26 may. 2010

«Time after time». A Miles Davis in memoriam

Siempre es lo mismo, Frances llama y yo corro porque dice: «Chico estoy sola, ven». Y yo voy. No puedo estar con ella y a la vez tocar. ¡Me jodo y me aguanto! Es difícil que las cosas vayan bien. Si la cabeza no me doliera tal vez estaría mejor. Seguro que fue esa mierda que trajo Bill[1]. Bebe cualquier cosa. Ese maldito hijo de puta va a acabar con todos nosotros sin embargo no puedo prescindir de él, le necesito aunque lo tenga que llevar al club medio muerto. Él sabe lo que quiero. Hace música como respira, me entiende, le miro y ya está, el cabrón empieza a tocar y me asombra. Pero debería cuidarse. No está bien que se mate así. ¡Quién va a dar consejos precisamente! Ya no sé si este asqueroso cuerpo es mío o lo he pedido prestado. Bueno, me da igual, aún me queda coñac. Dizzy[2] lo dejó intencionadamente. No le gustamos mucho. Continuamente recrimina a los chicos. Son buenos músicos pero viven deprisa, como yo. Todo está sucio. Frances no quiere más que follar. Me quita la trompeta y espanta con ella las moscas. No la entiendo.
—¡Tío! ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has entrado?
Trane[3] acaba de llegar. A pesar de su corpulencia parece ligero como un fantasma.
—¡Por la puerta, señor Davis!
No está mal el título de señor, suena raro, me gusta. Trane viene algo colocado pero despierto.
—¿Qué quieres? ¿Te han cerrado el bar?
—Me gustaría que repasáramos los arreglos antes de ir al Onix[4].
—¡Quién quiere ir al Onix!
—Hay un contrato.
—Ve tú con Paul[5] y Jimmy[6] y me disculpáis. También te puedes llevar a Bill, si es que lo encuentras.
Esta habitación es gris, no sé cómo puedo vivir en ella, le falta luz, no veo más que el blanco de los ojos de Trane.
—Anda, toca algo, quiero saber lo que tienes en la cabeza —le pido a Trane, que últimamente ha perdido peso, supongo que debido a la heroína— ¿Has cambiado de boquilla? Eso está bien. Toca lo que empezamos anoche, Human Nature, y te sigo.
Hay silencio en mi cabeza. Está presente a pesar del goteo de notas. Es como una masa negra, como mi piel, y no lo puedo eliminar, soy incapaz de arrancármelo. Quiero que me traten como lo que realmente soy, alguien que hace música de la nada. El silencio fluye y se convierte en frases que se articulan en mis oídos misteriosamente. Resulta inevitable, parecido a un abrazo apasionado, a un beso, a calor. Se produce una nota y surge el vacío y la oscuridad. Otra nota, silencio, una risa, silencio. ¡Pobre infeliz! Silencio. ¿Sabrá Trane que es un genio? Silencio. Hay un contrato, siempre hay algún contrato maldito.
—¡Bien chico! Hoy empezaremos con eso.
Me gustaría ir con el grupo a tocar al Three Deuces[7] o al Minton's[8]. Por allí estará el espectro de Bird[9] y verle no sé si me asustaría o le gritaría que subiera al escenario y se uniera a nosotros, si el muy cabrón no había perdido el saxo. Seguramente hasta muerto seguirá colocado. Nunca me hacía caso cuando tocábamos juntos. New York se ha quedado helado sin su cuerpo rechoncho. Me gustaba verle comer como un cerdo; decía que eso le inspiraba, ¡madre mía! Después nos hacía volar a todos con sus frases enloquecidas. Era poco más que un animal pero tocaba como un ser de otro mundo, por eso tenía que morir pronto, aquí no pintaba nada, estaba de más. Sus notas eran demasiado complejas y rápidas, sabía que el tiempo corría y tenía prisa para todo, para comer, para beber, para drogarse, para vomitar y hasta para morir.
—¡Tío! ¿Ya nos vamos? —le pregunto a Trane que está guardando el saxo.
—Es la hora.
—¡Miles! Te llama Frances —dice Jimmy, saliendo de la nada.
—¡A la mierda!
—Quiere pasta.
—¿Hoy es fin de mes?
