esto.
Al oír los tontos esta respuesta, se obstinaron en su negativa.
—No seremos soldados —gritaban—. Preferimos morir en casa, puesto que también a los soldados los matan.»
Más tarde, ante la resistencia del pueblo a alistarse en el ejército los tontos acudieron a Iván a pedirle explicaciones.
«—Un general nos manda que nos hagamos soldados y nos dice: “Si os hacéis soldados no es seguro que os maten; y si no queréis serlo Iván os matará seguramente”. ¿Es eso cierto?
Iván soltó una carcajada.
—Pero, ¿cómo me las compondré —les dijo— para mataros yo solo a todos?»
La narración continúa desgranando situaciones en las que se cuestiona la propiedad privada y la insensatez de la guerra, y presenta la resistencia pasiva como estrategia para desarmar la violencia del estado.
«Los soldados ocuparon otro pueblo y acaeció otro tanto. Así marcharon un día y otro día y por todas partes sucedía lo mismo; se lo daban todo, nadie se defendía, y hasta los mismos del pueblo les invitaban a quedarse con ellos.
—Sí, queridos amigos —les decían—; si vivís mal en vuestro país, estableceos aquí para siempre.
Los soldados anduvieron más aún, sin encontrar ejercito alguno. Por todas partes hallaban gentes que vivían a la buena de Dios: se alimentaban de su trabajo y no se defendían.»
Tolstoi concluye el cuento con la siguiente afirmación de Iván el tonto:
«En mi reino hay una única ley: “Al que tiene las manos callosas se le dice siéntate en la mesa y al que no tiene callos en las manos: cómete las sobras”».
Un relato, como se ve, no por ingenuo menos edificante e instructivo, al menos como elemento a tener en cuenta a la hora de reflexionar sobre los gobiernos y la violencia con que ejercen un poder que los ciudadanos les hemos delegado irresponsablemente.

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5 comentarios:

  1. Sólo puedo decir que el cuento de Iván el tonto me conmueve y que irremediablemente, mi pensamiento quizás también tonto, va en una línea parecida a la del protagonista.

    Sinceramente creo que el cambio viene del individuo en solitario, no de la masa en su conjunto, un cambio nada fácil, que removerá en el que se atreva a ello, sus demonios más ocultos, pero que inevitablemente hay que destapar.

    Un cambio que lleva a una percepción totalmente distinta de todo y que lo cambia todo de una manera que antes parecía imposible.

    Absolutamente todo, es sencillo y nosotros con nuestra mirada pequeña lo complicamos.

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  2. Muy interesante, Ángel. Me he acordado, leyendo el post, de "La servidumbre voluntaria". Por si alguien no lo tiene, ahí va un link:

    http://www.sindominio.net/etcetera/PUBLICACIONES/minimas/51LaBoetie.pdf

    Disfrutadlo!!!

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  3. Por cierto: en esta sección se pueden descargar textos de inestimable valor (que nadie piense en la pasta) de la gente de "Etcétera".

    http://www.sindominio.net/etcetera/PUBLICACIONES/minimas/minimas.html

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  4. Quizá no me considere la persona más adecuada para hablar de ideales políticos; sin embargo, sí tengo establecidos una serie de principios que me impulsan a opinar sobre dicho texto. Probablemente, al acabar de leerlo muchos de nosotros compartamos ese buen “sabor de boca” que nos deja la moraleja del mismo. No obstante, si hacemos el mismo análisis de una forma más fría y no tan embebidos por dichas líneas pensemos: “¿Anarquía?” Y concluyamos: utopía. Si bien me pregunto por qué tan lejos de la realidad. Como bien comentaba mi compañero Ángel: "¿qué puede hacer un Hombre sin un horizonte ideal que ilumine su camino?". Tener una opinión o pertenecer a una determinada ideología, es gratis; es decir, no supone ningún esfuerzo y nos "conformamos". Por el contrario, poner estos ideales en práctica es algo menos convincente para cada uno de nosotros. Ello supone un esfuerzo porque (volvemos a lo mismo) es utópico. Sólo se trata de un horizonte ideal que seguir. Pues bien, compartiendo la actitud del protagonista pienso que fuera del materialismo y la ambición, con trabajo y voluntad, alimentaríamos ese lejano horizonte que tan imposible se nos hace alcanzar. Al fin y al cabo se trata de probar una forma de vivir distinta al sistema capitalista en el que nos encontramos inmersos. Posiblemente, defendiendo esta actitud cambiase el panorama social donde se ven –injustamente– enriquecidos unos pocos con el esfuerzo de muchos.

    Mi fe, a diferencia de Tolstoi como cristiano, no se centra en la religión sino en la felicidad; y para alcanzarla no es necesario creer en un Dios, sino en uno mismo. Dicho argumento, cercano al pensamiento nietzscheano, queda lejos de la realidad social que se vive hoy en día: dominada por los intereses de unos pocos que maquillan pulcramente la manera de beneficiarse a costa de nuestro esfuerzo. Para evitar aceptarlo, es más sencillo refugiarse en creencias inútiles –como la idea de Dios y/o sistemas corruptos– que atrasan nuestro crecimiento personal y colectivo como seres humanos. Es más, me atrevería a añadir que incluso retrocedemos anulados por voluntad propia, conformados y al mismo tiempo reprimidos por el ambiente social que respiramos. Ese mismo que impide actuar y defender nuestro valor personal. Otra opción, sin duda más cómoda, es dejarnos manejar como marionetas sin preservar nuestros intereses, y compañeros, ¿en qué mundo vivimos? Sino lo hacemos nosotros, ¿quién lo hará? Aguantar con la boca tapada esperando a que las cosas cambien por sí solas sólo nos envolverá aún más en el manto capitalista, corrupto y egoísta que nos arropa.

    Yo, como Iván el imbécil, alimento desde la más absoluta ignorancia ese horizonte ideal intentando lograr mi felicidad y la de los que me rodean. Hasta el momento, mi intuición humilde y primitiva me ha llevado a actuar de forma solidaria sabiendo que con trabajo y esfuerzo uno está más cerca de conseguir lo que se propone; porque aunque no sea una experta en justicia, todos tenemos un sentido más o menos desarrollado de dicho concepto que si utilizamos en beneficio propio, y a su vez común, desembocaremos en un mundo mucho más justo y generoso.

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  5. Vivir sencillamente sin dejarse el alma en ello ¿Por qué ha de ser una utopía? Si me respondo a esta pregunta, algo dentro de mi invoca con fervor a Maximilien François Marie Isidore de Robespierre, pero el mundo de Ivan el Imbecil, no contaba con medios violentos para conseguir la paz, es el ejemplo más claro de que la paz no es el fin si no el camino y de que es un proyecto realizable a base de esfuerzo y determinación. Esperero que Ivan el Imbécil sea alguna vez una forma de vida y no acabe en el olvido como un cuento, que un dia escribió un loco idealista que soñaba con la libertad.

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