3 jun. 2016

Verano

J. M. Coetzee consiguió el premio Nobel en el año 2003. No siempre se comprende la adjudicación de estos premios, tal es el caso de uno de los nuestros, Camilo José Cela. En lo que se refiere a Coetzee no soy capaz de posicionarme porque no he leído mucho de él. Siempre te imaginas a la persona premiada en una edad madura, alguien con una exquisita y magna obra literaria, con un gran dominio del lenguaje y —si es posible— comprometida con su tiempo, luego la realidad no resulta así. Puesto a escoger yo se lo daría ya, por ejemplo, a Antonio Muñoz Molina, cumple todos los requisitos, bueno no todos, todavía es joven. Si él me sirve de ejemplo, de escritor universal, coloco el listón muy alto. Así, no sé dónde situar a Coetzee, ha escrito mucho y está muy reconocido internacionalmente, además escribe bien. En última instancia, es un autor interesante en muchos aspectos. No es un showman como Vargas Llosa, ni un embajador del buen vivir como García Márquez, pero tiene su atractivo, aunque este venga derivado de lo diferente y lo introspectivo. Nació en Ciudad del Cabo en 1940 donde pasó prácticamente su período académico; estudió matemáticas e inglés. Nada más terminar los estudios se marchó a Inglaterra donde trabajó como programador informático. Un extraño oficio para un escritor pero así es. Y llegó más lejos. En el año 1969 se doctoró en «lingüística computacional» en la Universidad de Texas, en Austin, EEUU. La tesis con la que consiguió el doctorado se fundamentó en el análisis informático de la obra de Samuel Beckett. Antes de volver a su país natal pasó por la Universidad de Nueva York en la que dio clases de Lengua y Literatura Inglesas. En 1984, ya en Ciudad del Cabo, ocupó una cátedra de Literatura Inglesa en la que se mantuvo hasta el año 2002. En todo ese tiempo pasó un año en EEUU en la Universidad John Hopkins.

Prácticamente toda su obra está publicada en España por lo que hay dónde elegir a la hora de conocer su trabajo literario. Ha cultivado la narrativa, el ensayo y la autobiografía de una manera prolífica. Su primera obra apareció en 1974, Tierras de poniente. Se compone de dos relatos, el primero referido a la guerra del Vietnam y el segundo al racismo. Será este último tema el que dominará gran parte de su trabajo. De todas formas, lo que nos interesa hoy es hablar de sus autobiografías, que Coetzee novela con atrevimiento y originalidad. La primera de ellas aparece en 1977, Infancia. La segunda en 2002, Juventud. La tercera en 2009, Verano. Y la última entrega, hasta ahora, en 2011, Escenas de una vida de provincias. Estas autobiografías tienen parte de realidad y parte de ficción. Algunos autores las consideran ficticias en su totalidad y así las califican.

En Verano, Coetzee cuenta, a través de los ojos de personas que le conocieron —que tuvieron una relación próxima con él—, cómo era, cómo se comportaba, cómo creían que pensaba. Se supone que en el tiempo de la narración, más bien del testimonio, Coetzee ya ha muerto. Hay un inglés, un investigador, Vincent, que se dedica a hacer entrevistas a personas que desempeñaron un papel significativo en la vida del escritor. Ellos y ellas saben mucho de Coetzee. Participan en el juego memorístico, una amante, un amigo y una amiga, un romance platónico de la infancia y la madre de una alumna.

Como queda patente en Verano, Coetzee parece extremadamente tímido, introvertido y con tendencia al aislamiento social. Suponemos que algo de lo que cuenta tiene que ver con él. Por lo que he leído no está nada claro cuándo habla de sí mismo y cuando está creando una cortina de humo para esconderse tras ella. Nuria Amat ha llegado a definir Verano como «la autobiografía falsa más verdadera y genial de la literatura».

Partiendo del hecho de que estamos frente a una autobiografía llena de «mentiras», el relato está situado a finales de los años 70. Se refiere al período en la vida de Coetzee comprendido entre 1972 y 1976. En esa época vivía con su padre y había publicado sin demasiada resonancia crítica sus dos primeras novelas. En ese escenario se sitúan las entrevistas. Julia Frankl dibuja a Coetzee como un individuo torpe, sin atractivo personal y carente de la más mínima habilidad social. Remata su descripción con un «inepto como amante»: «No estaba construido para encajar en otro ser o para que otro se encajara en él». La siguiente entrevistada es su prima Margot con la que tuvo un romance infantil, ingenuo y sin sexo: «no puedo imaginarle entregándose incondicionalmente a nadie». Adriana, la madre de una alumna de inglés, lo presenta como un hombre débil e inseguro, en el que no destaca nada importante; carente de virilidad, de pasión: «un hombre de madera». Martin, compañero universitario lo considera un sin patria que se dedicó a enseñar «como muchos inadaptados pero nunca se apasionó por su trabajo». Finalmente, nos queda Sophie, compañera de enseñanza y ex amante, que lo recuerda como un utópico ingenuo.

Al leer a Coetzee no he podido dejar de pensar en Philip Roth y en sus novelas. Siempre me he preguntado cuánto de lo que contaba tenía que ver con él.

Supongo que introducirse en Verano sin conocer más extensamente a Coetzee no tiene mucho sentido, es empezar la casa por el tejado; quizá lo más sensato sería contactar con él desde el principio de su obra, y comprobar la construcción que hace del mundo y de sí mismo, y si dicha construcción es acorde con su autobiografía. En cualquier caso, merece la pena su lectura.


2 comentarios:

  1. Me ha echo reir, tu forma de describir a García Márquez y Bargas Llosa. Coetzee, por lo que cuentas, parece un tipo interesante.

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  2. Me ha echo reir, tu forma de describir a García Márquez y Bargas Llosa. Coetzee, por lo que cuentas, parece un tipo interesante.

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