El tiempo empieza a perder su sentido. Cada día me parezco más a Bird, noto que se me escapan las horas. Aunque a mí me produce el efecto contrario, me hace ver las cosas de un modo más lento, relajado, como si me quedara inmóvil. Voy a tener que marcharme a casa una temporada, a East St Louis. Debería pensar un poco y guardar la trompeta, no sé qué pasa pero cuando la cojo está caliente, es como Cicely, siempre arde cuando la toco. Con la trompeta no tengo que pensar, dejo que los dedos empujen y ya está. Nada es mejor que el tacto del metal, aplastar los pistones, sentir ese escalofrío familiar en las yemas de los dedos; no es posible que haya algo mejor que eso, ni Cicely, ni la heroína: no puedo vivir sin mi trompeta.
—¡Apaga las luces Jimmy!
—¿Dejas la puerta abierta, Miles[10]?
—Sí. No hay nada qué robar. Mi alma de negro la llevo encima.
Hoy estamos contentos y todavía no hemos bebido mucho.
—¿Y Bill? ¿Va a venir a tiempo?
Cualquier día le voy a romper su blanca cabeza con la tapa del piano para que pare de tocar. Cuando empieza parece que está solo, golpea las teclas con furia y me mira como si me dijera: «¡Eh Miles! ¿Quieres más notas?» ¡Mierda! No sabe detenerse un momento. Mejor que llegue tarde.
—¡Oye! ¿Tienes una aspirina?
Quisiera dormir un rato antes de empezar a tocar, vamos pronto, si es preciso me meteré en el retrete a echar una cabezada; si se da cuenta Isaac creerá que me estoy pinchando, que piense lo que quiera. Me gustaría abrirme el cráneo y refrescarme los sesos con un buen chorro de agua fría, quizá así me quedara limpio y pudiera dormir. Nada va a salir mal, al público le gustamos, llevamos tocando seis semanas todas las noches. Les gusta nuestra música. Un día voy a hablar muy alto, me subiré a una mesa y les diré: «¡Mirad hijos de puta! Estoy cansado de tocar la misma mierda todas las noches. Tenemos cosas nuevas que nos da miedo sacar porque buscáis cosas viejas y yo no puedo seguir babeando mi trompeta con imágenes que han pasado, que han muerto». Sí, eso diré. Luego tocaré y ya está. Cuando acabe les gritaré: «¡Hay más y más!» No puedo parar. Estoy lleno de música que no he oído. Mis chicos cuando me escuchan lo saben. No son los violines de Stravinski lo que oyen pero les gusta y piensan: «¡Este tío toca lo que siente!» Y es cierto. Sus ojos y sus corazones están llenos de música también; les observo y sé que están ahí, lo demás es fácil. Me pagan por entretener a la gente y está bien pero no es suficiente. La frente me arde. No sé si sudo o es que este asqueroso coche tiene goteras.
—¿Alguien tiene un pañuelo?
—¡Vamos Miles! ¿Estás nervioso? —me pregunta Paul risueño.
A veces imagino que tengo el alma seca como la arena del desierto y no es posible. Tiene que haber algo diferente ahí fuera que me motive. Trane lo sabe pero no hay forma de entrar en él, apenas se despega del saxo, como si no existiera el mundo, quizá se está muriendo. Al final me quedaré solo y no sé si podré dar algo más. Dentro me duele, ¡qué diablos! Mis tripas sangran porque no sé qué voy a hacer cuando pise la Octava Avenida y todos los hijos de puta reunidos me señalen con el dedo y me pregunten: «¡Eh Miles! ¿Todo va bien?» «¡Vaya si va bien el tío, vestido de cuero negro y corbata blanca!» «¡Qué tipazo! ¡Miles, eres el mejor!» No me acuerdo si he comido hoy. Cicely trajo algo pero Jimmy se lo ha debido de tragar todo. Ese pedazo de cabrón un día devorará a su madre y después pedirá el postre. Esta noche necesito flotar mientras toco, se me ocurrirá algo en tiempo lento, si Trane quiere estarse quieto y me deja tocar. Él sabe lo que siento, me mira de reojo y no dice nada, me ve alucinado y no lo estoy, sabe qué me duele y entonces sí, toca lento. Necesito oír el silencio, que las notas dancen tan quedamente que pueda verlas sin interesarme demasiado si están bien o no. Luego le preguntaré a Paul si todo salió como siempre, si no dice nada es que le ha gustado. Antes lloraba cuando algo le emocionaba, ahora ya no es un niño, ha crecido y la melancolía le ha abandonado. Nunca he sabido qué añoraba. Trataba de morder golosamente alguna cosa que quizá ya ha logrado o ha soñado que lo hacía. Él sube y baja del escenario con indiferencia; arranca las cuerdas del contrabajo, se estrangula con ellas y se ríe gozoso. Los tres blancos con pinta