11 ago. 2015

¡Ay!, si los besos pudieran salvarnos


El 30 de noviembre de 2011 la prensa se hacía eco de una noticia que me sobrecogió, positivamente hablando. «La nueva tumba de Wilde, a prueba de besos», titulaba un artículo el diario El Mundo. El escritor y ciudadano universal por excelencia Oscar Wilde estrenaba una cubierta transparente en París, «a prueba de besos», en el cementerio de Père Lachaise. Este cementerio es el de mayores dimensiones de la capital de Francia y de los más famosos. Los parisinos lo suelen usar como lugar de paseo, como si se tratara de un parque convencional. El nombre procede de un confesor del rey Luis XIV de Francia, en el siglo XVII, de nombre François d’Aix de La Chaise. El cementerio recibió su primera inhumación el 21 de mayo de 1804 y adquirió la aceptación de los parisinos refinados y elitistas a partir de que fueran inhumados en él figuras literarias como Molière o La Fontaine. Este cementerio no es solo famoso por estos personajes ilustres sino también por el denominado «Muro de los Federados», situado en el muro sur del mismo, donde 147 personas que habían luchado en la defensa de la Comuna de París (1871) fueron fusiladas el 28 de mayo de 1871 por las fuerzas gubernamentales de Thiers, presidente provisional de la Tercera República francesa en ese año.
Pues bien, en la fecha citada al principio, la tumba monumento del escritor irlandés quedó protegida para evitar muestras apasionadas en forma de besos, ya que estaba seriamente afectada por el lápiz labial de que era impregnada por los numerosos ósculos que las visitas la prodigaban. Este es el argumento que han esgrimido los restauradores para tomar esta iniciativa. El monumento en cuestión es un ángel de piedra que parece sobrevolar la tumba, creado por el escultor modernista Jacob Epstein, de origen norteamericano, y que realizó gran parte de su obra en Inglaterra. Construir esa estatua funeraria no le supuso al artista más que problemas, fue considerada obscena y provocativa. La historia del monumento tiene relevancia por razones obvias, Oscar Wilde fue un genio de su tiempo que fue defenestrado por los mismos que le habían tolerado y encumbrado.
Pero vayamos por partes, hablemos primero de la tumba. En 1897 el escritor se traslada a Francia tras salir de la cárcel después de cumplir dos años de trabajos forzados por su condición sexual, considerada indecente; y muere en París el 30 de noviembre de 1900, cuando contaba 46 años de edad. Sus honras fúnebres fueron míseras y fue enterrado en el cementerio de Bagneux, en Saint Germain des Pres (se ha escrito que a su sepelio asistieron cinco personas) y trasladado a su ubicación actual en 1909. En 1914 la tumba se convirtió en monumento con la escultura de Epstein y pasó a ser un «lugar de peregrinación» para sus numerosos admiradores. En los años sesenta alguien cortó los genitales del ángel —yo creía que los ángeles no tenían sexo—. En los noventa fue declarada monumento histórico y restaurada: la tumba estaba llena de grafitis de todo tipo. En años posteriores, según se cuenta, ha sufrido de todo un poco, entre ello, del inefable lápiz de labios derivado de besos ardientes; pintarse los labios y dejarlos grabados en la piedra era una tradición. En la prensa de entonces se manifestó, a través de un comunicado del Centro Cultural Irlandés de París, que «La base de grasa del pintalabios penetra en la piedra […]». En el año 2011, como ya se ha dicho, se produjo la nueva restauración y con ella vino la protección de cristal.
Si dejamos a un lado este relato pintoresco de restauraciones desbordantes de una cierta teatralidad, lo que me llamó la atención del hecho en sí fueron los «besos». ¿Qué induce a una persona anónima a sellar con sus labios un homenaje a un escritor muerto hace aproximadamente ciento quince años? ¿Qué representa la figura de Oscar Wilde para esos visitantes que lo veneran?
Podríamos hablar largo y tendido de la obra de Wilde pero no lo haré porque no la conozco lo suficiente. Mas sí podemos profundizar en la tragedia personal que vivió, porque sus diez últimos años de vida lo fue, una tragedia al estilo griego, llena de fogosidad, de amor y de un infortunio desmedidamente cruel, provocado por una sociedad que lo mimó hasta la saciedad para luego enterrarlo en vida. Arnold Hauser citó en un ensayo sobre el escritor irlandés: «Oscar Wilde es un escritor burgués triunfante mientras parece soportable a la clase dominante, pero tan pronto como comienza a disgustarles, es liquidado sin compasión». Y así ocurrió. Alfonso Sastre dijo al respecto: «Él no se había dado cuenta de cuáles eran sus fuerzas y cuáles las de su enemigo […] de modo que el día que firmó su denuncia contra lord Queensberry había firmado, sin saberlo, su sentencia de muerte […]».
