16 jul. 2013

Antonio Ramón Ramón



Esta historia rememora la figura de un ser humano común pero excepcional en su sentido de la justicia, dirigido por una determinación profunda de responsabilidad y coherencia consigo mismo y con sus iguales.

Antonio Ramón Ramón nació en 1879, en Molvizar, provincia de Granada. Como era la costumbre de la época, en la más temprana infancia se incorporó a labores de jornalero en el campo. La miseria y la falta de expectativas hizo que a los 23 años se marchara en busca de prosperidad a Marruecos, donde desempeñó diversos oficios. Es precisamente durante su estancia en ese país donde, por azar, se entera de la existencia de Manuel Vaca, un hermano para él desconocido. Una vez establecido contacto con él, ambos se convirtieron en inseparables.

Después de un tiempo trabajando en África con pobres resultados económicos, los dos hermanos decidieron probar fortuna en Sudamérica. Así llegaron a Brasil, Antonio decidió quedarse y Manuel se marchó a Argentina. Doce meses más tarde, después de diversas vicisitudes, Manuel viajó a Chile, a trabajar en la industria del salitre y Antonio se instaló en Argentina. Es en este país donde Antonio entró en contacto con inmigrantes españoles, muchos de ellos anarquistas, cuyas ideas hizo suyas.

Durante dos años ambos hermanos mantuvieron una rica correspondencia en la que Manuel refería a Antonio la terrible vida que sufrían los trabajadores del salitre. A finales de 1907 las cartas de Manuel dejaron de llegar.

La noticia de la Matanza de la Escuela Santa María de Iquique cruzó las fronteras y le llegó a Antonio a través de la prensa argentina. Un mal presagio le impulsó a irse a Chile en busca de su hermano, en junio de 1908. No tuvo que indagar mucho para conocer que Manuel Vaca formaba parte de las 3600 personas asesinadas por defender sus derechos.

La denominada Matanza de la Escuela Santa María de Iquique fue ejecutada en Chile el 21 de diciembre de 1907. Las víctimas fueron trabajadores del salitre de distintas nacionalidades que estaban en huelga. Dicha huelga se gestó para protestar por las condiciones infrahumanas en que vivían, ellos y sus familias. Entonces gobernaba en Chile el presidente Pedro Montt. El general Roberto Silva Renard dirigió las operaciones represivas, cumpliendo las órdenes emitidas por el ministro del interior Rafael Sotomayor Gaete. Entre las víctimas se encontraban hombres, mujeres y niños.

No se sabe muy bien las andanzas de Antonio Ramón Ramón entre la fecha de conocimiento del asesinato de su hermano y el atentado cometido contra el responsable de la masacre. El hecho trascendente es que la mañana del 14 de diciembre de 1914, siete años después de cometidos los crímenes, Antonio asestó cinco puñaladas al general Roberto Silva Renard cuando se dirigía a su despacho en la Fábrica de Cartuchos del Ejército, sin lograr matarlo en el momento, aunque este nunca logró recuperarse de sus heridas y murió en 1920.

Después del atentando, Antonio Ramón Ramón intentó huir sin éxito y antes de ser detenido ingirió una botellita que contenía veneno sin conseguir el efecto deseado. Evidentemente ese día el azar actuó en su contra. Durante su detención fue herido por el ayudante del general que les asesto varios golpe con su sable en la cabeza, por lo que debió ser asistido en un hospital antes de ser llevado a la cárcel.

Lo que le sucedió después es bastante confuso aunque hay testimonios que confirman algunos detalles. El diario chileno El Mercurio de 15 de diciembre de 1914 se hizo eco de la noticia ampliamente. A continuación expongo la entrevista realizada por un periodista a Antonio Ramón Ramón en la propia celda en la que estaba encerrado:

En una pieza de la Fábrica de Cartuchos y sentado en el suelo, con las manos atadas a la espalda y las piernas aprisionadas por grillos, el hechor Ramón observa con actitud tranquila y resignada cuanto ocurre a su alrededor. En su cara, medio bronceada por el sol y la intemperie, se destacan sus ojos claros, pequeños y escrutadores (…)

—¿Cuánto tiempo residías en Santiago?

— Más o menos tres meses. Anteriormente estuve en Valparaíso, trabajando en la Casa Molfino, y al presente estaba ocupado en ésta, en las obras del alcantarillado en los Arsenales de Guerra.

—¿Tienes algunos amigos que te hayan aconsejado?

—Absolutamente ninguno. Procedí por mi cuenta. Un hermano mío murió en los sucesos de la Escuela Santa María en Iquique (sic) y ustedes comprenderán…

—¿Y el veneno?

—Lo adquirí en la República Argentina, en mi último viaje que efectué en parte a pie, pero veo que me han engañado. La daga también la adquirí en la Argentina, y la he conservado siempre como arma de defensa, pero nunca la he empleado contra mis semejantes.

Antonio Ramón Ramón fue condenado por un tribunal a una pena de cinco años de prisión. A partir de ahí existen diversas versiones sobre el fin de sus días. Se ha escrito que en 1922 fue dictada su expulsión del país y que regresó a su pueblo natal tras recibir 1500 libras recaudadas por una colecta popular. Pero también se ha escrito que nunca llegó a salir de la cárcel.

La acción revolucionaria de Antonio tuvo mucha repercusión en su tiempo y fue bien acogida por los medios obreros, fundamentalmente anarquistas.

En el lugar en el que se produjo el atentado hoy en día existe un monolito que recuerda su memoria y en el que está escrito: «Antonio Ramón Ramón vengador del pueblo».

Es admirable la firmeza y tenacidad de este hombre que supo aguardar con entereza su momento, siete años, hasta acercarse al asesino, general Roberto Silva Renard, y ejecutar la única justicia que se pueden permitir los parias: la justicia revolucionaria; aunque ello les cueste la vida.

El principal problema de los precariados del mundo hoy en día no es que nos quiten derechos o que nos reduzcan a una condición económica que en muchos casos roza la miseria, eso es moderadamente soportable. Lo peor de todo es que aquellos que acumulan la riqueza y los medios de producción nos han perdido el respeto, no temen nuestra reacción. Saben que carecemos de ese sentimiento cauterizador y explosivo que para seres humanos feroces, hombres y mujeres, como Antonio Ramón Ramón, suponía devolver golpe por golpe.

Ahora bien, nada está escrito, ni nada es definitivo salvo la muerte. Antonio Ramón Ramón esperó siete años para pedirle cuentas al asesino de la Escuela Santa María de Iquique. La resistencia a la opresión está definida por la paciencia y la audacia de los que la asumen. Nos falta comprobar el color de la tinta con que se escribirán las páginas del futuro próximo.

Según el testimonio de un familiar de Antonio Ramón Ramón, este nunca fue anarquista y su única motivación para perseguir al asesino de su hermano, fue la venganza.


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