15 jun. 2015

Pedro y el Capitán



Mario Benedetti es el autor de la obra de teatro Pedro y el Capitán (1979), que voy a comentar a continuación con cierto temor a no ser capaz de expresar el infierno que alberga el texto. Antes de empezar quiero contar algunas cosas de Benedetti, por ejemplo que nació en 1920 en Montevideo, Uruguay; que fue escritor, poeta y dramaturgo, y que al morir dejó un legado literario compuesto por más de ochenta libros. Con menos de 25 años dirigió la revista literaria Marginalia, lo cual nos proporciona una idea de su talento en el universo de la palabra escrita. De ahí pasó a integrarse en Marcha, un semanario de larga vida que fue clausurado por el dictador Juan María Bordaberry en 1974; en el momento del cierre, Benedetti era el director. Esta no fue su única actividad, formó parte también de una importante revista literaria de la época, Numero. En 1964 colaboró con el periódico La mañana, con una columna de crítica literaria. A la que se sumaron sus colaboraciones en la revista Peloduro y en La Tribuna Popular. En 1968 dirigió el Centro de Investigaciones literarias de Casa de las Américas. Ya entrados en los años 70s su implicación en la lucha política fue muy activa y participó en el Movimiento 26 de Marzo hasta 1973. En ese período trabajó como director del Departamento de Literatura Hispanoamericana en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de la República, en Montevideo. En 1973 se exilió y viajó por Argentina, Perú y España, para instalarse finalmente en Cuba en 1976. En 1983 se trasladó a Madrid. Todos esos años fueron, a pesar de las vicisitudes, de una intensa creación literaria. El 17 de mayo de 2009 murió a los 88 años de edad.
Su obra es muy extensa y abarcó todos los géneros literarios. Sus poemas han sido cantados por Nacha Guevara, Joan Manuel Serrat o por Daniel Viglietti. Su voz ha sido grabada, recitando sus poemas.
Benedetti era y es un hombre universal que nos emocionó y nos emociona, tanto por sus escritos como por su honestidad.

Los versos que siguen son un ardiente homenaje a su quehacer poético :
UNA MUJER DESNUDA Y EN LO OSCURO
Preguntas al azar (1986)
Una mujer desnuda y en lo oscuro
tiene una claridad que nos alumbra
de modo que si ocurre un desconsuelo
un apagón o una noche sin luna
es conveniente y hasta imprescindible
tener a mano una mujer desnuda.
Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera un resplandor que da confianza
entonces dominguea el almanaque
vibran en su rincón las telarañas
y los ojos felices y felinos
miran y de mirar nunca se cansan.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
es una vocación para las manos
para los labios es casi un destino
y para el corazón un despilfarro
una mujer desnuda es un enigma
y siempre es una fiesta descifrarlo.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera una luz propia y nos enciende
el cielo raso se convierte en cielo
y es una gloria no ser inocente
una mujer querida o vislumbrada
desbarata por una vez la muerte.
Tras este preámbulo necesario me quiero introducir de lleno en la obra teatral de Benedetti Pedro y el Capitán. Está compuesta por cuatro actos y escenifica un diálogo imposible, mesurado, terrible y hermoso, entre un torturado y un todopoderoso torturador. En un principio empezó a escribirla como novela pero la terminó como obra de teatro. «Los cuatro actos son meros intermedios, treguas entre tortura y tortura, son los breves períodos en los que el interrogador “bueno” recibe al detenido, que ha sido previa y brutalmente torturado, y, en consecuencia, es de presumir que tiene las defensas bajas». «Pedro es simplemente un preso político de izquierda que no delata a nadie, y que de algún modo humilla a su interrogador, venciéndolo mientras agoniza. Cada uno de los cuatro actos concluye con un “no”». (Benedetti, 1979)
La tortura es un estigma que arrastra la humanidad desde el principio de los tiempos y que hoy en día es tolerada por los gobiernos de los países que a sí mismos se denominan «desarrollados, democráticos y civilizados». («España ha sido condenada varias veces por el Tribunal de Estrasburgo por no perseguir y ocultar los casos de tortura cometidos por las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado», La marea, 10 diciembre 2014.).
Benedetti no solo pretende denunciar el hecho en sí mismo de la tortura sino también dejar latente que existen muchos hombres y mujeres que la han sufrido —y la sufren—, algunos de ellos desaparecidos, que se aplicaba sistemáticamente, patrocinada por los EEUU, y que esos crímenes generalmente han quedado y quedan impunes. Como Brecht, Benedetti busca la reacción del espectador, que este se implique en el dolor de la víctima, que se ponga en su lugar y en el sufrimiento de su familia y amigos. Que interiorice que el problema no ha pasado que sigue vigente y que cualquiera podría ocupar ese puesto si las circunstancias lo favorecieran. Pero también llama la atención sobre el papel del torturador y nos advierte que no solo podemos convertirnos en víctimas sino también en verdugos: un torturador se hace.
