21 ago. 2012

La peste



Han pasado 65 años desde que Albert Camus publicó La peste, y ahora, quizá, tenga más sentido que nunca releerla y ver qué conclusiones extraemos de sus páginas.
El texto nos abre las entrañas de la tragedia que se vive en la ciudad de Orán. Una estructura formal de novela oculta simbólicamente otra tragedia, la que vive Francia bajo la ocupación nazi. El nazismo es la «peste» que contamina y mata azarosamente a los que se encuentran encerrados en la ciudad.
La historia comienza de una manera sutil con la presencia de ratas que salen a la luz para morir. Algo está sucediendo y nadie parece darse cuenta. Bernard Riux, médico, sabe lo que ocurre y trata de llamar la atención sobre los riesgos para la población pero las autoridades obvian el asunto, le restan importancia, prefieren mantener el orden público a toda costa, un orden que podría verse en entredicho si la noticia se extendiera. No se toman las medidas de prevención adecuadas, esperan que ocurra un «milagro» que salve la situación sin que el equilibrio que sustenta la sociedad se trunque.
Así las cosas, la vida cotidiana se desarrolla con una «normalidad» perturbadora, irreflexiva, inconsciente, que conduce al abismo. Naturalmente los acontecimientos se precipitan y la gravedad de la situación obliga al aislamiento del mundo exterior. La ciudad cierra sus puertas y los habitantes se convierten en prisioneros de sus muros. La peste ya no es una anécdota sino que se sitúa en el centro de atención de los enclaustrados. Muchos intentan escapar pero no es posible. En un primer momento solo tienen la peste y su memoria, luego solo quedará la peste. No existe futuro. Quizá pueda haberlo pero no hay forma de aventurar cuál puede ser.
Pasa el tiempo y el mal se acepta como algo inevitable. Cada uno lo afronta como puede. Unos se evaden a través de un hedonismo evasivo; otros crecen desde su dignidad y practican una solidaridad ejemplar, sincera, anónima. La peste solo puede combatirse mediante la cooperación y la suma de voluntades.
El libro cuenta que los cines están llenos pero todas las sesiones exhiben el mismo celuloide. También cuenta que en los transportes públicos la gente ni se roza, temen contagiarse; permanecen encerrados en muros interiores que de nada sirven ante el poderoso mal que flota en el aire.
Al final, el día a día se traduce en supervivencia, los valores se relativizan, no hay mañana ni pasado, solo resta luchar por vivir un día más.
En el fondo de sus mentes desean que las cosas vuelvan a ser como antes, ajenos al peligro siempre presente de la peste, aunque esta pueda permanecer oculta de manera temporal.
Hasta aquí llega este rápido esbozo de la historia; con él podemos realizar algunos paralelismos con nuestro tiempo. Ya no estamos en Orán, aunque podríamos estarlo; nos encontramos en cualquier ciudad española, griega, portuguesa, irlandesa o italiana. La tragedia existe; la peste se podría llamar «crisis económica», en realidad un subterfugio para oprimir aún más a las poblaciones, es decir, acumular riqueza sin dar nada a cambio. No, la peste no es la «crisis»; la enfermedad que hace sufrir, hiere y mata despiadadamente se llama «explotación del hombre por el hombre» e «injusticia social»; siempre ha estado ahí pero no hemos querido verlo, hemos apartado la vista a otro lado o imaginado que nunca nos iba a tocar a nosotros. Vivíamos en universos de consumo y bonanza aparente que al final se han convertido en un lastre en sí mismos.
Las ratas nos avisaron hace tiempo de que algo estaba pasando. En este caso las ratas fueron la especulación galopante, la corrupción política, el endeudamiento, la acumulación y dependencia de bienes inútiles o prescindibles, la cesión de soberanía… Algunas mentes preclaras se dieron cuenta y nos avisaron de que el capitalismo benefactor, la «sociedad del bienestar» y en sí la democracia parlamentaria eran un artificio pasajero, una forma de gobernar que sería utilizada mientras la correlación de fuerzas estuviera equilibrada. Cuando ese equilibrio ha desaparecido ya no es necesaria su aplicación. Las autoridades sabían lo que estaba ocurriendo y le restaron importancia, huyeron hacia delante sin escrúpulos, eso sí, manteniendo sus privilegios. Los más sagaces y malévolos esperaban su momento para aplicar su plan de destrucción. La enfermedad, con toda su crudeza, estaba gestándose sin que los sistemas inmunitarios sociales estuvieran preparados para contenerla.
En ese contexto, la vida asumió una ceguera mortal. Los males que antes he citado, las ratas, no solo no disminuyeron sino que se acrecentaron hasta llegar al paroxismo. De pronto comenzó a aumentar el paro, los desahucios, la desesperación. La peste estaba servida. La plaga empezó a destrozar nuestras vidas sin piedad. Camus dice en su novela que todos los miembros de la sociedad estaban afectados por la posibilidad fortuita de que la muerte les alcanzara sin previo aviso. En eso, nuestro momento es diferente, no todos corren riesgos, los ricos son más ricos, los acomodados se han vuelto precariados y los que ya eran pobres ahora son miserables. La peste ya no es algo irrelevante que pasa de vez en cuando como un mal bíblico sino que se ha instaurado en nuestras vidas sin que tengamos posibilidad de escape.
Hemos llegado a aceptar el mal como irremediable también; no tenemos salida. Esperamos otro milagro que no llega, tal vez porque los milagros no existen más que en la mente de los niños y en la de los ignorantes. Podemos intentar evadirnos, y de hecho lo hacemos, pero la única forma de afrontar la situación es mediante la solidaridad, recuperando la responsabilidad sobre nuestras vidas, que hemos cedido a poderes perversos que siempre han estado ahí y estarán mientras no acabemos con ellos.
Todos los días ponemos la televisión y la radio y vemos y escuchamos las mismas cosas, aún así permanecemos embobados ante ellas, quizá incrédulos, pensando que esto no puede estar sucediendo. Sobrevivimos como podemos y añoramos aquellos tiempos en que nos creíamos ricos y, por encima de todo, seguimos deseando volver al orden anterior, que la peste se vaya, a pesar de los cadáveres que va dejando a su paso, despreciando al que vive en la calle, al parado, al que escarba en los contenedores de basura en busca de comida, al «extranjero»: están más apestados que nosotros. Pobres necios, la peste nunca nos dejará pues se alimenta de nosotros.