El contexto histórico en el que se desarrolla la vida de Oscar Wilde es el de la Inglaterra Victoriana, una época caracterizada por una moral conservadora, reaccionaria e hipócrita. A él, en un primer momento, le tocó vivir la mejor parte como vástago de una familia burguesa culta. Disfrutó del bienestar propio de su clase a pesar de que ya en aquellos tiempos la lucha de clases hacía sus pinitos y las reivindicaciones proletarias llegaban a todos los rincones del país, si bien a las esferas acomodadas de un modo más atenuado. Wilde, aunque centró su vida en un «esteticismo inconformista, a mil leguas de una verdadera actitud revolucionaria y a dos pasos de un nihilismo que no sabía decir su nombre: el nihilismo de la sensualidad epicúrea […] del “éxtasis” ante la belleza. (Alfonso Sastre)», en 1891 escribe un ensayo llamado El alma del hombre bajo el socialismo, en el que expone sus ideas sobre cómo resolver las desigualdades sociales que generan el capitalismo y el Estado, mostrándose en contra de la caridad y el altruismo: «Los pobres que son libres desprecian las migajas que caen de la mesa del rico», dijo. Tenía la esperanza de que el desarrollo tecnológico liberara a los desheredados de la tierra de la esclavitud del trabajo, lo que permitiría centrar su vida en la creatividad. La visión de ese mundo nuevo, según algunos autores, se enmarcaría dentro de un socialismo libertario o anarquismo filosófico.
Su esteticismo, que no era solo suyo sino de muchos jóvenes ilustrados burgueses de su época, le llevó a abrazar un «decadentismo» sobre el que Hauser dijo: «Los decadentes eran hedonistas con remordimientos de conciencia».
La conducta de Wilde era impulsada por un carácter creativo sin límites, definido por una sensibilidad extraordinaria y un sentido del humor provocador. Digamos que le encantaba sabotear las denominadas «buenas costumbres». Este universo polimórfico, formado por tan extremos contrastes y actitudes, fue el escenario en que Oscar Wilde se representó a sí mismo.
Estudia en Oxford. Vive bien. Polemiza con Ruskin, Pater y Whistler, intelectuales de referencia en el momento. Viaja a Roma y a Grecia. A su vuelta se convierte en la estrella de los salones de la clase alta. Publica poesía y se divierte, sobre todo se divierte; su vida era puro goce. Le surge un inconveniente difícil cuando el dinero de la herencia paterna comienza a acabarse que él soslaya a su estilo desmesurado y frívolo. En este tiempo se enamora de Florence Balcombe pero ella le rechaza e inicia una relación con Bram Stoker, con el que acabaría casándose en 1878.
Viaja a EEUU sin dinero, simplemente con su «genio». Ya es famoso en ese país y se lo sigue pasando bien. Se podría decir que la vida es un juego para él. En EEUU conoce a Walt Whitman. De vuelta en Londres, con el bagaje experiencial acumulado, deslumbra con un fulgor que parece inextinguible. Poco después de su regreso conoce a Constance Maria Lloyd con la que contrae matrimonio en mayo de 1884. Las doscientas cincuenta libras de dote de su esposa les permitían vivir modestamente. De esta unión nacieron dos hijos, Vyvyan y Cyril. El proceso contra Wilde les llevó a la separación y a que ella cambiara su apellido por el de soltera, Holland. Pero esto sucederá más adelante. Antes, su casa de Tile Street se convirtió en un centro de visita imprescindible si se quería estar a la moda. Donde iba Wilde, tanto si eran salones como teatros, arrastraba una legión de incondicionales siempre dispuestos a adularle y a «celebrar sus ocurrencias».
En 1891 comienza su última década de vida con un éxito clamoroso, se publica su única novela El retrato de Dorian Gray (Gray representaba el modelo de joven decadente). En realidad la fecha de publicación data de 1890, como narración corta, en una revista literaria norteamericana Lippincott's Monthly Magazine. Con posterioridad la obra fue revisada por Wilde, la añadió nuevos capítulos y la convirtió en novela, siendo publicada esta vez por Ward Lock & Co en abril de 1891, reeditada pocos meses después y de nuevo en 1895.
Ese año conoce a Alfred Douglas e inician un idilio fatal para él. Su fama y reconocimiento entra en colisión con el conflicto que está a punto de iniciarse con la familia del joven Douglas. En 1892 se estrena la obra El abanico de lady Windermer en el St. James’ Theatre y comienzan los ensayos de Salomé, para su estreno en el Palace Theatre de Londres. Aquí hay una primera señal de lo que se estaba fraguando en la sombra contra él, el Lord Chamberlain (censor oficial de las representaciones teatrales hasta 1968) no da la autorización para su puesta en escena con la argumentación de que aparecen personajes bíblicos. En 1984 sería publicada la traducción realizada por lord Alfred Douglas. En 1893, se representa Una mujer sin importancia.
