11 jun. 2010

La mujer sin carne


La tarde quema y mi cerebro hierve, abrasado por un viento que quema, que no viene de fuera sino de lo más profundo de mis entrañas. Me puedo preguntar qué lo incendia pero no me contesto porque las respuestas no me interesan. El coche rueda sobre el gastado adoquinado de la estrecha calle y mi cuerpo tiembla por su relieve irregular: arbitrariedad de suelo abandonado. Mis oídos están repletos de la música de B. B. King, que me impulsa a seguir adelante con sus desgarros eléctricos, que nada dicen de mi presente de manos atrapadas al volante. Las aceras están vacías, los viandantes incorpóreos se ocultan en la sombra de sus cárceles hipotecadas, sentados frente a platos de comida insípida, mientras sus pupilas se hartan de noticias de muertes patéticas recogidas en todos los rincones del mundo. Sacian el estómago sin saber con qué lo hacen; se atiborran la cabeza de pensamientos huecos que luego no recordarán porque no hay nada trascendente que recordar.
En un paso de cebra, un badén hace que frene la velocidad, casi me detengo. En el escalón de un portal descubro a una mujer joven, de unos veinte años, de rasgos exóticos, leyendo un libro que apoya sobre las rodillas. Yo no existo en su universo inaprensible, tampoco la calle, ni el calor, ni tan siquiera el aire que colma sus pulmones. Ella lee y transpira abandono.
La dejo atrás sin comprender su presencia en tan inhóspito lugar. No sé qué hace allí, qué espera. Parece que sólo posa sus pupilas sobre los grafismos ignotos impresos en las hojas. ¿Para qué se pierde en ese frenesí de quietud? Me gustaría interrogarla sobre su presencia imposible pero continúo mi camino como una corriente de agua sin rumbo. Sigo inquiriéndome, aunque ya no la vea, por su adherencia al libro, lo mismo que me cuestioné ayer cuando la encontré por primera vez en semejante postura pétrea en otra avenida.
Necesito verla de nuevo para constatar que no se trata de una estatua de esas que misteriosamente, como caídas del cielo, aparecen de manera imprevisible en algunos puntos de la ciudad.
Quizá me he equivocado al apreciar que estaba hecha de carne. Quién me puede asegurar que en realidad no ha sido una mera proyección de mi imaginación. ¿Quién es? ¿Posee una identidad? Podría buscarla pero no lo haré porque es estúpido perseguir un fantasma por muy real que éste parezca. Me intriga que se desplace por el espacio, que se mueva de un sitio a otro, siguiendo algún criterio racional predeterminado. Yo no tengo destino, salvo la muerte, y ella se transmuta en lectora tangible e intangible, según la hora y el lugar. Me aventuro a pensar que no existe pero si aceptara esa premisa tendría que dudar de mi cordura y no sé si puedo permitírmelo. Aunque pensándolo bien si estuviera loco mis actos serían la representación específica de la enajenación y entonces nadie me juzgaría ni me pediría responsabilidades. Desde ese punto de vista me atrae asumir mi condición de demente. Además, así tengo alguna posibilidad de reencontrarla, en el supuesto de que sea un ser inmaterial.
Incluso podría pensar que yo también soy etéreo: una creación de una mente febril. De ese modo ella viviría dentro de mi mente y yo viviría dentro de la mente de otro y tal vez ese otro, a su vez, estaría atrapado en otra cabeza absurda y extraviada. Resulta magnífico imaginar esa cadena imperecedera de locos que cometen locuras en mundos excéntricos sin un suelo sobre el que afirmar verazmente que existimos.
Es probable que ella sea mi creación y yo su dueño: un Pigmalión aturdido y sórdido, hijo de este tiempo sin memoria. Mi golen con forma de mujer se enfrasca o se pierde, según se mire, en las páginas de un libro ignoto de irrelevante título.
Si la vuelvo a ver me sentaré a su lado y la oleré para obtener información sobre los jugos que la definen. ¿Y si no huele? La lameré para conocer cómo sabe. ¿Y si carece de sabor? Entonces tendré que estrecharla entre mis brazos, puede que incluso le hable si bien temo a las traidoras palabras. Tampoco sé qué podría decirle. Si está construida de aire envolveré con mis brazos el vacío más triste. Si su cuerpo está caliente absorberé su fuego para que se una al mío elaborado de hielo. ¿Y si existe y no es de carne y tampoco mi creación? Entonces mi humano desvarío la arañará hasta dejar grabada en su piel una huella de desesperanza y embeleso marchito.
Desconcertante ensoñación la mía. Embarcado en un viaje ilusorio como un Ulises descarnado sin esperar encontrar una Ítaca en la que guarecerme, porque ya no existen Penélopes tenaces y pacientes ni islas protectoras. Sin embargo la misteriosa lectora me ilusiona desde su indiferencia demoledora. Su imperturbabilidad la hago mía y la envidio de un modo infantil. No la quiero a ella y sí a su lugar en el mundo. Mujeres como ella hay muchas pero ávidas devoradoras de libros, pocas.
Se me ocurre pensar que cabe la posibilidad de que en realidad no lea y ese ensimismamiento aparente sea una especie de pose meditativa que solo simboliza el escudriñamiento de un vacío interior. ¡Qué desengaño! Si no está leyendo ¿por qué tiene el libro abierto? Esa separación de hojas es obscena, magnética, invitadora a una cópula intelectual, como los muslos abiertos de una mujer que te mira y roba el aliento con sus labios húmedos. El libro desplegado como unas piernas francas me llama con un grito primario, tan esencial como la inhalación de oxígeno, tan fértil como el agua de lluvia.
Enamorado de su presencia, me debato entre buscarla, con la pretensión de anidar en su ombligo, o convertirme yo también en estatua confusa de bronce, velado de polvo, cubierto de excrementos de paloma; con ojos que no ven, con oídos que no oyen, con una lengua muda, sin alma.
Mis pasos desmayados me conducen a ella y la descubro idéntica a las otras. Es la misma pero tengo la leve sensación de que es disímil. Me siento a su lado y apoyo mi hombro en el suyo: frío, sin vida. Le paso el brazo por la espalda y percibo dureza. La beso en la mejilla y el sabor a metal me repele. No se mueve, ningún gesto delata un pálpito en su corazón. Observo las páginas en las que clava sus ojos y están vacías, como yo, como la calle en la que estamos sentados, como el manto azul que nos cubre en esta tarde de verano que decae.

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1 comentario:

  1. ¡Qué guapo te ha quedado el relato!
    Tenía que ser incierta, no era lectora... sólo una apariencia de ello.

    ¿te lo copio! Lo publicaría no antes de un mes de su publicación aquí... que ya no recuerdo cuando fue.
    PAQUITA

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