21 may. 2015

El cartero de Neruda


Esteban Antonio Skármeta Vranicic se hizo popular con la aparición de la película El cartero (1994). Algún crítico sesudo llegó a afirmar en su momento que Skármeta había saltado a la fama a partir de dicha película. Es posible que el reconocimiento universal le haya venido de ahí pero lo que no se puede negar es que su andadura literaria e intelectual la ha trabajado con esfuerzo y dedicación.
Aunque chileno de nacimiento, es de origen croata. Tras el obligatorio periplo por la enseñanza secundaria, estudió Filosofía en la Universidad de Chile de la mano de un español ilustre, Francisco Soler Grima, al que se considera discípulo aventajado de Julián Marías y de José Ortega y Gasset. Pasó como estudiante por la Universidad de Columbia (EEUU), estudió teatro en el Actor’s Studio con Paul Kozelka. Ha trabajado como director de teatro en el Conjunto Artístico del Instituto Pedagógico de Chile, después como profesor de Filosofía en el Instituto Nacional de Chile y más tarde en la Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad de Chile, primero en el departamento de Filosofía y después en la cátedra de Literatura General, en el de Castellano. Su primer premio importante lo recibió en 1968, el Premio Casa de las Américas.
Comprometido con las luchas sociales, se vio obligado a exiliarse tras el golpe de Estado del general Pinochet. Mientras viajaba escribía y publicaba donde podía. Estuvo exiliado en Argentina. De ahí partió a la República Federal Alemana, donde trabajó a partir de 1979 durante tres años en la Academia Alemana de Cine en Berlín. Durante su estancia en la RFA tomó forma la historia que en este texto es protagonista, en un primer momento titulada Ardiente paciencia (1985) para más tarde adquirir el nombre definitivo, El cartero de Neruda. Regresó a Chile en 1989 después de 16 años de ausencia.
Aparte de su labor literaria, Skármeta ha hecho varias incursiones en el mundo del cine, ha escrito guiones, dirigido algunas películas y participado en varias como actor.
Tras  estas líneas introductorias quiero adentrarme por entero en las sensaciones que me ha transmitido El cartero de Neruda. Esta ha sido la segunda vez que lo leía por lo que he viajada por sus páginas sobre seguro; sabía lo que me esperaba. Aun así, ha sido un placer volver sobre el texto que recomiendo encarecidamente.
Skármeta cuenta sobre esta obra que la maduración de la misma fue larga. La historia comienza cuando el autor trabajaba como redactor cultural en un diario de «quinta categoría». Su ilusión y su motivo existencial era escribir, pero no escribir cualquier cosa sino algo contundente, al estilo tan latinoamericano, es decir, una buena historia asociada a un léxico exquisito. En esas se encontraba, comenzando cada madrugada «nuevas novelas que dejaba a mitad de camino, desilusionado de mi talento y pereza», cuando el azar vino a sonreírle de una manera indirecta. El director del diario le encargó un trabajo que en realidad suponía unas vacaciones para que recuperara «una salud perdida en la bohemia». El trabajo consistía en «asaltar la paz costeña de Pablo Neruda y a través de entrevistas con él, lograr, para los depravados lectores de nuestro pasquín, algo así […] como la geografía erótica del poeta». Es decir, conseguir cotilleos sobre sus lances amorosos. Dicho y hecho. Fue a Isla Negra y se aproximó al poeta; sin embargo, no cumplió con sus pretensiones aunque sí consiguió material suficiente como para, tiempo después, construir el libro que tenemos entre manos. Cuando le planteó a Neruda la hipotética entrevista que deseaba realizar este le contestó: «Con una amabilidad que no merecía la bajeza de mis propósitos me dijo que su gran amor era su esposa actual, Matilde Urrutia, y que no sentía ni entusiasmo ni interés por revolver ese “pálido pasado”; y con una ironía que ni merecía mi audacia de pedirle un prólogo para un libro que aún no existía, me dijo, poniéndome de patitas en la puerta: “con todo gusto, cuando lo escriba”».