En 1894 el marqués de Queensberry, padre de Alfred, un individuo despótico y agresivo, visita a Wilde y le ofende. Este reacciona con contundencia y lo echa de su casa. A partir de ese momento se va a iniciar una batalla que Oscar Wilde tiene perdida de antemano. No obstante, sin perder la compostura y su forma hedonista de concebir la existencia, se marcha con Douglas a Argel en 1895 tras el estreno clamoroso de su obra teatral La importancia de llamarse Ernesto. En ese año se estrena también El marido ideal. En su visita a Argel conoce a André Gide, con el que volverá a reencontrarse en París, próximo a la muerte. A su vuelta se inicia la segunda refriega directa con el marqués que le acusa de «sodomita» en una carta: «For Oscar Wilde posing Somdomite (“para Oscar Wilde, aquel que presume de sodomita”). John Sholto Douglas, noveno marqués de Queensberry». Wilde, aconsejado por el propio hijo del marqués, le denuncia ante la policía por difamación y propone que lo encierren en un psiquiátrico. Tiene la idea peregrina de que existe una justicia en Inglaterra que se sitúa por encima de las clases sociales y que, por supuesto, le va a favorecer. Nada más lejos de la realidad. El marqués es arrestado y mientras esto sucede, él se marcha tranquilamente con Douglas de vacaciones a Montecarlo. El resultado del enjuiciamiento es devastador. El marqués de Queensberry es absuelto y él enjuiciado por conducta indecorosa (homosexual) en la corte del Old Bailey. El juicio se produce ese año y en un primer momento queda en libertad provisional. Después, es condenado, y en el mes de noviembre conducido a la cárcel de Reading para cumplir una pena de dos años de trabajos forzados. La sentencia a Oscar Wilde iba más allá de una venganza propiciada por el nefasto marqués, pretendía dar ejemplo en el país, y dio pie a un aumento de la intolerancia hacia la homosexualidad. Así mismo tuvo una importante y negativa repercusión en otras partes de Europa.
Resultado de esa estancia carcelaria son una larga carta y un poema: De profundis y Balada de la cárcel de Reading, firmado por el forzado C.33, su clave de identificación en el penal. La Balada de la cárcel de Reading la escribe «En memoria de Carlos T. Wooldridge, antiguo soldado de la Guardia Real de Caballería, ejecutado en la cárcel de Reading, en Berkshire, el 7 de julio de 1896». El poema es la narración cruda de la vida en la cárcel, su cotidianidad gris. Aunque la narración poética gira alrededor de Wooldridge desde el principio hasta el final los demás presos son los observadores pasivos de un drama en el que se encuentra inmersa la sociedad entera.
«[…] Mató aquel hombre lo que amaba,
Y debía morir por ello.»
«[…] Y sin embargo, sepan todos,
cada hombre mata lo que ama.
Los unos matan con su odio,
los otros con palabras blandas;
el que es cobarde, con un beso,
y el de valor, con una espada.»
No solo Oscar Wilde describe el dolor que le produce la ejecución, sino que arremete contra el sistema carcelario y su implacabilidad.
«[…] Pero jamás un centinela
le preguntó con gran audacia
por la razón de su blasfemia;
porque quien debe hacer de guarda
hace poner llave a su boca
y sobre su rostro una máscara.
Si no, podría conmoverse;
¿y qué haría la piedad
en una cueva de asesinos?
¿Y qué palabra de bondad
podría socorrer a un hombre
hundido en tan atroz lugar?»
La muerte siempre está presente en los versos porque la muerte recorre los pasillos, se adueña de las celdas y de vez en cuando se lleva a alguno de los presos sin misericordia. Allí no hay esperanza solo monotonía de miedo y podredumbre.
«[…] A las seis barrimos las celdas,
a las siete, todo sereno;
pareció llenar la prisión
un trémulo y terrible vuelo:
El Caballero de la Muerte
había entrado por un féretro.
No vino con suntuosa pompa
en un blanco corcel de fiesta.
Una horca solo precisa
tablón y tres metros de cuerda;
así, con un lazo de oprobio
hizo el pregón su obra secreta.»
Finalmente, el reo es ejecutado, y con él, los ojos de los observadores mudos quedaron también ciegos en una negación de la irrefutable crueldad de la justicia de los hombres.
«[…] algo había muerto en cada uno:
había muerto la esperanza.
Lo ejecutaron como a una bestia
sin una sola campanada
que hubiera llevado consuelo
el terror mudo de su alma;
lo llevaron con gran premura
a la fosa recién cavada.
Lo desnudaron de sus ropas,
luego abandonaron su cuerpo,
se rieron de sus ojos fijos
y de su amoratado cuello,
y alegremente amontonaron
el cruel sudario para el reo.»
La apoteosis del poema llega con su desgarrador grito contra la institución carcelaria, contra la mendacidad de la justicia que pretende defender.
«[…] cada prisión se edifica
con bloques de ira e infamia
y con barreras de sevicia,
por temor de que Cristo vea
cómo los hombres se mutilan.

