24 may. 2016

La buena terrorista

Doris Lessing (1919-2013) en realidad no se llamaba así, aunque se la conozca universalmente por ese nombre, el auténtico era el de Jane Somers, inglesa de nacimiento. Su vida fue de lo más exótica por cuestiones ajenas a su voluntad, su padre fue un militar británico herido en la Primera Guerra Mundial que se casó con una de las enfermeras que le cuidaba. Por razones de trabajo la familia se trasladó a Persia (Irán), lugar en el que nació Jane. Seis años más tarde volvieron a trasladarse, esta vez a Rodesia (Zimbabue) una colonia británica en la que esperaban prosperar, explotando sus tierras y, naturalmente, a los nativos que las trabajaban en el mejor estilo descrito por Conrad en El corazón de las tinieblas. Hasta cumplir los 30 años permaneció en el país, período más que suficiente para entender y reprobar el régimen racista que gobernaba la nación. No obstante, antes de llegar a ese punto pasó por no pocas vicisitudes. A los catorce años dejó los estudios en una escuela católica, y tras un año de no saber qué hacer, se puso a trabajar de niñera. Su formación a partir de ese momento fue autodidacta. Leía todo lo que caía en sus manos aunque sentía predilección por la política y la sociología; por supuesto, la literatura comenzó a formar una parte importante de su vida. A los diecinueve años se casó con un funcionario del gobierno británico, con el que tuvo dos hijos, para divorciarse cuatro años después. Su divorcio la distanció de las convicciones que imperaban entre sus compatriotas, y, políticamente, se situó en la izquierda comunista, formando parte de un grupo que profesaba tales ideas. En 1944 se casó con Gottfiend Lessing con el que tuvo su tercer hijo. El matrimonio no funcionó y volvió a divorciarse pero mantuvo el apellido Lessing para firmar sus trabajos literarios. En 1949 se trasladó al Reino Unido con su hijo pequeño, a los otros los dejó con su padre, solo así pudo sobrellevar su vida de trabajadora, activista, escritora y madre. Entre 1952 y 1956 formó parte del Partido Comunista Británico. Sus contradicciones ante el régimen soviético puso punto y final a su militancia comunista. Su trabajo como escritora se dividía entonces entre el ensayo, por ejemplo, Retreat to innocence (1956) y la narrativa, Canta la hierba (1950).

Como ocurre con otros muchos autores, sus obras están cargadas de contenido autobiográfico, es decir, se inspiran en su experiencia personal durante su infancia y juventud en África, y luego en la Gran Bretaña. Sus textos están teñidos de crítica al militarismo y al imperialismo, a la desigualdad y a la injusticia, y, desde luego, a la condición de la mujer.

Aunque su obra es muy extensa y variada, la novela que la catapultó a la fama fue El cuaderno dorado (1962), llena de reivindicaciones feministas. Después llegarían otras de consideradas de relevancia en la literatura del siglo XX como La buena terrorista (1985), El quinto hijo (1988) o Bajo mi piel (1994). En el año 2007 se le concedió el Premio Alfred Nobel de Literatura.

La buena terrorista es una novela que hay que leer con cuidado y no sacar conclusiones precipitadas, porque describe muchas imágenes que se desplazan al mismo tiempo en una corriente que no se sabe muy bien hacia dónde pretendía que fuera la autora. Por ello hay que dividirla en partes, y considerar cada una por separado; aunque, de hecho, eso sea imposible, porque hablamos de las dos caras de la misma moneda. Narra las aventuras y desventuras de Alice Melling, una joven de treinta y tantos años que vive en una comuna de squatters en un barrio humilde. Los componentes de dicha comuna son en su mayoría de filiación comunista y pro IRA. Lessing desnuda a los hijos e hijas de una decadente clase media inglesa, sin expectativas de futuro, sin motivación, que viven de la caridad municipal o de lo que sustraen a sus padres; tal es el caso de Alice. La única esperanza que tienen de cambio es una «revolución» difusa, sangrienta, rabiosa, cargada de desengaños. Alice lleva el peso de la historia y representa la encarnación de la frustración, la negación de la propia individualidad, la sumisión a un grupo que en el fondo la desprecia; el sometimiento a un compañero sentimental que la explota miserablemente, la inestabilidad emocional, el vacío y la deriva hacia ningún sitio. Su papel fundamental, entre otros, es cuidar a los demás miembros de la comuna. Nadie la ha obligado a hacerlo, nadie se lo ha pedido pero ella lo desarrolla con eficacia, esperando un reconocimiento que nunca llega. Es una revolucionaria en un submundo difícil de encasillar, que se desvive por ejercer de madre protectora, dispuesta a todo por sus cachorros.

Otro protagonista importante es la propia casa —una buena casa—, que los intereses especulativos de la corporación municipal quieren destruir a toda costa para construir un edificio de pisos. Los okupas la salvan temporalmente pues la burocracia administrativa es implacable con aquellos que se encuentran en los límites de la sociedad. Son personas de orden políticamente correctas las que destrozan las cañerías, los conductos del gas, la instalación eléctrica —funcionarios respetables— para que nadie pueda aprovechar ese bien común que sería de gran utilidad a los más desfavorecidos. La caridad la gestionan los burócratas como quieren, cuando quieren y con quien quieren. Esa es su prerrogativa.

Una vez descritos estos dos ejes dramáticos, nos queda el tercer eje, compuesto por el resto de los personajes que pululan por las páginas: comunistas, policías desmesurados y violentos, desclasados, agentes del KGB, militantes del IRA, los padres de Alice, vecinas curiosas o dementes y funcionarios que se comportan magnánimamente de manera puntual. Este eje es muy desconcertante. Pienso que Doris Lessing le pasa factura a una experiencia o a alguien en concreto que no conocemos, porque el discurso que rellena el esqueleto de la novela nos presenta —cosa que algunas veces es cierto— a izquierdistas marginales, aislados de la realidad, rechazados socialmente, que se desenvuelven en una sociedad consumista, carente de valores, tratando de sobrevivir de una manera despiadada e insolidaria. Los personajes, masculinos y femeninos, incluyendo a Alice, emplean una verborrea izquierdista fuera de lugar; son autocomplacientes en su estupidez, caprichosos e irascibles. Lessing se recrea en la ridiculización de las situaciones y de los protagonistas, a cual más esperpéntico, que se excitan ante la fabricación de bombas con elementos caseros, para hacerlas estallar indiscriminadamente sin más motivos que los derivados de la diversión y el aventurerismo. Algo insostenible y patético. Todo esto en medio de un contexto plagado de sombras acechantes, militantes del IRA y agentes del KGB que se mueven con absoluta libertad por el escenario. En fin, un texto, para mi gusto, poco serio.

A La buena terrorista se la considera una de las novelas más importantes del siglo XX, yo tengo mis reservas al respecto, no tanto sobre la forma como con un contenido ridículo, que en nada beneficia a la imagen pública de todas esas personas que a diario mantienen en alto la bandera de la resistencia, de la lucha de clases, pasando por encima de su bienestar y seguridad. Que cada una saque sus propias conclusiones al leerla.


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