El propósito del torturador es conseguir que el torturado suministre una información, ese es su objetivo fundamental teórico, aunque también lo es la humillación del detenido, su devastación psicológica, la destrucción de su resistencia ideológica y su compromiso con la revolución social. Desde mi punto de vista, la obra quizá sea demasiado condescendiente con el torturador; sitúa al mismo nivel a los dos protagonistas, los presenta como hombres de carne y hueso, sensibles. No es posible tal igualdad, la tortura los separa inexorablemente, el torturador disfruta con lo que hace, el torturado sufre su brutalidad hasta la muerte. Benedetti dice al respecto: «En la obra hay dos procesos que se cruzan: el del militar que se ha transformado de “buen muchacho” en verdugo; el del preso que ha pasado de hombre común a mártir consciente. Pero quizá la verdadera tensión dramática no se dé en el diálogo, sino en el interior de uno de los personajes: el Capitán».
Pedro (Rómulo) se defiende —su última resistencia— con un silencio pertinaz, ofensivo, insultante para el torturador, al que deja sin justificación ante su barbarie. Asume el dolor y la muerte que le espera por respeto a sí mismo y a sus compañeros de lucha contra todos los «capitanes» que medran en las cloacas del Estado. Sabe que no tiene otra salida más que la muerte. Con la liberación de la capucha se libera a su vez del miedo porque ya está casi muerto. El Capitán juega a «policía bueno», comprensivo, tolerante, que solo busca el bien del torturado, pero Pedro le devuelve su asco y le enfrenta con el hecho de que él forma parte de la maquinaria represiva que tortura y asesina. La muerte de Pedro es una estrategia, un as en la manga, que le sirve para superar el dolor y las vejaciones a las que está sometido.
En un momento dado de la obra, el Capitán parece simpatizar con Pedro, Benedetti dice que lo contempla como a un ser humano y no como a un enemigo a destruir. En ese punto sus contradicciones se agudizan y la relación de poder se disloca. No comparto esta visión, es demasiado idealista y, sobre todo, no está basada en la esencia que subyace en el verdugo; el torturador necesita la cosificación definitiva del torturado para poder hacer lo que hace con él, para sobrevivir a la ignominia de sus actos; le es imprescindible reducirlo a una categoría subhumana para así poder aplicarle la tortura. El torturador actúa como un psicópata ―que tal vez se haya hecho o que siempre haya sido así―:  con el reo no tiene ninguna empatía. Necesita de él, por un lado, para lograr una información que le servirá de moneda de cambio para alcanzar el agasajo de sus superiores; por otro, necesita su dolor para gozar. El sometimiento del otro le hace sentirse poderoso. Sartre decía al respecto que «durante la tortura, el torturador se adueña de la víctima».
Benedetti puntualiza: «definiría la pieza como una indagación dramática en la psicología de un torturador. Algo así como la respuesta a por qué, mediante qué proceso, un ser normal puede convertirse en un torturador». ¿Por qué un ser «normal» se convierte en torturador? Quizá porque la maldad forma parte de la naturaleza humana y una vez liberada del corsé de la moral basada en el bien común, se manifiesta en todo su esplendor. Una situación dictatorial en la que los detenidos carecen de derechos, en la que todo vale para destruir al enemigo del Estado, permite la eclosión del mal. Eichmann no tenía nada especial contra los judíos, según él nunca mató a ninguno, solo quería medrar en el sistema nazi, ascender, estar a la altura de la jerarquía del partido, aunque para ello tuviera que contribuir con su acción al exterminio de millones de personas. (Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén.)
Benedetti se pone en la piel del torturador, quiere entenderlo y lo convierte en víctima. Quizá los dos son víctimas, pero es indudable que ambos no padecen el mismo sufrimiento. Del mismo modo, las responsabilidades de ambos ante la tortura no son las mismas. ¿El hipotético verdugo puede elegir no serlo? Gran pregunta, difícil de responder. Al respecto solo puedo decir que han existido personas a lo largo de la historia que han elegido no serlo aunque en ello hayan empeñado sus vidas.
CAPITÁN: […] La resistencia pasiva hoy en día no resulta, no resuelve nada. Es, cómo te diré, anacrónica. Desde que los yanquis ―¿viste que digo yanquis, igual que ustedes?― impusieron su estilo tan eficaz de represión, la resistencia pasiva se fue al carajo. Ahora la cosa es a muerte. […] Nosotros no podemos dejar de apreciar en ustedes la pasión con que se entregan a una causa, cómo lo arriesgan todo por ella: desde el confort hasta la familia, desde el trabaja hasta la vida. No entendemos mucho el sentido de ese sacrifico, pero te aseguro que lo parecíamos. En compensación tengo la impresión de que ustedes también aprecian un poco la violencia que nos hacemos a nosotros mismos cuando tenemos que castigarles, a veces hasta reventarlos, a ustedes que después de todo son nuestros compatriotas, y por añadidura compatriotas jóvenes. ¿Te parece que es poco sacrificio? También nosotros somos seres humanos y quisiéramos estar en casa, tranquilos, fresquitos y descansados, leyendo una buenas novela policial o mirando la televisión. Sin embargo, tenemos que quedarnos aquí, cumpliendo horas extras para hacer sufrir a la gente, o, como en mi caso, para hablar con es misma gente entre sufrimiento y sufrimiento. […]
De oír tanto oír este discurso en boca de propios y extraños, nos lo hemos creído, y con ello, asumido el papel inexorable de víctimas. Pero este discurso se hace realidad porque lo hemos integrado en nuestra conciencia como inevitable y no nos revelamos ante él. Su simple construcción imaginaria debería repugnarnos; nuestra determinación colectiva debería vaciarlo de contenido desde la primera palabra: «No vais a poder derrotarnos».