Enceguecen el sol con rejas
y con barras afean la luna;
y es bueno que escondan su infierno
para que jamás se descubran
las cosas que ni Dios ni el hombre
deberían contemplar nunca.

La maldad, como mala hierba
crece en la tierra carcelaria;
y lo que hay de bueno en el hombre
allí se marchita, se acaba;
la angustia vigila las puertas
y es guardián la desesperanza.

[…] En la cárcel de Reading hay
una cruel e infame fosa.
Yace allí un miserable
que dientes de llama destrozan.
Está en un sudario de fuego
y yace en una tumba anónima.»
El «sudario de fuego» se refiere a la cal con que cubrían los cuerpos de los forzados muertos o ejecutados al ser enterrados en el terreno de la prisión.
El otro gran relato de lo que supuso para él su estancia en la cárcel fue su extensa carta a Alfred Douglas, De profundis (1897) La carta es la expresión de una tormenta de sentimientos, de reproches, auto reproches y reflexiones, siempre con el anhelo de que su amado le responda, de que comprenda su agonía y que de algún modo la comparta. Se siente abandonado pero no perdido. Tiene tiempo para repasar aspectos de su vida tanto espirituales como estéticos. Se acuerda de su madre, muerta tres meses después de ingresar en la cárcel: «Nadie sabe lo profundamente que la amaba y la respetaba». Se avergüenza de su condición de preso, algo que no es propio de su clase: «Yo he manchado ese nombre (el que le transmitieron sus padres) para toda la eternidad. He hecho de él un objeto de burla para la plebe y lo he arrastrado por el fango, lo he arrojado a las bestias para que lo hagan bestial y a los locos para que lo conviertan en sinónimo de locura». Alfred Douglas recibe muchas quejas pero evidentemente no es el responsable de su encarcelamiento, aunque él esperara otra cosa. Wilde se lo recrimina a sí mismo y así lo reconoce, aunque en ciertos momentos se sienta herido por su alejamiento. Se auto acusa de su debilidad: «que por encima de su razón dominara en su vida la amistad con una persona cuya presencia misma borraba en él toda imaginación y creatividad». Se culpa de no haber escuchado los consejos de sus seres más queridos, entre ellos el de su madre. Pasando por encima de las continuas críticas, Wilde ama a Douglas: «A pesar de tu conducta hacia mí, siempre he sentido que en el fondo me amabas». Le amaba, ciertamente, pero quería ser correspondido.
Un detalle interesante expresado en De profundis es el aspecto pecuniario. Wilde gastaba mucho dinero en satisfacer los caprichos de Alfred Douglas y en prisión se acordaba con precisión matemática de esos excesos que de alguna manera le situaron en una posición económica crítica. Hasta tal punto que acaba en la pobreza: «Hay algunas cosas acerca de lo cual debo escribirte. La primera es mi bancarrota. Hace días me dijeron que ni siquiera puedo publicar un libro sin permiso del síndico de la quiebra, a quien deben entregarse todos los recibos. Tampoco puedo firmar un contrato con un empresario teatral o poner en escena una obra mía sin que mis ingresos pasen a manos de tu padre y de mis otros acreedores». A pesar de ello, su amor por Douglas le impulsaba al perdón: «No puedo permitirte vivir con el peso que cargas en el corazón por haber arruinado a un hombre como yo». Está impaciente por volver a verle, obviando los defectos que reconoce en su amante. Quiere una respuesta, quiere apoyo completo, implicación, quiere recibir lo que ha dado y todavía pretende dar: «Lo que deseo saber de ti es por qué no has hecho ningún intento de escribirme desde agosto del año antepasado y especialmente después de que, en mayo del último año, hace ya once meses, reconociste y admitiste ante otras personas, que sabías como me has hecho sufrir y cómo lo he sentido».