de polis, de la mesa del fondo se han marchado rápido, tendrán que apalear a algún desgraciado negro. También ha podido suceder que Paul y Jimmy hayan sido demasiado para ellos. ¡No han entendido nada! Seguro que no les gustó mi traje, demasiado fino y caro para un maldito esclavo escapado de una plantación del sur. Tampoco les ha gustado el mantel a cuadros de las mesas ni la luz mortecina de las lámparas. Los recuerdos son como polvo en el aire que se desgrana deprisa. Esos tipos no sentían ninguna complicidad con nuestra música. Me gusta el humo de tantos cigarrillos encendidos y el olor a sudor. Ese es el principio que se les escapa a los blancos: comunión.
—¿Tocamos Vierd Blues? —me pregunta Bill.
—Ok, tío.
No está mal para empezar. Cuando Trane inicie su solo me tomaré un café, tengo tiempo, le gusta dormirse con el saxo en la boca. Ni una mujer le sacaría del sopor. ¿Qué sentiría Press[11] si nos escuchara? ¡Cuánto me ha gustado ese hombre triste! Le sudaban las manos de agotamiento y soplaba el saxo incansable, medio muerto sobre la silla; si lo mirabas fijamente sentías que te faltaba el aliento.
—¡Miles! —me llama Paul.
—¡Ya voy!
—¡Bien!
—¡Síguelo Miles! —me arenga Bill.
Sí que lo sigo. Quiero hacer más y más música, hasta desfallecer. Tocaré hasta que os estremezcáis sin que sepáis bien qué está pasando. ¡Querido público, caed de rodillas y agachad vuestras cabezas, tenéis poco que ofrecerme! Pero os necesito, es inevitable. La música que toco es para vosotros aunque cierre los ojos y os vea a través de un vidrio irrompible que no puedo atravesar. El péndulo de mi vida oscila trémulo y solitario rodeado de carne, mientras pisoteo cuerpos de goma. Bill bebe moderadamente. Este hijo de perra llegará lejos, sabe controlarse. Estamos sudando, pronto nos derretiremos sobre el sucio suelo, transportados hasta el cielo por My old flame. Sube el vaso bien alto Trane, si no piensas eso que ganas. ¡Así! ¡Sopla hasta que revientes, cabrón! No des tregua a nadie. El chico lo hace bien, está poseído por una furia incontenible. Si me tapo los oídos le sigo oyendo. Cierro los ojos. No puedo ver a mi grupo. Les amo y les odio; son un reflejo vago, mi reflejo. Tengo miedo de que puedan gritarme que no existo. No soportaría ese golpe. Mi alma está hecha jirones y la música fluye hermosa como todas las noches, armónica, perfecta. El equipo funciona y yo soy el jefe. Estoy excitado. Paul ha empezado a tocar Round About Midnight y no puedo detenerme. Es la hora adecuada, la ciudad duerme. Por la calle transitan los perros y los desesperados. ¿Qué somos nosotros? Es media noche y no sé qué pasará mañana. Ha muerto un día y otro nace y creo que puedo ser feliz pero no sé cuándo ni cómo. ¡Es hermoso lo que tocas, Trane! Los parpados pesan, estamos cansados y no nos importa. Mi trompeta rompe el silencio del universo con otros silencios inimitables. Sueño con el tiempo y me pregunto qué será de este tiempo y me digo que mañana volverá a nacer otro día y con él notas blue que desgarrarán la noche. A. E. L.


[1] Bill Evans, pianista.
[2] Dizzy Gillespie, trompetista.
[3] John Coltrane, saxo tenor.
[4] Club de Jazz de New York
[5] Paul Chambers, contrabajista.
[6] Jimmy Cobb, batería.
[7] Club de Jazz de New York.
[8] Club de Jazz de New York.
[9] Charlie Parker, saxo alto.
[10] Miles Davis, trompetista.
[11] Lester Young, saxo tenor

2 comentarios:

  1. No está mal… El curso de correctores, por mucho que lo hayas maldecido, te ha venido bien.

    Ánimo con tu nueva aventura!!!!

    ResponderEliminar
  2. Estamos con la música... de jazz.
    Venía para decirte que el domingo publiqué en mi página tu texto...

    * junio 06, 2010. No hay paz hasta el final... (+ Ángel E. Lejarriaga)

    Publicado por ANGEL E. LEJARRIAGA en viernes 26 de marzo de 2010 www.elviajerodeorion.blogspot.com/ «No hay paz hasta el final».
    La lenta agonía de Klaus Mann (...)

    ... me gusta verte, aunque sea de tarde en tarde. Besicos: PAQUITA

    ResponderEliminar