25 ene. 2011

Samuel J. Bycke: la maldición de ser pobre

En los tiempos de explotación y mansedumbre que vivimos no es de extrañar que algún individuo, desesperado por su situación económica, coja su escopeta de caza y se dedique a matar a aquellos a los que hace responsables de su angustia. Es obvio que hay muchos culpables —fáciles de identificar— a la hora de exigir responsabilidades, pero claro está un individuo solo no puede emprender una guerra contra todos ellos a la vez. Es entonces cuando la víctima toma la decisión de marcarse un objetivo y perseguirlo como una forma de recuperación de la autoestima. El caso de Pere Puig (Olot, 15 de diciembre de 2010) es representativo de este ejercicio de liberación catártica. Evidentemente ha habido más sucesos del mismo estilo. Tal es el caso de Samuel J. Bycke, un parado norteamericano de cuarenta y cuatro años que en 1974 tomó la decisión de matar al entonces presidente de los EE.UU., Richard Nixon, al que consideraba un «cáncer de la sociedad americana».
La historia de Bycke es la biografía universal de todos los desheredados del mundo. Muchos parados de hoy en día probablemente, si leyeran este artículo, se sentirían identificados con él.
Procedía de una familia pobre de Philadelphia. Su escolarización fue mínima debido a la falta de dinero de sus padres. Cómo único medio de progreso a su alcance se alistó en el ejército en el que permaneció dos años, tras los cuales fue licenciado con honores. Eso no le sirvió de mucho para poder lograr —en el país de las oportunidades— un empleo estable con el que sacar a su familia adelante. La crisis económica de los años setenta no le perdonó, ni a él ni a millones de personas en el mundo. De trabajo en trabajo, a cual más precario, su estado anímico fue hundiéndose hasta alcanzar una depresión profunda.
Sin recursos propios, sin apoyos —intentó montar una pequeña empresa con un amigo—, sin esperanza, llegó a la conclusión de que el pueblo norteamericano, «doscientos millones de granos de arena», estaba oprimido por una minoría poderosa que ostentaba el poder económico y político y cuya cabeza visible era Richard Nixon. Desde luego, no iba descaminado, más bien al contrario. Con este análisis reflexionó que cada ciudadano debía recuperar el poder que le usurpaban los que decidían sobre su vida. Para lograrlo debía de emprender una misión solitaria con la que hacer una llamada de atención a los estamentos más elevados de la pirámide social, y así demostrar que a pesar del cinturón de seguridad que les protege, ninguno de ellos está totalmente seguro. Su acción pretendía ser un ejemplo para otros ciudadanos tan desamparados como él.
Después de un intento fallido por ingresar en la organización Panteras negras, decidió preparar un atentado contra el presidente norteamericano.
El 22 de febrero de 1974 secuestró un avión en el Aeropuerto Internacional de Washington, mató a un policía, a un piloto e hirió a otro. Durante el secuestro resultó herido de gravedad y antes de que lo detuvieran se disparó un tiro en la cabeza. Bycke proyectaba estrellar el avión contra la Casa Blanca. A.E.L.

NOTA: Niels Mueller, en el año 2004, dirigió la película El asesinato de Richard Nixón, protagonizada por Sean Penn, inspirada en la historia de Samuel J. Bicke.

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