Es una lástima que lord Alfred Douglas no compartiera semejante pasión y entrega. En 1914 escribió un libro titulado Oscar Wilde and myself. En sus páginas se cuentan un montón de justificaciones de su comportamiento en los momentos difíciles de su amante (justificaciones que la mayoría de los estudiosos de Wilde consideran falaces). Triste.
Wilde tiene tiempo para acordarse de su mujer: «Mi mujer, siempre amable y bondadosa conmigo […]». Se queja amargamente de la pérdida de sus hijos, un juez decidió que «no era digno de vivir con ellos». Añora el mundo de arte en el que vivió que a partir de su entrada en Reading ha desaparecido para no volver. Es cierto que había malgastado su fortuna, la heredada y la ganada con sus éxitos literarios, pero lo peor, de lo que era consciente en esos momentos, es que había dejado de ser el «rey» en «el mundo irreal del arte».
De profundis fue confiado por Wilde a su amigo y periodista Robert Baldwin Ross, que envió una copia a Douglas (este negó siempre haberla recibido). Tuvieron que pasar cuatro años, tras la muerte del escritor para que una versión reducida viera la luz. La primera versión completa fue publicada por Vyvyan Holland, hijo de Oscar Wilde, en 1949; esta edición contenía numerosos errores que fueron corregidos en la edición de 1962 bajo el título Las cartas de Oscar Wilde.
Todo ese amor desbordante que expresa De profundis, dignificado por el extremo sacrificio del autor, en una sociedad tramposa y reprimida, justifica con creces esos besos anónimos prodigados desde la sensibilidad, el hermanamiento amoroso y, por supuesto, una solidaria identificación con él. Hay que ser muy especial para enfrentarse a la sociedad de su tiempo con todas sus consecuencias. Me cabe la pregunta de si Oscar Wilde era consciente de en lo que se estaba metiendo y de si en algún momento imaginó lo que le esperaba. ¿De ser así habría actuado del mismo modo? —«Yo también me forjé ilusiones. Creía que la vida iba a ser una brillante comedia y tú uno de sus encantadores personajes. Me di cuenta que la vida era una tragedia asquerosa y horrible, y que la ocasión siniestra de la gran catástrofe eras tú mismo, sin esa máscara de alegría y placer que a ti y a mí nos sedujo y nos descarrió»— Tal vez sí; su carácter apasionado justifica la asunción del «martirio». Ese ejemplar acto de coherencia es recompensado en el tiempo con labios rojos de carmín que impregnan con la pretensión de transmitir solidaridad y comprensión en una piedra monumental, pobre en comparación con la grandeza de lo que representa.
Cumplir su pena en Reading no fue suficiente castigo para él, la sociedad en su conjunto le condenó, sus libros dejaron de venderse, se retiraron de las librerías, la gente abandonó sus obras de teatro. De buena gana le hubieran borrado de la Historia si hubieran podido hacerlo.
Cuando Oscar Wilde sale de la cárcel, en mayo de 1897, abandona Inglaterra, cambia su nombre por el de Sebastián Melmoth, personaje que aparece en la novela Melmoth el vagabundo, de Charles Maturin. Aunque parezca un capricho más de Wilde, no lo es. Después de su sonado enjuiciamiento, el nombre de «Oscar» pasó a ser considerado como sinónimo de vago. Sobre este cambio de nombre existe una anécdota que se cita con frecuencia sobre su viaje definitivo a Francia. Al llegar al puerto de Calais fue reconocido e interpelado: «"¿No es usted el escritor Oscar Wilde?” A lo que él respondió: “No, me llamo Sebastian Melmoth y no soy escritor”». Antes de marcharse a Francia, Wilde solicitó su ingreso en un monasterio jesuita en el sur de Inglaterra pero tal solicitud fue rechazada. Este detalle concuerda con su conversión al catolicismo a través de un sacerdote irlandés que le bautizó en su lecho de muerte. Cruzado el Canal de la Mancha se instala provisionalmente en Berneval-le-Grand. En el mes de agosto se reúne con Douglas en Ruan. Ese contacto no es bien visto por nadie de su entorno dadas las consecuencias que, sobre todo para Wilde, le podían traer. Él, claro está, desoye los consejos, y comienzan los