Merodeando y merodeando por el terreno que pisaba el poeta, fue gestando una idea que tardó catorce años en desarrollar, «francamente un récord del que no me enorgullezco».
¿De qué habla El cartero de Neruda? En principio hay que decir que es una novela al uso, es decir está escrita en prosa, pero a la vez, desde la primera página, saboreas un texto poético que podría haber escrito el propio Neruda. De hecho, en ella Skármeta recrea a Neruda, se apodera de su espíritu y le clona con un resultado que hace sonreír y sobre todo emociona. En segundo lugar, las dulces páginas del libro hablan de amor, pero de un amor tórrido, caliente, insensato, cargado de un deseo incontrolable, y sobre todo, de metáforas. Sí, de metáforas, maravillosas, lánguidas penetrantes como un suspiro, como el grito incontinente de un orgasmo, como el aullido desesperado de alguien que se quema y no sabe cómo aplacar ese dolor.
«MARIO:—Don Pablo —declaró solemnemente—. Estoy enamorado.
NERUDA:—Bueno —repuso—, no es tan grave. Eso tiene remedio.
MARIO:—¿Remedio? Don Pablo, si eso tiene remedio yo solo quiero estar enfermo. Estoy enamorado, perdidamente enamorado.
NERUDA:—¿Contra quién?»
Esta es la historia. Tal vez común pero que la poesía convierte en única e irrepetible. Mario está enamorado de Beatriz y no sabe cómo enfrentarse al lance. Quiere conquistarla, y presiente que será a través del lenguaje mágico de la poesía como lo logrará. Pretende que se lo enseñe el artífice máximo de la misma en ese tiempo, Pablo Neruda.
«NERUDA:—Hubo una vez un poeta que se enamoró de una tal Beatriz. Las Beatrices producen amores inconmensurables.»
¡Ay, Beatriz! Qué bien la adivina el «maestro» sin conocerla. Cuando Neruda materializa la confirmación de la belleza desmedida de ella no puede ocultar su admiración cargada de picardía y sensualidad.
«Los recién llegados ocuparon dos sillas frente al mesón, y vieron que lo atravesaba una muchacha de unos 17 años, con un pelo castaño enrulado y deshecho por la brisa, unos ojos marrones, tristes y seguros, rotundos como ciruelas, un cuello que se deslizaba hacia unos senos maliciosamente oprimidos por una camiseta blanca con dos números menos de los precisos, dos pezones, aunque cubiertos, alborotadores, y una cintura de esas que se cogen para bailar tango hasta que la madrugada y el vino se agotan. […] la cintura se abría en un par de caderas mareadoras, sazonadas por una minifalda que era una llamada de atención, sobre las piernas, y que tras deslizarse sobre las rodillas cobrizas, concluían como una lenta danza en un par de pies descalzos, agrestes y circulares, pues desde allí la piel reclamaba el retorno minucioso por cada segmento hasta alcanzar esos ojos cafés, que habían sabido pasar de la melancolía a la malicia en cuanto estuvieron sobre la mesa de los huéspedes.»
Mario está perdido en el infortunio de esa enajenación mental transitoria que es el amor, y su lengua, generalmente de trapo, tras beber de las fuentes del poeta, se vuelve atrevida y musical, hasta tal punto que la distante y displicente Beatriz se ablanda, se derrite y se rinde.
«MAMÁ:—Mijita, si usted confunde la poesía con la política, lueguito va a ser madre soltera. ¿Qué te dijo?
BEATRIZ:—Metáforas.
MAMÁ:—Nunca te oí una palabra tan larga. ¿Qué «metáforas» te dijo?
BEATRIZ:—Me dijo que mi sonrisa se extiende como una mariposa en mi rostro […]
MAMÁ:—¿Y qué más?
BEATRIZ:—Entonces dijo una cosa de mi risa. Dijo que mi risa era una rosa, una lanza que se desgrana, un agua que estalla. Dijo que mi risa es una repentina ola de plata. […]
BEATRIZ:—Me dijo que le gustaba cuando callaba porque estaba como ausente.