«El bacilo de la peste nunca muere o desaparece, puede permanecer dormido, en la casa, en los muebles y en las camas, aguardando pacientemente en los cuartos, los sótanos, los cajones, pañuelos y papeles, y quizá un día, solo para enseñarles a los hombres una lección y volverlos desdichados, la peste despertará a sus ratas y las enviará a morir a una ciudad feliz.» (Albert Camus, La peste)

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7 comentarios:

  1. Nunca me hubiera imaginado una interpretación de L peste así. Curioso. Me vas a obligar a volver a leerlo.

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  2. Ángel, buenísima la comparación. Creo que a más de uno y de una se nos pasa a menudo por la cabeza la idea de que vivimos en una sociedad enferma. Padecemos una enfermedad neurodegenerativa y autoinmune en la que los posibles remedios se perciben como "radicales" y hasta "peligrosos". Lo estamos viendo sin ir más lejos en el caso de Marinaleda, en cómo un acto de desobediencia civil ante la opresión y la injusticia social es calificado de delito, y lo que es peor aún, identificado así por personas que sufren cada día la violencia de este inhumano sistema capitalista. O despertamos de esta "ceguera" o moriremos todos y todas, porque ya muchas personas lo hacen cada día.

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  3. Buen concepto ese de enfermedad. El ser humano está enfermo, quizá de estupidez, si no cómo se explica tantos siglos de explotación insana y destructiva. De algún modo podríamos justificar el pasado por la ignorancia de las gentes. Pero ahora qué pasa. Tenemos conocimientos, formación, sabemos lo que está sucediendo,¿por qué entonces no actuamos?

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  4. Es absurdo que pensemos que esto es una crisis, es una reforma del tipo de relación de explotación capitalista que hemos tenido hasta ahora. A lo largo de la historia la opresión se ha manifestado de diversas maneras, siervos, esclavos, etc. Ahora vamos a dar un giro hacia atrás en el tiempo y los derechos conquistados los vamos a perder ante la pasividad general. El fascismo de nuevo cuño está en el poder, los del PSOE no hubieran actuado de otro modo, son los "mismos perros con distintos collares". Y qué voy a decir de IU, los aspirantes a ocupar el puesto del PSOE, es decir, unos vendidos más, como los sindicatos. O nos auto organizamos al margen de ellos y sus instituciones, o entramos en una nueva vieja era.

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  5. Los tiempos han cambiado, en el sentido de que tenemos más acceso al conocimiento de lo que lo hemos tenido nunca. También las redes sociales y la experiencia del movimiento 15M, han abierto las puertas a que ese conocimiento corra y se colectivice. Tenemos la oportunidad de reflexionar sobre la historia de la humanidad, de cuáles han sido sus relaciones y sus consecuencias. Quizá no podamos cambiar globalmente nada pero quizá sí podamos cambiar nosotros. Ese sería un buen gérmen para empezar, si no queremos que las ratas estén permanentemente acechándonos.

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  6. Buena metáfora. Pero podemos llegar más lejos y aseverar que la "peste" la llevamos también dentro de nosotros. Podemos ser simplemente portadores "idiotas" y desde esa ignorancia irla sembrando. Esta situación actual que vivimos nos proporciona una oportunidad para aprender de una vez por todas cuáles son relacines de poder, como se estructuran, cuál es el papel que representa cada uno y qué podemos hacer, tanto a nivel individual como de forma colectiva, para lograr el "buen vivir" y pasar lo más posible de los opresores, sean quienes sean. Pongo un ejemplo. Tenemos claro, espero, que la banca es una de las grandes responsables de la catástrofe actual; bien entonces podemos actuar no ingresenado dinero en una cuenta salvo cuando sea impresncindible para el pago de recibos. No tener tarjetas de créditos, no pedirles préstamos, etc.

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  7. ¡Qué buena interpretación!, certera, atinada, y más que atinada, terrorífica. Nos sentimos halagados por el instinto de las masas, arrastrados por promesas ilusorias de falsos caudillos mediáticos, los que el pueblo señala como ungidos por dios para llevarnos a la derrota final, al fatalismo. Es un breve ensayo sobre esta obra de Camus, un mazazo seco a la sociedad actual que camina sobre arenas movedizas.

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