PEDRO: (Tiene cierta dificultad para hablar, debido a la hinchazón de la boca.) Quiero aclararle que el hecho de que usted no participe directamente en mi tortura, no garantiza que no lo odie, ni siquiera que lo odie menos. […]
CAPITÁN: (Con cierta alarma.) Yo ni siquiera te he tocado.
PEDRO: Sí, ya sé; es el «bueno». Pero ¿es que aquí hay «buenos» y «malos»? ¿Usted no será como el mastodonte que me hace el submarino, como la bestia que me aplica la picana? ¿El mismo engranaje, la misma máquina? ¿Acaso usted mismo puede creer que hay diferencia? […]
El verdugo necesita justificarse ante sí mismo, no ante sus jefes, tampoco antes sus allegados, pero sí en la soledad de su conciencia moral, si es que alguna vez la ha tenido. Aplica la maldad porque puede hacerlo, porque no le va a pasar nada. Resuelve la disonancia cognitiva que le produce el contraste entre una educación moral y su acción bárbara mediante afirmaciones muy socorridas: «lo hago por la patria», «es por el bien del país», «por salvar al mundo civilizado del peligro del comunismo» o «de los infieles», «protejo a mi familia de una amenaza mundial», «el Estado me ha encomendado esta importante misión», «si no lo hago yo lo hará otro», y, finalmente, «es el pan de mis hijos», «es solo un trabajo». La cobardía, la falta de valores profundos, la carencia de compromiso con la comunidad y el adoctrinamiento, hacen el resto.
PEDRO: ¿Sabe lo que pasa? Usted no puede venderse a sí mismo un tranvía. (Pausa muy breve.) No se puede imaginar noble y digno. […]
CAPITÁN: (Al cabo de un rato, más calmo, como si recapacitara.) Después de todo, a lo mejor no me considero noble y digno. Pero ¿a quién le importan mi nobleza y dignidad? ¿Eh? ¿A quién?
PEDRO: Deberían importarle a usted. Lo que es a mí… […]
Benedetti habla de nobleza y dignidad… Desde el momento en que alguien obedece órdenes sin cuestionarlas, abusa del principio de autoridad y de la violencia que posee en sus manos para imponerse, ha dejado a un lado toda nobleza y toda dignidad. Ambas carecen de significado tanto para el verdugo, como para los que le dan las órdenes, también para los que vuelven la vista y se tapan los oídos ante el dolor de las víctimas. Hay un solo mundo, quizá, pero muchas formas de interpretarlo y de vivirlo.
PEDRO: Porque si tiene padres, mujer e hijos, debe ser jodido para usted cuando vuelve a casa.
CAPITÁN: (Gritando.) ¿Qué decís?
PEDRO: Me explico: que para usted debe ser jodido, después de interrogar a un recién torturado, darle un besito a su mujer o a su hijo, si lo tiene. […]
Su mujer y sus hijos, de tenerlos, no le van a decir nada, no le van a recriminar nada, no le van a odiar ni a rechazar, van a actuar de manera comprensiva con él, porque han sido educados lejos de las víctimas, se les ha enseñado que estas son peligrosas, la amenaza que significan, y engrandecen la gran labor que realiza el padre y esposo. En realidad, él les está salvando de los riesgos que les acechan. Todos ellos forman parte de la misma colectividad asesina. Es cierto que el más culpable es el torturador, pero en un sistema social que consiente y tolera la tortura como arma política contra los disidentes, existen muchos culpables. Las denuncias se prodigan, se divulgan, se manifiestan abiertamente y la sociedad civil permanece al margen, con los ojos cerrados ante tal ignominia, esa actitud nos hace responsables a todos, en una medida menor pero responsables al fin y al cabo.
CAPITÁN: Yo te ofrezco que vivas, simplemente.
PEDRO: No, simplemente no. Usted me ofrece que viva como un muerto. Y antes que eso prefiero morir como un vivo. […]
PEDRO: No es teatro, capitán. Estoy muerto. No sabe qué tranquilidad me vino cuando supe que estaba muerto. Por eso ahora no me importa que me apliquen electricidad, o me sumerjan en la mierda, o me tenga de plantón, o me revienten los huevos. No me importa porque estoy muerto y eso da una gran serenidad y hasta una gran alegría. ¿No ve que estoy contento? […]
Ante este maremágnum de acusaciones, responsabilidades, autojustificaciones y recriminaciones trágicas, a veces poéticas, terribles y desoladoras, solo me resta decir que la vida no siempre es valiosa sobre todo si para perpetuarse en ella hay que convertirse en algo alejado de los valores solidarios universales que nos deberían dirigir.


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