MAMÁ:—¿Y tú?
BEATRIZ:—Yo le miré.
MAMÁ:—¿Y él?
BEATRIZ:—Él me miró también […]. Y entonces me dijo “me falta tiempo para celebrar tus cabellos, uno por uno debo contarlos y alabarlos”.»
El lenguaje nos transforma por dentro y por fuera. Hablamos como pensamos y pensamos como hablamos. En el momento en el que profundizamos en el universo de la palabra incendiada, la deflagración está asegurada, es una simple cuestión de tiempo que todo estalle ante nuestras pupilas poseídas.
«MAMÁ:—Mijita, no me cuentes más. Estamos ante un caso muy peligroso. Todos los hombres que primero tocan con la palabra, después llegan más lejos con las manos.
BEATRIZ:—¡Qué van a tener de malo las palabras[…]!
MAMÁ:—No hay peor droga que el bla-bla. Hace sentir a una mesonera de pueblo como una veneciana […].»
El peligro acecha a los enamorados, la madre de Beatriz lo sabe y la previene aunque en ella existe un sentimiento fatal que presume lo inevitable.
«BEATRIZ:—¡Esto es ridículo? ¡Porque un hombre me dijo que la sonrisa me aleteaba en la cara como una mariposa, tengo que irme […]!
MAMÁ:—¡No sea pajarona! […]¡Ahora tu sonrisa es una mariposa, pero mañana tus tetas van a ser dos palomas que quieren ser arrulladas, tus pezones van a ser dos jugosas frambuesas, tu lengua va a ser la tibia alfombra de los dioses, tu culo va a ser el velamen de un navío, y la cosa que ahora te humea entre las piernas va a ser el horno azabache donde se forja el erguido metal de la raza!»
Qué seguir contando que no se pueda adivinar, si todavía somos capaces de imaginarnos enamorados de un sueño hecho de carne. Las cosas pasan como tienen que pasar y, además, pasan otras más que es preciso descubrir página a página. Para saborear este manjar literario es conveniente embeberse en poemas personales y colectivos, sin rubor, sin temor a poner en nuestra propia lengua lo que otro dijo: «MARIO:—¡La poesía no es de quien la escribe sino de quien la usa!» Porque la cultura, la inteligencia, la creación humana en sí, pertenece al que goza de ella. Qué decir entonces de la poesía.
Con poesía, poeta y cartero, dos amigos, se despiden para encontrarse, tal vez, en ese espacio indefinido en el que se teje la belleza, un lugar intocable para las fuerzas oscuras y opresoras que encierra en su interior el ser humano. Mario lleva muy lejos sus metáforas, las coloca en primera línea, en la barricada que «corta la calle y abre el camino».
Para terminar solo me queda decir que el verdadero Mario que inspira a Skármeta fue desaparecido por la dictadura de Pinochet. Vaya este poema de Neruda en su memoria:
«Yo vuelvo al mar envuelto por el cielo,
el silencio entre una y otra ola
establece un suspenso peligroso:
muere la vida, se aquieta la sangre
hasta que rompe el nuevo movimiento
y resuena la voz del infinito.»
Algunas obras de Skármeta:
  • Soñé que la nieve ardía, Planeta, Barcelona, 1975.
  • No pasó nada, Pomaire, Barcelona, 1980.
  • La insurrección, Ediciones del Norte, Hanover, USA, 1982.
  • Ardiente paciencia, 1985 (tras el éxito de la película se reedita como El cartero de Neruda).
  • Matchball, editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1989 (rebautizada en ediciones posteriores como La velocidad del amor; Plaza & Janes, 1997).
  • La boda del poeta, Debate, Madrid, 1999.
  • La chica del trombón, Debate, Madrid, 2001.
  • El baile de la victoria, Planeta, Barcelona, 2003.
  • Un padre de película, Planeta, Barcelona, 2010.
  • Los días del arco iris, Planeta, 2011.

4 comentarios:

  1. Ha sido un placer voolver a leer algo tuyo Ángel

    Abrazos: Paquita

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  2. Me gusta lo que escribes. Tienes una forma de ver la realidad que no sé si es positiva o negativa, en cualquier caso no me deja indiferente.

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