problemas. Constance le amenaza con no volver a verle, de hecho así lo hace, y le prohíbe ver a sus hijos, si bien le gira dinero para que subsista; nunca llegaron a divorciarse. A finales de año, después de vivir un tiempo cerca de Nápoles, sus fondos económicos son precarios y ambas familias le amenazan con cortar la financiación. Ni que decir tiene que esa situación económica hace que la ruptura se produzca. En 1898 se marcha a París en donde se publica La balada de la cárcel de Reading, que había escrito durante su estancia en Bernebal-le-Grand. Ese año muere su esposa. En París residirá hasta el final de sus días.
Según afirma un escritor español, Francisco Gijón, que pretendía escribir una novela sobre Oscar Wilde y acabó escribiéndola sobre Alfred Douglas —La felicidad vacante—, existió un «trío amoroso» entre Wilde, Douglas y Ross. Este escritor afirma haber tenido acceso a la correspondencia privada de Alfred Douglas a través de la familia de Wilde, antes de ser cedida al Museo Británico. De su lectura ha concluido que Douglas encarnaba «casualmente» la figura de Dorian Gray y ello a pesar de que Wilde lo conoció después de ser publicada la novela. También concluye, la trascendencia de la figura de Robert Baldwin Ross en la vida de Oscar Wilde, «recuperó los derechos de las obras de Wilde, pagándolos de su propio bolsillo […] y también pagó el famoso mausoleo de Pére Lachaisse con una premisa bien clara: “ya que no te he tenido en vida, compartiremos la eternidad”». Es un hecho que las cenizas de Ross reposan hoy en día junto a las de Wilde desde 1950. Ross afirmaba haber sido el primer amante masculino de Oscar Wilde.
Sea como fuere, tres años después de salir de la cárcel moría en París en la habitación 7 del hotel d´Alsace, después de sufrir una última etapa miserable, incapacitado para escribir y abusando del alcohol. Dicen que hubo que hacer una colecta para pagar su entierro.
Sobre el motivo de su muerte se ha hablado mucho, se hizo público que murió de meningitis como consecuencia de una enfermedad venérea (sífilis). Hoy en día existe la hipótesis de que murió de otitis crónica. Ashley Robins, investigador de la Universidad de Ciudad del Cabo publicó en la revista The Lancet que «no existe evidencia clínica de que Wilde haya padecido sífilis». Según este médico «la tragedia se originó en una enfermedad crónica y destructiva del oído medio cuya infección, probablemente, se extendió al cerebro».
André Gide escribió sobre los últimos años de Wilde: «Wilde había sufrido mucho desde hacía dos años, y de una manera demasiado pasiva. Su voluntad había quedado rota... En su vida hecha añicos, tan solo quedaba una vaga semejanza, penosa de contemplar, de lo que había sido antes. A veces, parecía deseoso de demostrar que todavía pensaba; pero su humorismo, aún en pie, era ya rebuscado, forzado, demasiado aparente».
Cuando fue inaugurada la restauración del monumento a Oscar Wilde, su nieto manifestó lo siguiente: «quizá algún día, cuando se pase la moda de besar a Oscar Wilde, puedan quitar la protección de cristal». Parece que no va a ser así; según se dice, los besos se dan ahora al árbol plantado junto a su tumba. En cualquier caso, los besos a Oscar Wilde forman parte de la «Memoria histórica» de la humanidad y deben seguir produciéndose porque «cunetas» ha habido muchas y él murió en una de ellas, quizá no la más infame pero sí igual de cruel, la basada en la mojigatería, en la homofobia y en la represión de lo diferente por el simple hecho de serlo.
«La mejor manera de vencer la tentación, es cayendo en ella.»
«Escribí cuando no conocía la vida. Ahora que entiendo su significado, ya no tengo que escribir. La vida no puede escribirse; sólo puede vivirse.»
«A veces la gente se pregunta bajo qué tipo de gobierno viviría mejor el artista, y solo hay una respuesta: en ninguno.»
(Las tres citas anteriores son de Oscar Wilde.)


OBRA CATALOGADA DE OSCAR WILDE

Cuentos


El príncipe feliz y otros cuentos (1888):
«El príncipe feliz»
«El ruiseñor y la rosa»
«El gigante egoísta»
«El amigo fiel»
«El famoso cohete»
El crimen de lord Arthur Savile y otras historias (1891):
«El crimen de lord Arthur Savile»
«El fantasma de Canterville»
«La esfinge sin secreto» – publicado por primera vez en The World (mayo de 1887)
«El modelo millonario» – publicado por primera vez en The World (junio de 1887)
«El retrato del Sr. W. H.» – publicado por primera vez en Blackwood's Magazine (julio de 1889).[ No aparece en las primeras ediciones de esta colección sino en una versión más larga en Lord Arthur Savile's Crime: The Portrait of Mr. W. H. and Other Stories, Methuen, 1900.
Una casa de granadas (1892):
«El joven rey»
«El cumpleaños de la infanta»
«El pescador y su alma»
«El niño estrella»
Ensayos

Intenciones (1891):
«La decadencia de la mentira»
«Pluma, lápiz y veneno»
«El crítico artista»
«La verdad sobre las máscaras»
El alma del hombre bajo el socialismo (1891-1904)
Frases y filosofías para uso de la juventud (1894)
Algunas máximas para la instrucción de los súper-educados (1894)

Obras de teatro

Vera o los nihilistas (1880)
La duquesa de Padua (1883)
El abanico de Lady Windermere (1892)
Una mujer sin importancia (1893)
Salomé (1893, en francés y 1894, en inglés). Los ensayos para su estreno en Londres fueron cancelados en 1892 tras la intervención del Lord Chamberlain, quien prohibió la obra. El texto fue publicado el año siguiente en francés. La primera versión en inglés, traducida del francés, apareció en 1894, con ilustraciones de Aubrey Beardsley.
Un marido ideal (1895)
La importancia de llamarse Ernesto (1895)

Poemas

Ravenna (1878)
Poemas (1881)
«Impression du Matin» – Posiblemente inspirado por la obra Nocturne in Blue and Gold: Old Battersea Bridge (1872-5) de su amigo James McNeill Whistler.
«Requiescat» – dedicado a su hermana Isola.
Poemas en prosa (1894)
La esfinge (1894)
Balada de la Cárcel de Reading (1898)

Prosa 

El retrato de Dorian Gray (su única novela; 1891)
De profundis (1905)
Teleny o El reverso de la medalla (1893); atribuido a él, aunque fue más un esfuerzo conjunto de varios amigos suyos que él pudo haber editado.


1 comentario:

  1. Desde luego que ha habido y hay muchas "cunetas" que dicen mucho sobre la naturaleza del ser humano y de las relaciones de dominación en las que vive. El problema es que no tenemos memoria y no aprendemos de la historia...

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